viernes, 31 de agosto de 2007

"STRANG" por Sr. Sarcasmo

Strang llegó corriendo al laboratorio. Parecía no haber comido durante dos o tres días, pues estaba escuálido. El abundante pelo negro y los ojos achinados le daban un aspecto asiático.

Strang era un poco extraño. Para empezar, se dedicaba a buscar vida de otros planetas. Esto se debía q que, veinte años antes, en su juventud, lo habían abducido los extraterrestres. Aquella noche, despertó a medio barrio gritando el extraño suceso que le había ocurrido. Por su puesto, nadie le creyó. Incluso sus amigo y familiares decían que siempre había sido muy raro.

Volviendo al presente, la causa por la que Strang había entrado corriendo al laboratorio era su aeex ( tal y como él lo llamaba). Se trataba de un pequeño aparato que, colocado en la oreja, era “capaz” de interceptar sonidos extraterrestres. Mientras iba hacia el trabajo, había oído extraños sonido por el aeex (siempre lo llevaba encima) y había venido corriendo.

Rápidamente se colocó delante de cientos de aparatos que daban vueltas y encendían lucecitas. Llevaba quince años buscando a los otro seres y, según él, cada vez estaba más cerca de conseguirlo.

Justo cuando se había concentrado y estaba a punto de obtener resultados, sonó el teléfono. Refunfuñando, lo cogió y preguntó quién era.
-¿Strang? –preguntó una voz.
-Sí, soy yo –contestó.
-Hola, no sé si te acordarás de mí, soy Ernesto, tu antiguo amigo.
-¡Sí! ¡Claro que me acuerdo! –exclamó Strang entusiasmado- ¿Qué quieres?
-Es que vamos a celebrar una fiesta de recuerdo de compañeros del colegio y pensé que a lo mejor querrías venir.
-No sé...
-Espero que vengas, porque me ha costado mucho encontrar este teléfono.

Después de despedirse, colgó. Por un lado, le gustaría ir, ya que no había tenido mucha relación social durante todo ese tiempo, excepto con los “bichos raros” que trabajaban con él. No tenía ningún buen amigo y era hora de que tuviese algunos. Pero, por otro lado, no podía abandonar los experimentos importantes de comunicación que llevaba a cabo.

Tras pensar durante un largo rato, decidió ir a la fiesta. Estaba situada en un camping de las afueras de la ciudad, rodeado de un pequeño bosque. Por supuesto, no se separó de su aeex, pegado a la oreja en todo momento. Éste, durante todo el camino, estuvo haciendo unos ruidos que nunca antes había hecho. Eran tan fuertes que a Strang le dolía la cabeza.

Arrepentido de haber ido a la fiesta, se sentó en una mesa arrinconada del chiringuito que habían montado.

Alguien lo saludó, levantó la vista y se dio cuenta de que era Ernesto.
-¿Por qué no te sientas con todos allí? –preguntó.
-Porque no; me duele la cabeza. Creo que hay marcianos cerca –dijo tocándose el aeex.
-¡Estás loco!
-¡Mira imbécil! –gritó Strang escandalizado- Cuando me abdujeron los extraterrestres, me dijeron que les ayudase a destruir a la humanidad.
-Bueno, Strang, si te digo la verdad fuimos yo y otros amigos los que te secuestramos disfrazados de marcianos para que tú te creyeses eso, ¡pero no creí que llegarías tan lejos con ese rollo!

Strang se levantó casi llorando y se adentró corriendo en el bosque. No se podía imaginar que le hubiesen hecho aquello en el pasado esos niñatos. Pensaba que había perdido toda su vida. Pero mientras corría, los ruidos de aeex se hacían mayores.

De repente, al llegar a un claro, una gran luz invadió la zona. Una voz le dijo con total claridad que se acercase. Y lo hizo. Algo de esa voz le decía que no había peligro. ¡Quién sabe! A lo mejor, ahora sí que haría verdaderos amigos.

Sr. Sarcasmo

miércoles, 29 de agosto de 2007

"La Charada de Dumas" por PoorPooLand

Hace tiempo, unos seis meses o así, fui a Quorum un sábado por la mañana y me compré "La Divina Comedia", de Dante, y, de vuelta a mi casa, pasé por la puerta de Quorum 2, esa tiendecita que casi pasa desapercibida por su tamaño y sus colores oscuros. Entré y me puse a ojear y hojear por allí los diferentes libros hasta que encontré uno que me llamó mucho la atención por la portada y el título. En la cubierta se veía un dibujo antiguo de varios esqueletos bailando una macabra danza tras el título "Historia de un muerto contada por él mismo" de Alejandro Dumas, nada menos. Lo cogí y le di la vuelta. Pude comprobar que se trataba de una compilación de ocho historias, ocho relatos, fantásticos y de terror. Lo hojeé por dentro, topándome con el principio del primer relato, cuyo título daba nombre al libro, que decía así: "Una tarde de diciembre estábamos tres amigos en el taller de un pintor. Hacía un tiempo oscuro y frío, y la lluvia repiqueteaba en los cristales con su ruido monótono y continuo.". Aquel día era igual, nublado, frío, y a punto de ponerse a llover. Lo compré.

Lo fui leyendo a ratos, compaginándolo con otros libros, haciéndolo durar ya que no tiene más de 220 páginas. Ayer me leí el final. El último relato: Deseo y Posesión. Pero no es un relato, bueno, algo así. Es una alegoría expuesta en forma de charada, acertijo, que el señor Dumas publicó en un diario francés en 1860. A continuación lo copié a ordenador y lo voy a exponer aquí para que lo leáis e intentéis adivinar que muestra, qué expresa, qué esconde. Es muy cortito y se lee muy fácil, así que no seáis más flojos y leedlo.

Una mariposa reunía en sus alas de ópalo la más dulce armonía de colores: blanco, rosa y azul.
Como un rayo de sol iba revoleteando de flor en flor y, cual flor voladora, subía y bajaba, jugando por encima de la verde pradera.
Un niño que intentaba sus primeros pasos por el césped tornasolado la vio y, de repente, se sintió invadido por el deseo de atrapar aquel insecto de vivos colores.
Pero la mariposa estaba acostumbrada a este tipo de deseos. Había visto como generaciones enteras se quedaban sin fuerza persiguiéndola. Revoloteó delante del niño y fue a posarse a dos pasos de él; y, cuando el niño, ralentizando sus pasos y conteniendo la respiración, extendía la mano para cogerla, la mariposa alzaba el vuelo y recomenzaba su viaje desigual y deslumbrante.
El niño no se cansaba; el niño lo intentaba una y otra vez.
Tras tentativa abortada el deseo de poseerla, en vez de apagarse, crecía en su corazón, y, con paso cada vez más rápido, con la mirada cada vez más ardiente, el niño salía corriendo detrás de la linda mariposa.
El pobre niño había corrido sin mirar atrás; de manera que, cuando hubo corrido un buen rato, ya estaba muy lejos de su madre.
Del valle fresco y florido, la mariposa pasó a una llanura árida y poblada de zarzas.
El niño la siguió hasta esa llanura.
Y, aunque la distancia ya era larga y la carrera rápida, el niño, que no se sentía cansado, no paraba de perseguir a la mariposa, que se posaba, cada diez pasos, en un matorral, en un arbusto o en una sencilla flor silvestre y sin nombre, y siempre alzaba el vuelo en el momento en que el muchacho creía tenerla ya.
Porque, mientras la perseguía, el niño se había convertido en muchacho.
Y, con el invencible deseo de la juventud, y con su indefinible necesidad de posesión, no dejaba de perseguir al brillante espejismo.
Y, de vez en cuando, la mariposa se detenía como para burlarse del muchacho, introducía voluptuosamente su trompa en el cáliz de las flores y batía amorosamente las alas.
Pero, en el momento en que el muchacho se aproximaba, jadeando de esperanza, la mariposa se abandonaba a la brisa, y la brisa se la llevaba, ligera como un perfume.

