jueves, 7 de agosto de 2008

El Camino Nocturno - SSM

Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido. De esa forma todo iría bien, y en un par de horas lo recordaría como un mal sueño, una pesadilla de la que se encontraría lejos y a salvo. Pero para ello había que ponerse manos a la obra, por mucho esfuerzo que le costase.

Permaneció un rato sentado en el asfalto, tratando de olvidarse de las dolorosas punzadas en la parte derecha de su cabeza. Respiró profundamente, hasta que su pulso se hizo más lento y regular y las manos dejaron de temblarle. Afortunadamente, ni su columna ni sus brazos habían sido dañados, tan solo las sentía un tanto entumecidas. Se palpó las piernas para percatarse de que no tenía ningún hueso roto. Aliviado al comprobar que seguía entero, se arrastró lentamente hasta el arcén. Allí se puso de pie, apoyándose en el montículo de tierra y piedra que había a la izquierda de la carretera. Pensó que había tenido suerte, si hubiera caído hacia el otro lado se habría desprendido por el escarpado acantilado.

El sol brillaba en lo más alto. Debía de ser más tarde de mediodía, y el calor abrasante acompañaba al relajante sonido de las culebras que se escondían entre los secos arbustos. Afortunadamente, ningún automóvil pasaba por allí.

El casco le apretaba, se sentía agobiado y acalorado, y las palpitantes punzadas de su cabeza eran cada vez más dolorosas. Sintió la imperiosa necesidad de que el aire le corriera por la cara, y poder por fin respirar. Con esfuerzo se quitó el casco y lo dejó sobre el caliente suelo. Al hacer esto pudo percatarse de las finas gotas de sangre que empezaban a caer sobre sus pies. Asustado, se apretó la herida de la cabeza con fuerza. Siendo optimista, ésta parecía tan solo una herida superficial. Como un zombi, empezó a dar zancadas hacia la moto, que yacía a unos diez metros de donde él había caído. Era una bonita moto negra y gris, pero ahora estaba hecha trizas. De la maleta que llevaba colgada en la parte trasera sacó una camiseta blanca de mangas largas. Cortó un trozo como pudo y se lo ató a la cabeza. El dolor remitía ahora un poco. Con el trozo que le quedó, se dirigió hacia el todoterreno azul parado en medio de la carretera.

Mientras caminaba hacia allí encorvado y con paso lento, empezó a maquinar lo que debía hacer a continuación. No podía llevarse la moto, ya que estaba bastante dañada y la rueda trasera era ya inservible. En cambio, el coche había quedado prácticamente impecable, ya que el golpe se lo había llevado el parachoques. Las llaves seguían puestas, y la puerta del conductor abierta. La parte exterior de la ventana de ésta estaba salpicada de una sangre oscura, casi marrón. La limpió con el trozo de camiseta blanca que tenía en la mano.

La prisa empezó a apremiarle. Tendría que actuar rápido o cualquier coche pasaría por allí y lo vería todo. Con un esfuerzo sobrehumano, empujó, muy a su pesar, la moto, hasta que se precipitó por el acantilado. No quiso quedarse a ver cómo se destrozaba contra el suelo. Mientras volvía hacia el coche, recogió el arma aún caliente del suelo. Finalmente hizo uso de sus últimas fuerzas para arrastrar hacia el maletero lo que quedaba de su mejor amigo, Collin Doherty, y meterlo dentro. Entró y arrancó el todoterreno. Se puso a conducir como si nada hubiera pasado.

Seis horas antes, había visto a Collin en el concierto del pueblo. O mejor dicho, Collin lo había visto a él. Era un pub muy concurrido, y más aún en ese día especial, la conmemoración anual de la fundación de la empresa Animal Wear, la cual había dado trabajo a casi la totalidad de los habitantes del pueblo desde hacía veintitrés años. Esa noche estaba repleta de celebraciones, y un pequeño grupo local tocaba blues en el pub. Y Rob Milton no podía ni imaginarse que por culpa de ir esa noche a ese pub iba a tener, seis horas después, a Collin muerto en el maletero del todoterreno azul.

Collin era un mimado. En cuanto se sacó el carnet de conducir, su padre le compró el todoterreno. Un ojo de la cara, pero eso Collin no lo apreciaba, ni siquiera le dio las gracias. Por otra parte, los mimos que recibía por parte de su familia habían sido siempre mimos económicos. Su padre era la clase de persona que piensa que la bondad sólo depende del dinero que eres capaz de soltar, de forma que inflaba los bolsillos de su querido hijo e iba a visitarlo a la universidad de vez en cuando, por Navidad. Rob y Collin se habían criado juntos, como vecinos. Era un pueblo pequeño, y pronto descubrieron que su amistad tendría que ir, forzosamente, para largos años. Aunque Rob siempre pensó que Collin era un zoquete, nunca se lo dijo, pero la verdad es que estaba bastante claro para todo el mundo. Se había criado con su criada, y le había dado órdenes desde que supo hablar, así que no era de extrañar que su trato con la gente fuese un poco insolente, y más de una vez tuvo Rob que sacarlo de alguna pelea. Se ganó la impopularidad de los vecinos cuando comenzó su egoísta adolescencia, pero, de algún modo, le perdonaban. Rob siempre achacó esto a que la gente del pueblo consideraba a Collin como medio lelo, o algo así. Y, además, estaba su padre, que aparecía de vez en cuando con los bolsillos llenos, repartiendo a diestro y siniestro, con una hipócrita sonrisa en la cara, para después volver por donde había venido.

Rob había planeado salir del pueblo para siempre ese mismo día, el día en que se la jugó a Collin. Pero no podía perderse la noche de Animal Wear, quería celebrar que se iba por todo lo alto, y qué mejor oportunidad que aquella. Jamás pensó que encontraría a Collin en un pub donde tocaban blues.

Rob estaba de pie, entre la gente, escuchando la música, cuando sus peores temores se habían hecho realidad. Collin estaba en la otra punta, pero lo había visto, y avanzaba hacia él, rojo de cólera, apartando bruscamente a toda la gente agolpada, que protestaba y le seguía con la vista.

Conduciendo el todoterreno azul, se alegró profundamente de que Collin estuviera en el otro barrio. Después de todo, puede que la jugada le saliera bien. Tan solo tendría que deshacerse del cuerpo, y todo sería distinto, escaparía para siempre de ese maldito pueblo. Las cosas no habían sido planeadas de ese modo, pero ahora tendría que arreglárselas así, como pudiera.

Lo cierto es que era un buen coche; iba como la seda tras el accidente, y la verdad es que estaba casi nuevo. Eran las cinco y media de la tarde, y el cielo empezó a abandonar la claridad que antes lo había llenado, dejando paso a unas molestas nubes en movimiento que solo dejaban entrever algunos rayos de sol.
Necesitaba parar en alguna gasolinera, el depósito del coche estaba vacío, y su vejiga, llena.

—Amigo, ¿qué le ha pasado en la cabeza? —el dependiente de la gasolinera parecía ser del pueblo. Tenía que inmiscuirse en todos los asuntos ajenos.
—Me he caído, venía a por un poco de hielo y a llenar el depósito de gasolina —contestó Rob de mala gana. Ya casi no se acordaba de la herida de la cabeza. Sin embargo, el trozo de camiseta debía de estar empapado de sangre seca.

El dependiente lo miró descaradamente, con desconfianza. Era un hombre de unos cincuenta años, pero parecía en forma y dispuesto a molestar.
—¿Y cómo se ha caído? Porque eso no parece de una caída, más bien parece que le han tirado una piedra o algo así.
—Tuve un accidente de moto. Llamé para que se la llevaran, y por eso he cogido el coche. No me he dado cuenta de que tenía que cambiarme la venda, está ya muy sucia.

La palabra “moto” hizo que se activaran los circuitos de aquel ser fabricado en serie.
—¿Tú no eres Rob Milton? —al parecer, era el único con moto en todo el pueblo. Rob no supo qué responder —Y, si no me equivoco, ese es el coche de Collin. ¿Verdad?

Rob suspiró.
—Sí, soy Rob Milton. —la expresión del dependiente se endureció.
—Y supongo que vas a explicarme por qué demonios estás conduciendo el coche de Collin. —eso era ya demasiado.
—Oiga, por favor, le he dicho que ese coche es mío, así que no se meta en mis asuntos. Voy a llenarlo de gasolina, luego voy a mear, le pagaré y me iré, ¿vale? No tiene usted derecho a hablarme de esa forma sin conocerme. —Rob estaba demasiado cansado para perder los nervios, simplemente estaba actuando su instinto de supervivencia.
—Claro que te conozco, Rob. —el dependiente seguía con su expresión de dureza en la cara —Collin es mi sobrino. —mierda, pensó Rob —Sé lo que ha pasado entre vosotros, él me lo contó. Me contó su versión, por supuesto, todos sabemos cómo es Collin. Y todos sabemos cómo es su padre... —una pequeña mueca se dibujó en su rostro, mientras miraba un momento hacia la nada, pensativo. Su expresión pasó ahora a paternalista. —Mira, Rob, mi hermano, el padre de Collin, es un inconsciente, eso ya lo sabrás tú. Yo he trabajado para Animal Wear durante diecisiete años. He estado muchos años, día tras día, despellejando animales. Era un trabajo asqueroso, créeme, pero era lo que tenía que hacer para vivir. Eso o irme del pueblo. He sido de los más antiguos trabajadores de esa empresa, y he conseguido ir subiendo escalones. Hasta hace tres meses, mi sueldo era el que debe tener un hombre de mi edad. Tenía personas a mis órdenes, y a mi mujer no le faltaba de nada. Incluso podíamos viajar a veces en vacaciones. Mi hermano compró Animal Wear hace tres meses. La mitad de los altos cargos fuimos a la calle. En lugar de nosotros, mi hermano puso a sus amiguitos de la ciudad, y Dios sabe qué harán con la empresa ahora. ¿Te das cuenta? Me despidió, y soy su maldito hermano. Es un imbécil. Y Collin, ya lo sabrás tú, sigue sus pasos de imbécil. Ahora tengo que trabajar aquí, a kilómetros de mi casa. Sé que tú también has perdido tu trabajo. —Rob escuchaba sin inmutarse. Sabía lo que le iba a decir a continuación aquel hombre arrugado, sólo quería irse de allí sin perder más tiempo —Pero eso no te da derecho a hacerle lo que le has hecho a Collin. Se la has jugado bien, y eso no se lo hacen los amigos.
—No sé lo que le habrá contado Collin, pero no es cierto. Yo perdí mi trabajo y él podría habérmelo devuelto con sólo chasquear los dedos. No lo hizo porque no tenía ganas de hacerlo. Lo que le hice lo tenía bien merecido. —Rob echó una mirada cautelosa al todoterreno aparcado. —Más que merecido.
—Ahora dime —el hombre parecía no escuchar —, ¿le has robado a Collin el coche para darle otra lección? ¿No es ya suficiente? ¿Por qué no dejáis de una vez de pelearos?
—Mire, le digo que ese coche es mío, si quiere llame a Collin y se lo pregunta. Pero yo tengo prisa, así que voy a llenar el depósito, voy a mear y me voy a ir, ¿vale?

