miércoles, 20 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 8 (Parte 2)

Banderas (Parte 2)


Washington Distrito de Columbia
Capital de los EE.UU
25 de noviembre de 2009
15:10

Dio un pequeño respingo, pero se controló y volvió el rostro hacia delante. Ya la había visto antes, pero hasta ahora nunca había sentido cómo le tocaba. Cerró los ojos con fuerza, con la esperanza de que aquella ilusión desapareciera. Pero cuando los volvió a abrir, no sólo no había desaparecido, sino que además la niña del vestido azul se abalanzó sobre él y le abrazó.
—¿Pero qué haces? —dijo Mel, intentando zafarse de ella—. Déjame, tengo que salir de aquí.
—¡No me dejes sola! —chilló la niña.

Se dio cuenta de que estaba llorando. Melvin la aguantó presionándola junto a su cuerpo y corrió a través de un humo que poco a poco se fue haciendo menos denso. Por fin alcanzó el pasillo que llevaba a una de las salidas, donde la gente corría a la par suya. Tuvo la suerte de no toparse con ningún antidisturbios en él, no sabía si llevar a una niña pequeña en brazos era garantía suficiente para que no hicieran nada. En el corredor varios estudiantes preguntaban desconcertados por lo que había pasado; Mel afianzó el paso y continuó sin darles una respuesta.

Cruzó el vestíbulo y en la calle se encontró lo que temía: Cientos de policías se batían contra miles de manifestantes. Empezó a bajar por las escaleras de acceso a la Biblioteca y faltó poco para que unas balas de goma le dieran, pasándole rozando muy cerca. Una decena de policías se abalanzaron hacia los que salían del edificio. Dos de ellos fueron directamente a la dirección en donde se encontraba Mel. No se quedó quieto, bajó los escalones en diagonal, esquivando los cuerpos derribados y las balas que le lanzaban. Otro antidisturbios se le acercó desde atrás con la porra en alto; pero él se impulsó con el pie y alcanzó la acera saltando los escalones que le restaban. Con el peso de la niña cayó mal y se hizo daño en el tobillo. Se tambaleó y estuvo a punto de caerse, aunque consiguió mantener el equilibrio y siguió cojeando hacia delante, pasando entre el cruce de ambos bandos. Una bala le silbó muy cerca y tuvo el presentimiento de que no era una aturdidora. El corazón se le aceleró más de lo que estaba y comprobó si su pequeña acompañante estaba herida; no tenía ni un rasguño, pero el pulso no le volvió a bajar.

De repente sintió como si lo hubiese atropellado un autobús y cayó de bruces al suelo. La niña se deslizó de sus brazos y rodó por la acera. Un agente había cargado con el escudo antibalas contra él, y ahora estaba en posición dominante sobre él con una escopeta en las manos. No podía hacer nada, si intentaba escapar sólo empeoraría la situación. Era imposible saber la expresión que tenía el agente, escondido tras su casco de protección. Quizás sentía júbilo al notar el miedo y la ansiedad de Mel; o también podría no sentir nada, como un robot que debía hacer su trabajo. Esa inexpresión e incertidumbre era lo que más le asustaba, el no saber si le iban a hinchar a palos o le iban a meter un tiro entre ceja y ceja. No le dio tiempo averiguarlo. El agente tras el casco, cayó fulminado al suelo; el hombre que se escondía tras el, que quizás sólo deseaba llegar a su casa y ver a su familia, murió cuando un manifestante le disparó con un fusil.

Mel no se quedó allí para darle las gracias, hizo una esfuerzo por levantarse y miró hacia un lado y a otro, buscando a la niña. Allí estaba, con los ojos llorosos y levantando los brazos hacia él. La volvió a coger en brazos, y entonces se dio cuenta lo que le dolía el lado izquierdo del costado y el hombro, tras el choque que acababa de recibir. Siguió corriendo, casi pegando saltos por el dolor del pie, en dirección al Congreso a través del enorme parque que se extendía a través de él.

Poco a poco fue dejando atrás la zona de pelea y, cuando se hubo asegurado de que no corrían peligro, paró en seco y dejó a la niña de pie en la hierba. Mel se sentó con cuidado y comprobó si había sufrido daño importante. Tenía el tobillo hinchado, pero si no lo apoyaba en el suelo podía soportar el dolor. Más grave parecía el morado que se extendía por todo el costado izquierdo, era probable que se le hubiera fracturado alguna costilla. Su hombro parecía haberse dislocado y en la espalda sentía una fría punzada. La sangre de la nariz ya se le había secado, pero no se atrevió a tocársela por si volvía a saltar la hemorragia. Miró a la niña, cuyos ojos estaban a su altura, aún estando ella de pie y él sentado. Había salido totalmente ilesa y todavía tenía los ojos llorosos, pero al haberse acabado el peligro le sonrió. Mel no se la devolvió, aún no estaba en condiciones de mover ningún músculo que no fuera necesario.
—Gracias, Mel —dijo la niña del vestido azul.
—¿Sabes cómo me llamo? —titubeó Mel mientras aumentaba su miedo, pues aquello le había pillado desprevenido.
—Claro —exclamó riéndose.
—Estás en mi imaginación, ¿no? —preguntó, aunque sin esperar una respuesta satisfactoria.
—Me haces mucha gracia.
—¿Te importaría volver a mi cabeza?

La niña volvió a reírse, pero esta vez se echó hacia atrás y se quedó tendida en la hierba mientras daba patadas y puños en el suelo. Mel no sabía hasta qué punto era peligroso seguir hablando con aquella niña, en el caso en que fuera producto de su mente. Había conocido casos de compañeros que tuvieron que ingresar en un psiquiátrico por esquizofrenia. Por otro lado si resultaba que aquella niña era real, o que al menos no provenía de su cabeza, el asunto era incluso más grave.

Respiró hondo, no estaba seguro si podía asimilar aquella situación.
—¿Qué quieres? —preguntó con la esperanza de que pudiese zafarse de ella dándole cualquier cosa que pidiese.
—No lo sé.

Ahora era ella la que estaba un poco desconcertada, se incorporó y se mantuvo sentada con las piernas cruzadas. Mel miró hacia otro lado, por si acaso desaparecía mientras no la observaba. Pero no fue así, volvió a hablarle, y esta vez con una pregunta más desconcertante que las anteriores.
—¿Conoces a Grace?

Mel se dio por vencido, pero lejos de desvanecerse, pensó que si respondía a sus preguntas y le seguía el juego podría hacerla desaparecer. “Debo estar loco”, murmuró en voz alta. La niña levantó levemente sus largas pestañas hacia él, pero no dijo nada y esperó a que Mel dijera algo más.
—Conocí a una Grace —murmuró con lentitud, como si le costaran cada una de las palabras—, hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—El mismo que hace desde la primera vez que te vi..
—No entiendo.
—Ni yo.
—Su papá se llama Garrida —dijo la niña tras un prolongado silencio.
—¿De dónde sacas ahora ese nombre? —preguntó Mel a media sonrisa— No, el padre de la que yo conozco me... un momento.
—¿Qué pasa? —dijo con inocencia.
—Tengo que hablar con mi madre.
—¿Por qué?

Al rato los dos se habían subido en un taxi. Desde la ventanilla pudo ver que la situación se iba empeorando a cada momento que pasaba. Los movimientos de gente ya estaban generalizados por toda la ciudad y eran más numerosos conforme se iba acercando a la casa de su madre. Le dijo al taxista que parara unos doscientos metros antes del edificio y se bajó del coche.
—¿Ahí vive tu madre? —preguntó la niña con asombro.

No era el mejor momento para admirar la Casa Blanca. El cuerpo central estaba siendo reformado y los andamios cubrían la hilera de columnillas. Por ahora, los manifestantes más pacíficos hacían un cerco a los terrenos del edificio, de manera que le costó trabajo llegar a la entrada trasera. Se acercó a uno de los guardas que vigilaba la verja para que le dejara pasar. Le costó estar más de cinco minutos esperando a que confirmaran su identificación, pero finalmente entró.

Aún no se había acostumbrado a vivir allí. Aunque su madre lo llevaba haciendo casi un año, él sólo llevaba allí desde el verano. Los pasillos con moquetas estaban siempre repletos de personas que apenas conocía o le caían mal. Por aquellos tiempos estaba más transitada que nunca, debido al momento de crisis que sufría el país. Los ministros andaban con prisa y empujaban sin pedir perdón a los demás empleados, exhalando miedo a cada paso y contagiándolo al resto.

Por el contrario, los militares se paseaban con aire confiado, y eso era algo que no tranquilizaba especialmente a Mel. Algo preparaban, y aquel militar, el general Garrida, era sin duda el más peligroso. No sólo por como era él en sí mismo, sino también por el círculo de influencias en el que se movía. Garrida era prepotente y peligroso, pero Mel había indagado más sobre él de lo que podía saber la gente común. Nada más pensara en él, su mente se iba automáticamente al oro gris. Además, a raíz de las palabras que le había soltado la pequeña, una seria de corazonadas le habían atacado sus nervios.

Llegó a la zona de dormitorios presidenciales sin que nadie le pusiera impedimento alguno. Estaban todos tan ocupados que no se habían fijado en él y en la niña.
—Quédate aquí, no te puede ver nadie —le ordenó Mel a la niña, mientras la metía en su propia habitación. Cerró la puerta antes de que ella pudiera rechistar.

Todavía no estaba seguro de qué era ella y menos aún si los demás podían verla, pero no podía arriesgarse a que la viesen. No quería ni pensar lo que podía hacer Garrida si llegaba a verla. Pero incluso sus temores más infundados, como ese, cobraron fuerza cuando se cruzó con el general Garrida. Éste le paró con la mano, parecía sorprendido por su presencia.
—¿Qué hace aquí? —preguntó con tono grave.
—Tengo que hablar con mi madre.

El hombre le miró con una expresión dura, casi de odio. Mel se fijó en su dedo, ahí brillaba el anillo de los Hijos de Lorrel.
—La presidenta ahora mismo se encuentra en una reunión privada.
—Si eso es cierto, me alegro de que mi madre ya no confíe en usted lo suficiente como para dejarle entrar a la reunión.
—Los motivos de no estar ahí son personales. Su madre confía plenamente en mí y autoriza todo aquello que odias que yo haga —contestó con una sonrisa que arrugó aún más su tez morena.
—¿También las ejecuciones clandestinas? —se atrevió Mel.
—¿De verdad eres tan simple como para creerte los rumores que se inventan unos pocos extremistas?
—Creo que os habéis inventado esto.
—¿Perdón? Explícate porque no te entiendo.
—Hace unos minutos estuve en medio de una manifestación y la gente luchaba en nombre de los Estados Unidos. También la carga policial luchaba contra ellos en defensa del país.
—¿Y que?
—Que todo es mentira. Aquí nada es cuestión de banderas.
—Posiblemente —lanzó, y recuperando seriedad añadió:— Discúlpeme, pero como ya le he dicho tengo asuntos personales.
—Como ocuparse de su hija Grace, ¿no?