Y así pasaron, en esa persecución insensata, minutos y más minutos, horas y más horas, días y más días, años y más años, y el insecto y el hombre llegaron a la cima de una montaña que no era otra cosa que el punto culminante de la vida.
Persiguiendo a la mariposa, el adolescente se había hecho hombre.
Allí, el hombre se detuvo un instante para considerar si sería mejor volver atrás, pues la vertiente de la montaña que le quedaba por bajar le parecía muy árida.
Abajo, en la falda de la montaña, al contrario del otro lado donde, en encantadores parterres, ricos y vergeles y verdes parques, crecían flores perfumadas, plantas raras y árboles cargados de fruta; en la falda de la montaña, decíamos, se extendía un gran espacio cuadrado cercado por muros, al cual se entraba por una puerta abierta ininterrumpidamente, y donde no crecían más que piedras, unas tendidas en el suelo, las otras erguidas.
Pero la mariposa se puso a revolotear, más deslumbrante que nunca, ante los ojos del hombre, y tomo la dirección del recinto cerrado, siguiendo la pendiente de la montaña.
Y, ¡cosa extraña!, aunque aquella carrera tan larga tendría que haber fatigado al viejo, porque, por su pelo canoso, se podía reconocer como tal al insensato corredor, su paso, a medida que avanzaba, se hacía más rápido; solo se podía explicar por el declive de la montaña.


Y la mariposa se mantenía siempre a la misma distancia; solo que, como las flores habías desaparecido, el insecto se posaba en cardos espinosos o en desnudas ramas de árboles.
El viejo, jadeando, no paraba de perseguirla.
Al final, la mariposa pasó por encima de los muros del triste recinto, y el viejo la siguió, entrando por la puerta.
Pero apenas había dado unos pasos cuando, mirando a la mariposa, que parecía fundirse con la atmósfera grisácea, chocó con una piedra y cayó.
Tres veces intentó levantarse, y tres veces volvió a caer.
Y, no pudiendo correr ya más detrás de su quimera, se contentó con tenderle los brazos.
Entonces la mariposa pareció apiadarse de él y, aunque había perdido sus colores más vivos, se puso a revolotear por encima de su cabeza.
Tal vez no eran las alas de insecto las que habían perdido sus vivos colores; tal vez eran los ojos del viejo los que se había debilitado.
Los círculos descritos por la mariposa se fueron haciendo más y más estrechos, y al final se fue a posar sobre la pálida frente del moribundo.
En un último esfuerzo, éste levantó el brazo, y con la mano tocó, por fin, la punta de las alas de aquella mariposa, objetos de tantos deseos y tantas fatigas; pero, ¡qué desilusión!, se dio cuenta de que aquello que había estado persiguiendo no era una mariposa, sino un rayo de sol.

Y su brazo cayó frío y sin fuerzas, y su último suspiro hizo estremecer la atmósfera que pesaba sobre aquel camposanto…


Gracias por leer

J.R.R.G.

lunes, 27 de agosto de 2007

Memorias de Idhún (1ª Parte) por P.J.O.R.

¡Aiya, mis queridos breakfastclanianos!

Tras muchos ruegos por vuestra parte y ahora que tengo algo que compartir con el mundo, he decidido hacer mi primera aparición en Breakfast Clan. Seguro que muchos de vosotros ya sabéis quién soy, y si no, doy por sentado que lo deduciréis antes de que esto acabe.

En primer lugar me gustaría decir que me ha encantado la historia de Pedro Sánchez. En mi opinión ha sido muy divertida y doy por sentado que se habrá reído muchísimo leyéndola. Lastima que yo no haya podido participar, me hubiera encantado soltarle todo tipo de fricadas de las que él fuera el protagonista. (Aquí tenéis un par de pistas para ir deduciendo quien soy).

También me he leído las premoniciones del séptimo libro de Harry Potter de un tal Tilacino. Aunque me alegro de que haya acertado la mayoría, que sepas, Tilacino, que todo eso ya me lo contase tu en persona y me lo estuviste recordando durante los meses de exámenes de este curso. ; )

Cambiando de tema. Los escritores de El Faro estaréis ansiosos de saber si me lo he leído ya o no y de saber mi opinión. Lamento comunicaros que no, no me lo he leído todavía. Pero juro por mi Honor de Caballero que me lo iré leyendo poco a poco.

Y ahora, lo que todos estabais esperando: el verdadero motivo de mi presencia aquí, aquello que ha hecho posible que empiece a aparecer en Breakfastclan, algo que estoy deseando compartir con vosotros y que estoy seguro que os desilusionara un poco… Pero, ¿qué se puede esperar de mi? (mi mente es demasiado simple para otras cosas). Señores, ansío comunicaros que me he terminado un libro llamado Memorias de Idhún, de una española que se llama Laura Gallego García y estoy deseando compartirlo con vosotros.

Al libro le pongo un sobresaliente. Y toda la gente que se lo ha leído habla maravillas de él. Tiene casi todo lo que se pueda esperar de un libro de aventura fantástica: Espadas, magia, dragones, aventura, amores imposibles, sexo (en el tercero) y muerte… Para los que anden un poco perdidos (como lo estaba yo), que sepan que el libro es una trilogía: el primero se llama La Resistencia, el segundo La Triada y el tercero Panteón. El argumento y la historia son bastante originales, teniendo en cuenta que se trata de la eterna lucha entre el Bien y el Mal, ya que los hilos se enredan de una manera sorprendente. También es digno de mención el hecho de que no incluye elfos o enanos. Solo los humanos, los dragones y los unicornios son las rezas que aparecen en este libro y que ya hayamos oído hablar de ellas anteriormente. Pero aparecen muchas más. Todas inventadas. Como los varu, los szishs o los yan, entre otras y algunas modificadas, como las hadas, que ahora son de tamaño humano (cuando yo siempre me las imaginaba de tamaño Barbie). También es digno de destacar que no se trata sólo de “matar a los malos”, sino que, en algunas ocasiones, se acerca a ellos casi como si fueran “los buenos” y delatan sus miedos, sus deseos, sus pasiones y sus amores, y te los hace ver mas humanos que como los ves a través de los ojos de los protagonistas. (Y tú mismo dices: “Puf, ahora me da pena que maten al shek…”). Esto se aprecia mas al final, cuando… bueno, mejor me callo. Definitivamente, le pongo un sobresaliente, pero no un diez. A mi parecer, el libro tiene un par de fallitos. El más gordo es, quizás, que unos niños de trece años (los protagonistas Jack y Victoria) no están preparados psicológicamente para despertar en su interior sentimientos tan intensos como los que describe la escritora. Son muy niños. A mí, personalmente, creo que esa primera experiencia que vive Jack cuando llega a casa me traumatizaría de por vida y no estaría preparado a los tres días para empuñar una espada y embarcarme en una cruzada personal. Y el amor que surge mas tarde… vale, yo también me he enamorado a esa edad, pero han sido más bien pequeños caprichos pasajeros, y no el amor tan puro y sincero que hay en el libro y que obliga a la pareja luchar contra viento y marea porque la sociedad no admite esa relación. Y luchan por ese amor. ¡Vaya si luchan!

A continuación haré un breve resumen en el que juro por mi Honor de Caballero no desvelar nada más que lo básico e intentaré no destripar nada. Luego pondré un resumen más extenso (muy, muy extenso. Demasiado extenso creo), con el final y todas las cosas que pasan, o al menos con todas las que recuerde, para que los vagos como vosotros que no os queráis leer el libro completo tengáis una idea sobre él. (Y si sacáis una idea de esto para añadirlo a EL Faro, pedidle permiso a Laura Gallego antes. ; ) )

La historia trata de unos personajes que vivían en este, nuestro, planeta (la Tierra, para los que estén perdidos) que con la ayuda de un mago y un caballero de Idhún (otro planeta muy parecido a este en el que también hay humanos, además de otras razas) tienen que evitar que “los malos”, que también son idhunitas, asesinen a cierto tipo de personas, aquí en la tierra. Estos “malos” están buscando entre, otras victimas, a un Dragón y a un Unicornio que los magos de Idhún enviaron a la Tierra para protegerlos, a través de portales mágicos. (Nada de naves espaciales, ni extraterrestres ni nada por el estilo, que nadie se haga una idea equivocada.). Cuando dan con ellos se los llevan a Idhún para que les ayude a enfrentarse a un mago que, junto con un ejercito de sheks (Serpientes aladas, los enemigos acérrimos de los dragones), tiene sometido a todo Idhún. Lo que los protagonistas no sabían era que al hacerlo desencadenaban el poder del Dios oscuro, haciendo que los demás dioses bajen al mundo terrenal para destruirlo, con el pequeño inconveniente de que para ellos todos los demás seres mortales son insignificantes. Sobretodo si pueden crear otro mundo después de destruir este en su lucha. Así que, sin lugar al que huir de la furia de los dioses, a los protagonistas no les queda otra que intentar impedir esta lucha. Pero como se puede interponer una hormiga en la incipiente lucha de siete Titanes…