El dependiente lo miró severamente, como accediendo a regañadientes.

Mientras Rob llenaba el depósito, de pie frente al coche aparcado, pensó en los breves instantes en los que él y Collin habían sido amigos. Ahora ya no importaba. Había otra vida por delante, y la pensaba vivir, costase lo que costase.

El tío de Collin estaba en el interior de la tiendecita de la gasolinera, marcando un número en el teléfono. Una melodía comenzó a sonar. Provenía del interior del todoterreno. El dependiente levantó la vista hasta donde estaba Rob. Era imposible que escuchara la melodía desde allí... Rob empezó a ponerse nervioso. El hombre salió afuera, sin colgar el teléfono, y aguzó el oído. Miró a ambos lados, pero su vista fue a parar al todoterreno. Rob terminó de llenar el depósito. El hombre comenzó a caminar con paso decidido hacia allí, definitivamente estaba escuchando la melodía. Entonces Rob le dio el encuentro.

—Tome, quédese con el cambio. Me llaman al móvil, tengo que irme. —sin decir nada más, se metió en el coche y arrancó. El corazón le palpitaba de una forma que llegaba a resultar dolorosa, y la herida de la cabeza había empezado también a dolerle.

El hombre se quedó de pie, viendo cómo se alejaba el coche, un poco perplejo.

El teléfono de Collin dejó de sonar al cabo de un rato, y Rob tuvo que forzarse a respirar con naturalidad. El susto casi había acabado con él. A decir verdad, era Rob el que había instado al dependiente a llamar a su sobrino. No lo habría hecho de saber que el maldito de Collin había dejado el móvil en el asiento trasero del coche.

Ahora iba a toda velocidad por una carretera poco transitada a aquella hora de la tarde. Al cabo de una hora, sólo quedaba el todoterreno azul en kilómetros a la redonda. Nadie pasaba por allí, de hecho, el camino era más antiguo, casi arenoso, y en el transcurso de esa hora el cielo comenzó a oscurecerse. Y el optimismo de Rob empezó a desvanecerse poco a poco.

Había planeado lo que debía hacer en la ciudad, y desde que Collin se le echó encima con su coche, simplemente había actuado, pensando que debía seguir con su plan. Pero, ¿y si había subestimado a la gente de aquel pueblo?¿Y si descubrían la vieja moto de Rob en el acantilado y empezaban a sospechar? Además, había tenido aquella conversación con el dependiente, que además era el tío de Collin...Decididamente, todo andaba mal. Y, por primera vez desde que todo empezara, sintió lástima por Collin. A ésta le siguió un amargo y profundo remordimiento, y tuvo que parar el coche en mitad de la oscuridad, en el camino arenoso que no conducía a ninguna parte, para poner sus pensamientos en orden.


Cuando Collin le dijo que había que hacer recortes, Rob nunca pensó que lo despedirían a él. Y menos aún que su padre lo pondría en un alto cargo, dada su incapacidad para terminar siquiera el primer curso de universidad. Cuando Collin le dio la noticia con su estúpida expresión de indiferencia, Rob palideció, y a Collin no se le ocurrió otra cosa que pedirle que le comprara una bolsa de patatas si iba a salir. Ese fue el momento en el que Rob decidió jugársela a Collin.

Entró en el cuarto de su amigo a hurtadillas, mientras éste veía, en el salón, un programa de televisión lleno de imbéciles como él. Por suerte, se sabía la contraseña de su ordenador. Abrió el correo electrónico, y le mandó un mensaje a James Doherty, el padre de Collin. El mensaje fue, sin duda, una obra maestra. Cuando éste lo recibió, el impacto y el enfado fueron tales que decidió romper toda relación con su hijo. Esa noche, Collin recibió la llamada de su padre, en la que una voz de señorita le informaba de que, además de perder su puesto en Animal Wear, dejaría de llegarle dinero del señor Doherty. El perplejo Collin no era tan tonto como para no darse cuenta de que, si su padre no avalaba económicamente su imbecilidad, nadie lo haría. Se había acabado su vida de niño rico, lo habían abandonado a su suerte.

Rob ya andaba lejos de allí, dispuesto a salir de la ciudad, satisfecho de haberle dado la lección de su vida a Collin. Ahora sabría lo que es sudar para comer. Lo cierto es que un tipo como Collin estaba sin su padre igual de desvalido que un bebé.

Entonces cometió el peor error de su vida. Ahora, sentado en el todoterreno azul, en medio de la oscuridad total que un cielo sin estrellas podía ofrecerle, sin nadie que se adentrara en el camino arenoso, se lamentó de no haberse marchado inmediatamente de la ciudad.


El corazón le dio un vuelco cuando vio a Collin dirigiéndose hacia él en aquel pub de blues, colérico como nunca lo había visto, empujando al que se le pusiera por delante, sacando un objeto brillante del bolsillo....Rob sabía cual iba a ser la reacción de Collin, pero sacarle una navaja a él, eso era algo que no había imaginado. Esa noche, Rob temió realmente por su vida, por eso, seis horas después, se había sentido tan aliviado de que Collin hubiera muerto.

Rob se escurrió entre la gente del pub con un poco más de delicadeza que su amigo, pero ya era tarde. La navaja brillaba a la luz de las luces azules y rojas del concierto, y Collin la sostenía a la altura de su cara, enseñándosela a Rob, quizás para asustarlo aún más. Sólo entonces comprendió Rob lo bien que le había salido la jugada. Dejó la sutileza a un lado y empezó a empujar a la gente para abrirse camino, mientras Collin hacía lo mismo a unos pocos metros a su espalda, y cada vez más peligrosamente cerca.

Salió disparado por la puerta de emergencia, corrió hacia la calle siguiente y se escondió en una esquina. La música sonaba ahora lejana, pero aún le pitaban los oídos de lo cerca que había tenido los altavoces. Collin le había visto esconderse, y corría como un loco hacia donde estaba escondido Rob. Éste sintió cómo sus piernas volvían a salir despedidas hacia delante, con Collin a un paso de cruzar la esquina. Estaba amaneciendo, el cielo se puso rosa y luego naranja. Rob miró hacia atrás mientras corría, lo justo para verle la cara a Collin. Definitivamente, estaba borracho, ya que iba haciendo una especie de carrera en zigzag, intentando controlarse. Entonces, se paró. Rob siguió hasta llegar al extremo de la calle, y también dejó de correr. Con cierta satisfacción, vio cómo Collin se arrodillaba y vomitaba todo lo que había bebido.

Rob le observó desde lo lejos, y sintió un poco de lástima. Estaba acabado. Era un borracho acabado y desesperado. Siguió corriendo hasta el cuchitril donde vivía. Tuvo que pararse unos minutos para respirar, ya que estaba exhausto. Terminó de hacer la única maleta que iba a llevarse. Era una bonita maleta cuadrada negra con botones metálicos, que iba con la moto, la cual tenía aparcada en la acera. Con cautela, la colocó en su parte trasera. Volvió a entrar en su casa. Optó por comer algo rápido, ya que no podía aguantar más el hambre y el viaje iba a ser largo.


Cuando por fin decidió irse para siempre, le echó un último vistazo a su hogar. Definitivamente, no iba a echarlo de menos. Su vista se posó en la caja roja que estaba junto a su armario. Tras vacilar unos segundos, cogió el arma que había dentro. Era una pequeña escopeta de mano. Le metió dos cartuchos y salió de la casa. Por si acaso. Arrancó la moto y se marchó para siempre.

La brisa veraniega le acariciaba los brazos mientras viajaba a toda velocidad en su moto. El casco le apretaba un poco, pero al menos estaba protegido. Las angustiosas casas del pueblo ya habían dejado paso al amplio pasaje que se extendía ante él: tan solo el potente sol, el cielo azul, y la carretera en medio de un vasto paisaje pedregoso. Por fin se sentía libre.

El corazón le dio un vuelco cuando, por el espejo retrovisor, pudo divisar una manchita azul que se dirigía hacia allí a toda velocidad. En unos segundos, tenía en su espalda al todoterreno azul. El coche tuvo tan sólo que acelerar un poco para que todo ocurriera. Rob perdió el control, y al parecer, Collin también. Mientras el todoterreno derrapaba, Rob y su moto salieron volando. La moto siguió rugiendo un instante mientras estaba en el aire, luego cayó con un crujido estruendoso y se deslizó un poco más allá por el asfalto. Rob consiguió rodar mientras caía, y en algún momento recibió un golpe en la cabeza que casi le hizo perder la consciencia.

Durante unos momentos, reinó el quejido de las culebras. Cuando Rob escuchó la puerta del coche abriéndose, se obligó a sí mismo a incorporarse. Apenas podía ver y el casco le pesaba. El arma había caído cerca suya. Se arrastró hacia ella mientras una figura salía del coche y caminaba hacia él dando tumbos. Con un fortuito movimiento, alzó la escopeta y disparó cuando la figura estaba a unos tres metros de él. El sonido fue estruendoso, y el eco resonó en los tímpanos de Rob durante unos momentos que parecieron interminables. Algo en la cara o cabeza de su amigo salió volando hecho trizas, salpicando el todoterreno. El cuerpo se desplomó sobre el suelo como un pelele.

Rob respiró profundamente. No quería que todo esto se interpusiera en su camino, sólo se había defendido. Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido.

Eran las tres de la madrugada y Rob seguía sentado en el coche, parado en mitad del camino arenoso, con la cara entre las manos, preguntándose cómo iba a seguir todo después de esto. Al no haber ninguna luz cerca, la oscuridad era inmensa. La luna, frente a él, iluminaba un poco el largo camino.