Garrida ya había empezado a andar, pero se paró en seco cuando Mel dijo aquello; por un momento el joven se asustó.
—No sé a qué viene eso. Mi hija murió al empezar la guerra.

Y dicho esto se dio la vuelta y desapareció de la vista de Mel. No sabía si había hecho bien en decir eso, al fin y al cabo, para pensar que Garrida era el padre de Grace se basaba sólo en lo que le había dicho la niña que estaba en su cuarto. De todas formas, el general había dicho que su hija murió, pero nada de que no se llamara Grace. Tras quedarse unos segundos pensando volvió a la realidad, ahora debía resolver otros asuntos; se dirigió al despacho Oval, donde su madre debía estar reunida con los demás ministros.

Desde el comienzo de la guerra varios años atrás la economía había empeorado, a la vez que la seguridad ciudadana disminuía estrepitosamente. Abigail Shine, su madre, había llegado a la campaña dando esperanzas por acabar con aquel escenario y ganó las elecciones. Pero desde entonces las cosas no habían hecho más que agravarse, y aunque sólo hubiese pasado un año, la situación era insostenible. Los intentos de imponer ciertas medidas habían chocado con los intereses de ciertos grupos de presión con mucha fuerza. Las manifestaciones violentas eran consecuencia de todo aquello y en algunos Estados se respiraba un entorno de guerra civil.

El guardaespaldas del turno de tarde estaba en la puerta aparentemente tranquilo, sonriendo como si lo que ocurría a su alrededor le importase bien poco.
—Hola Freddie —saludó Mel—, ¿sabes cuándo termina la reunión?
—No, aún no ha empezado; dentro de quince minutos, a las cuatro —la sonrisa permanente de Freddie cambió cuando se fijó un poco más en el aspecto de Mel—. ¿Qué te ha pasado?

Pero Mel no le respondió, su cabeza estaba en otro sitio, no paraba de darle vueltas. Era posible lo que estaba pensando, y a su vez, una auténtica locura.
—¿Hay alguien dentro con ella? —preguntó Mel sin poder evitar la histeria que le invadía.
—Entró diciendo que quería diez minutos de intimidad, desde entonces no ha pasado nadie. ¿Pero qué es lo que pasa?
—¡Mamá! —gritó aporreando a la puerta, y dirigiéndose al guarda:—, abre ahora mismo, Freddie.

El vigilante hizo caso ante el nerviosismo de Mel y accionó su tarjeta de seguridad en la ranura correspondiente, a la vez que introducía una clave. La puerta se abrió como si la hubiera empujado un ciclón y tras ella entró Mel. Un sudor frío le resbaló por la espalda. La sala estaba tranquila, más de lo que había estado en todas las veces que había entrado. La mesa en el centro con los folios perfectamente ordenados; allí estaba el pisapapeles que le había regalado por el día de la madre cuando tenía diez años. Los ojos empezaron a escocerle y una lágrima asomó ligeramente. A través de un cristal roto entraba una fresca brisa que traía el murmullo de la gente. En el suelo yacía su madre, con un disparo en el pecho.

Escuchó a Freddie encender su walkie para avisar a seguridad, pero los sonidos se fueron apagando en su oído. Aquello era irreal; muchas veces había pensado que podía ocurrir, pero era imposible asumirlo. Dos lágrimas se deslizaron por su mejilla y sintió un fuego en su interior quemándole. En una milésima de segundo se imaginó cientos de momentos que aún soñaba vivir con su madre, y vio cómo todos ellos se consumían por aquel fuego. Todo su cuerpo se llenó de un vacío imposible que hasta pareció dejarlo sin aire, todos sus órganos querían salir de él. Una punzada en su costado herido fue el detonante de un alarido de dolor. Cayó de rodillas ante el cuerpo inerte y notó impotencia por no poder cambiar aquello.

Una veintena de hombres enchaquetados entró a toda prisa en el Despacho. ¿Dónde habían estado antes?
—¡Hay que llevársela de aquí a un hospital! —gritó alguien.

Tuvieron que apartar a Mel entre varios hombres para poderse llevarse a su madre.
—¡Quiero ir con ella! —gritó Mel.

Alguien le agarró haciéndole daño en el hombro lesionado. Era Jona, el secretario de su madre.
—Escúchame Melvin, tengo que hablar contigo un segundo —su tono era grave, lo apartó a un lado de la habitación—. Vamos a llevarte en helicóptero, tienes que irte de aquí.
—¿Dónde se llevan a mi madre? —preguntó sin entender nada.
—A un hospital, escúchame: me acaban de informar de que ha habido un ataque en Las Vegas y Washington corre el mismo peligro.
—¿Cómo que a un hospital? —preguntó ignorando lo segundo— ¡Mi madre ya está muerta!

De pronto se acordó de la conversación con el general Garrida y lo entendió todo, le había engañado por completo. Le había dicho que su madre estaba en un reunión siendo mentira, por lo que estaba claro que había participado en su asesinato. No podía creer que no hubiera llegado a tiempo de avisar a su madre de lo peligroso que era aquel tipo. No tenía ni idea de si podía confiar en el secretario de su madre, pero en aquel momento poco le importaba.
—¡Tienen que buscar al general Garrida! —exclamó.
—Mel, por favor, tranquilo.
—Es todo una conspiración, usted... ¡Todos lo sabíais!
—Mel, no te equivoques; tu madre me dijo que si le ocurría algo tenía que sacarte de aquí —pero algo había en él que hacía que desconfiara—. Cuando llegues a tu destino tendrás libertad de hacer lo que tú quieras.

Pensó en su madre y luego en la niña del vestido azul y recordó que la había abandonado en su cuarto, no podía dejarla allí para que la encontraran. Debía salir de allí cuanto antes. Antes de que el secretario añadiera nada más, salió disparado a través de la puerta.
—¡Cogedlo! —oyó que decía.

Una decena de pasos le persiguieron y uno de ellos le alcanzó y le tumbó en el suelo. El cuerpo entero le dolió una vez más y perdió todas sus fuerzas. Tuvieron que sostenerle para ayudarle a mantenerse en pie. El secretario se acercó lentamente con temple severo.
—Mel —comenzó a decir cuando su cara estaba a un palmo de la suya—, hay que reconocer que las cosas no podían seguir así.

Mel explotó y le escupió en la cara.

Una vena de su frente ancha se hinchó más de lo normal.
—Lleváoslo de aquí.

Entre dos agentes de seguridad lo llevaron al exterior de la Casa Blanca. Pero no podía olvidarse de que aún la niña del vestido azul seguía sola en su cuarto, quizás llorando y pasando miedo. Intentó zafarse de sus captores sin éxito y gritó con la idea de que la niña lo escuchara. Pero sus gritos sólo consiguieron rasparle la garganta y le fatigaban. Mientras caminaban hacia el helicóptero le entraron arcadas dos veces, hasta que finalmente vomitó justo antes de entrar.

Las aspas comenzaron a moverse con un sonido apagado, el helicóptero subió con una ligera sacudida y se deslizó suavemente por el aire. Pensó que todo el dolor que pudiera sentir en aquel momento no era nada. Su madre había muerto, y ni siquiera había podido prevenirla de Garrida. Se sentía culpable, pero todavía más sabiendo que la pequeña estaba en peligro.

Comenzaron a alejarse de la ciudad. En aquel momento, la Casa Blanca, el Capitolio y demás símbolos del pueblo, se erigían entre las hordas de gente como si fuesen hormigueros. Lo que fuera que hubiese avivado a las hormigas las había enfurecido.
—Deben ponerse unas gafas especiales, señores —dijo el copiloto desde la parte de adelante dos minutos después de despegar.

Fue la primera vez que Mel tomó conciencia del interior del helicóptero. Algo raro ocurría. Dejó que le pusieran las gafas que habían dicho, tenían un grueso cristal oscuro. El hecho de que los demás tripulantes también se las pusieran no le tranquilizó nada en absoluto. No entendía lo que pasaba; aunque a decir verdad, ninguno de los que había allí parecía comprender nada. Recordó lo que había dicho el secretario momentos antes, las Vegas había sido atacada. ¿Pero cómo? Sintió el peso de las gruesas gafas y una gota de sudor le provocó un escozor por toda la cara. Se vio a sí mismo en la Biblioteca una hora antes, con una niña en brazos que no sabía si existía, esquivando a policías y cócteles molotov. Imaginó el cuerpo de su madre, en algún lugar de Washington; imaginó a la niña intentando encontrarle. Ellas estaban abajo, y él arriba. Lo que ocurriría a continuación cambiaría el curso de las cosas.

Las gafas de protección no evitaron que viese el fuerte resplandor. En alguna parte comenzó, la intrincada reacción en cadena de la explosión. Puede que en un bidón de basura de algún barrio humilde, o en medio de una manifestación con millones de personas a su alrededor. El espectáculo más bello creado por el ser humano se extendió por las retinas de la población, quemándolas en el instante en que era visionado. Una fuerza más arrebatadora que un volcán arrasó todo un símbolo del país. Un vaho hecho de fuego arrastró millones de vidas en forma de ceniza. No quedó ni huella, ni de Abigail Shine, ni de ninguno de los habitantes de Washington.

Mel no fue el único en vomitar. Una hora después, el helicóptero pidió permiso para aterrizar en un lugar seguro, alejado de la radiación. Tras la explosión el piloto había puesto perdido el salpicadero y tuvo que ser sustituido por su compañero. Uno de los agentes que le escoltaban también se encontraba indispuesto y estuvo a punto de perder el conocimiento. Mel sabía que llegaría el momento en que tendría que pensar en su futuro, en lo que iba a hacer a continuación. Mentalizó el trozo de periódico que había cogido en la biblioteca, la fecha del 4 de febrero de 1991. La fotografía en blanco y negro mostraba el pueblo de pescadores de Puerto Morales. En el centro había varios hombres de rodillas, intimidados por las pistolas de la guarda costera. Solamente uno de los hombres del grupo central estaba de pie, frío y amenazador.

Era Simón Bakälar. Tenía que encontrar la manera de dar con ese hombre.


The Breakfast Clan


Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

martes, 12 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 8 (Parte 1)

Banderas (Parte 1)


Washington Distrito de Columbia

Capital de los EE.UU

25 de noviembre de 2009

15:00

Melvin Shine dejó escapar un suspiro de alivio, e incluso se contuvo el impulso de gritar de alegría en medio de la silenciosa biblioteca. Apartó a un lado la caja de comida china para no manchar la mesa de estudio y extendió con delicadeza el viejo periódico. 4 de febrero de 1991: esa era la fecha que aparecía en la parte superior de la página.