Increíble, ¿verdad? En mas de una ocasión e sudado a chorro leyendo esto. Ahora, los que no queráis saber mas os recomiendo que no sigáis leyendo porque esta vez contaré quien muere y quien no. Además daré los nombres de los personajes para que no sea tan lioso y contare el final. Así que, si te lo quieres leer y no quieres que te destripe nada, retírate. Te estoy diciendo que dejes de leer. ¿Estas seguro de que quieres seguir? Tío, no seas cansino, que merece la pena leerlo. ¡Vale! Pues nada, tú mismo…

La historia empieza con Jack, un muchacho de unos trece años que llega a su casa con un mal presentimiento. Haya a sus padres, muertos, y a sus asesinos. Otros dos personajes aparecen y lo salvan y se lo llevan a un refugio llamado Limbhad. Allí sus salvadores Shail, el mago y Aslan, caballero de Nurgon, le explican que vienen de Idhún y que sus padres han sido asesinados por Kirtash y por otro mago llamado Elrion. Ambos asesinos han sido enviados por Ashran, el Nigromante, aquel que tiene Idhún sometido, para buscar y matar al último unicornio y al último dragón que quedaban con vida y que habían sido enviados a la Tierra. De paso mataban también a todos los Idhunitas exiliados que buscaban refugio de la guerra que había estallado en su planeta natal. En Limbhad, Jack conoce a Victoria, de su misma edad y a quien Kirtash tiene en su mirilla. El muchacho decide unirse a La Resistencia (formada por Shail, Victoria y Aslan) y luchar contra Kirtash y el mismísimo caballero de Nurgon le enseña a luchar con la espada. La Resistencia descubre, con horror que Kirtash es un híbrido, una mezcla entre humano y shek y puede adoptar una u otra forma. Por una serie de causas, Victoria empieza a sentirse atraída por Kirtash y termina enamorándose de él.
Mientras tanto, Shail y Aslan ponen al corriente a Jack de lo que ha pasado en Idhún y de lo que les ha hecho embarcarse en esta misión. El día que Ashran subió al poder, se produjo una conjunción astral y los planetas se alinearon. Esta alineación lo ayudó a traer de vuelta a los sheks (a quienes los dragones habían echado de Idhún tiempo atrás) y a exterminar a todos lo dragones y unicornios que vivían. Todos salvo dos. Una cría hembra de unicornio, que la encontró Shail (a la que llamaron Lunnaris) y otra cría macho de dragón, que la encontró Alsan (a la que llamó Yandrak). Los llevaron rápidamente a la torre de hechicería donde los magos los mandaron a la Tierra para protegerlos. Luego habían mandado al mago y al caballero que los encontraron para que cuidaran de ellos. Esa era la principal misión de La Resistencia. Pero los portales mágicos habían sido cerrados cuando ellos lo cruzaron y ya no podían volver. Mientras investigaban como volver a abrirlos, buscaban en las bibliotecas lugares donde hubiera leyendas de dragones o de unicornios. Obtuvieron un par de pistas que no les conducía a nada y descubrieron la existencia de un par de objetos mágicos idhunitas que podrían servirles contra Ashran y sus sheks. Pero Kirtash siempre llegaba antes y en uno de estos objetos, un báculo hecho por y para unicornios, les preparó una trampa a La Resistencia y, a pesar de que el báculo obedeció la orden de Victoria y lo pudo empuñar contra el asesino, capturó a Alsan. Se lo llevó a un castillo de la edad media que estaba abandonado (o que había comprado, no me acuerdo), donde tenía oculto un pelotón de szishs (hombres – serpiente mandados desde Idhún por Ashran). Elrion, el mago, hizo una serie de experimentos con Alsan y lo convirtió en una especie de hombre – lobo. Durante el rescate, el duelo entre Kirtash y Jack fue titánico. Los sheks, como Kirtash, tenían afinidad con el hielo y Jack, por alguna extraña razón, con el fuego. Un odio incomprensible se apoderaba de ambos, del frío Kirtash y del simpático Jack, cada vez que ambos e enfrentaban .Hubo un momento en que Victoria estaba a solas con Kirtash y este, que también se había enamorado de ella, le pidió que se fuera con él porque no quería matarla. Ella aceptó. Entonces aparecieron los dos magos, Shail y Elrion. Este último le lanzó un hechizo al mago de la resistencia y Kirtash, sabiendo que Shail era como un hermano para Victoria, intentó protegerlo con otro hechizo, pero creyó que no pudo porque el mago desapareció. Sin pensárselo dos veces, él mismo mató a Elrion, con la frialdad e indiferencia típicas de un shek. Cuando llegó Jack con Alsan, escaparon de allí mediante la magia de Victoria, que Shail le había estado enseñando, de vuelta a su refugio. Ahora Aslan tenía unos rasgos más fieros, casi lobunos. Y con cada luna llena se transformaba en una bestia fiera y sangrienta. El caballero de Nurgon, temiendo hacer daño a sus amigos, huyó de Limbhad. Y Jack, que sentía por él lo que Victoria por Shail, discutió con la chica acerca de si debían ir a buscarlo o no. Al final se fue solo, enfadado y sin Victoria. Y sin magia no pudo volver a Limbhad.
Dos años después de deambular por el mundo sin rumbo, fue Alsan quién dio con Jack y luego con Victoria y reunió a La Resistencia. Seguían luchando contra Kirtash. En uno de los fugaces encuentros entre la muchacha y el asesino, éste le regalo un anillo a través del cuál ambos sentían al otro: cómo estaba, dónde estaba, qué sentía…
Pasan una serie de cosas más que no recuerdo bien. Entre ellas, aparece en escena la abuela adoptiva de Victoria, Allegra que resultó ser otra idhunita exiliada, a la que Kirtash perdonó la vida porque estaba protegiendo a Victoria. Ella se enamoró también de Jack y la pobre estaba hecha un lío porque no sabía por cual de los dos decidirse y cada vez les gustaban más, con sus defectos y sus virtudes. El problema era que ambos chicos se odiaban a muerte y se sentía como una traidora por enamorarse del enemigo.
Ashran, al ver que estaba perdiendo el control de su hijo Kirtash, lo torturó para que trajera a la chica ante él, porque, sin verla siquiera, ya sabía lo que era ella en realidad. Mientras hacía esto, envió a un destacamento de sus soldados, bajo el mando de Gerde (una hada hechicera que le gustaba coquetear con todos los hombres), a atacar la casa de Allegra, donde estaba La Resistencia. Victoria sintió el dolor de Kirtash a través del anillo, como si la torturaran a ella también. Pero para poder ayudar a Jack en la batalla, se tuvo que quitar el anillo y Kirtash se sintió solo de repente, a pesar de que había aguantado por ella, y se sometió de nuevo a la voluntad de su padre. En cuanto Kirtash se rindió, Gerde se retiró. La distracción había funcionado.
Luego Allegra les confesó (lo que yo ya sospechaba desde la mitad del libro) que Lunnaris, el último unicornio, era Victoria. Y que la adoptó porque vio la luz del unicornio tras los ojos de la niña. La misma luz que tanto Kirtash como Jack habían visto también (un detalle importante a la hora de enamorarse de ella). El cuerpo del unicornio (y sospechaban que el del dragón también) había sido destruido al traspasar la puerta entre los mundos y sus almas se habían metido en el cuerpo de dos niños que aun no habían nacido. Entonces, ¿dónde estaba Yandrak?
Allí fue cuando La Resistencia se dio cuenta de que Ashran había creado al híbrido para cruzar el portal, y por eso no mandaba su ejército de sheks, porque morirían por el camino. Luego apareció Kirtash y Victoria muy preocupada por él se le acercó pero el shek, dominado por su padre, se la llevó de la Tierra a Idhún a través de un portal y La Resistencia no pudo perseguirles. La llevó ante su padre, Ashran, porque el mago quería tener al último unicornio para si, la única cosa capaz de entregar el don de la magia, que quedaba en el mundo. Cuando corrió la voz por Idhún de que el último unicornio había sido encontrado y que estaba en las manos de Ashran, el Nigromante, se alzaron en una batalla contra él y la rescató nada mas y nada menos que Shail ayudado por Kirtash, que ya se había “recuperado” por así decirlo y se había librado del control de su padre. Por lo visto, cuando el asesino intentó proteger al mago durante el rescate de Alsan, lo que hizo fue enviarlo a Idhún a través de un portal, pero no estaba seguir de haberlo conseguido y por eso le dio por muerto. Shail volvió a Limbhad con Victoria, donde estaba la desesperada Resistencia, mientras Kirtash se enfrentaba a su padre para cubrirles la retirada. Cuando huyeron, el shek intentó escapar pero otros Sheks le atacaron y no se sabe como, apareció medio muerto en Limbhad. Tras las suplicas de Victoria, perdonaron al Shek. Fue entonces cuando dedujeron que el espíritu de Yandrak se encontraba dentro de Jack y cuando se hubieron recuperado, decidieron volver a Idhún para cumplir la profecía. “El último dragón y el último unicornio derrotarán a Ashran y un shek les ayudará y les abrirá la puerta”. Y Kirtash abrió el portal para que la resistencia viajara a Idhún.