Rob escuchó un ruido. Fue un pequeño golpe seco, pero, en aquel lugar donde reinaba el silencio, bastó para ponerlo alerta. Volvió a escuchar el mismo sonido, pero esta vez más fuerte. Ahora Rob estaba asustado, allí no había nadie. Con la mirada escudriñó la oscuridad que rodeaba al coche. Volvió a sonar. Esta vez fue casi como un petardazo. Rob saltó de su asiento y empezó a respirar entrecortadamente. Estaba seguro de que el sonido había venido del propio coche. Y en él tan sólo estaba él.... y Collin.

Se dio la vuelta y miró hacia el maletero. Durante unos minutos, todo estuvo en calma. Entonces suspiró, y otro golpe, esta vez más fuerte, hizo que el maletero vibrara, como si hubieran escuchado el suspiro desde dentro y ahora estuvieran pidiendo ayuda.

Rob salió del coche de un salto y fue hacia el maletero, sin acercarse demasiado, con los hombros apretados, como si así fuera a protegerse, temblando de miedo.

Esta vez empezaron a patalear el interior del maletero sin piedad. El todoterreno estaba botando, y el ruido que hacía golpeaba los tímpanos de Rob de forma dolorosa. Los pataleos no cesaban. Pronto se produjo un lamento ininteligible del interior. Sin duda, estaba pidiendo ayuda como lo haría un animal.
—¡Collin, ya basta, para de una vez! —gritó Rob, fuera de sí —¡ No voy a sacarte, así que déjalo ya! —los pataleos cesaron un segundo. Collin acababa de digerir esa respuesta. Entonces los golpes volvieron a sucederse, esta vez de forma desesperada, acompañados de un grito desgarrador, inhumano.

A Rob se le heló la sangre. Le había reventado la mitad de la mandíbula a Collin del disparo, de forma que por eso gritaba como una especie de animal. Cuando lo había arrastrado hasta el maletero, su cara había estado totalmente desfigurada. Debía estar pasándolo realmente mal ahí dentro.

Sonó el móvil de Collin. Los lamentos cesaron. Era la melodía que casi lo delató en la gasolinera. Cogió el teléfono del asiento trasero y volvió a salir. Mientras sonaba, en la pantalla aparecía la palabra CASA. Seguramente sería la policía, que andaba por casa de Collin. Esta vez, el miedo se superpuso a su lógica. Cogió el teléfono y esperó a que hablaran.

—¿Has encontrado a ese hijo puta de Rob? —era una voz que sonaba extrañamente familiar —Mira, da igual, no tenía que haberte mandado a buscarlo, es que me encontraba demasiado mal, bebí mucho y acabé vomitando cuando me puse a perseguirlo por el pub, el muy cabrón. Es tarde, vuelve y te dejaré el garaje abierto para que me devuelvas el coche. ¿Oye?

Rob estaba pálido. Claro que conocía esa voz. Aunque hubiera querido articular palabra, no habría podido.
—¿Oye, estás bien? Di algo, hombre.

Los pataleos y los gritos volvieron a producirse, esta vez intentaba pedir ayuda al que estaba al otro lado del teléfono, fuera quien fuera.
—¡Eh, qué ocurre, joder! —oyó decir, justo antes de colgar el móvil.

Rob permaneció quieto, frente al maletero, mientras este se movía sin parar. En su interior, alguien agonizaba de dolor y desesperación, golpeaba con todas sus fuerzas y chillaba de forma aterradora.

Aún le quedaba un cartucho. Quizás lo usara, o quizás no. De momento, y por muchas horas hasta que decidió hacer algo, permaneció de pie, quieto, mirando el maletero del todoterreno azul.


SSM

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

martes, 5 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 7 (Parte 2)


Una Segunda Oportunidad
(Parte 2)


La sala de espera del hospital estaba limpia y vacía. Solo Steve y el policía la ocupaban cada uno sentado en los extremos de uno de los bancos. No hablaban. Steve solo pensaba, recordaba el momento en que su esposa se puso de aquella forma. ¿Por qué?

Estaba en Fiumicino por fin y lo único que había visto había sido el puerto y el interior del coche de policía. Sí, había mirado por las ventanas durante el triste trayecto hasta el hospital, pero no había visto; de su cabeza no se iba la imagen de su mujer tirada en el suelo, junto a la cama, sangrando y rogándole que le ayudara con los ojos desorbitados. Y él no había podido hacer nada. En cinco minutos había perdido la consciencia, y hasta hubo un momento, a la media hora o así, en el que Steve creyó que había dejado de respirar. El motor del yate se había quejado cuando Steve lo puso al máximo de su potencia, pero no se calentó demasiado y no tuvo que apagarlo en ningún momento para que recuperara. Con esto, se dedicó por entero a permanecer sentado junto a Ruby, con su cabeza apoyada en las rodillas y acariciándole el pelo, tras haberle limpiado de la cara la sangre, sin que ella diera muestra alguna de mejora.

Con todo aquello, se olvidó por completo de la música, y no pudo evitar el llanto en el momento en que la última canción del disco comenzó a sonar. Era Ruby. Violines melancólicos, el piano de Charles y su voz: They say, Ruby, you are like a dream… Not always what you seem... La maldita canción, que tanto le había gustado siempre, en ese momento tan trágico le pareció de lo más siniestra.

Un par de veces pasó el doctor de su esposa por delante de ellos sin siquiera mirarlos, rápido, mirando papeles y la última vez con un inmenso libro entre las manos. Dos horas más tarde, salió de nuevo y se acercó a ellos. Steve y el policía se levantaron. La cara del doctor era una mezcla de agotamiento y enfado, y habló con una voz ronca y muy seca, en italiano, con el policía, quien le tradujo.

—Dice que no entienden nada. No consiguen averiguar qué le pasa. La han tratado superficialmente para unas cuantas cosas que podrían ser y van a esperar a ver si se manifiesta lo que sea que está dañando a su esposa.
—¿Habla en serio? —preguntó al policía.
—Sí.

El doctor se fue sin despedirse y los dejó allí de pie, en silencio.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó el policía.
—No lo sé. ¿Puedo entrar a verla?
—No. Me ha dicho que no, vamos —respondió.
—¿A dónde?
—A algún bar.

El policía echó a andar y Steve fue sumiso detrás, sin nada que decir, sin fuerzas para quejarse. Salieron del hospital por las enormes escaleras de piedra de la entrada y cruzaron una bonita plaza llena de gente paseando y vendedores de suvenires que se apostaban en los bancos, desplegando allí su material y esperando a ser vistos. Un montón de niños en fila, todos con gorras verdes fosforito, seguían a una mujer joven con una carpeta en lo alto que, de vez en cuando, se giraba y les hablaba o llamaba un poco la atención. Steve no pudo evitar quedarse mirando a una preciosa niña rubia que, sin gorra esta, destacó por la belleza de su cabello sobre el resto de los niños; no consiguió verle bien la cara, por la lejanía y las lágrimas que luchaba por contener.

El recuerdo le asaltó otra vez: “Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa? Tu madre y yo te echamos de menos…”

El policía andaba delante de él, sin volverse, con paso patoso y rápido. Steve le veía la espalda, la ropa arrugada, el sudor en la nuca, la falta de pelo en la coronilla, las piernas gordas renqueando sobre las losas desiguales del suelo que tanto habría recorrido y esa manera exagerada de mover los brazos. Odiaba a aquel hombre. No sabía por qué pero lo odiaba con toda su alma, y le deseó lo peor por un momento. Quiso poder pegarle, rezó por tener la posibilidad de quitarle la vida a golpes y no entendía qué hacían aquellos sentimientos corriendo por su cuerpo como un veneno.

El odiado agente se volvió entonces, intentando sonreír y le preguntó:

—¿Dónde prefiere ir? —con una mano le señaló la acera de enfrente a la que estaban, donde podían verse varios bares y terrazas.
—¿De verdad cree que me importa? —dijo Steve irritado, aún furioso.
—De acuerdo.

Y volvió a andar, decidido por uno, un bar llamado “A Domani!” en el que no había un alma. Vacío como los vasos que colgaban sobre la cabeza del camarero, un hombre muy mayor que ni los miró cuando entraron y que siguió con la vista clavada en el puro que se fumaba con unos labios agrietados sin dientes en la boca que cubrir.

Fueron hasta una mesa del final y cuando se sentaron, un chico joven con un delantal se acercó a ellos y les preguntó. El policía pidió por los dos y el joven se fue.

—No se deje engañar, este bar está muy bien.
—Vale.
—Mi nombre es Christo Malvicini.
—El mío es Steve Horner.
—Bueno… ya lo sabía —sonrió débilmente el hombre, como esperando que su acompañante también lo hiciera por la obviedad de su presentación —, estuve con usted en el regitro, y en el hospital…
—Ya, claro.
—Mire, señor Horner, voy a hablarle con franqueza… —dijo Christo Malvicini recolocándose en su asiento y haciendo una pausa cuando el camarero soltó dos cervezas enormes en la mesa —, su esposa no es la única.
—Ya lo sé.
—¿Cómo? —Christo Malvicini quedó totalmente contrariado por aquella revelación.
—Mi hija murió igual.
—Oh, Mamma mía! Cuánto lo siento —Christo Malvicini dio un trago a su cerveza un tanto sorprendido.
—Hace casi veinte años ya.
—Tuvo que ser muy duro, sería usted muy joven, ¿no?
—Demasiado…
—Vaya… Pues lo que yo iba a decirle, señor Horner, era que, ahora mismo, no es solo su esposa la que se encuentra en ese estado. No es su esposa la única en ese hospital con esta especie de enfermedad.
—¿Y por qué no dijo nada el doctor? —inquirió con brusquedad el Capitán.
—Porque no quieren escándalos.
—¿A qué se refiere?
—A que si los familiares de los afectados saben que ellos no son los únicos darán la voz de alarma, de alguna manera se extenderá la existencia de una enfermedad que no sabemos controlar y que nadie sabe qué es —Christo Malvicini volvió a sorber de su jarra de cerveza —, y no necesitamos a los medios encima. Muchos menos ahora, con la sombra de la guerra volando sobre nuestras cabezas como cuervos en el desierto.
—¿Y por qué me lo cuenta entonces a mí, señor Malvicini?
—Porque usted puede hacer algo para remediarlo.
—Pero, ¿qué me está contando? —Steve dio un golpe en la mesa —Como bien ha dicho antes, vino al registro conmigo, sabe que no soy más que el Capitán de un barco de pesca.
—Exactamente. Usted dispone de un barco y los permisos para navegar en todas las regiones marítimas, usted y solo usted.
—No, señor Malvicini —rió el Capitán —, se equivoca, somos alrededor de mil los Capitanes de pesqueros con permiso para todas las regiones.
—Sí, pero hasta donde yo sé, usted es el único cuya esposa está postrada en una cama incubando una enfermedad sin remedio conocido por la medicina.
—¿Y usted qué sabe?
—Señor Horner —sonrió el agente —, hágame caso, lo sé.
—Me voy a ir, señor Malvicini —dijo de repente el Capitán levantándose.
—¿Por qué? —se sorprendió el policía.
—Porque, hace también casi veinte años, otra persona fue por el mismo camino que parece ir a tomar usted, y me propuso algo muy feo, señor Malvicini.
—¿De qué me habla, señor Horner? —preguntó el agente —No le sigo.
—Pues nada. Hasta que nos volvamos a ver.
—¿Qué? —el agente de policía no hizo más que quedarse donde estaba, agarrado al asa de su enorme jarra de cerveza, viendo como el Capitán Horner se marchaba por la puerta del bar y cruzaba la calle dirección al hospital.