Media hora antes se había quedado dormido sobre él y no se había dado ni cuenta. Un molesto rayo de sol que había entrado por la estrecha ventana lo había despertado y, aunque al principio tuvo que volver a cerrar los ojos por la luz, enseguida se dio cuenta de lo que tenía ante sí. Justo en la parte superior de la pila de periódicos que usó de almohada había estado lo que buscaba durante todo ese tiempo.

La noticia ocupaba sólo un cuarto de la página. No era un artículo completo, más bien parecía un resumen. Pero tenía una fotografía y con la información del pie de foto le bastaba por el momento. Le dolía el cuello, la espalda y tenía fatiga. Había sido un trabajo arduo y esperaba que hubiese merecido la pena. Un primer vistazo a las hemerotecas más importantes de la ciudad no había sido suficiente para encontrarlo. Gracias a ciertos permisos especiales, tuvo acceso a la sección de “artículos raros” de la Biblioteca del Congreso. Aún así había necesitado una semana completa revisando montañas de periódicos a punto de desmoronarse.

Mel se estaba preparando el doctorado, aunque esto que estaba haciendo no tenía mucho que ver con el doctorado; es más, llevaba cerca de dos meses sin pisar la universidad. En más de una ocasión se había planteado cambiar la temática de su trabajo, hacia algo más personal. Algo más relacionado con lo que le había carcomido desde niño, con lo que estaba impreso en aquella hoja amarillenta.

Siempre había tratado de olvidarse de todo, nunca llegó a contarle a nadie toda la historia. Sus años en Harvard habían solventado con eficacia su obsesión, pero últimamente le resultaba imposible ignorar ciertas cosas que ocurrían a su alrededor. En primera instancia se había propuesto acabar la carrera; pero una vez finalizada, decidió resolver de una vez por todas su cuenta pendiente: el oro gris.

Sabía que cuanta menos gente estuviese implicada y menos hablara, se encontraría mucho más seguro. No sólo por falta de confianza, simplemente porque así no estaría influenciado por opiniones que le hiciesen cambiar de parecer. Eligió a Carl Johnson, un compañero de la infancia que actualmente trabajaba en la Interpol. Era un año mayor que él, serio y discreto, muy leal y no solía hacer preguntas más que las necesarias. Por el momento le había estado ayudando a la hora de proporcionarle información. Pero incluso con los medios que tenía a su alcance resultaba prácticamente inútil encontrar algo que mereciese la pena.

Miró a su alrededor por si alguien se fijaba en lo que hacía. Pero no había demasiada gente, solamente dos personas, que debían de estar demasiado concentrados en sus investigaciones como para prestarle atención a él. Estaba en una de las salas más pequeñas de la biblioteca, con sólo cinco filas y dos columnas de puestos de lectura, con una estrecha separación entre ellos. En las paredes se situaban las estanterías, repletas de diarios escritos en los últimos tres siglos.

Palpó la textura quebradiza de la hoja que tenía entre sus manos. Luego alzó la vista y prestó atención a una de las cámaras de seguridad que le apuntaba. Junto a la puerta, se sentaba un hombrecillo calvo con el rostro fruncido, el cual se encargaba de salvaguardar la integridad del contenido que había en la sala. Parecía imposible hacer lo que le estaba rondando por la cabeza. Una vez dejase el periódico en la mesa del hombre, descubriría que una de las hojas había sido rasgada. Después sólo tendría que mirar en su ficha personal para hallar su dirección. Supondría un pequeño escándalo, además de un asunto algo embarazoso para su madre. Tendría que soportar preguntas incómodas y él se vería obligado a mentir de la forma más ingeniosa que pudiera. Afortunadamente cabía la posibilidad de que no se dieran cuenta. El hombrecillo de la sala era en realidad un viejo amigo de la familia, por lo que dudaba que apenas mirase el periódico. Se la jugaría, y si no ya se las arreglaría.

En un abrir y cerrar de ojos arrancó el cuarto de hoja que le interesaba y se lo metió en el bolsillo. Lentamente volvió a mirar a su alrededor para confirmar que nadie se había percatado de lo que acababa de hacer. Acto seguido recogió sus cosas, incluida la caja de comida china y se levantó. Dejó el periódico en la mesa del hombrecillo con una sonrisa, a la cual éste le respondió también con una amigable sonrisa a modo de despido. Cabía la posibilidad de que echaran a la calle a ese pobre hombre por culpa suya, pero eso era algo que no preocupaba a Mel en aquel momento. Salió de la sala y anduvo por un pasillo en dirección a la sala principal de la biblioteca.

Mientras andaba comenzó a oír un murmullo; en un principio pensó que podría tratarse de la presencia de una multitud de estudiosos, reunidos con motivo de uno de los muchos congresos que organizaban en el edificio. Pero conforme se fue acercando a la sala principal se percató de que algo completamente distinto ocurría. Fuera de encontrarse con trajeados eruditos de varias nacionalidades, vio lo que llevaba tiempo temiendo. Se trataba de una muchedumbre de personas, en su mayoría jóvenes, que entraba de manera constante por las puertas y ocupaba gran parte del espacio.

La sala principal de la biblioteca era uno de los elementos más característicos, no sólo de la biblioteca, sino también de toda la ciudad de Washington. Su planta circular de enormes dimensiones solamente era rebatida por su altura: Tres de los pisos del edificio giraban en torno a la sala. Una cúpula, la más grande del mundo en una biblioteca, cubría el ancho de la sala y proporcionaba abundante luz natural. Las paredes se recubrían de mármol de distintos colores, así como las perfectamente pulidas columnas. Puertas y ventanas se perfilaban con hierro del siglo XIX que iba siendo restaurado cada año. Los puestos de lectura de madera de roble estaban dispuestos de manera radial, girando en torno a una gran tarima, que era el lugar en donde se solía colocar el bibliotecario jefe; aunque también era donde los congresistas exponían sus temas cuando se convocaba un congreso extraordinario. El puesto también estaba ladeado por un par de banderas de Estados Unidos. Fue allí, en lo alto de esa tarima de madera, donde un joven que salió de entre los manifestantes subió con un megáfono.

Los estudiantes e investigadores todavía sentados en sus puestos de lectura no salían de su asombro. Melvin calculaba que debía de haber más de trescientas personas allí apiñadas.

Aquella biblioteca había sido construida cerca del lugar donde, siglos atrás, los americanos habían proclamado su independencia. Reconocida desde su concepción como símbolo de la cultura de la lógica y de la razón, no era la primera vez que sus paredes eran testigo de manifestaciones más o menos pacíficas. Ejemplo de ello eran las concentraciones que movió el capitán Cousteau en contra de la pesca masiva, algún que otro discurso de Luther King o la convocatoria de la Asociación de Artistas de Hollywood contra la frustrada Guerra del Ártico. Ninguna de estas protestas había acabado mal. Bien es verdad que todas ellas habían movilizado a un gran número de agentes antidisturbios en las inmediaciones del edificio, las cuales tenían orden de usar la fuerza sólo como última alternativa. Era obvio que los tiempos habían cambiado, “los tiempos están rematadamente mal”­—pensaba Mel. No vio al capitán Cousteau, tampoco a Luther King y mucho menos a ningún actor hollywoodiense; partiendo de eso no era muy recomendable quedarse a comprobar si aquella biblioteca lograba salir inmune de un acto violento.

El joven que se había subido a la tarima pronunció un breve discurso. La guerra lo había empeorado todo. El joven soltó una retahíla tremendamente populista, pero no exenta de razón. Mucha gente empezaba a desesperarse por aquella situación límite. El chico exclamó la última frase, a la que los cientos de hombres y mujeres que estaban allí concentrados contestaron al unísono, muchos de ellos alzando el puño en el aire mientras gritaban con los ojos desorbitados.

—¡Por América! —repitió el joven, al tiempo que levantaba la bandera de su país.

Dos días antes dos policías habían muerto apaleados por una veintena de manifestantes. Esta vez iban a ser mucho más duros. Los antidisturbios entraron en la sala y formaron un cordón de protección para evitar que la confusión se extendiera al resto del edificio. La gente parecía estar enfurecida y los agentes se disponían a saltar a lo más mínimo. La prensa debía estar a punto de llegar, eso era lo que interesaba; pero no iba a dar tiempo. Un integrante de la protesta rompió en insultos contra uno de los policías; este último sólo necesitó como excusa un gesto amenazante para golpearle con su porra. Y entonces se desató todo.

La mitad de la multitud se abalanzó hacia las fuerzas policiales. La otra mitad corrió hacia la salida. Ya era imposible controlar aquella rebelión. La biblioteca estaba a punto de convertirse en un auténtico campo de batalla. El suelo se cubrió de mesas y sillas tumbadas, de libros pisoteados y de heridos. Los estudiosos que había en las mesas corrieron a unirse a los que huían a las salidas, pero antes se cruzaron con las porras. Uno cayó al suelo cuando un antidisturbios le pegó con tal fuerza que le fracturó el cráneo y lo dejó sin conocimiento; a otro debieron de romperle la mitad de las costillas; y una señora de más de sesenta años se quedó sin respiración al recibir un golpe en la espalda.

Por represalia, una docena de personas agarró a un agente y lo linchó. Los compañeros que fueron a ayudarlo fueron arremetidos con las hachas de emergencia. Mientras tanto, algún loco tiró un cóctel molotov al fondo de la sala. Desde fuera pudo verse el humo.

Había muchos cuerpos ensangrentados en el suelo y la gente corría despavorida en busca de alguna salida. Los agentes del orden empezaron a usar balas de verdad. Una mujer que estaba cerca de Mel recibió un disparo en el muslo tras oírse un estruendo. Él sintió un golpe en la espalda, pero ni siquiera le dio tiempo a saber a qué se debía. Corría junto a la estampida, para no ser aplastado por ella.

Ya no sabía adónde iba; al igual que la mayoría de la multitud, estaba totalmente desorientado. El humo se había elevado en todo su campo de visión. Decidió volver sobre sus pasos, aunque quizás fuese demasiado tarde, con el fin de encontrar algún punto de referencia que le ayudara a encontrar la salida. Para eso tendría que luchar contra la enorme fuerza del pánico y la furia popular. Hubo un momento en que estuvo a punto de caer al suelo, sabía que si le ocurría eso, probablemente no podría volver a levantarse. La fuerza de la gente le arrastraba, pero Mel consiguió agarrarse a una columna, hecho que no hizo más que empeorar su situación. La presión de la gente aplastaba su cuerpo contra el frío mármol de la columna. Escuchó el crujido de su nariz al fracturarse, al igual que sintió cómo la sangre se deslizaba suavemente por su barbilla y su cuello.