Memorias de Idhún (2ª Parte) por P.J.O.R.

Tal y como llegan a Idhún, hay un gran destacamento de Sheks esperándolos. Ellos huyen pero a Shail le muerden en una pierna y por culpa del veneno se la tienen que amputar luego. Al final encuentran donde esconderse: el Bosque de Awa. Un bosque mágico donde se ocultan los sublevados al reinado de Ashran cuyas flores, alimentadas por la luz de las lunas produce un escudo al rededor de todo el bosque y solo los Silfos y las Hadas (los habitantes del bosque de Awa) pueden deshacerlo. Allí, cada uno decide ir en una dirección.


Allegra va a ver a los Bárbaros para que se unan a ellos. Allí está Gerde, que con sus coqueterías tiene engatusada a todas las tribus bárbaras y tras un duelo la abuela de Victoria huye de allí. La huída lleva a Gerde a una torre donde esta Kirtash. Nuevamente intenta someterlo con sus coqueterías, pero el shek la mata y envía el cadáver a su padre.

Alsan, que resulta que es el Príncipe de Vanissar (uno de los reinos humanos) va recuperar lo que le pertenece. Pero las serpientes lo están esperando y su propio hermano, que regenta el trono, lo traiciona, pero consigue escapar de la trampa gracias a los Nuevos Dragones. Éstos son rebeldes que construyen dragones de madera, a escala real, dentro del cual va un piloto humano que lo maneja. Son artificiales, pero son igualmente efectivos. Mediante la magia les dan “vida” de manera que parezcan reales (hasta escupen fuego). El resultado es tan real que los Sheks se vuelven locos de rabia al verlo y los atacan sin formación, olvidando toda precaución y toda frialdad, típicas de los Sheks. Tras su encuentro con los Nuevos Dragones y sus constructores, Alsan se une a ellos y viajan hacia la antigua fortaleza de Nurgon, sede de los legendarios caballeros. La reconquistan y la usan como base para reunirse.

Kirtash se fue al norte, a que Ydeon, el gigante, un mítico forjador de espadas, le reforjara a Haiass, su espada, rota en un duelo contra Jack o contra su padre. Su arma, al igual que la del dragón o la de Alsan, eran espadas legendarias y no podían ser forjadas por cualquier herrero. Además, se necesitaba magia. De paso, con la soledad de las tierras del norte (la tierra de los gigantes), recuperar su parte Shek que esta siendo oprimida por su parte humana, debido al amor que siente por Victoria.

Jack se dirige al sur, a la tierra de los dragones. Victoria no sabe con cual de los dos irse y al final decide irse con Jack. Shail, cuando se recupera de su pierna, sigue a Jack y a Victoria acompañado por Zaisei, una celeste (otra raza de Idhún parecida a los humanos) muy especial para él. De camino a la tierra de los dragones, Jack y Victoria conocen a Kimara, una semiyan que vive en el desierto (Los yan son otra raza) y que los guía a través de él. Tras una batalla con los sheks que los estaban esperando en los límites del cementerio de dragones, Victoria le entrega la magia a la semiyan.

Mas tarde, de vuelta de la tierra de los dragones, se les incorpora Kirtash. Jack es más dragón que nunca y el otro tiene su espíritu Shek recién renovado. No pueden evitar sentir odio mutuo. Un odio que los dioses les otorgaron cuando los crearon para luchar. Se enzarzan en una pelea brutal, tanto en el cuerpo humano como en el cuerpo del dragón y del shek. Al final, el asesino hiere a Jack y lo hace caer en un volcán, que en realidad es un portal a otro mundo: Umadhum. Este nuevo mundo es donde los sheks estaban antes exiliados, donde los dragones los encerraron, antes del día de la conjunción astral y de que Ashran los trajera de vuelta y exterminara a sus enemigos. Allí, una shek que tiene un interés personal en matar a Ashran y al rey de los sheks (porque la obligaron a usar a sus hijos para crear al híbrido Kirtash), lo ayuda, le cura y le enseña a controlar parte de su odio, o a enfocarlo hacia otra cosa que no fueran lo sheks. Cuando lo creen oportuno, ambos vuelven a Idhún atreves del portal del volcán.

Pero durante todo ese tiempo, a Jack le dan por muerto. Y Victoria jura matar a Kirtash, a pesar de todo lo que lo ama. Se sentía como una traidora hacia Jack, porque le pidió que perdonara la vida del shek cuando apareció en Limbhad y a cambio, le arrebata la vida del otro hombre (o dragón) al que tanto amaba. Y para enmendar su error le persigue por medio mundo. Durante el camino se encuentra con Yaren, un joven que ansia por encima de todo ser mago. Acompaña a Victoria y la presiona para que le entregue la magia. Al final ella cede, pero lo único que le puede dar es una magia impregnada de los sentimientos oscuros de ira y dolor que ella sentía, una magia corrupta. Y Yaren se va, sintiendo como la magia lo torturaba por dentro. Tras esto, Victoria da con Kirtash y en medio de la pelea, el la besa creyendo que así podía calmarla y en ese momento ella le atraviesa el estomago con la espada de Jack, Domivat. Cuando el shek estaba en el suelo, mortalmente herido y la muchacha le va a dar el golpe de gracia, aparece Jack y se interpone entre ambos. Así a la muchacha se le desaparece su sufrimiento, su odio y su deseo de venganza. Curan a Kirtash mediante la magia de la mujer y él no le guarda rencores.

Cuando el shek se recupera, deciden ir a matar a Ashran. Para ello dejan a Victoria durmiendo y ellos dos se van solos, con intención de mantenerla a salvo, a por el nigromante, mediante un hechizo de teletransportación. Pero cuando irrumpen en la sala donde los esperaba el mago y el rey de los sheks, Zeshak, son rápidamente neutralizados. Entonces Victoria va a rescatarlos y le ayuda la shek “amiga” de Jack.

Esa misma noche era año nuevo. Es decir, la noche del Triple Plenilunio. Ashran, decidido atacar el bosque de Awa y la fortaleza de Nurgon y envía a todos sus shek y szishs a luchar. En esa fortaleza se había reunido todos los rebeldes: Alsan, un grupo de caballeros de Nurgon, los Nuevos Dragones, Kimara (que se había echo una hábil piloto de dragones artificiales), Allegra con los bárbaros, y todos los silfos y hadas que había en el bosque y que habían echo crecer este al rededor de la fortaleza para protegerla con su escudo. Pero Ashran, aprovechando el Triple Plenilunio y la amplificación de su poder, le echo una especie de maldición a las lunas, de forma que su luz marchitara las flores que protegían el bosque de Awa. En unos minutos el escudo se desvaneció y los sheks atacaron. Pero el líder de todos los rebeldes, Alsan, debido al efecto de las tres lunas, se convirtió en una bestia sangrienta y completamente fuera de control, mucho mas terrorífica que la que lo dominaba cuando lo afectaba la Luna de la Tierra. Se perdió por el bosque matando a muchos, sean de un bando o de otro, entre ellos, a su propio hermano.

Cuando victoria llegó adonde estaban los dos muchachos retenidos, Ashran le dijo que eligiera a uno y la dejaría irse con él. Pero al otro se lo quedaría y lo mataría. Ella, incapaz de decidir, se sacrificó a si misma para salvar la vida de los otros dos. El mago la hizo transformarse en unicornio y luego le arrancó su cuerno para obtener la única cosa que los magos no podían hacer, entregar magia y crear nuevos hechiceros (que se hacía rozando el cuerno con alguien). En un ataque de furia, Jack, convertido en dragón, se liberó y arremetió contra el mago. Y Kirtash convertido en humano también.