—¡Exijo ver a mi esposa! —gritó al celador que le ponía una mano en el pecho prohibiéndole la entrada al ala de cuidados intensivos.
—¡In nessum modo! —negaba una y otra vez el hombre, empujándolo, obligándolo a retroceder.
—¡Voy a golpearte, italiano de mierda!
—Ma va´ là! —el celador echó su peso sobre el capitán y lo estrelló contra una pared, luego comenzó a gritar ­— Sicurezza! Sicurezza!

Y no tardó en aparecer un guardia de seguridad mirando con maldad al Capitán, que se recompuso como pudo y pasó al lado de éste sin mirarlo, rápido y furioso.

Salió del hospital arrasando con todo, sin mirar ni por donde pisaba, paró a un taxi y le gritó la palabra “puerto” haciendo el movimiento del agua con las manos. El taxista le miró con los ojos entrecerrados y puso el taxímetro a correr. El viaje fue corto, pero no barato.

Su barco descansaba sobre las aguas calmadas del atardecer. Llevaba sentado en la cubierta tres horas, con una botella de vino vacía entre las piernas y Ray Charles sonando en el interior. El sol veraniego le había quemado la piel y sabía que necesitaba o una ducha o un baño para despejarse; pero moverse era algo que no le apetecía.

El cielo era un cuadro de Rubens, nubes redondeadas, cada una de un color, naranja, rojo, lila, rosa, azul, violeta y el sol caía justo ante sus ojos y le desorientaba al igual que deslumbraba.

—Cómo han cambiado tus vacaciones, ¿verdad? —murmuró entre dientes.
—¿Capitán? —una tímida voz en la luz.
—¿Quién anda ahí? —tan borracho estaba que no le sorprendió la voz de la niña tras él, ni se giró, ni se movió, permaneció como estaba, mirando directamente al sol, dañándose las retinas y sintiendo la luz inundar su mente.
—Soy… Vengo a avisarle —la voz hablaba con determinación.
—¿A avisarme? ¿De qué? —el Capitán echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el quicio de la puerta.
—De que si no busca a Simon Bakälar, le pregunta por el orogris y decide aliarse con él, su esposa no se salvará.

El Capitán comenzó a reírse, sin volverse.

—¿Te manda Christo Malvicini? —preguntó.
—No conozco a ningún Christo Malvicini. —respondió con sinceridad.
—Entonces, ¿de qué conoces mi historia, a Simon Bakälar, y todo lo demás?
—Señor, busque a Simon Bakälar en Port Douglas, Australia, y háblele del orogris, no deje que le vuelva a pasar como con su hija, Capitán.
—¿Qué sabes tú de mi hija? —preguntó con brusquedad.
—Nada, solo que murió al no tener la cura. Pudo conseguirla entonces y puede conseguirla ahora. No caiga dos veces en el mismo error.
—Pero, ¿se puede saber quién cojones eres? —el Capitán se fue volviendo, sorprendido por la cantidad de información que tenía la niña y, con las pupilas totalmente contraídas, al mirar a la oscuridad del interior solo percibió luces blancas y anaranjadas ante los ojos, entre las cuales vio desvanecerse el cuerpo de una niña —¿Lillian? ¿Eras tú?


Duchado y afeitado, oliendo a colonia y con una pequeña maleta de viaje en una mano, caminaba el Capitán con paso rápido hacia el Hospital. Nervioso, se preguntaba si lo dejarían pasar a ver a su esposa y si perdería los nervios de no ser así. Solo había ido a despedirse.

Entró al vestíbulo y atravesó toda la sala gigantesca hasta los ascensores, donde esperaba un montón de gente. Todas caras desconocidas, país desconocido, idioma desconocido. Estaba solo, completamente solo, y aquello le asustaba; si por lo menos conociera la lengua.

Una vez en la planta de cuidados intensivos, nada más pasar a través de las puertas de metal del ascensor, se encontró de cara con el agente Christo Malvicini.
—Vaya —dijo éste con una sonrisa, luego fijó su vista en la maleta —¿Se marcha?
—Sí.
—¿A dónde?
—A Australia, a buscar a un viejo amigo.
—Claro —el agente andaba a su lado mientras el Capitán encaminaba la puerta de entrada al ala del hospital.
—¿Me dejarán pasar? —preguntó Steve Horner.
—A saber.

Llegaron hasta la puerta, donde un nuevo celador leía unos archivos de pie junto una mesa. Christo Malvicini comenzó a hablar con él y el muchacho miró una y otra vez al Capitán, de arriba abajo, luego negó con la cabeza y se encogió de hombros, dijo algo y enseñó las palmas de las manos, como si no supiera nada.
—No te pueden dejar pasar —dijo el agente.
—¿Por qué? —Steve luchaba por controlarse.
—Por seguridad, este tipo dicen que le han ordenado no dejar entrar a nadie en la zona de infectados —explicó.
—Puta mierda.
—¿Tiene el billete de avión?
—No. —Steve comenzó a agobiarse.
—¿Y piensa encontrarlo así sin más, sin reserva ni nada?
—No he pensado en eso.
—Pues creo que es algo a tener en cuenta —dijo el policía con una sonrisita, la cual borró al instante al ver el rostro descompuesto de Steve Horner —. Le ayudaré.

Christo Malvicini hizo tres llamadas y le consiguió un billete en clase turista, de ventana, para el vuelo de las doce de la noche que le dejaría en el aeropuerto de Cairns, no muy lejos de Port Douglas.
—¿Por qué me ayuda?
—Porque ha pasado mucho en un solo día, y quería librarle de algo del peso.
—Muchas gracias.
—No hay de qué, Capitán.

Viajaron en el coche del agente hasta el Aeropuerto Leonardo Da Vinci, donde se despidieron con un breve apretón de manos y donde Christo Malvicini le deseó suerte y paciencia. Steve volvió a darle las gracias por todo y se despidieron.

El avión no iba muy lleno, nadie se sentó a su lado y el hecho de sentirse atraído hacia una de las azafatas le hizo sentir fatal, le entró un terrible dolor de cabeza y vomitó dos veces antes de salir de Italia. No pidió nada para comer, ni para beber, no leyó ninguna revista y ni siquiera pudo reposar la cabeza sobre la ventana y dormir un rato. Estaba nervioso, intranquilo, sabía lo que tenía que hacer, a quien se tenía que enfrentar y en donde se iba a meter, y eso le asustaba. De verdad que le asustaba. Era como si, de una manera inconsciente, Steve Horner supiera a donde le iba a llevar esto, a ese fin prematuro en el barco contra las rocas que harían de su viaje de salvación una muerta carente de sentido.

Pero, por otra parte, sabía que tenía que ir, que nada saldría bien si él no hacía ese viaje, si no hablaba con Simon Bakälar, si no iba en busca del orogris. Lo sabía. Lo sabía, y la niña también. La niña lo había puesto en el camino, de vuelta a las ruedas del destino. La niña. ¿Quién era esa niña? Había desaparecido cuando él se había vuelto. ¿Fue una alucinación? ¿Una aparición? ¿Lillian? Había muerto con siete años, y la recordaba más alta que la sombra que había visto en su camarote. Y la voz era diferente también. Aunque habían pasado casi veinte años ya. ¿De verdad iba a reconocer la voz a la primera? Pues, ¿qué iba a ser si no? Si no era su hija, su Lillian, ¿quién demonios era la niña que apareció tras él esa tarde? ¿Quién?


The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.


martes, 29 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 7 (Parte 1)


Una Segunda Oportunidad

(Parte 1)


19 de Marzo de 2010
09:00 AM
En el Mar Tirreno
(A unas horas de Fiumicino, Roma)

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar, y por eso el murmullo continuo se fue trabando hasta que desapareció y el barco siguió flotando tranquilamente sobre las grisáceas aguas del alba.

Amanecía lentamente en el Mar Tirreno, el cielo pasaba del púrpura a un celeste claro tras unas finas nubes, arreboladas en pequeños grupos, mientras que el sol se abría hueco partiendo del mar con su haz de luz blanquecino. La escena se desarrollaba sin prisa, con las gaviotas como único testigo de la belleza de aquel despertar. El yate blanco, ni tan grande como para llamar la atención, ni tan pequeño como para que sus únicos dos ocupantes no estuvieran cómodos, se movía al ritmo de las olas.

En el silencio de la mañana, invadido solo por el agua y los graznidos de las aves, Steve Horner abrió los ojos. Sobre su cabeza, el techo bajo del camarote le mostraba una lámpara blanca atornillada al mismo. Miró a su izquierda y vio que el reloj de pulsera le mostraba las nueve de la mañana. Miró a su derecha y vio la cosa más bonita del mundo.

Ruby dormía plácidamente de lado, sobre su hombro izquierdo, inclinada hacia él, el pelo cayéndole por el cuello tras las orejas, sin cubrirle la cara; su expresión era puro descanso, y sus labios entreabiertos hicieron que a Steve se le inflara el pecho de felicidad. Más allá del cuerpo de su esposa estaba la pared del camarote y, en la parte más alta de ésta, la ventana rectangular que daba al exterior. Parecía que amanecía soleado, pero el hecho de que se le erizasen los vellos de los brazos al salir de entre las cálidas mantas de la cama le hizo pensar en que un frío viento podría traer lluvia para la noche.