Una chica chillaba desde el suelo, a pocos metros de distancia suya, mientras era pisoteada por más de una treintena de pies. Llegó un momento en que dejó de gritar. Mel no podría haberla ayudado ni aunque lo hubiese deseado, pues su situación no era demasiado buena.

Por un momento creyó que iba a asfixiarse, aunque poco a poco el tapón de gente se fue diluyendo, y eso le permitió a Mel escapar y volver al centro de la gran sala en donde aún se desarrollaba el enfrentamiento. El humo le raspaba la garganta y le impedía ver a más de dos metros de distancia. Unos destellos de metralla cruzaron de una parte a otra y su primera reacción fue la de agacharse entre los puestos de lectura; pero era tal su confusión que no tenía ni idea de dónde provenían. Conforme fue avanzando a gatas no veía otra cosa más que cuerpos de gente herida, algunos de los cuales apenas se movían. De pronto llegó a lo que parecía una mesa algo más grande e intuyó que se trataba de la tarima de madera. Miró a su alrededor buscando la dirección de alguna posible salida. Ya nada era como antes, el mármol había sido arrancado de cuajo por los disparos, los cristales de la bóveda y las ventanas se esparcían por las losas de mármol. Las dos banderas de Estados Unidos estaban en el suelo polvoriento. Luchaban dos bandos, unos en nombre de América, los otros también.

Alguien le tiró de la camiseta; cuando se volvió, creyendo que se encontraría con algún herido, descubrió que no podía estar más equivocado. Era la niña del vestido azul.



The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

jueves, 7 de agosto de 2008

El Camino Nocturno - SSM

Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido. De esa forma todo iría bien, y en un par de horas lo recordaría como un mal sueño, una pesadilla de la que se encontraría lejos y a salvo. Pero para ello había que ponerse manos a la obra, por mucho esfuerzo que le costase.

Permaneció un rato sentado en el asfalto, tratando de olvidarse de las dolorosas punzadas en la parte derecha de su cabeza. Respiró profundamente, hasta que su pulso se hizo más lento y regular y las manos dejaron de temblarle. Afortunadamente, ni su columna ni sus brazos habían sido dañados, tan solo las sentía un tanto entumecidas. Se palpó las piernas para percatarse de que no tenía ningún hueso roto. Aliviado al comprobar que seguía entero, se arrastró lentamente hasta el arcén. Allí se puso de pie, apoyándose en el montículo de tierra y piedra que había a la izquierda de la carretera. Pensó que había tenido suerte, si hubiera caído hacia el otro lado se habría desprendido por el escarpado acantilado.

El sol brillaba en lo más alto. Debía de ser más tarde de mediodía, y el calor abrasante acompañaba al relajante sonido de las culebras que se escondían entre los secos arbustos. Afortunadamente, ningún automóvil pasaba por allí.

El casco le apretaba, se sentía agobiado y acalorado, y las palpitantes punzadas de su cabeza eran cada vez más dolorosas. Sintió la imperiosa necesidad de que el aire le corriera por la cara, y poder por fin respirar. Con esfuerzo se quitó el casco y lo dejó sobre el caliente suelo. Al hacer esto pudo percatarse de las finas gotas de sangre que empezaban a caer sobre sus pies. Asustado, se apretó la herida de la cabeza con fuerza. Siendo optimista, ésta parecía tan solo una herida superficial. Como un zombi, empezó a dar zancadas hacia la moto, que yacía a unos diez metros de donde él había caído. Era una bonita moto negra y gris, pero ahora estaba hecha trizas. De la maleta que llevaba colgada en la parte trasera sacó una camiseta blanca de mangas largas. Cortó un trozo como pudo y se lo ató a la cabeza. El dolor remitía ahora un poco. Con el trozo que le quedó, se dirigió hacia el todoterreno azul parado en medio de la carretera.

Mientras caminaba hacia allí encorvado y con paso lento, empezó a maquinar lo que debía hacer a continuación. No podía llevarse la moto, ya que estaba bastante dañada y la rueda trasera era ya inservible. En cambio, el coche había quedado prácticamente impecable, ya que el golpe se lo había llevado el parachoques. Las llaves seguían puestas, y la puerta del conductor abierta. La parte exterior de la ventana de ésta estaba salpicada de una sangre oscura, casi marrón. La limpió con el trozo de camiseta blanca que tenía en la mano.

La prisa empezó a apremiarle. Tendría que actuar rápido o cualquier coche pasaría por allí y lo vería todo. Con un esfuerzo sobrehumano, empujó, muy a su pesar, la moto, hasta que se precipitó por el acantilado. No quiso quedarse a ver cómo se destrozaba contra el suelo. Mientras volvía hacia el coche, recogió el arma aún caliente del suelo. Finalmente hizo uso de sus últimas fuerzas para arrastrar hacia el maletero lo que quedaba de su mejor amigo, Collin Doherty, y meterlo dentro. Entró y arrancó el todoterreno. Se puso a conducir como si nada hubiera pasado.

Seis horas antes, había visto a Collin en el concierto del pueblo. O mejor dicho, Collin lo había visto a él. Era un pub muy concurrido, y más aún en ese día especial, la conmemoración anual de la fundación de la empresa Animal Wear, la cual había dado trabajo a casi la totalidad de los habitantes del pueblo desde hacía veintitrés años. Esa noche estaba repleta de celebraciones, y un pequeño grupo local tocaba blues en el pub. Y Rob Milton no podía ni imaginarse que por culpa de ir esa noche a ese pub iba a tener, seis horas después, a Collin muerto en el maletero del todoterreno azul.

Collin era un mimado. En cuanto se sacó el carnet de conducir, su padre le compró el todoterreno. Un ojo de la cara, pero eso Collin no lo apreciaba, ni siquiera le dio las gracias. Por otra parte, los mimos que recibía por parte de su familia habían sido siempre mimos económicos. Su padre era la clase de persona que piensa que la bondad sólo depende del dinero que eres capaz de soltar, de forma que inflaba los bolsillos de su querido hijo e iba a visitarlo a la universidad de vez en cuando, por Navidad. Rob y Collin se habían criado juntos, como vecinos. Era un pueblo pequeño, y pronto descubrieron que su amistad tendría que ir, forzosamente, para largos años. Aunque Rob siempre pensó que Collin era un zoquete, nunca se lo dijo, pero la verdad es que estaba bastante claro para todo el mundo. Se había criado con su criada, y le había dado órdenes desde que supo hablar, así que no era de extrañar que su trato con la gente fuese un poco insolente, y más de una vez tuvo Rob que sacarlo de alguna pelea. Se ganó la impopularidad de los vecinos cuando comenzó su egoísta adolescencia, pero, de algún modo, le perdonaban. Rob siempre achacó esto a que la gente del pueblo consideraba a Collin como medio lelo, o algo así. Y, además, estaba su padre, que aparecía de vez en cuando con los bolsillos llenos, repartiendo a diestro y siniestro, con una hipócrita sonrisa en la cara, para después volver por donde había venido.

Rob había planeado salir del pueblo para siempre ese mismo día, el día en que se la jugó a Collin. Pero no podía perderse la noche de Animal Wear, quería celebrar que se iba por todo lo alto, y qué mejor oportunidad que aquella. Jamás pensó que encontraría a Collin en un pub donde tocaban blues.

Rob estaba de pie, entre la gente, escuchando la música, cuando sus peores temores se habían hecho realidad. Collin estaba en la otra punta, pero lo había visto, y avanzaba hacia él, rojo de cólera, apartando bruscamente a toda la gente agolpada, que protestaba y le seguía con la vista.

Conduciendo el todoterreno azul, se alegró profundamente de que Collin estuviera en el otro barrio. Después de todo, puede que la jugada le saliera bien. Tan solo tendría que deshacerse del cuerpo, y todo sería distinto, escaparía para siempre de ese maldito pueblo. Las cosas no habían sido planeadas de ese modo, pero ahora tendría que arreglárselas así, como pudiera.

Lo cierto es que era un buen coche; iba como la seda tras el accidente, y la verdad es que estaba casi nuevo. Eran las cinco y media de la tarde, y el cielo empezó a abandonar la claridad que antes lo había llenado, dejando paso a unas molestas nubes en movimiento que solo dejaban entrever algunos rayos de sol.
Necesitaba parar en alguna gasolinera, el depósito del coche estaba vacío, y su vejiga, llena.

—Amigo, ¿qué le ha pasado en la cabeza? —el dependiente de la gasolinera parecía ser del pueblo. Tenía que inmiscuirse en todos los asuntos ajenos.
—Me he caído, venía a por un poco de hielo y a llenar el depósito de gasolina —contestó Rob de mala gana. Ya casi no se acordaba de la herida de la cabeza. Sin embargo, el trozo de camiseta debía de estar empapado de sangre seca.

El dependiente lo miró descaradamente, con desconfianza. Era un hombre de unos cincuenta años, pero parecía en forma y dispuesto a molestar.
—¿Y cómo se ha caído? Porque eso no parece de una caída, más bien parece que le han tirado una piedra o algo así.
—Tuve un accidente de moto. Llamé para que se la llevaran, y por eso he cogido el coche. No me he dado cuenta de que tenía que cambiarme la venda, está ya muy sucia.

La palabra “moto” hizo que se activaran los circuitos de aquel ser fabricado en serie.
—¿Tú no eres Rob Milton? —al parecer, era el único con moto en todo el pueblo. Rob no supo qué responder —Y, si no me equivoco, ese es el coche de Collin. ¿Verdad?