En otra habitación luchaban a muerte los dos padres de la parte shek de Kirtash: Zeshak y la “amiga” de Jack.

Al final consiguen matar a Ashran y al hacerlo, liberan de su interior un espíritu, una sombra: el Séptimo dios, el dios oscuro. Una vez liberado, se mete en el cuerpo de Gerde, que está oculto. La posee y la resucita, y vuelve al mundo como una diosa en el cuerpo de una mujer. Aunque esto último nadie lo sabe.

Por el otro lado, Nurgon ya ha sido completamente tomada por los sheks y los szishs y los supervivientes se retiran al bosque, buscando refugio entre los árboles. Kimara lucha desde el aire, pilotando un dragón, pero un puñado de ellos no pueden hacer nada contra cientos de sheks. La batalla esta perdida. Allegra, oculta en un árbol junto con otro mago, Quaydar, decide hacer un hechizo conjugado con el del otro mago, para hacer arder el cielo, extendiendo unas enormes lenguas de fuego por el aire, en todas direcciones. Al hacerlo, la magia que emplean la mata. El sacrificio de su vida se llevo también a más de cuatrocientos sheks. Tras esto, los sheks se retiran.

Los supervivientes se reúnen en la torre de hechicería celebrando la muerte de Ashran y la derrota de los sheks, aunque muchos sobrevivieron y se dispersaron. Victoria había caído en una especie de coma tras la perdida de su cuerno y necesitó casi cinco meses para que le volviera a crecer y su parte unicornio no muriera. Durante ese tiempo, Gerde había reunido a los szishs y a los sheks (y con el cuerno que Ashran tenía fue creando más magos) y se preparaban para exiliarse de este mundo e ir a la tierra y conquistarla poco a poco. Yaren es ahora la mano derecha de la hechicera y en una ocasión, por venganza, intenta asesinar a Victoria mientras ella esta convaleciente, pero el shek lo hace huir.

Kirtash se había ido de nuevo al norte para recuperar su parte shek que una vez mas había menguado.

Shail viajó siguiéndole la pista a Alsan, desaparecido tras la batalla y llego también al norte. Allí fue testigo, junto con Kirtash e Ydeon (el gigante forjador de espadas hizo una pierna de metal pasa Shail y con magia le dieron “vida” al igual que hacían con los dragones), de unos violentos temblores de tierra, que asociaron con el dios de la roca. Un dios había bajado a la tierra en busca del Séptimo. Pero no bajó solo. Poco a poco se fueron representando los distintos dioses, seres inmateriales que venían de un universo inmaterial y que no tenían forma, pero alteraban brutalmente los elementos que ellos mismos habían compuesto. El problema era que los mortales son insignificantes para ellos y les daba igual matarlos (sobretodo teniendo la posibilidad de crear un mundo nuevo sin ningún esfuerzo).

Poco después, un huracán arrasó parte del continente y las tierras de los celestes, una enorme bola de fuego, como un sol en miniatura, derretía las arenas del desierto de los yan, una gigantesca ola destrozó las ciudades costeras y el reino oceánico, hogar de los varu, los bosques de las hadas y los silfos empezaron a crecer a velocidad desmesurada, los árboles brotaban casi al instante, por culpa de la diosa de la vida y una luz tan cegadora que derretía las pupilas, se aposentó sobre los reinos humanos.

Cuando Victoria mejoro, se fue con Kirtash a la Tierra, lejos de los dioses. Ella, como unicornio que era, absorbía la magia del medio. Y cuando los dioses, que son pura energía, están presentes, ella se sobrecargaba de magia, hasta el punto de poder explotar. Una situación muy grave para alguien en un estado tan débil. El shek, en cambio, estaba siguiendo las órdenes de Gerde (pero estaba encantado con que Victoria se fuese con él). En esta ocasión, su parte shek la obedecía por ser su diosa, su parte humana, por ser una mujer capaz de controlar a los hombres con sus coqueterías, así que no le quedaba más remedio que obedecerla.

Mientras, Jack se había quedado en Idhún para intentar hacer algo y ayudar en lo que pudiera, que no era otra cosa que adelantarse a los dioses y dar la alarma para que evacuaran las ciudades. (También ayudó a Shail a hacer entrar en razón a Alsan para que volviera cuando el mago dio con él.)

Los Seis sabían que el Séptimo estaba oculto en un cuerpo, pero no sabían cual. Si daban con él, la batalla entre los Siete sería tan brutal que arrasarían el planeta entero. Kirtash sabía esto, o lo intuía, por eso se fue con Gerde, para protegerla y para apremiarla a que se fuera a la Tierra. Aunque luego le propuso un plan mejor: que ella misma creara un mundo nuevo para ella y los sheks.

La mayoría (Alsan, Quaydar, la Madre de la Iglesia…) veía esto como una traición y no aprobaban la relación que éste mantenía con Victoria. La presionaban constantemente y a Jack lo volvían loco diciéndole que el shek había cautivado a Victoria y la estaba volviendo contra ellos. Además, lo que pensaban era que debían ayudar a los Dioses a descubrir el paradero de Gerde y proporcionarles la identidad del Séptimo, para que lo destruyeran. Tal vez, a cambio volvieran a traer a los dragones y a los unicornios, pues sin éstos últimos, la magia está condenada.

Mas tarde, Kirtash y Victoria volvieron a Idhún, él junto a Gerde y ella junto a Jack. Su relación con ambos muchachos había aumentado en seriedad. Hasta el punto de que se había quedado embarazada. Pero no sabía de cual. Tanto la unicornio como el dragón estaban de acuerdo con el shek en proteger a Gerde y cubrirle la retirada. Los demás (excepto Shail, que era el único que creía un poco a Kirtash), al oír su teoría, prácticamente los tacharon de traidores. Alsan, ya coronado como Rey de Vanissar incluso llegó a encadenar a Victoria, aun en un estado muy adelantado del embarazo. Lo hizo por varios motivos: el primero, por traidora. El segundo, porque necesitaba el anillo que le regalo Kirtash tiempo atrás, para averiguar cómo comunicarse con los dioses.

Cuando lo descubrió, viajó, junto con otros dos personajes más: Gaedalu, Madre de la Iglesia y el Archimago Quaydar (dos personajes de relativa importancia a partir de la llegada del unicornio y el dragón a Idhún) hacia un Oráculo. Y del mismo modo que Ashran se hubo comunicado con el Séptimo justo antes de que lo poseyera, Alsan y sus acompañantes se comunicaron con los Seis. Tras descubrir su indiferencia hacia los mortales y su intención “pasar olímpicamente de ellos”, vieron el error que habían cometido. Pero ya era tarde, ya le habían dicho la identidad de Gerde y los Seis ya la habían localizado. Justo entonces aparecieron Jack y Victoria, con intención de evitar lo que ya había pasado.

El shek y el dragón habían sacado al unicornio del calabozo y, ella, tras contarle lo que iba a hacer el rey, Kirtash corrió junto a Gerde para ayudarla a empezar el exilio y Jack había volado (en forma de dragón) con la chica en su lomo, en dirección al Oráculo. Alsan fue el único que pudo reaccionar. Por fin había entrado en razón y quiso acompañar a la pareja a cubrir la retirada de los sheks y ayudar en lo posible para enmendar su error.