Pero para la noche ya estarían en Fiumicino, pensó Steve Horner con una sonrisa en el rostro, disfrutando del mejor pescado, refugiados en un elegante restaurante del centro del enorme pueblo. Aquellas serían unas vacaciones inolvidables.

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar y Steve Horner lo sabía, así que volvió a encenderlo con paciencia, calentándolo poco a poco, hasta que comenzó a funcionar con normalidad, encauzó el timón, actualizó el rumbo en la computadora y notó contento como el yate cogía velocidad. Italia, allá vamos, pensó.

Con paso tranquilo volvió al camarote y se aseguró de que Ruby seguía durmiendo. Fue a la cocina, pequeña pero perfectamente equipada, y puso el café a calentar a la vez que unas tostadas se hacían. Exprimió cuatro naranjas bien gordas de la caja que comprara la mañana anterior en Golfo Aranci, y sacó la mantequilla de la nevera. El desayuno estuvo listo en diez minutos y Steve entró de nuevo en la habitación portando una bandeja bien equipada para empezar el día.

Con cuidado depositó la comida en el suelo y se subió a la cama con suavidad, se echó sobre su mujer y le acarició la oreja con la nariz susurrándole que era hora de despertar. Ella no quiso hacerle caso. Steve se puso a su lado, de rodillas sobre el colchón, y comenzó a dar pequeños botes.
—El desayuno está listo —dijo.
—No quiero desayunar, quiero dormir —se quejó ella dormida aún.
—Pero son ya casi las diez de la mañana —replicó él.
—Las diez es hora de dormir —aún no había abierto los ojos.
—No cuando estás en un barco —volvió a replicar Steve Horner.
—Sí cuando estás de vacaciones —Ruby le empujó con un brazo y se puso bocabajo, con la cara mirando para la pared.

Steve reía la pereza de su mujer. Se colocó ahora a horcajadas sobre la espalda de Ruby y comenzó a masajeársela con delicadeza.

—Eres una floja.
—No, tú te levantas demasiado temprano —corrigió ella; su voz sonaba amortiguada por la almohada.
—Costumbre.
—Pues yo acostumbro a dormir hasta el mediodía en vacaciones, ¿sabes? —por fin, Ruby levantó la cabeza de la almohada y miró a su marido con los ojos hinchados por el sueño, media sonrisa en el rostro y todo el pelo revuelto.
—¡Qué guapa estás! —exclamó Steve.
—Sí, ya —bufó ella, incrédula.
—En serio. —él se inclino para besarla y ella se retiró —¿Qué pasa?
—Tu aliento —explicó Ruby con una mueca.
—¿Apesta? Me acabo de lavar los dientes. —justificó él.
—Ya, es eso, demasiada menta fuerte para ser tan temprano. —sonrío la mujer.
—Vaya.

Steve se quitó de encima de su mujer y cogió el desayuno mientras ella se incorporaba con la espalda en el cabezal y se ordenaba un poco el pelo. Colocó la bandeja sobre las piernas de ésta y se sentó enfrente.

Desayunaron animadamente, diciendo tonterías y entre bostezos monumentales por parte de Ruby. El sol entraba ahora directamente por la ventana rectangular del camarote y comenzaba a hacer calor allí, por lo que Steve abrió la puerta.
—¡Qué frío! —exclamó Ruby rápidamente.
—¡Qué exagerada! —rió Steve imitándola.
—En serio —replicó ella ceñuda.

Steve volvió y cerró la puerta. No quería hacer nada que disgustase a su esposa, no en esas vacaciones. Se merecían un descanso, sin duda alguna, un descanso del dolor, de la desgracia, de los recuerdos.

Habían pasado ya casi diez años desde que aquello ocurriera, pero aún notaba la sombra de la desgracia en los ojos de su mujer, en sus gestos, en sus palabras. Notaba su presencia, la persistencia de la muerte tras el alo de felicidad comprometida con el pasado que juntos habían estado intentado crear en los últimos años.

La mañana avanzó inundada de normalidad, silencio y tranquilidad. Después de desayunar permanecieron un tiempo más acostados, abrazados, escuchando el mar y el tímido murmullo del motor, hablando a ratos, callados la mayor parte de tiempo.

Las gaviotas seguían sus paseos sobre el mar, su caza, su vida en el aire, mientras Ruby besaba a su marido y salía de la cama para ir al cuarto de baño. Steve se quedó unos momentos más allí echado, pensando, recordando. Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa?

Saltó de la cama y fue a observar la pantalla del monitor. Todo en orden. Llegada prevista en tres horas, lo justo para llegar al hotel, ducharse y salir a comer. Contento volvió al cuarto y se acercó al equipo de música. Abrió el cajón de los discos y estuvo un rato mirando. En tanto, Ruby salió del cuarto de baño, le miró, sonrió, y se acercó. Tras un rato discutiendo sobre qué poner, decidieron escoger a Ray Charles. Era un Grandes Éxitos de muchos años atrás, un par de discos viejos y muy usados cuya caja estaba más que rota.

En cuanto empezó a sonar What I’d Say, Ruby comenzó a menearse al ritmo de la música y a cantar por toda la habitación. Steve sonrió contento y se quedó mirándola desde donde estaba, temeroso de acercarse y hacerla parar. Ella, por el contrario, se fue acercando a él sin dejar de bailar e intentó arrastrarlo al ritmo, pero fue imposible.

—Sabes que no bailo —dijo él.
—¿Ni si te lo pido yo? —Ruby se fue aproximando a Steve sin perder el compás.

Tiró de él y lo consiguió separar de la pared. Ambos reían y, a pesar de no querer, Steve Horner terminó moviéndose patósamente junto con su esposa hasta que la canción terminó y comenzó la más tranquila Georgia On My Mind. Sus jadeos y risas sonaban sobre la música y apenas si le hacían caso, pero terminaron abrazados balanceándose con los violines.

Steve no creía poder haber alcanzado lo que tanto tiempo llevaba ansiando y buscando. Simplemente quería estar así siempre. Durante un momento se le pasó por la cabeza hasta la idea de reducir la velocidad del barco y alargar aquel momento todo lo posible, eternizar aquella canción, no salir de la belleza y la tranquilidad de aquel abrazo. Pero la canción terminó.

Ruby alzó la cara, mojada de lágrimas y le besó en los labios con una sonrisa.

—Gracias por convencerme para hacer este viaje —dijo.

Steve se limitó a devolverle el beso. Las manos de ella fueron bajando suavemente por su espalda hasta la cadera y allí se crisparon de repente, clavando las uñas en la carne. Steve no pudo evitar retirar su boca de la de ella, sorprendido por el dolor, pero Ruby no lo soltó, sino que siguió apretando. Tenía la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco y la boca semiabierta.

Steve la zarandeó suavemente y le habló, pero su esposa no volvía en sí. Estaba tensa y temblaba, así que asustado la tumbó en la cama y la abofeteó. No funcionó. Aquello le parecía un ataque epiléptico, pero no había convulsiones, no había saliva, y Ruby nunca había sido epiléptica. Fue corriendo a la cocina, agarró la jarra de agua de la nevera y la echó sobre su mujer. Ahora sí hubo reacción, se movió como si hubiese recibido una descarga eléctrica y cayó de la cama por el otro lado al suelo.

Lloraba. Steve fue hacia ella y vio como se encogía. La llamó por su nombre mientras se arrodillaba a su lado y entonces vio la sangre. Salía de sus oídos y de su boca, también por la nariz, y le costaba trabajo respirar. Steve no sabía qué hacer, no podía creer lo que estaba viendo. Ruby levantó la vista y lo miró con unos ojos aterrados de pupilas dilatadas.
—¿Qué me pasa? —dijo escupiendo sangre y con una vocecita que hizo que el corazón de Steve se encogiera aún más —¡Ayúdame, Steve! —gritó —¡Ayúdame!

El contacto por radio con puerto fue rápido y conciso una vez hubo dado su nombre y el de su yate, así como su número de licencia.
—¡Llamen a una ambulancia!

Las luces rojas y blancas apenas se notaban en el brillante mediodía del puerto de Fiumicino. Junto a la ambulancia esperaba un coche de policía y un amplio número de curiosos, la mayoría extranjeros que pasaban por allí cuando se formó aquel circo.

El yate, que había convertido las tres horas restantes de viaje en una y media a toda velocidad, llegó al puerto finalmente y Steve saltó de él con la intención de atarlo, topándose con un par de policías que lo retuvieron rápidamente.

—¡No, por favor, ayuden a mi mujer! —gritó él a los agentes, que no parecieron entenderlo.

Señaló la ambulancia y el yate y entonces lo soltaron a la vez que un grupo de enfermeros se introducían, no sin cierta dificultad, en el barco con todo el equipo. Steve fue tras ellos y vio como atendían a Ruby, hablando entre ellos en italiano, y se desesperó al no saber qué estaba pasando.

—¿Habláis alguno inglés? —preguntó un par de veces sin obtener respuesta.

Abrieron una camilla plegable y la subieron con cuidado, él intentó ayudar pero uno de los enfermeros le paró y le dijo algo que no comprendió. La sacaron del yate y la metieron en la ambulancia, que rápida volvió a encender la sirena y comenzó a recular para entrar en la carretera.

—¡Esperen! ¡Esperen! —gritó Steve corriendo detrás del vehículo —¿Dónde la llevan? ¿Dónde llevan a mi mujer?
—¡Pare! —gritó alguien entonces tras él —¡Pare!

Steve se giró y vio a un policía que le seguía. Temeroso de verse en algún problema dejó de correr y vio como la ambulancia se perdía de vista tras una esquina. El agente llegó hasta él y se dobló sobre sí mismo, apoyándose sobre sus rodillas para coger aire. Era un hombre gordo, con poco pelo, vestido de chaqueta pero de manera desaliñada.
—¿Qué hace corriendo detrás de la ambulancia, hombre? —preguntó en un inglés bastante correcto.
—¿A dónde llevan a mi esposa? —preguntó Steve.
—Pues al Hospital Central.
—Llévenme.
—Primero tiene que pagar la tasa del puerto y registrarse —indicó el policía.