Rob suspiró.
—Sí, soy Rob Milton. —la expresión del dependiente se endureció.
—Y supongo que vas a explicarme por qué demonios estás conduciendo el coche de Collin. —eso era ya demasiado.
—Oiga, por favor, le he dicho que ese coche es mío, así que no se meta en mis asuntos. Voy a llenarlo de gasolina, luego voy a mear, le pagaré y me iré, ¿vale? No tiene usted derecho a hablarme de esa forma sin conocerme. —Rob estaba demasiado cansado para perder los nervios, simplemente estaba actuando su instinto de supervivencia.
—Claro que te conozco, Rob. —el dependiente seguía con su expresión de dureza en la cara —Collin es mi sobrino. —mierda, pensó Rob —Sé lo que ha pasado entre vosotros, él me lo contó. Me contó su versión, por supuesto, todos sabemos cómo es Collin. Y todos sabemos cómo es su padre... —una pequeña mueca se dibujó en su rostro, mientras miraba un momento hacia la nada, pensativo. Su expresión pasó ahora a paternalista. —Mira, Rob, mi hermano, el padre de Collin, es un inconsciente, eso ya lo sabrás tú. Yo he trabajado para Animal Wear durante diecisiete años. He estado muchos años, día tras día, despellejando animales. Era un trabajo asqueroso, créeme, pero era lo que tenía que hacer para vivir. Eso o irme del pueblo. He sido de los más antiguos trabajadores de esa empresa, y he conseguido ir subiendo escalones. Hasta hace tres meses, mi sueldo era el que debe tener un hombre de mi edad. Tenía personas a mis órdenes, y a mi mujer no le faltaba de nada. Incluso podíamos viajar a veces en vacaciones. Mi hermano compró Animal Wear hace tres meses. La mitad de los altos cargos fuimos a la calle. En lugar de nosotros, mi hermano puso a sus amiguitos de la ciudad, y Dios sabe qué harán con la empresa ahora. ¿Te das cuenta? Me despidió, y soy su maldito hermano. Es un imbécil. Y Collin, ya lo sabrás tú, sigue sus pasos de imbécil. Ahora tengo que trabajar aquí, a kilómetros de mi casa. Sé que tú también has perdido tu trabajo. —Rob escuchaba sin inmutarse. Sabía lo que le iba a decir a continuación aquel hombre arrugado, sólo quería irse de allí sin perder más tiempo —Pero eso no te da derecho a hacerle lo que le has hecho a Collin. Se la has jugado bien, y eso no se lo hacen los amigos.
—No sé lo que le habrá contado Collin, pero no es cierto. Yo perdí mi trabajo y él podría habérmelo devuelto con sólo chasquear los dedos. No lo hizo porque no tenía ganas de hacerlo. Lo que le hice lo tenía bien merecido. —Rob echó una mirada cautelosa al todoterreno aparcado. —Más que merecido.
—Ahora dime —el hombre parecía no escuchar —, ¿le has robado a Collin el coche para darle otra lección? ¿No es ya suficiente? ¿Por qué no dejáis de una vez de pelearos?
—Mire, le digo que ese coche es mío, si quiere llame a Collin y se lo pregunta. Pero yo tengo prisa, así que voy a llenar el depósito, voy a mear y me voy a ir, ¿vale?

El dependiente lo miró severamente, como accediendo a regañadientes.

Mientras Rob llenaba el depósito, de pie frente al coche aparcado, pensó en los breves instantes en los que él y Collin habían sido amigos. Ahora ya no importaba. Había otra vida por delante, y la pensaba vivir, costase lo que costase.

El tío de Collin estaba en el interior de la tiendecita de la gasolinera, marcando un número en el teléfono. Una melodía comenzó a sonar. Provenía del interior del todoterreno. El dependiente levantó la vista hasta donde estaba Rob. Era imposible que escuchara la melodía desde allí... Rob empezó a ponerse nervioso. El hombre salió afuera, sin colgar el teléfono, y aguzó el oído. Miró a ambos lados, pero su vista fue a parar al todoterreno. Rob terminó de llenar el depósito. El hombre comenzó a caminar con paso decidido hacia allí, definitivamente estaba escuchando la melodía. Entonces Rob le dio el encuentro.

—Tome, quédese con el cambio. Me llaman al móvil, tengo que irme. —sin decir nada más, se metió en el coche y arrancó. El corazón le palpitaba de una forma que llegaba a resultar dolorosa, y la herida de la cabeza había empezado también a dolerle.

El hombre se quedó de pie, viendo cómo se alejaba el coche, un poco perplejo.

El teléfono de Collin dejó de sonar al cabo de un rato, y Rob tuvo que forzarse a respirar con naturalidad. El susto casi había acabado con él. A decir verdad, era Rob el que había instado al dependiente a llamar a su sobrino. No lo habría hecho de saber que el maldito de Collin había dejado el móvil en el asiento trasero del coche.

Ahora iba a toda velocidad por una carretera poco transitada a aquella hora de la tarde. Al cabo de una hora, sólo quedaba el todoterreno azul en kilómetros a la redonda. Nadie pasaba por allí, de hecho, el camino era más antiguo, casi arenoso, y en el transcurso de esa hora el cielo comenzó a oscurecerse. Y el optimismo de Rob empezó a desvanecerse poco a poco.

Había planeado lo que debía hacer en la ciudad, y desde que Collin se le echó encima con su coche, simplemente había actuado, pensando que debía seguir con su plan. Pero, ¿y si había subestimado a la gente de aquel pueblo?¿Y si descubrían la vieja moto de Rob en el acantilado y empezaban a sospechar? Además, había tenido aquella conversación con el dependiente, que además era el tío de Collin...Decididamente, todo andaba mal. Y, por primera vez desde que todo empezara, sintió lástima por Collin. A ésta le siguió un amargo y profundo remordimiento, y tuvo que parar el coche en mitad de la oscuridad, en el camino arenoso que no conducía a ninguna parte, para poner sus pensamientos en orden.


Cuando Collin le dijo que había que hacer recortes, Rob nunca pensó que lo despedirían a él. Y menos aún que su padre lo pondría en un alto cargo, dada su incapacidad para terminar siquiera el primer curso de universidad. Cuando Collin le dio la noticia con su estúpida expresión de indiferencia, Rob palideció, y a Collin no se le ocurrió otra cosa que pedirle que le comprara una bolsa de patatas si iba a salir. Ese fue el momento en el que Rob decidió jugársela a Collin.

Entró en el cuarto de su amigo a hurtadillas, mientras éste veía, en el salón, un programa de televisión lleno de imbéciles como él. Por suerte, se sabía la contraseña de su ordenador. Abrió el correo electrónico, y le mandó un mensaje a James Doherty, el padre de Collin. El mensaje fue, sin duda, una obra maestra. Cuando éste lo recibió, el impacto y el enfado fueron tales que decidió romper toda relación con su hijo. Esa noche, Collin recibió la llamada de su padre, en la que una voz de señorita le informaba de que, además de perder su puesto en Animal Wear, dejaría de llegarle dinero del señor Doherty. El perplejo Collin no era tan tonto como para no darse cuenta de que, si su padre no avalaba económicamente su imbecilidad, nadie lo haría. Se había acabado su vida de niño rico, lo habían abandonado a su suerte.

Rob ya andaba lejos de allí, dispuesto a salir de la ciudad, satisfecho de haberle dado la lección de su vida a Collin. Ahora sabría lo que es sudar para comer. Lo cierto es que un tipo como Collin estaba sin su padre igual de desvalido que un bebé.

Entonces cometió el peor error de su vida. Ahora, sentado en el todoterreno azul, en medio de la oscuridad total que un cielo sin estrellas podía ofrecerle, sin nadie que se adentrara en el camino arenoso, se lamentó de no haberse marchado inmediatamente de la ciudad.


El corazón le dio un vuelco cuando vio a Collin dirigiéndose hacia él en aquel pub de blues, colérico como nunca lo había visto, empujando al que se le pusiera por delante, sacando un objeto brillante del bolsillo....Rob sabía cual iba a ser la reacción de Collin, pero sacarle una navaja a él, eso era algo que no había imaginado. Esa noche, Rob temió realmente por su vida, por eso, seis horas después, se había sentido tan aliviado de que Collin hubiera muerto.

Rob se escurrió entre la gente del pub con un poco más de delicadeza que su amigo, pero ya era tarde. La navaja brillaba a la luz de las luces azules y rojas del concierto, y Collin la sostenía a la altura de su cara, enseñándosela a Rob, quizás para asustarlo aún más. Sólo entonces comprendió Rob lo bien que le había salido la jugada. Dejó la sutileza a un lado y empezó a empujar a la gente para abrirse camino, mientras Collin hacía lo mismo a unos pocos metros a su espalda, y cada vez más peligrosamente cerca.

Salió disparado por la puerta de emergencia, corrió hacia la calle siguiente y se escondió en una esquina. La música sonaba ahora lejana, pero aún le pitaban los oídos de lo cerca que había tenido los altavoces. Collin le había visto esconderse, y corría como un loco hacia donde estaba escondido Rob. Éste sintió cómo sus piernas volvían a salir despedidas hacia delante, con Collin a un paso de cruzar la esquina. Estaba amaneciendo, el cielo se puso rosa y luego naranja. Rob miró hacia atrás mientras corría, lo justo para verle la cara a Collin. Definitivamente, estaba borracho, ya que iba haciendo una especie de carrera en zigzag, intentando controlarse. Entonces, se paró. Rob siguió hasta llegar al extremo de la calle, y también dejó de correr. Con cierta satisfacción, vio cómo Collin se arrodillaba y vomitaba todo lo que había bebido.

Rob le observó desde lo lejos, y sintió un poco de lástima. Estaba acabado. Era un borracho acabado y desesperado. Siguió corriendo hasta el cuchitril donde vivía. Tuvo que pararse unos minutos para respirar, ya que estaba exhausto. Terminó de hacer la única maleta que iba a llevarse. Era una bonita maleta cuadrada negra con botones metálicos, que iba con la moto, la cual tenía aparcada en la acera. Con cautela, la colocó en su parte trasera. Volvió a entrar en su casa. Optó por comer algo rápido, ya que no podía aguantar más el hambre y el viaje iba a ser largo.


Cuando por fin decidió irse para siempre, le echó un último vistazo a su hogar. Definitivamente, no iba a echarlo de menos. Su vista se posó en la caja roja que estaba junto a su armario. Tras vacilar unos segundos, cogió el arma que había dentro. Era una pequeña escopeta de mano. Le metió dos cartuchos y salió de la casa. Por si acaso. Arrancó la moto y se marchó para siempre.

La brisa veraniega le acariciaba los brazos mientras viajaba a toda velocidad en su moto. El casco le apretaba un poco, pero al menos estaba protegido. Las angustiosas casas del pueblo ya habían dejado paso al amplio pasaje que se extendía ante él: tan solo el potente sol, el cielo azul, y la carretera en medio de un vasto paisaje pedregoso. Por fin se sentía libre.

El corazón le dio un vuelco cuando, por el espejo retrovisor, pudo divisar una manchita azul que se dirigía hacia allí a toda velocidad. En unos segundos, tenía en su espalda al todoterreno azul. El coche tuvo tan sólo que acelerar un poco para que todo ocurriera. Rob perdió el control, y al parecer, Collin también. Mientras el todoterreno derrapaba, Rob y su moto salieron volando. La moto siguió rugiendo un instante mientras estaba en el aire, luego cayó con un crujido estruendoso y se deslizó un poco más allá por el asfalto. Rob consiguió rodar mientras caía, y en algún momento recibió un golpe en la cabeza que casi le hizo perder la consciencia.