Para cuando llegaron, Kirtash estaba agrandando el portal mágico para que cupieran los sheks. Sentían como los dioses estaban cada vez mas cerca y ya casi los tenían encima. Por otro lado, Alsan había ordenado el ataque contra la base shek tiempo atrás, y el día de la batalla era hoy y cientos de dragones artificiales volaban hacia ellos. Yandrak, cargando con los otros dos, se interpuso entre los dos ejércitos, pero no le hicieron caso. La batalla empezó. Los sheks que conseguían contener su odio, cruzaban el portal. Los que no, luchaban y morían, o bien por los dragones (artificiales pero igualmente efectivos) o por los dioses. Algunos ya habían llegado. Gerde estaba junto al portal. Sería la última en cruzar. Junto a ella estaba Assher, un szishs que sería su sustituto en ser la encarnación del Séptimo (aunque el joven szish aún no lo sabía). Llegaron todos los dioses y mediante luz mataron a Gerde. Una sombra brotó entonces de la nada, enfrentándose a los elementos de los Seis. Éstos, lucharon contra el Séptimo y lo intentaban encerrar en una prisión, como ya habían hecho antes. Pero ya nadie cuidaba de la puerta, que se hacía cada vez más pequeña. Alsan, sin pensárselo dos veces, salio corriendo hacia la puerta, clavó Sumlaris, su espada mágica, en la puerta y con su energía la mantuvo abierta mientras los sheks terminaban de pasar. Entonces Assher, enamorado como estaba de Gerde y leal a ella, se suicidó con la espada de Kirtash y tras morir, su cuerpo fue poseído por el Séptimo. Volvió a la vida y cruzó la puerta tras el último shek, despidiéndose levemente de Alsan. Cuando pasó, El Rey de Vanissar sacó la espada de la puerta y esta se cerró, justo cuando la furia de los Dioses caía sobre él y el portal cerrado. Victoria, sobrecarga de de la energía de los Siete, creó un escudo alrededor del sus amigos. Saturada de magia, su escudo aguantó la arremetida de los seis Dioses, que enseguida volvieron a su plano astral, para seguir buscando al Séptimo. Pero a la muchacha no le dio tiempo de extender el escudo hasta Alsan y el rey murió.

El niño de Victoria nació poco antes del funeral de Alsan y resultó ser hijo de Jack. Pero la muchacha seguía enamorada de los dos. No podría vivir sin uno de ellos y ambos lo comprendían. Hicieron un esfuerzo titánico para llevarse bien y no intentar matarse mutuamente (como les impulsaba a hacer el instinto y el odio). Se fueron a vivir los cuatro a una zona tranquila y pacífica. Kirtash, como siempre, se iba. Pero siempre volvía.

El sucesor del trono, que era el segundo al mando de Alsan, no se creyó la historia de los dioses y del exilio de los sheks. Decían que las serpientes estaban ocultas en alguna parte. Y que Kirtash era el culpable de todo. Al final, el shek decide irse a la Tierra, para que dejaran de perseguirlo y porque se sentía horriblemente solo y el la Tierra había un pequeño grupo de sheks que su dios no se había llevado. Aun así, seguía amando a Victoria. Antes de irse la dejó embarazada y él no lo sabía. Cuando se corrió la voz de que la muchacha había tenido un hijo con el shek, fueron a por el bebé y a por la familia entera. Y ellos huyeron hacia la Tierra, donde Kirtash los esperaba. Y así volvieron a su antiguo hogar.

Brutal. Espero que hayáis disfrutado leyendo esto, como yo escribiéndolo. Si se os ha hecho un poco largo, lo siento. He hecho todo lo que he podido y he omitido muchas cosas, pero no he podido resumirlo mas (demasiado que he metido 2000 páginas en 8).

Sin más preámbulos me despido hasta la próxima, que o bien será otro resumen del siguiente libro que me lea, o bien será el primer capítulo de la nueva serie: La Sabana.


Namárië!!

P.J.O.R.


PD: Siento haber tardado tanto pero me ha llevado más de lo que esperaba.

viernes, 24 de agosto de 2007

Regalo de Cumpleaños

¡Hola, Pedro! ¡¡¡FELICIDADES!!! ¡¡Cumples 19!! Bueno, pues eso. Que además de comprarte los acostumbrados regalos materiales entre todos, los Sergios y el Largo, quedamos en hacerte este regalito extra. Es un relato corto del cual tú eres el protagonista. Se titula: "Super Pedro Machote, una comedia romántica para toda la familia con sexo duro y crema". No preguntes. La hemos escrito por separado, cada uno una parte, las partes están separadas con unas bonitas cenefas de puntos, y a ver si distingues de quién es cada sección en esta miniaventura épica. Esperamos que te guste o que no tedisguste demasiado ya que la hemos hecho con toda nuestra buena intención. Hasta Luego.

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—Despierta, vas a llegar tarde. Te he dejado un gazpacho en la nevera, y dile a tu hermana que tenga cuidado con las llaves.
—Sí, mamá —dijo Pedro Sánchez, desperezándose perezosamente —Buaaaaaaaaaahhhh —dijo cuando ella se hubo marchado. Cómo le jodía tener que levantarse a las 8 de la mañana en verano.

Era un bonito día de Agosto. 22 de Agosto, para ser precisos, y quedaban dos días para que Pedro pudiera descansar unas horas y celebrar su 19 cumpleaños con sus grandes, geniales, inmejorables amigos. Pero de momento tenía que seguir estudiando, de modo que se dirigió a la parada de autobús de mala gana con la intención de machacarse la cabeza en la biblioteca durante toda la mañana.

Se puso la música en el discman para ver si se espabilaba un poco y podía empezar a estudiar bien despierto. Por ello eligió el "Ride The Lightning", el mejor disco de Heavy Metal, de la mejor banda de la historia de la música desde que un paleto inventara la guitarra al atar una cuerda a un trozo de madera.

Llevaba dos horas estudiando cuando la cicatriz empezó a picarle. Pedro tenía una cicatriz extremadamente rugosa en el codo, tanto que hacía verdadero daño a los que rozaba con ella sin querer. Sus padres siempre habían rehusado explicarle el modo en que se la hizo, y Pedro había
decidido, tras muchos intentos, no hacer más preguntas.
"Qué extraño", pensó. Nunca le había dolido de esa forma.

De camino a su casa tras haber estudiado 9 horas seguidas, un cono con bigote cortado por un plano le pidió la hora, mientras que una niña saltaba a la comba generando una superficie de revolución cuya sección cíclica tenía toda la pinta de ser la curva del peinado de Sirius Black cuando aparece en el fuego de la chimenea de la sala común de Gryffindor.
Sin duda, Pedro Sánchez iba camino de ser el mejor arquitecto-escritor de historias fantásticas del mundo. Y como era de esperar, también acabaría como una puta cabra.

Entró en su casa y se dispuso a prepararse el almuerzo a las siete de la tarde, no sin antes devorar un delicioso paquete de patatas Fran José. Sus gemidos de placer alertaron al vecino, un ser pinchudo llamado Pablito.
—¡Ya vale de ruidos, estoy intentando dormir la siesta de las siete de la tarde! —Pedro decidió hacerle caso, ya que Pablito era capaz de irrumpir en su casa para pincharle con sus pinchudos huesos.

Entonces ocurrió algo. Una lechuza entró por la ventana cantando "Stairway To Heaven" de Led Zeppelin. La visión fue tan celestial que Pedro empezó a rezar a Joe Satriani, nuestro Dios Absoluto ahora y en la eternidad.

Oh, mi Joe Satriani, con una nota tu podrías

descongelar los dos Polos.
Dame consejo en este celestial momento
y nunca más jugaré a los bolos.

La lechuza dejó una carta sobre la mesa y se marchó volando. Pedro se abalanzó sobre ella y, abriéndola, le leyó para sí.

Ave Pedro.
Somos los humildes ministros del país Pedro Sánchez. Hace años que tu padre, Pedro Sánchez, te envió a vivir con unos amables señores que te quisieron adoptar, con la condición de que te instruyeran en el noble arte de la Arquitectura y que, cuando cumplieras los 19 años de edad, regresaras a tu país natal para levantar nuestra decadente civilización de su ruina. Ahora que la fecha se acerca, el país Pedro Sánchez debe pasar a manos de Pedro Sánchez Junior, o sea, tú.
Te rogamos que nos deleites con tu presencia lo antes posible para que podamos venerarte como a un Dios.

Muchos besitos y abrazos

Ministerio de Pedro Sánchez.

-¿Pero qué debo hacer? – se preguntaba Pedro una y otra vez. Lo mejor será que me eche ya a dormir que mañana me tengo que despertarme a las 4:45 AM para estudiar. Aprovecharé y le preguntaré a mamá en el desayuno.

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Y Pedro se levantó a las 11:00 AM. Era el día 23 de agosto, un día para su 19 cumpleaños y aún no sabía nada de ese país que tenía que gobernar. Nada más entrar en la cocina le preguntó a su madre:
—Mamá, ¿soy adoptado?
—Supongo que ya te ha llegado la carta. No quería que llegase este momento, pero es inevitable que...
—Pero, ¿qué es eso de que tengo que gobernar un país, mi país? ¿Y qué tiene todo esto que ver con mi cicatriz?
—Oh, bueno, supongo que ya debes saber la verdad. Tu padre era un revolucionario y se casó con una señorita de su edad. Te tuvieron a ti en el punto más sangriento de la revolución y atacaron la choza en que naciste. Tu padre, como un héroe, salió corriendo contigo en brazos, y una esquirla metálica te rozó el codo. De ahí la cicatriz rasposa. Pero tu madre murió atravesada por miles de balas, desangrada en un enorme charco de barro...
—Entonces es cierto... Debo partir hacia el país de Pedro Sánchez inmediatamente.
—Sí, un Jaberwocky te espera a la orilla del mar para llevarte volando. Será mejor que te lleves un bocadillo. ¿De qué lo quieres?
—¡¡¡De chopped pork!!!