The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

martes, 22 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 6 (parte 2)

La Venganza de Grace
(parte 2)

11:00
26 de noviembre de 2010
(5 días antes)



Sin apartar las manos del volante, se quitó del ojo una legaña con el dedo meñique. Simón debía estar atento ya que el lugar de reunión se encontraba cerca. Era imprescindible cerrar el acuerdo cuanto antes, pues el primer día de diciembre, apenas una semana después, partiría el pesquero. Gracias a unas indicaciones que había recibido en código secreto a través mensajes y pequeñas reseñas en periódicos locales, pretendía guiarse a través de las carreteras del estado de Nevada y su interminable desierto. Aunque lo peor era, sin duda, la manera en la que se estaba jugando la vida; merodear por un lugar receptáculo de criminales y guerrilleros no sólo le exponía a éstos, sino también corría el riesgo de ser apresado por los militares estadounidenses. Muchas veces pensaba que, contra esto, poco podría hacer la Colt M1911 que llevaba en la guantera; pero por otro lado se sentía más seguro, pues era como si un amigo dispuesto a protegerlo le acompañase a la muerte.
Por fin llegó. El residuo de una base de pruebas nucleares en ruinas le esperaba en medio de la nada arenosa. Resultaba irónico, pensó Simón, que medio siglo atrás, tan cerca de Las Vegas, hiciesen experimentos atómicos. Tres casas cubiertas por el polvo y multitud de desechos amontonados en cualquier lugar: un coche de los años setenta, hélices de aviones, motores, ruedas, barras de hierro, sacos de tierra, herramientas, botellas de Coca-Cola, mesas de madera podrida, sillas quemadas...
Frenó el jeep y se bajó. No había nadie, y la ausencia de ruido remarcaba aún más aquella soledad y abandono. El silencio solapaba la realidad y la trasladaba a lo que bien podría haber sido un desierto marciano. Extrañas leyendas se apiñaban en torno a aquellos lugares. Simón deseaba irse cuanto antes, no creía que el estar demasiado tiempo allí le pudiese llegar a trastornar, él no creía en las historias de ovnis, pero eso no quitaba que le pareciera un lugar incómodo. Para distraerse, intentó vislumbrar algo en la lejanía, pero era prácticamente inútil. Un viento marciano soplaba sin emitir sonido alguno, levantando la arena del terreno; ésta, al ser iluminada por los rayos del sol, hacían imposible la tarea de ver algo que estuviese a más de cien metros. Tras cinco minutos que se hicieron eternos, un 4x4 de color negro surgió tras la nube de polvo del horizonte. Casi de forma automática, el automóvil frenó, se abrieron todas las puertas y cuatro hombres se bajaron al unísono. Ya los conocía. Lo que Simón siempre veía en ellos no difería mucho de las imágenes grotescas de las películas de Hollywood. Tres de los hombres eran enormes e igual trajeados; el cuarto era mucho más delgado, joven y se caracterizaba por una fina perilla y unas gafas con las lentes minúsculas. Éste se situó un poco más adelantado que los demás, colocados de manera piramidal por detrás suya.
—Paolo —dijo el delgado, con una voz grave que en nada se correspondía a su apariencia.
Uno de los guardaespaldas se acercó a Simón y le cacheó. Tras negar con la cabeza, el jefe se acercó y le dio la mano, mientras le dirigía una sonrisa a Simón.
—Siempre me ha parecido extraño hacer estas cosas, pero ya forman parte de un auténtico ritual. No hace falta que a estás alturas te recuerde lo complicado y secreto del encargo.
—Por supuesto que no —replicó Simón.
Sin decir una palabra más, el hombre de la perilla sacó una cajita de metal, la abrió y mostró su interior: Era la figura en miniatura de una mujer de mármol. A pesar de su pequeño tamaño, era claro que se había hecho un especial esfuerzo por ensalzar la belleza de ésta. Entre sus manos sostenía una fina corona. La delicadeza con la que se habían tratado las curvas de su cuerpo contrastaba con la dura expresión de sus ojos, fijos hacia el frente.
—Con esto, ellos sabrán que sois quiénes decís que sois. Es la única prueba que tendrás para demostrarlo y conseguir que te den el reparto, con ellos no sirven de nada los absurdos códigos secretos. Tú debes saberlo más que nadie. Sólo entienden de lo que llevan entre manos. Así que, cuidado en no perderla.
De pronto, un estruendo de motores rompió el silencio de manera mucho más atronadora que los cinco hombres que, hasta el momento, habían estado allí. Surgido de la nada, un jeep entró en escena a toda velocidad. Sin darle tiempo a frenar, chocó aparatosamente contra las ruinas de la central atómica. El vehículo no tenía la insignia del ejército americano, así que no podían ser, como había pensado Simón en un principio, militares. Se trataba de guerrilleros. Seis coches más aparecieron y frenaron con brusquedad. Tanto ellos como Simón y sus acompañantes quedaron sorprendidos por el inesperado y casual encuentro, el cual podría truncar los objetivos de ambos. Pero los guerrilleros no estaban preocupados por ellos, o al menos no lo aparentaban. Unos metros más allá, Simón escucho el inconfundible sonido de los vehículos de guerra, los cuales sí eran militares.
Todo se fue sucediendo con una rapidez abismal. No le había dado tiempo aún de tirarse al suelo, cuando las balas empezaron a silbarle cerca del oído. Al menos veinte soldados armados se bajaron de los vehículos de guerra y comenzaron a disparar a los guerrilleros. Parecía que estos últimos habían elegido aquellas tres casas ruinosas como lugar de trinchera.
—¡Escapa como puedas! —le gritó el hombre de la perilla mientras le daba la cajita de metal con su contenido.
Él y sus hombres huyeron hacia el todoterreno negro, que arrancó un segundo después de que estuvieran en su interior. Simón sólo tenía una cosa en la cabeza: llegar a su coche y palpar su Colt. Pero un terrible estruendo lo detuvo a medio camino y no tuvo más remedio que guarecerse tras el coche de los setenta, el cual yacía abandonado a pocos metros de su propio coche. Un helicóptero militar se había encargado de hacer estallar el todoterreno negro por los aires. Habían muerto, con total seguridad, y él tampoco estaba nada lejos de estarlo. Estaba expuesto a los tiros de ambos bandos.
Siguió escondido entre la vieja chatarra, esperando el momento menos peligroso para llegar a su coche; pero cuando creyó que ese momento había llegado, algo llamó alarmantemente su atención. Desde la esquina de una de las construcciones abandonadas, el perfil de una pequeña figura. No podía ser... ¿qué hacía esa niña allí? No era una niña cualquiera y no era la primera vez que la veía; pero eso había ocurrido muchísimos años atrás y por otro lado, no había cambiado nada. Poseía el mismo cuerpecito de siete añitos, cubierto con un vestido azul. Mantenía el mismo rostro de inocencia de la última vez, o incluso más acentuado aún. Le dirigió los ojos y se sintió como si le observase una muñeca de porcelana, con la cara redondeada, boca graciosa, ojos de color miel, pestañas larguísimas y el pelo rubio anaranjado. Nunca la habría olvidado. Sin ninguna duda, aquella era la niña que había permanecido en su memoria durante casi veinte años.
Y luego, como si hubiese sido una mota de polvo en el ojo, una sombra, desapareció tan rápido como había llegado. Sin dar lugar a razonamiento lógico de ninguna clase, Simón salió de su escondrijo, sorteando con bastante fortuna el fuego cruzado, llegando por fin a su vehículo. Solamente se le ocurrió un modo de salir de allí. Sacó de la guantera su pistola y apuntó con ella al helicóptero que se dirigía hacia él. Nunca supo si fue él quien dio en el blanco o fueron los guerrilleros; la cuestión es que el helicóptero se hizo trizas a pocos metros suya, provocando una onda expansiva que destrozó los cristales de las ventanillas. La nube de tierra y humo que se había levantado le limitaba totalmente la visibilidad y, por tanto, impediría también que los otros viesen su huída. Era el mejor momento, pisó el acelerador y pasó entre la confusión, jugándose todas las cartas a una. Poco a poco fue dejando el tiroteo atrás, pero no por eso dejó de acelerar.



19:00
25 de noviembre de 2010
(la noche anterior)



La noche se deslizaba suavemente por el territorio, marcando el relevo por el que, mientras unos volvían a sus casas a dormir, otros comenzaban su actividad. Una actividad que en aquellos tiempos era de lo más deprimente que nunca. Con el fulgor de la ciudad de las Vegas a menos de cincuenta kilómetros, años atrás la vida en el desierto siempre había sido bastante movida. Las zonas comerciales se convirtieron en centros alternativos a la ciudad, sucedáneos de las Vegas para bolsillos algo más recatados, casinos, moteles; perfecto para los que querían un nuevo ambiente, sin alejarse de sus vicios lúdicos. Era la mejor opción para aquellos que quisiesen pasar noches alocadas y únicas, con el atractivo de estar en medio del desierto americano.
Todo esto había dejado ya de importar, la lucha por la supervivencia había eclipsado del todo el deseo por el sueño americano. Estados Unidos desapareció de su mítica posición social, del modelo representado por el dólar y el poder omnipotente sobre el mundo. Un año había pasado desde el día más inquietante de la historia, que unos rememoraban con dolor y sed de venganza, y otros, hipócritas defensores de la paz, celebraban con champán y sadismo. Por aquellos segundos, un año atrás, las nuevas bombas destructivas europeas habían arrasado las ciudades de Las Vegas y Washington. Nunca habían muerto más personas a la vez como en aquella noche.
Las formas de ganarse la vida habían disminuido totalmente. No había sitio para el juego en uno de los lugares más desolados de la Tierra; miles de personas habían emigrado a otras zonas en busca de mayor prosperidad. Sólo se habían quedado atrás delincuentes y presos políticos que huían del régimen militar. Tras la muerte de Abigail Shine, se impuso la ley marcial en todo el país. Se persiguió a todo aquel del que se sospechase tener relaciones con el terrorismo, entrando en este grupo de sospechosos europeos, latinoamericanos y musulmanes. Se encarceló a decenas de miles de personas que estaban en contra de la dictadura y se condenó a muerte a otros miles, mediante la derogación temporal de la justicia habitual, y aplicando juicios militares que, en ocasiones, ni se celebraban.