Durante unos momentos, reinó el quejido de las culebras. Cuando Rob escuchó la puerta del coche abriéndose, se obligó a sí mismo a incorporarse. Apenas podía ver y el casco le pesaba. El arma había caído cerca suya. Se arrastró hacia ella mientras una figura salía del coche y caminaba hacia él dando tumbos. Con un fortuito movimiento, alzó la escopeta y disparó cuando la figura estaba a unos tres metros de él. El sonido fue estruendoso, y el eco resonó en los tímpanos de Rob durante unos momentos que parecieron interminables. Algo en la cara o cabeza de su amigo salió volando hecho trizas, salpicando el todoterreno. El cuerpo se desplomó sobre el suelo como un pelele.

Rob respiró profundamente. No quería que todo esto se interpusiera en su camino, sólo se había defendido. Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido.

Eran las tres de la madrugada y Rob seguía sentado en el coche, parado en mitad del camino arenoso, con la cara entre las manos, preguntándose cómo iba a seguir todo después de esto. Al no haber ninguna luz cerca, la oscuridad era inmensa. La luna, frente a él, iluminaba un poco el largo camino.

Rob escuchó un ruido. Fue un pequeño golpe seco, pero, en aquel lugar donde reinaba el silencio, bastó para ponerlo alerta. Volvió a escuchar el mismo sonido, pero esta vez más fuerte. Ahora Rob estaba asustado, allí no había nadie. Con la mirada escudriñó la oscuridad que rodeaba al coche. Volvió a sonar. Esta vez fue casi como un petardazo. Rob saltó de su asiento y empezó a respirar entrecortadamente. Estaba seguro de que el sonido había venido del propio coche. Y en él tan sólo estaba él.... y Collin.

Se dio la vuelta y miró hacia el maletero. Durante unos minutos, todo estuvo en calma. Entonces suspiró, y otro golpe, esta vez más fuerte, hizo que el maletero vibrara, como si hubieran escuchado el suspiro desde dentro y ahora estuvieran pidiendo ayuda.

Rob salió del coche de un salto y fue hacia el maletero, sin acercarse demasiado, con los hombros apretados, como si así fuera a protegerse, temblando de miedo.

Esta vez empezaron a patalear el interior del maletero sin piedad. El todoterreno estaba botando, y el ruido que hacía golpeaba los tímpanos de Rob de forma dolorosa. Los pataleos no cesaban. Pronto se produjo un lamento ininteligible del interior. Sin duda, estaba pidiendo ayuda como lo haría un animal.
—¡Collin, ya basta, para de una vez! —gritó Rob, fuera de sí —¡ No voy a sacarte, así que déjalo ya! —los pataleos cesaron un segundo. Collin acababa de digerir esa respuesta. Entonces los golpes volvieron a sucederse, esta vez de forma desesperada, acompañados de un grito desgarrador, inhumano.

A Rob se le heló la sangre. Le había reventado la mitad de la mandíbula a Collin del disparo, de forma que por eso gritaba como una especie de animal. Cuando lo había arrastrado hasta el maletero, su cara había estado totalmente desfigurada. Debía estar pasándolo realmente mal ahí dentro.

Sonó el móvil de Collin. Los lamentos cesaron. Era la melodía que casi lo delató en la gasolinera. Cogió el teléfono del asiento trasero y volvió a salir. Mientras sonaba, en la pantalla aparecía la palabra CASA. Seguramente sería la policía, que andaba por casa de Collin. Esta vez, el miedo se superpuso a su lógica. Cogió el teléfono y esperó a que hablaran.

—¿Has encontrado a ese hijo puta de Rob? —era una voz que sonaba extrañamente familiar —Mira, da igual, no tenía que haberte mandado a buscarlo, es que me encontraba demasiado mal, bebí mucho y acabé vomitando cuando me puse a perseguirlo por el pub, el muy cabrón. Es tarde, vuelve y te dejaré el garaje abierto para que me devuelvas el coche. ¿Oye?

Rob estaba pálido. Claro que conocía esa voz. Aunque hubiera querido articular palabra, no habría podido.
—¿Oye, estás bien? Di algo, hombre.

Los pataleos y los gritos volvieron a producirse, esta vez intentaba pedir ayuda al que estaba al otro lado del teléfono, fuera quien fuera.
—¡Eh, qué ocurre, joder! —oyó decir, justo antes de colgar el móvil.

Rob permaneció quieto, frente al maletero, mientras este se movía sin parar. En su interior, alguien agonizaba de dolor y desesperación, golpeaba con todas sus fuerzas y chillaba de forma aterradora.

Aún le quedaba un cartucho. Quizás lo usara, o quizás no. De momento, y por muchas horas hasta que decidió hacer algo, permaneció de pie, quieto, mirando el maletero del todoterreno azul.


SSM

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

martes, 5 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 7 (Parte 2)


Una Segunda Oportunidad
(Parte 2)


La sala de espera del hospital estaba limpia y vacía. Solo Steve y el policía la ocupaban cada uno sentado en los extremos de uno de los bancos. No hablaban. Steve solo pensaba, recordaba el momento en que su esposa se puso de aquella forma. ¿Por qué?

Estaba en Fiumicino por fin y lo único que había visto había sido el puerto y el interior del coche de policía. Sí, había mirado por las ventanas durante el triste trayecto hasta el hospital, pero no había visto; de su cabeza no se iba la imagen de su mujer tirada en el suelo, junto a la cama, sangrando y rogándole que le ayudara con los ojos desorbitados. Y él no había podido hacer nada. En cinco minutos había perdido la consciencia, y hasta hubo un momento, a la media hora o así, en el que Steve creyó que había dejado de respirar. El motor del yate se había quejado cuando Steve lo puso al máximo de su potencia, pero no se calentó demasiado y no tuvo que apagarlo en ningún momento para que recuperara. Con esto, se dedicó por entero a permanecer sentado junto a Ruby, con su cabeza apoyada en las rodillas y acariciándole el pelo, tras haberle limpiado de la cara la sangre, sin que ella diera muestra alguna de mejora.

Con todo aquello, se olvidó por completo de la música, y no pudo evitar el llanto en el momento en que la última canción del disco comenzó a sonar. Era Ruby. Violines melancólicos, el piano de Charles y su voz: They say, Ruby, you are like a dream… Not always what you seem... La maldita canción, que tanto le había gustado siempre, en ese momento tan trágico le pareció de lo más siniestra.

Un par de veces pasó el doctor de su esposa por delante de ellos sin siquiera mirarlos, rápido, mirando papeles y la última vez con un inmenso libro entre las manos. Dos horas más tarde, salió de nuevo y se acercó a ellos. Steve y el policía se levantaron. La cara del doctor era una mezcla de agotamiento y enfado, y habló con una voz ronca y muy seca, en italiano, con el policía, quien le tradujo.

—Dice que no entienden nada. No consiguen averiguar qué le pasa. La han tratado superficialmente para unas cuantas cosas que podrían ser y van a esperar a ver si se manifiesta lo que sea que está dañando a su esposa.
—¿Habla en serio? —preguntó al policía.
—Sí.

El doctor se fue sin despedirse y los dejó allí de pie, en silencio.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó el policía.
—No lo sé. ¿Puedo entrar a verla?
—No. Me ha dicho que no, vamos —respondió.
—¿A dónde?
—A algún bar.

El policía echó a andar y Steve fue sumiso detrás, sin nada que decir, sin fuerzas para quejarse. Salieron del hospital por las enormes escaleras de piedra de la entrada y cruzaron una bonita plaza llena de gente paseando y vendedores de suvenires que se apostaban en los bancos, desplegando allí su material y esperando a ser vistos. Un montón de niños en fila, todos con gorras verdes fosforito, seguían a una mujer joven con una carpeta en lo alto que, de vez en cuando, se giraba y les hablaba o llamaba un poco la atención. Steve no pudo evitar quedarse mirando a una preciosa niña rubia que, sin gorra esta, destacó por la belleza de su cabello sobre el resto de los niños; no consiguió verle bien la cara, por la lejanía y las lágrimas que luchaba por contener.

El recuerdo le asaltó otra vez: “Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa? Tu madre y yo te echamos de menos…”

El policía andaba delante de él, sin volverse, con paso patoso y rápido. Steve le veía la espalda, la ropa arrugada, el sudor en la nuca, la falta de pelo en la coronilla, las piernas gordas renqueando sobre las losas desiguales del suelo que tanto habría recorrido y esa manera exagerada de mover los brazos. Odiaba a aquel hombre. No sabía por qué pero lo odiaba con toda su alma, y le deseó lo peor por un momento. Quiso poder pegarle, rezó por tener la posibilidad de quitarle la vida a golpes y no entendía qué hacían aquellos sentimientos corriendo por su cuerpo como un veneno.

El odiado agente se volvió entonces, intentando sonreír y le preguntó:

—¿Dónde prefiere ir? —con una mano le señaló la acera de enfrente a la que estaban, donde podían verse varios bares y terrazas.
—¿De verdad cree que me importa? —dijo Steve irritado, aún furioso.
—De acuerdo.

Y volvió a andar, decidido por uno, un bar llamado “A Domani!” en el que no había un alma. Vacío como los vasos que colgaban sobre la cabeza del camarero, un hombre muy mayor que ni los miró cuando entraron y que siguió con la vista clavada en el puro que se fumaba con unos labios agrietados sin dientes en la boca que cubrir.

Fueron hasta una mesa del final y cuando se sentaron, un chico joven con un delantal se acercó a ellos y les preguntó. El policía pidió por los dos y el joven se fue.