Y Pedro salió corriendo hacia la orilla del mar. El viaje en Jaberwocky se hizo corto ya que cogió su disco preferido, el Word of Mouth de Jaco Pastorius. Además el país de Pedro Sánchez es un lugar mágico al que se llega sólo deseándolo, no existe el cerca o lejos, y Pedro tenía muchas ganas de llegar.

Al aterrizar en el Jabpuerto, lo recibieron los ministros:
—Salve, Gran Pedro, nosotros lo adoramos y lo cubrimos con oro.

Y efectivamente eso hicieron. Pedro se sacudió el oro como pudo y preguntó:
—¿Y dónde están los súbditos a los que debo gobernar?

Los ministros le explicaron que por precaución no habían querido anunciar su llegada por si alguien intentaba hacerle algo. Pedro lo comprendió enseguida. También le explicaron que era mejor que se anunciase el mismo día 24 para que así no hubiese problemas.
—¿Qué problemas podría haber? —pensó Pedro, pero no dijo nada.

Al día siguiente salió al balcón a anunciar su llegada. El pueblo lo recibió con una ovación: había gente gritando como loca, chicas sin camisetas, y... Pedro se echó al suelo justo a tiempo. Una manzana le pasó rozando la cabeza. Inmediatamente apresaron al culpable y lo llevaron ante Pedro. Los ministros gritaron:
—¡¡¡Mátalo!!!¡¡¡MÁTALO!!!
—Pero si yo sólo quería entregarle mis mejores manzanas a Pedro, no he hecho nada malo.
—¡Mientes! ¡Intentaste asesinarlo con esa manzana!
—No, no, no...

Pedro llamó a los ministros a una habitación aparte y les dijo que confiaba en la historia del hombre. Pero los ministros estaban ABSOLUTAMENTE SEGUROS y RECORDABAN PERFECTAMENTE que el hombre era un asesino que se les había escapado. Pero Pedro no quería matarlo. Entonces los ministros dijeron:
—Te daremos un paquete de Fran José si lo matas.
—Soy el que más manda aquí, puedo tener tantos paquetes como quiera.
—Pero tenemos un problema de distribución y sólo nosotros, los MMM (Ministros Malísimos de la Muerte) podemos conseguirlos.

La mente de Pedro comenzó a debatirse, no sabía qué hacer. Entonces, por unos instantes, su mente se partió en dos: se encontró de repente en una habitación con unas pequeñas neuronas de axiones hermosos que le decían
—Mata a ese hombre, a ti ni siquiera te gustan las manzanas, a ti te gustan las patatas y por lo visto va a ser difícil conseguirlas. Sólo es un hombre, hay muchísimos más en el país de Pedro Sánchez.
Sin embargo, otro grupo de células de Schwann, más feúchas, le decían desde un rincón:
—No está bien, tu padre murió por un país en el que hubiese justicia, no quería que su hijo fuese un asesino.

Pero Pedro sucumbió. Mandó matar al hombre y se comió las patatas mojándolas en la sangre derramada mientras se reía sádicamente y escuchaba el grupo más oscuro y malévolo de la historia: Cannibal Corpse.

Estaba tan ofuscado por el poder, el acceso libre a las patatas y el no tener que estudiar en verano que llegó incluso a jugar a los bolos con los ministros, a pesar de su promesa a Joe Satriani (su subdios, ya que por encima estaban los Beatles desde que hicieran el Revolver) de no hacerlo nunca más.

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Y así pasó el tiempo y Pedro Sánchez vivió gran cantidad de aventuras en las cuales se dio cuenta de que realmente el heavy metal le estaba llevando por el mal camino y decidió no volver a escuchar nunca más nada que tuviera distorsión. Se apartó durante una época del mundo público encerrándose en un cuarto que se sostenía sobre una columna salomónica gigante a 5000 metros de altura, sobre las montañas y sobre todo el país de Pedro Sánchez, donde sus habitantes, los pedrosanchecinos, vivían tan bien que se inventaban a unos enemigos contra los que luchar y a los que odiar.
En esta habitación Pedro Sánchez se dedicó a la meditación y a escuchar a Jeff Buckley para entrar en trance y así contactar con los dioses, que le contaban los secretos del universo.

Un día, desde el suronorte, llegó la misma lechuza que aquel 24 de Agosto le había llevado la grata noticia para llevarle ahora una noticia horrible. Ponía lo siguiente:

En nombre de nuestra patria Poorpooland, y de todos los poorpoolandianos, os damos a vos, Sir Pedro Sánchez, la oportunidad de huir de Pedro Sánchez antes de que ataquemos vuestro país con nuestras horribles armas de destrucción medievales. Esto es un ultimátum improrrogable.
La respuesta debe llegar antes de la puesta de sol del último día del último mes del antepenúltimo año de la década del salchichón.
Oséase, mañana.

Gracias por leer.

J.R.R.G.

Pedro leyó esto con horror y se desmayó. Dos horas después, cuando notó que alguien se le estaba cagando encima abrió los ojos y vio a la blanca lechuza sonriendo sobre su pecho, donde descansaba un montoncito de bonitas blancas defecaciones. Pedro se levantó sobresaltado, pisó la cabeza de la lechuza, a la que no le pasó nada, y se sentó en su mesa, sacó un buen rollo de pergamino rosa perfumado y escribió con un lápiz H2B con bonita caligrafía:

Aquí permaneceré para luchar, valiente como mi cobarde padre.

Ciaito!

Enrolló el pergamino, lo ató a la pata de la lechuza y, tras darle un par de Fran Josés rancias la tiró por la ventana para que llegara a Poorpooland.
Pedro Sánchez saltó desde la casa y se deslizó en espiral por el fuste retorcido de la columna hasta llegar al sólido suelo de Pedro Sánchez, donde los habitantes, que se habían enterado de la amenaza, lo alabaron por quedarse con ellos.
Pedro convocó a todos los jaberwockys y tilacinos del país para que ayudaran en la guerra, mandó lechuzas a todos los amigos del mundo y, en media hora, tenía el ejército preparado y bendecido por Atenea y todos los dioses de la guerra que quisieron hacer algo.

A lo lejos se los oía llegar, un montón de poorpoolandianos arrastrando los pies y las armas. Uno de cada cinco cargaba con un darbuka y lo aporreaba sin compasión, sacándole el metálico sonido de percusión al mágico artefacto que marcaba el ritmo del paso del vago ejército. El sonido hizo que muchos de los pedrosanchecinos dejaran sus puestos y se pusieran a bailar capoeira sin descanso y a toda velocidad, pues el sonido cada vez iba más rápido, descontrolados, sin poder sobre sus cuerpos, bailando y saltando hasta que los pies comenzaron a sangrar y los resbalones se sucedieron por todo el batallón.

Pedro Sánchez tenía más miedo que un angango en una biblioteca y sudaba tanto que parecía que se estaba derritiendo. Las palmas de las manos mojadas, los ojos enrojecidos por los nervios, los pelos húmedos pegados a la frente y la nuca y ese dolor punzante en el codo… pensó que el dolor de la cicatriz era debido a que se acercaba su enemigo pero, cuando miró el brazo que le dolía, se dio cuenta de que era Pablito el causante al estar clavándole el esternón. Pablo permanecía arrodillado a su lado, subido a un trineo con ruedas con el que se deslizaría entre los enemigos pinchándoles en las piernas y partes sensibles con sus extremidades huesudas.
—Me alegro de que estés aquí conmigo —farfulló Pedro Sánchez.
Pablo, por toda respuesta, chasqueó un par de veces la lengua y sonrió como si estuviera loco.
Realmente Pedro Sánchez se alegraba de que estuvieran allí todos sus amigos raros… Action Boy, Bernie Wells, Fucaco, Virginia Woolf con los bolsillos de la bata llenos de piedras, el Presidente de los EE.UU. conduciendo un tanque, Topito Pérez, que iba desnudo porque se había depilado todo el cuerpo y embadurnado en aceite para escurrirse entre los enemigos y que nunca lo pillaran, Mickey el Gordo, Erestör Fefalas, Rokete, Gorge el de los ogjos rogjos, Nicolás Saizer, etc…

Llegó el otro ejército y comenzó la lucha. Todos peleaban aquí y allá con lo que pillaran.
Pablito se deslizaba de un lado a otro con los codos en punta pinchando a todo el que se le acercaba, fuera de un bando o de otro, chasqueando la lengua y riéndose, Action Boy rugía y disparaba con el cañón-trípode, Mickey el Gordo comía a gente y soltaba flatulencias nucleares. Rokete bailaba capoeira mientras tocaba la guitarra a lo bestia, haciendo saltar las cuerdas contra sus enemigos, Fucaco corría por ahí electrocutando a las hordas enemigas y, en el centro del campo de batalla, Pedro Sánchez, esperaba con hombría a J.R.R.G., que se acercaba portando un ventolín del tamaño de su brazo.