Aquella noche, dos personas entraron en la habitación de una motel de una carretera perdida en el desierto. Simón había conocido a aquella chica que respondía al nombre de Jennifer, apenas dos horas antes, cuando se habían puesto a hablar en un bar en el que eran las únicas personas sobrias. Era una prostituta, de eso ya se había percatado Simón; pero había algo en su rostro misterioso, que lo atraía, y por eso la dejó hablar. Sólo tuvo que esperar a que anocheciese para dejarse llevar y divertirse. Era pelirroja natural, ojos azules y buena figura.
Jennifer sonrió cuando Simón cerró la puerta. Y en ese momento, con mayor intensidad que antes, volvió a tener la sensación de que aquella mirada y aquella sonrisa querían decir algo. Algo desconocido, y por tanto indigno de confianza para Simón.
—Acércate Simón, quiero decirte algo.
Sin saber si realmente se lo había dicho o había sido su imaginación, pegó su cuerpo al de ella y le puso las manos en las caderas. Ella acercó sus labios a su oreja, besándola con ternura.
—Simón —le susurró con suavidad—, yo también he visto a la niña del vestido azul.

Y antes de que él pudiera hacer o decir nada, le besó en la boca. La venganza de Grace se repartió de manera irremediable por su boca, se mezcló con la saliva, traspasó los poros de la lengua, llegó al estómago, pasó a la sangre, y se extendió un segundo después por todo su cuerpo, bañándolo lentamente de muerte. El sudor también hizo su parte, se adhirió a la piel de Simón, fluyó por sus células y las comenzó a matar, sin darse cuenta, lentamente. Su esperanza de vida era de poco más de dos meses, aunque él no lo sabría nunca. Pues justo en el instante del afloramiento de esta muerte lenta y silenciosa, otra muerte, más rápida y espectacular, le sorprendería.
La tentación le ganaba terreno poco a poco; pero aún seguía sopesando de manera diluida las palabras de la chica. El pulso le temblaba terriblemente: el parkinson dando sus primeros coletazos. Cerró el puño con fuerza y se obligó a relajarse, a olvidarse de todo; arrancándose la cáscara débil y escrupulosa que asqueaba su cuerpo, sustituyéndola por una piel de serpiente, fría y sin sentimientos. Así se lo habían enseñado. Al día siguiente recordaría aquella noche como una más.
The Breakfast Clan
Copyright © The Breakfast Clan, 2008. Todos los derechos reservados.

viernes, 11 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 6 (parte 1)

Aquí vuelve "El Faro", de una vez por todas, con la 1ª parte del capítulo 6; ya dijimos que a partir de ahora los dividiríamos para hacer más ligera su lectura. La 2ª parte de este episodio será publicada el Martes 22. Esperamos os guste y nos comentéis todas las dudas que os vayan saliendo al paso.


La Venganza de Grace
(parte 1)


19:55
8 de diciembre de 2010

—Se oye.

Dos grandes luces de neón que colgaban del techo le iluminaron la cara. La chica frunció los ojos deslumbrada, mientras intentaba reconocer las blancas y borrosas paredes que se levantaban a su alrededor. La voz que habló antes se volvió a oír, reverberando en las paredes de la sala.
—La prostituta de nombre Jennifer, está acusada de contagiar, en conocimiento de la enfermedad que poseía, a más de cien afectados, de los cuales diez de ellos han fallecido, cincuenta y cinco se encuentran en estado muy grave y unos treinta están con tratamiento urgente por encontrarse en las fases primarias de la enfermedad. Atendiendo a la comisión nacional del Estado de Guerra del país de los Estados Unidos, se considera éste un acto de ataque bacteriológico, y por tanto se condena como terrorismo y traición. Considerando estas pautas, se procede a autorizar la decisión tomada por el Tribunal Militar vigente la aplicación de la pena de muerte, mediante cámara de gas, a las 20:00 del día 8 de diciembre de 2010.

Jennifer realmente no se llamaba así, ese había sido su nombre durante años, su nombre profesional. Pero cada vez que alguien la nombraba así una inmensa pena la invadía, haciéndola sentir más desgraciada. Era entonces cuando deseaba con todas sus fuerzas el haber tenido otro camino, una alternativa que le hubiese llevado a triunfar en vez de fracasar estrepitosamente en la vida. Quizás hubiese servido una simple señal que la consiguiera apartar de los acontecimientos que ocasionaron la guerra, y que la separaron de su familia. O quizás la ocasión de poder elegir, sin verse obligada a malvender su cuerpo, rebajando su precio a lo más ínfimo o subiéndolo una miseria, haciéndose partícipe en la locura de la oferta y la demanda de la calle, la ley del más fuerte y de la humillación. No sabía si era por la injusticia del mundo, por la envidia hacia las otras personas, o por el odio a todo aquel que hiciese uso de su servicio (y que irónicamente la ayudaban a sobrevivir); pero sólo tenía un convencimiento: antes de morir quería llevarse a algunos por delante. Y lo había conseguido.

Las ocho menos tres minutos, los conductos del gas estaban listos. Debía ser una muerte espectacular, para dar escarmiento. Un hombre de sesenta y cinco años, con el uniforme de general de armada, observaba a la mujer, a través de un cristal que no permitía que ella le viese, abstraída de la realidad que le envolvía. Durante aquellos dos últimos años, el general Garrida había ordenado sin ningún tipo de escrúpulos la ejecución de docenas de personas; ya que se dirigían en su mayoría hacia adeptos a la guerrilla y al terrorismo. Se trataba de traidores que estaban vinculados a ideales anodinos, basados especialmente en lo antipatriótico y la radicalidad. Habían querido aprovechar la debilidad de la guerra; habían hecho uso de la violencia, el miedo, el quebrantamiento interno del país... Según Garrida, estaban de acuerdo con los enemigos de Estados Unidos y habían creado una guerra civil, destruyendo, traidores, su Patria. El motivo por el que hoy estaba allí era el de asegurar que se llevara a cabo la condena hacia esa mujer.

Ya era la hora. Los gases empezaron a entrar en la sala, Garrida estaba dispuesto a soportar el visionado de su muerte: no era la primera vez que veía una ejecución. Aún así, la mujer condenada, parecía no inmutarse por la presencia del gas. Parecía estar aguantando la respiración, como si prefiriese morir asfixiada por falta de oxígeno que por intoxicación; pero era imposible, tarde o temprano tendría que coger aire. No habían transcurrido ni diez segundos cuando alguien entró rápidamente en la habitación donde se encontraba el general. Era otro militar con grado de comandante.
—General —dijo con el pulso acelerado — acaba de llegar un mensaje desde Alaska: la guerra ha terminado.
—¿Cómo? —preguntó el general Garrida extrañado.
—Yo tampoco me lo explico, general, pero se ha acabado, de la noche a la mañana. Aquí está la orden —le acercó el documento oficial que lo confirmaba—. Hasta ahora se ha ordenado posponer todas las condenas a muerte, incluyendo la de esta mujer.
Con una señal dada al operario, éste cerró rápidamente los conductos del gas.
—Hay que mandar una unidad médica para esa mujer, ahora mismo.
—No —dijo el general Garrida con tono sereno—, se procede con la ejecución.
—¿Perdone? —preguntó asombrado el comandante.
—Vuelva a encender el gas, señor —exclamó, dirigiéndose al operario.
—Creo que no me ha entendido, general, hay orden directa de...
—¡Ya lo sé! —gritó, bastante nervioso— Y no me importa.
—Voy a entrar a por la chica.
—Usted va a salir ahora mismo de esta sala.
—¿Sabe que? No me importa que sea usted uno de los cinco generales de la Comisión, no tiene derecho alguno...
Cuando vio al general apuntándole con un arma, interrumpió su frase de lleno.
—Sólo deme diez minutos, después haga lo que quiera. Señor—se dirigió al operario—, proceda.
Lo que vino después fue un impulso de ira, o de crueldad, el general acercó los labios al micrófono para que la chica oyese su voz.
—A pesar del retraso, se procede como estaba previsto con la ejecución —y añadió, con cierto énfasis—: Grace.

Automáticamente el rostro de la chica cambió, algo le había traído de nuevo a la realidad. Algo familiar. Y no era debido sólo a que la acababan de llamar por su verdadero nombre, Grace, también la voz que lo había pronunciado le estaba brindando una extraña mezcla de nostalgia y estremecimiento. Mientras tanto el gas entró por las rejillas de ventilación, como millones de abejas recién liberadas de un pequeño recinto. Levantó las aletas de la nariz de Grace y se dirigió a los pulmones, se inyectó en su sangre y en su corazón a la velocidad del rayo. Un proceso tan rápido que un momento después había hecho que los ojos de Grace estuviesen inyectados en sangre. Ésta emitió un grito de desesperación; y a pesar que se había propuesto sufrir en silencio, ya no podía. Los brazos le temblaban, las venas se le hincharon, extendiéndose como enredaderas a lo largo de su cuerpo, subiéndole hasta los hombros y bajando hasta las piernas. Parecía que iba a echar las tripas por la boca; ¿por qué le habrían dado de comer ese mismo día? Los ácidos del estómago le ardieron por el esófago y la garganta, y los vomitó tras varias arcadas que no la dejaron respirar.
—¡Por favor! —suplicó con lágrimas en los ojos.
Pensó en los que había matado, en los que había contagiado como portadora de la enfermedad; pero no veía motivo para el arrepentimiento, ellos se lo merecían. Pero ella no se merecía aquello, había sufrido demasiado en su corta vida como para tener un final tan cruel.
—Ten piedad... ¡¡Por favor!!
Los temblores casi se habían convertido en convulsiones, se desplomó en el suelo. Se volvió a levantar y estrelló su cara contra la pared. Rebotó sin hacerse demasiado daño: estaba acolchada. Lo intentó de nuevo. Esta vez se rompió la nariz, la sangre le caía a borbotones por la cara, entrándole por la boca y las fosas nasales. Tosió varias veces porque se ahogaba con su propia sangre. Por fin vomitó de nuevo, pero esta vez sangre, y no era sólo la sangre que se había tragado, sino de otro color, más oscuro, venía de sus entrañas. En la sala de observación, el operario hacía tiempo que había apartado la vista, mientras que el comandante devolvía en una papelera, traumatizado por la desagradable situación. El general Garrida permanecía impasible, con el pulso firme, pero tenso.
—¡¡Por favor!! —Grace gritó de manera desgarradora— ¡Nadie se merece esto! ¡Quiero morir!
Las piernas le fallaron y calló al suelo; ya debería de haber perdido el conocimiento, pero ella estaba aún consciente. Su cabeza estaba morada, los ojos escupían sangre, los oídos expulsaban un líquido blanquecino. Su cuerpo se contraía de dolor.
—¿Por qué? ¿Por qué me matas? —susurró, con las fuerzas al mínimo.
Su cuerpo dejó de moverse, movió la cabeza lentamente, el rostro totalmente hinchado, hacia el espejo por el que podían observarla. Y expiró con su última palabra.
—Papá...