—No se deje engañar, este bar está muy bien.
—Vale.
—Mi nombre es Christo Malvicini.
—El mío es Steve Horner.
—Bueno… ya lo sabía —sonrió débilmente el hombre, como esperando que su acompañante también lo hiciera por la obviedad de su presentación —, estuve con usted en el regitro, y en el hospital…
—Ya, claro.
—Mire, señor Horner, voy a hablarle con franqueza… —dijo Christo Malvicini recolocándose en su asiento y haciendo una pausa cuando el camarero soltó dos cervezas enormes en la mesa —, su esposa no es la única.
—Ya lo sé.
—¿Cómo? —Christo Malvicini quedó totalmente contrariado por aquella revelación.
—Mi hija murió igual.
—Oh, Mamma mía! Cuánto lo siento —Christo Malvicini dio un trago a su cerveza un tanto sorprendido.
—Hace casi veinte años ya.
—Tuvo que ser muy duro, sería usted muy joven, ¿no?
—Demasiado…
—Vaya… Pues lo que yo iba a decirle, señor Horner, era que, ahora mismo, no es solo su esposa la que se encuentra en ese estado. No es su esposa la única en ese hospital con esta especie de enfermedad.
—¿Y por qué no dijo nada el doctor? —inquirió con brusquedad el Capitán.
—Porque no quieren escándalos.
—¿A qué se refiere?
—A que si los familiares de los afectados saben que ellos no son los únicos darán la voz de alarma, de alguna manera se extenderá la existencia de una enfermedad que no sabemos controlar y que nadie sabe qué es —Christo Malvicini volvió a sorber de su jarra de cerveza —, y no necesitamos a los medios encima. Muchos menos ahora, con la sombra de la guerra volando sobre nuestras cabezas como cuervos en el desierto.
—¿Y por qué me lo cuenta entonces a mí, señor Malvicini?
—Porque usted puede hacer algo para remediarlo.
—Pero, ¿qué me está contando? —Steve dio un golpe en la mesa —Como bien ha dicho antes, vino al registro conmigo, sabe que no soy más que el Capitán de un barco de pesca.
—Exactamente. Usted dispone de un barco y los permisos para navegar en todas las regiones marítimas, usted y solo usted.
—No, señor Malvicini —rió el Capitán —, se equivoca, somos alrededor de mil los Capitanes de pesqueros con permiso para todas las regiones.
—Sí, pero hasta donde yo sé, usted es el único cuya esposa está postrada en una cama incubando una enfermedad sin remedio conocido por la medicina.
—¿Y usted qué sabe?
—Señor Horner —sonrió el agente —, hágame caso, lo sé.
—Me voy a ir, señor Malvicini —dijo de repente el Capitán levantándose.
—¿Por qué? —se sorprendió el policía.
—Porque, hace también casi veinte años, otra persona fue por el mismo camino que parece ir a tomar usted, y me propuso algo muy feo, señor Malvicini.
—¿De qué me habla, señor Horner? —preguntó el agente —No le sigo.
—Pues nada. Hasta que nos volvamos a ver.
—¿Qué? —el agente de policía no hizo más que quedarse donde estaba, agarrado al asa de su enorme jarra de cerveza, viendo como el Capitán Horner se marchaba por la puerta del bar y cruzaba la calle dirección al hospital.


—¡Exijo ver a mi esposa! —gritó al celador que le ponía una mano en el pecho prohibiéndole la entrada al ala de cuidados intensivos.
—¡In nessum modo! —negaba una y otra vez el hombre, empujándolo, obligándolo a retroceder.
—¡Voy a golpearte, italiano de mierda!
—Ma va´ là! —el celador echó su peso sobre el capitán y lo estrelló contra una pared, luego comenzó a gritar ­— Sicurezza! Sicurezza!

Y no tardó en aparecer un guardia de seguridad mirando con maldad al Capitán, que se recompuso como pudo y pasó al lado de éste sin mirarlo, rápido y furioso.

Salió del hospital arrasando con todo, sin mirar ni por donde pisaba, paró a un taxi y le gritó la palabra “puerto” haciendo el movimiento del agua con las manos. El taxista le miró con los ojos entrecerrados y puso el taxímetro a correr. El viaje fue corto, pero no barato.

Su barco descansaba sobre las aguas calmadas del atardecer. Llevaba sentado en la cubierta tres horas, con una botella de vino vacía entre las piernas y Ray Charles sonando en el interior. El sol veraniego le había quemado la piel y sabía que necesitaba o una ducha o un baño para despejarse; pero moverse era algo que no le apetecía.

El cielo era un cuadro de Rubens, nubes redondeadas, cada una de un color, naranja, rojo, lila, rosa, azul, violeta y el sol caía justo ante sus ojos y le desorientaba al igual que deslumbraba.

—Cómo han cambiado tus vacaciones, ¿verdad? —murmuró entre dientes.
—¿Capitán? —una tímida voz en la luz.
—¿Quién anda ahí? —tan borracho estaba que no le sorprendió la voz de la niña tras él, ni se giró, ni se movió, permaneció como estaba, mirando directamente al sol, dañándose las retinas y sintiendo la luz inundar su mente.
—Soy… Vengo a avisarle —la voz hablaba con determinación.
—¿A avisarme? ¿De qué? —el Capitán echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el quicio de la puerta.
—De que si no busca a Simon Bakälar, le pregunta por el orogris y decide aliarse con él, su esposa no se salvará.

El Capitán comenzó a reírse, sin volverse.

—¿Te manda Christo Malvicini? —preguntó.
—No conozco a ningún Christo Malvicini. —respondió con sinceridad.
—Entonces, ¿de qué conoces mi historia, a Simon Bakälar, y todo lo demás?
—Señor, busque a Simon Bakälar en Port Douglas, Australia, y háblele del orogris, no deje que le vuelva a pasar como con su hija, Capitán.
—¿Qué sabes tú de mi hija? —preguntó con brusquedad.
—Nada, solo que murió al no tener la cura. Pudo conseguirla entonces y puede conseguirla ahora. No caiga dos veces en el mismo error.
—Pero, ¿se puede saber quién cojones eres? —el Capitán se fue volviendo, sorprendido por la cantidad de información que tenía la niña y, con las pupilas totalmente contraídas, al mirar a la oscuridad del interior solo percibió luces blancas y anaranjadas ante los ojos, entre las cuales vio desvanecerse el cuerpo de una niña —¿Lillian? ¿Eras tú?


Duchado y afeitado, oliendo a colonia y con una pequeña maleta de viaje en una mano, caminaba el Capitán con paso rápido hacia el Hospital. Nervioso, se preguntaba si lo dejarían pasar a ver a su esposa y si perdería los nervios de no ser así. Solo había ido a despedirse.

Entró al vestíbulo y atravesó toda la sala gigantesca hasta los ascensores, donde esperaba un montón de gente. Todas caras desconocidas, país desconocido, idioma desconocido. Estaba solo, completamente solo, y aquello le asustaba; si por lo menos conociera la lengua.

Una vez en la planta de cuidados intensivos, nada más pasar a través de las puertas de metal del ascensor, se encontró de cara con el agente Christo Malvicini.
—Vaya —dijo éste con una sonrisa, luego fijó su vista en la maleta —¿Se marcha?
—Sí.
—¿A dónde?
—A Australia, a buscar a un viejo amigo.
—Claro —el agente andaba a su lado mientras el Capitán encaminaba la puerta de entrada al ala del hospital.
—¿Me dejarán pasar? —preguntó Steve Horner.
—A saber.

Llegaron hasta la puerta, donde un nuevo celador leía unos archivos de pie junto una mesa. Christo Malvicini comenzó a hablar con él y el muchacho miró una y otra vez al Capitán, de arriba abajo, luego negó con la cabeza y se encogió de hombros, dijo algo y enseñó las palmas de las manos, como si no supiera nada.
—No te pueden dejar pasar —dijo el agente.
—¿Por qué? —Steve luchaba por controlarse.
—Por seguridad, este tipo dicen que le han ordenado no dejar entrar a nadie en la zona de infectados —explicó.
—Puta mierda.
—¿Tiene el billete de avión?
—No. —Steve comenzó a agobiarse.
—¿Y piensa encontrarlo así sin más, sin reserva ni nada?
—No he pensado en eso.
—Pues creo que es algo a tener en cuenta —dijo el policía con una sonrisita, la cual borró al instante al ver el rostro descompuesto de Steve Horner —. Le ayudaré.

Christo Malvicini hizo tres llamadas y le consiguió un billete en clase turista, de ventana, para el vuelo de las doce de la noche que le dejaría en el aeropuerto de Cairns, no muy lejos de Port Douglas.
—¿Por qué me ayuda?
—Porque ha pasado mucho en un solo día, y quería librarle de algo del peso.
—Muchas gracias.
—No hay de qué, Capitán.

Viajaron en el coche del agente hasta el Aeropuerto Leonardo Da Vinci, donde se despidieron con un breve apretón de manos y donde Christo Malvicini le deseó suerte y paciencia. Steve volvió a darle las gracias por todo y se despidieron.

El avión no iba muy lleno, nadie se sentó a su lado y el hecho de sentirse atraído hacia una de las azafatas le hizo sentir fatal, le entró un terrible dolor de cabeza y vomitó dos veces antes de salir de Italia. No pidió nada para comer, ni para beber, no leyó ninguna revista y ni siquiera pudo reposar la cabeza sobre la ventana y dormir un rato. Estaba nervioso, intranquilo, sabía lo que tenía que hacer, a quien se tenía que enfrentar y en donde se iba a meter, y eso le asustaba. De verdad que le asustaba. Era como si, de una manera inconsciente, Steve Horner supiera a donde le iba a llevar esto, a ese fin prematuro en el barco contra las rocas que harían de su viaje de salvación una muerta carente de sentido.

Pero, por otra parte, sabía que tenía que ir, que nada saldría bien si él no hacía ese viaje, si no hablaba con Simon Bakälar, si no iba en busca del orogris. Lo sabía. Lo sabía, y la niña también. La niña lo había puesto en el camino, de vuelta a las ruedas del destino. La niña. ¿Quién era esa niña? Había desaparecido cuando él se había vuelto. ¿Fue una alucinación? ¿Una aparición? ¿Lillian? Había muerto con siete años, y la recordaba más alta que la sombra que había visto en su camarote. Y la voz era diferente también. Aunque habían pasado casi veinte años ya. ¿De verdad iba a reconocer la voz a la primera? Pues, ¿qué iba a ser si no? Si no era su hija, su Lillian, ¿quién demonios era la niña que apareció tras él esa tarde? ¿Quién?


The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.


martes, 29 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 7 (Parte 1)


Una Segunda Oportunidad

(Parte 1)


19 de Marzo de 2010
09:00 AM
En el Mar Tirreno
(A unas horas de Fiumicino, Roma)

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar, y por eso el murmullo continuo se fue trabando hasta que desapareció y el barco siguió flotando tranquilamente sobre las grisáceas aguas del alba.

Amanecía lentamente en el Mar Tirreno, el cielo pasaba del púrpura a un celeste claro tras unas finas nubes, arreboladas en pequeños grupos, mientras que el sol se abría hueco partiendo del mar con su haz de luz blanquecino. La escena se desarrollaba sin prisa, con las gaviotas como único testigo de la belleza de aquel despertar. El yate blanco, ni tan grande como para llamar la atención, ni tan pequeño como para que sus únicos dos ocupantes no estuvieran cómodos, se movía al ritmo de las olas.

En el silencio de la mañana, invadido solo por el agua y los graznidos de las aves, Steve Horner abrió los ojos. Sobre su cabeza, el techo bajo del camarote le mostraba una lámpara blanca atornillada al mismo. Miró a su izquierda y vio que el reloj de pulsera le mostraba las nueve de la mañana. Miró a su derecha y vio la cosa más bonita del mundo.

Ruby dormía plácidamente de lado, sobre su hombro izquierdo, inclinada hacia él, el pelo cayéndole por el cuello tras las orejas, sin cubrirle la cara; su expresión era puro descanso, y sus labios entreabiertos hicieron que a Steve se le inflara el pecho de felicidad. Más allá del cuerpo de su esposa estaba la pared del camarote y, en la parte más alta de ésta, la ventana rectangular que daba al exterior. Parecía que amanecía soleado, pero el hecho de que se le erizasen los vellos de los brazos al salir de entre las cálidas mantas de la cama le hizo pensar en que un frío viento podría traer lluvia para la noche.

Pero para la noche ya estarían en Fiumicino, pensó Steve Horner con una sonrisa en el rostro, disfrutando del mejor pescado, refugiados en un elegante restaurante del centro del enorme pueblo. Aquellas serían unas vacaciones inolvidables.

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar y Steve Horner lo sabía, así que volvió a encenderlo con paciencia, calentándolo poco a poco, hasta que comenzó a funcionar con normalidad, encauzó el timón, actualizó el rumbo en la computadora y notó contento como el yate cogía velocidad. Italia, allá vamos, pensó.

Con paso tranquilo volvió al camarote y se aseguró de que Ruby seguía durmiendo. Fue a la cocina, pequeña pero perfectamente equipada, y puso el café a calentar a la vez que unas tostadas se hacían. Exprimió cuatro naranjas bien gordas de la caja que comprara la mañana anterior en Golfo Aranci, y sacó la mantequilla de la nevera. El desayuno estuvo listo en diez minutos y Steve entró de nuevo en la habitación portando una bandeja bien equipada para empezar el día.

Con cuidado depositó la comida en el suelo y se subió a la cama con suavidad, se echó sobre su mujer y le acarició la oreja con la nariz susurrándole que era hora de despertar. Ella no quiso hacerle caso. Steve se puso a su lado, de rodillas sobre el colchón, y comenzó a dar pequeños botes.
—El desayuno está listo —dijo.
—No quiero desayunar, quiero dormir —se quejó ella dormida aún.
—Pero son ya casi las diez de la mañana —replicó él.
—Las diez es hora de dormir —aún no había abierto los ojos.
—No cuando estás en un barco —volvió a replicar Steve Horner.
—Sí cuando estás de vacaciones —Ruby le empujó con un brazo y se puso bocabajo, con la cara mirando para la pared.

Steve reía la pereza de su mujer. Se colocó ahora a horcajadas sobre la espalda de Ruby y comenzó a masajeársela con delicadeza.

—Eres una floja.
—No, tú te levantas demasiado temprano —corrigió ella; su voz sonaba amortiguada por la almohada.
—Costumbre.
—Pues yo acostumbro a dormir hasta el mediodía en vacaciones, ¿sabes? —por fin, Ruby levantó la cabeza de la almohada y miró a su marido con los ojos hinchados por el sueño, media sonrisa en el rostro y todo el pelo revuelto.
—¡Qué guapa estás! —exclamó Steve.
—Sí, ya —bufó ella, incrédula.
—En serio. —él se inclino para besarla y ella se retiró —¿Qué pasa?
—Tu aliento —explicó Ruby con una mueca.
—¿Apesta? Me acabo de lavar los dientes. —justificó él.
—Ya, es eso, demasiada menta fuerte para ser tan temprano. —sonrío la mujer.
—Vaya.

Steve se quitó de encima de su mujer y cogió el desayuno mientras ella se incorporaba con la espalda en el cabezal y se ordenaba un poco el pelo. Colocó la bandeja sobre las piernas de ésta y se sentó enfrente.

Desayunaron animadamente, diciendo tonterías y entre bostezos monumentales por parte de Ruby. El sol entraba ahora directamente por la ventana rectangular del camarote y comenzaba a hacer calor allí, por lo que Steve abrió la puerta.
—¡Qué frío! —exclamó Ruby rápidamente.
—¡Qué exagerada! —rió Steve imitándola.
—En serio —replicó ella ceñuda.

Steve volvió y cerró la puerta. No quería hacer nada que disgustase a su esposa, no en esas vacaciones. Se merecían un descanso, sin duda alguna, un descanso del dolor, de la desgracia, de los recuerdos.

Habían pasado ya casi diez años desde que aquello ocurriera, pero aún notaba la sombra de la desgracia en los ojos de su mujer, en sus gestos, en sus palabras. Notaba su presencia, la persistencia de la muerte tras el alo de felicidad comprometida con el pasado que juntos habían estado intentado crear en los últimos años.

La mañana avanzó inundada de normalidad, silencio y tranquilidad. Después de desayunar permanecieron un tiempo más acostados, abrazados, escuchando el mar y el tímido murmullo del motor, hablando a ratos, callados la mayor parte de tiempo.

Las gaviotas seguían sus paseos sobre el mar, su caza, su vida en el aire, mientras Ruby besaba a su marido y salía de la cama para ir al cuarto de baño. Steve se quedó unos momentos más allí echado, pensando, recordando. Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa?

Saltó de la cama y fue a observar la pantalla del monitor. Todo en orden. Llegada prevista en tres horas, lo justo para llegar al hotel, ducharse y salir a comer. Contento volvió al cuarto y se acercó al equipo de música. Abrió el cajón de los discos y estuvo un rato mirando. En tanto, Ruby salió del cuarto de baño, le miró, sonrió, y se acercó. Tras un rato discutiendo sobre qué poner, decidieron escoger a Ray Charles. Era un Grandes Éxitos de muchos años atrás, un par de discos viejos y muy usados cuya caja estaba más que rota.

En cuanto empezó a sonar What I’d Say, Ruby comenzó a menearse al ritmo de la música y a cantar por toda la habitación. Steve sonrió contento y se quedó mirándola desde donde estaba, temeroso de acercarse y hacerla parar. Ella, por el contrario, se fue acercando a él sin dejar de bailar e intentó arrastrarlo al ritmo, pero fue imposible.

—Sabes que no bailo —dijo él.
—¿Ni si te lo pido yo? —Ruby se fue aproximando a Steve sin perder el compás.

Tiró de él y lo consiguió separar de la pared. Ambos reían y, a pesar de no querer, Steve Horner terminó moviéndose patósamente junto con su esposa hasta que la canción terminó y comenzó la más tranquila Georgia On My Mind. Sus jadeos y risas sonaban sobre la música y apenas si le hacían caso, pero terminaron abrazados balanceándose con los violines.

Steve no creía poder haber alcanzado lo que tanto tiempo llevaba ansiando y buscando. Simplemente quería estar así siempre. Durante un momento se le pasó por la cabeza hasta la idea de reducir la velocidad del barco y alargar aquel momento todo lo posible, eternizar aquella canción, no salir de la belleza y la tranquilidad de aquel abrazo. Pero la canción terminó.

Ruby alzó la cara, mojada de lágrimas y le besó en los labios con una sonrisa.

—Gracias por convencerme para hacer este viaje —dijo.

Steve se limitó a devolverle el beso. Las manos de ella fueron bajando suavemente por su espalda hasta la cadera y allí se crisparon de repente, clavando las uñas en la carne. Steve no pudo evitar retirar su boca de la de ella, sorprendido por el dolor, pero Ruby no lo soltó, sino que siguió apretando. Tenía la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco y la boca semiabierta.

Steve la zarandeó suavemente y le habló, pero su esposa no volvía en sí. Estaba tensa y temblaba, así que asustado la tumbó en la cama y la abofeteó. No funcionó. Aquello le parecía un ataque epiléptico, pero no había convulsiones, no había saliva, y Ruby nunca había sido epiléptica. Fue corriendo a la cocina, agarró la jarra de agua de la nevera y la echó sobre su mujer. Ahora sí hubo reacción, se movió como si hubiese recibido una descarga eléctrica y cayó de la cama por el otro lado al suelo.

Lloraba. Steve fue hacia ella y vio como se encogía. La llamó por su nombre mientras se arrodillaba a su lado y entonces vio la sangre. Salía de sus oídos y de su boca, también por la nariz, y le costaba trabajo respirar. Steve no sabía qué hacer, no podía creer lo que estaba viendo. Ruby levantó la vista y lo miró con unos ojos aterrados de pupilas dilatadas.
—¿Qué me pasa? —dijo escupiendo sangre y con una vocecita que hizo que el corazón de Steve se encogiera aún más —¡Ayúdame, Steve! —gritó —¡Ayúdame!

El contacto por radio con puerto fue rápido y conciso una vez hubo dado su nombre y el de su yate, así como su número de licencia.
—¡Llamen a una ambulancia!

Las luces rojas y blancas apenas se notaban en el brillante mediodía del puerto de Fiumicino. Junto a la ambulancia esperaba un coche de policía y un amplio número de curiosos, la mayoría extranjeros que pasaban por allí cuando se formó aquel circo.

El yate, que había convertido las tres horas restantes de viaje en una y media a toda velocidad, llegó al puerto finalmente y Steve saltó de él con la intención de atarlo, topándose con un par de policías que lo retuvieron rápidamente.

—¡No, por favor, ayuden a mi mujer! —gritó él a los agentes, que no parecieron entenderlo.

Señaló la ambulancia y el yate y entonces lo soltaron a la vez que un grupo de enfermeros se introducían, no sin cierta dificultad, en el barco con todo el equipo. Steve fue tras ellos y vio como atendían a Ruby, hablando entre ellos en italiano, y se desesperó al no saber qué estaba pasando.

—¿Habláis alguno inglés? —preguntó un par de veces sin obtener respuesta.

Abrieron una camilla plegable y la subieron con cuidado, él intentó ayudar pero uno de los enfermeros le paró y le dijo algo que no comprendió. La sacaron del yate y la metieron en la ambulancia, que rápida volvió a encender la sirena y comenzó a recular para entrar en la carretera.

—¡Esperen! ¡Esperen! —gritó Steve corriendo detrás del vehículo —¿Dónde la llevan? ¿Dónde llevan a mi mujer?
—¡Pare! —gritó alguien entonces tras él —¡Pare!

Steve se giró y vio a un policía que le seguía. Temeroso de verse en algún problema dejó de correr y vio como la ambulancia se perdía de vista tras una esquina. El agente llegó hasta él y se dobló sobre sí mismo, apoyándose sobre sus rodillas para coger aire. Era un hombre gordo, con poco pelo, vestido de chaqueta pero de manera desaliñada.
—¿Qué hace corriendo detrás de la ambulancia, hombre? —preguntó en un inglés bastante correcto.
—¿A dónde llevan a mi esposa? —preguntó Steve.
—Pues al Hospital Central.
—Llévenme.
—Primero tiene que pagar la tasa del puerto y registrarse —indicó el policía.


The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.