Acto seguido, el general Garrido apretó el gatillo. Ni el frío funcionario, ni el comandante tuvieron tiempo para reaccionar. No se redactó informe alguno, ambos cuerpos fueron enterrados con honores, con el sobrenombre de víctimas de la guerra.


9:30 A.M.
1 de diciembre de 2010
(7 días antes)

Simón Bakälar se despertó con sobresalto. Sabía que había estado soñando con algo momentos antes, pero tenía una idea muy difusa de éste. No le apetecía pensar. Apestaba, y con razón. Había llegado la noche anterior a la pensión tras una semana agotadora de viaje, entre Estados Unidos y México, cayendo fulminado sobre la cama nada más verla. Se duchó sobradamente con agua caliente por primera vez en días. Sentía que aquel ratito en la ducha iba a ser el único momento de relax que iba a tener en varios meses. Tras esto se vistió, terminó de empaquetar sus cosas y bajó a desayunar la cafetería de la pensión. Pasadas las diez se acercó a la mesa de la recepción y pagó la estancia a una joven, que apenas alcanzaría el tercio de su edad, con un bebé en brazos.

Salió al exterior y se encontró con la imagen de Puerto Morales, un pueblo que se resistía en vano a dejar de lado su actividad. Las consecuencias de la guerra lo estaban dejando en un estado lamentable; no había modo de obtener dinero legalmente y eso hacía que el pueblo finalmente dependiese casi en su totalidad del contrabando. Aún así el aspecto ruinoso terminaría por provocar el abandono del lugar. El empedrado de las calles ya se estaba levantando por el eje de la calzada, mientras que unos silenciosos ríos de líquido sucio transcurrían tranquilamente por los laterales. La suciedad que pasaba por las calles cada día era principalmente gasolina mezclada con agua y todo tipo de inmundicias humanas y animales. Era en la estrechez de aquellas calles donde se originaban todas la enfermedades posibles. Por otro lado, las fachadas de dos y tres pisos se caían a trozos, dejando los escombros al paso, sin que nadie se inmutara.

Simón le tenía cierto apego a aquel sitio, no porque algún día hubiese vivido en él momentos mejores, sino más bien al contrario, por las duras lecciones de experiencia que le había proporcionado. No era coincidencia el hecho de que estuviera allí.

Una delicada brisa le cortó el cuerpo al llegar al puerto marítimo. Allí era donde se resumían todas las penurias de Puerto Morales. Numerosos barcos de pesca se encontraban medio hundidos, pero con las amarras aún ceñidas en su sitio; otros aún se mantenían a flote, pero no tardaría mucho en ocurrirles lo mismo. Los pescadores soltaban en el suelo su botín, consistiendo éste en peces, cadáveres de animales, petróleo y demás basura. La gente del puerto se dividía en dos tipos, los que podían andar sobre sus dos piernas y los que se arrastraban. Algunos de los primeros se arrastraban en un intento desesperado de obtener limosna.

Entre similar panorama no le costó demasiado ver al Catamarán III, viejo pero intacto, flotando suavemente sobre el océano. Gran parte de sus tripulantes preparaban ya la salida. La mayoría le eran conocidos: el capitán Horner, Valkimer "el Cabrón", el francés Jeanman, el chino Yunk Shiosai, el negro Joan y el yanqui Rob. Bonito repertorio, pensó Simón. Entre los nuevos tripulantes, le llamó la atención la que parecía ser una mujer. Pero antes incluso de dar un paso para acercarse y comprobarlo, alguien le puso una mano en el hombro.
—¿Cómo andan esos ánimos, hermano? —dijo el hombre que se hallaba a su lado, provocándole un fuerte temblor en el corazón.
Tenía unos setenta años y un rostro en el que se confundían arrugas y cicatrices. Estaba claro que, a pesar de su edad avanzada, aquel hombre no dejaba de darle la misma impresión de terror que le causó la primera vez que lo vio, hacía varias décadas. Simón le dedicó una sonrisa y lo abrazó con aparente ternura.
—Hola, hermano —contestó Simón. Se fijó en que tenía la mano izquierda vendada; aunque sabía que no se atrevería a preguntarle por ella—. ¿Cómo es que está aquí?
—La debilidad de viejo es la que me trae —susurró con voz calmada—. No es que dude de ti; pero siento que el viaje en el que te emprendes podría ser más peligroso que de costumbre. Sólo quería despedirme por si...
—Hermano, no veo de qué hay que preocuparse—dijo Simón, ligeramente sorprendido por el cambio en el temperamento de su viejo compañero.
—Lo sé, pero el nerviosismo es muy grande, sabes que hay mucho más que dinero en juego.
—Todo está bien encauzado, no puede salir mal; por cierto, ¿cómo van las cosas por allí arriba? —preguntó Simón intentando que la conversación cambiara de rumbo.
—Bien, pero me preocupa ese capitán —dijo ignorando la pregunta, mientras señalaba con su mano herida al capitán Horner; el cual se encontraba dirigiendo la entrada de los últimos paquetes en el barco.
—Él hará lo que yo quiera —susurró—, confía plenamente en mí. Además, hace poco le puse en contacto con un amigo para que le pasara medicinas a precio de oro.
—¿Medicinas?
—Sí, bueno, y material médico también; no van a servirle de mucho, pero lo importante es mantener a su mujer viva el mayor tiempo posible.
El viejo miró con descaro hacia el barco, hacia el hombre al que se referían.
—Él busca lo mismo que yo —continuó Simón—, no se detendrá durante el viaje.
—¿Y qué ocurrirá cuando lleguéis? ¿Cómo te lo quitarás de encima?
—¿De verdad no lo sabes?
Y acto seguido rompieron a reír, el viejo estalló en una risa enferma que hizo desviar hacia ellos algunas miradas.
—Bien, te dejo ya —dijo repentinamente y le pasó su mano vendada por el hombro a modo de despedida— suerte.
—No existe la suerte —dijo mientras se daba la vuelta a media sonrisa, en dirección al barco pesquero.
—¡Y dudaban de ti! —gritó mientras Simón se alejaba— ¡Pero sigues siendo el de siempre!
El viejo volvió por donde había venido, y visiblemente contento, se dedicó a hacerle zancadillas a los cojos que se le cruzaban, asustar a una niña de ocho años que había junto a unos mendigos y robarle la limosna a un ciego, antes de entrar en la primera taberna que vio.


El motor del barco rugió con más fuerza todavía y se despegó del muelle. Al principio lentamente, aumentando poco a poco la velocidad; como arrastrando un pesado lamento que en un principio se hacía imposible de llevar; pero que al final, harto de luchar contra él, se postraba a llevarlo, sin dolor, sin mirar hacia atrás, sin pensar más que aquel, posiblemente, sería su último viaje. Y a pesar que el barco era realmente un ser inanimado, sin capacidad de reflexión, pareció que por un momento pudo transmitir a todos los que estaban en él un mismo pensamiento. Y así, durante un segundo, todos los tripulantes compartieron la misma inquietud, la policía infiltrada Sally Niuva, el estudiante Melvin Shine, el enigmático anciano Ezra Priklopil, el capitán Steve Horner, Simón Bäkalar, el francés Dominique Jeanman, el bobalicón Valkimer Swift, Rob Warden, Joan Brahimi y Yunk Shiosai. Todos se plantearon en silencio si de verdad merecía la pena correr aquel riesgo, si sus motivos eran lo suficientemente fuertes. Y tras este lapso de tiempo, probablemente volverían a la realidad; pero esta vez sin preocuparse por la muerte. No por valentía, sino por indiferencia, por vivir el día a día, sin miedo a lo que se acercaba, con sus motivos y objetivos por encima de todo y de todos. Con los secretos del pasado que nadie contaba, convirtiéndose en totales desconocidos con rostros inexpresivos, que se ayudaban entre ellos por pura obligación y rutina. Aunque era en ese breve momento, sólo en ese, cuando quien los hubiese mirado a la cara, no sólo habría sabido lo que les turbaba, sino que también habría visto la historia de cada uno de ellos pasar ante sus ojos. Pero nadie miraba a nadie, cada uno pegaba sus retinas en el puerto, que se alejaba sin remedio, para siempre.


The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2007. Todos los derechos reservados.

jueves, 3 de abril de 2008

Comunicado desde Redacción

¡Oh, Dios Mío! ¡El Clan del Desayuno no está muerto! ¡Qué de tiempo desde aquel 24 de Septiembre con el Capítulo 5 de El Faro! Bueno, hoy os traigo dos noticias, iba a ser solo una, pero ya que entraba, aprovechaba y lo decía todo. Empezaré por la más importante:

1ª El Faro vuelve en verano. NO falta mucho y podemos aseguraros que vuelve y a lo basto. Por lo pronto publicaremos el 6, 7, 8, 9 y 10 (con un poco de suerte), la mayoría de los cuales están ya escritos. La historia va a dar para mucho y tenemos pensada una gran trama para seguir.

La forma de publicación va a cambiar. A partir de ahora, y por petición de uno de nuestros escasísimos lectores, los capítulos no serán tochazos, osea, sí, pero no publicaremos el tochazo del tirón, si no que los partiremos en dos, a publicar, por ejemplo, al principio y final de la semana. Con esto pretendemos no abrumar y hacer la lectura más rápida y ligera.

2ª Como hasta el verano no creo que nadie más quiera escribir para el Breakfast, por falta de tiempo, ganas o lo que sea, aquí un servidor (JRRG), que cuenta con la carrera más sosa y espaciada de todas, acaba de crear un nuevo espacio, un blog anexo a este llamado "Entre la Montaña y el Maizal", donde iré publicando cuentecitos por partes, pequeños capitulitos de poco más de un folio, todos situados o relacionados con un pueblecito del Condado Blanco.
Por ahora, lo único que podéis encontrar es el Capítulo 1. Los capítulos serán publicados de cuatro en cuatro días, siendo el próximo Lunes 7 el día que aparezca el Capítulo 2.

Espero que me visitéis y comentéis, aunque sea para saber que os habéis pasado por ahí; no os estoy pidiendo una crítica literaria perfecta, pero un "está way" o "aburre" o "vete a cagar", se agradecerían muchísimo.

Sin más que decir, por ahora.

¡Gracias por leer!

The Breakfast Clan