—¡No vas a ganar esta guerra! —gritó Pedro Sánchez, haciendo que todo el mundo parara de combatir para mirar la escena.
—¡Me da igual, yo solo quiero matarte a ti! —respondió J.R.R.G.
—No lo conseguirás —entonces Pedro se armó de valor, se quitó el casco de la armadura y saltó hacia J.R.R.G., que en ese momento apretaba el pulsador del ventolín y le mandaba una descarga de placebo puro que le hacía caer y caer y caer y caer y caer y caer y caer y caer y…

Pedro gritó y se despertó. Estaba en la biblioteca, sentado, estudiando. La gente lo miraba, pero de una manera extraña. Sí. Sólo había tías en la biblioteca, tías buenas que estudiaban en ropa interior y que le sonreían. Pedro se levantó y todas fueron hacia él rápidamente, se le echaron encima, derrumbándolo, rasgándole la ropa y unas manos que le subían por el pecho y… de repente alguien le estaba dando de hostias, ¿qué coño pasaba allí?

Pedro gritó y se despertó. Estaba en su cama, en calzoncillos. Aún era de noche. La ventana estaba abierta y por ella entraba una brisa agradable. No había ruidos. Miró el reloj. Eran las tres de la mañana y eso le puso contento, todavía tenía tiempo para dormir mucho, al día siguiente no tenía que ir a la biblioteca, nunca más, ya no tenía que estudiar…

Pedro gritó y se despertó. El móvil sonaba. Estaba en su casa, en calzoncillos, en la cama. Aún era de noche. El móvil seguía sonando. Lo cogió y apretó el botón verde.
—¿Diga?
—¿Es usted Pedro Sánchez?
—Sí.
—Pues acaba de ganar un billón de euros.

Pedro gritó y se despertó. Estaba en una tumbaca, tomando absenta de color azul eléctrico en la orilla de una playa de arena blanca y aguas transparentes. A su alrededor, sus amigos disfrutaban igual que él del paisaje y del billón de euros que le había tocado a Pedro al cumplir los diecinueve años… Todo era perfecto. Lo que Pedro no sabía era que esa noche le matarían para quedarse con su fortuna. Así que, por lo pronto, todo iba bien.


S.S.M.//S.R.M.//J.R.R.G.


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miércoles, 22 de agosto de 2007

El Faro -- Capítulo 4

07:00 A.M.
15 de enero de 2011


No era casualidad que Mel viajara en aquel barco pesquero. Se había embarcado hacía mes y medio para terminar su formación, o al menos eso ponía en la ficha que había entregado al capitán. En su currículum constaba la licenciatura de biología, especialidad zoología marina. En aquellos momentos se disponía a sacarse el doctorado, acerca de los movimientos migratorios de los animales, ya extintos, obviamente. La observación directa del lugar por donde éstos habían viajado era crucial para la investigación. El viaje de Mel, o el estudiante, tal y como le llamaban en el barco, terminaba en Boston. La forma en la que él viajaba no era totalmente legal; pero casi siempre las autoridades portuarias hacían la vista gorda a los asuntos de inmigración ilegal, a cambio de una ligera comisión que solía proporcionarle el gremio de pescadores. Aún así, el traspaso de personas a través del mar se hacía de una forma muy discreta, reduciéndose a un grupo muy selecto. Personas como estudiantes y trabajadores, con una ficha debidamente justificada, en la cual siempre debía fijar la posibilidad de ayudar en las labores del pesquero.
Mel llevaba ya unos minutos despierto en su litera, pero aún seguía esperando a que alguien del turno anterior le obligase a levantarse. Entre las sombras, y desde la litera superior, vio el perfil de Yunk, respirando fuertemente. Eran los únicos que se encontraban en el camarote, ya que Rob y Sally tenían turno de noche. Sigilosamente palpó por debajo de su almohada, y comprobó que lo que debía estar ahí seguía aún en su sitio. Sintió la textura de papel viejo y quebradizo entre sus dedos. Se trataba de un recorte de periódico publicado el 4 de febrero de 1991. Un ruido de pasos en la puerta le hizo dar un respingo. Dos personas entraron entre las sombras, hasta que uno de ellos apartó la cortina que tapaba el ventanuco, dejando pasar la luz.
—Vamos, es la hora —exclamó Rob, uno de los que habían entrado.
—Levantaos, que el capitán ya lleva en cabina desde hace una hora —dijo Sally.
Rob y Sally se encargaban del puesto de vigía de noche. Rob llevaba cinco años en aquel barco, y nunca le habían encargado otra tarea. Siempre pensó que al ser nuevo, le habían tomado como el pardillo de turno, colocándolo en ese puesto, en el que anteriormente, a regañadientes, había estado Jeanman, un tripulante ya veterano. La cosa es que, aunque todos pensaran que ese era el trabajo más pesado y aburrido del barco, a él le fascinaba. Y más aún desde que en aquel viaje, le hubiesen puesto como ayudante a la nueva del barco, Sally. El capitán había advertido a sus hombres desde el principio, amenazando castigar severamente a cualquiera que no tuviese un comportamiento adecuado con la nueva tripulante. De todas formas, todos los hombres parecían hipnotizados con la presencia de aquella mujer de rasgos sicilianos. Nada más subir al barco, los pescadores habían hecho apuestas por quién era el primero que se la llevaba a la cama. Aunque a estas alturas, a mes y medio de haber embarcado, ya nadie hacía esas apuestas, pues todos sabían que ya no tenían posibilidad.
—¿Qué tal la noche? —murmuró una nueva voz de alguien entró por la puerta.
Era Simón. Y no se había dirigido a ninguno de los hombres de la habitación. Mel pudo ver perfectamente como Simón se acercaba a Sally y la besaba, también vio como los dos se metían juntos en la misma cama. Aunque hizo todo lo posible para disimular, al igual que los demás. Yunk se levantó como un autómata hacia el comedor, sin volver la cabeza. Mel le siguió, por delante de Rob, el cual se había quedado atrás un mísero segundo, como diciendo: “Tengo sueño”. Pero ante una mirada de odio lanzada por Simón desde la cama, rectificó y anduvo por el estrecho pasillo hacia el comedor. Simón era, para Mel, una de las personas más odiosas que había conocido. Entre los pescadores, siempre era respetado o, quizás sería más acertado, temido. Solamente algunos de los que llevaban más tiempo, como Joan, cuestionaba ciertos puntos de su conducta. El mismo capitán solía doblegarse en ocasiones a lo que él dijese. El capitán sí que era buena persona; desde donde se encontraba, Mel pudo ver al capitán en la cabina de mandos. Estaba más solitario y triste que nunca, por alguna razón, que Mel no conocía.
—¿Qué tal el capitán? —preguntó Mel a Rob.
—Igual que ayer —contestó—, Dios sabe lo que pasa por la cabeza de ese hombre.
Mel se echó en la taza el café que había preparado Jeanman minutos antes, el cual sabía a agua de mar. Joan se sentó junto a él y le dijo que el capitán quería que fuera lo antes posible a la cabina de mandos. Con el café aún en las manos, Mel se encaminó rápidamente hacia allí.
—Buenos días, capitán —dijo Mel de forma firme, al entrar por la puerta.
—Buenos días, estudiante —respondió en un susurro.
—¿Quería usted algo?
No contestó enseguida, volvió la cabeza hacia él, con mirada perdida, y posteriormente sonrió levemente.
—Quería preguntarte si serías capaz de ayudarme con cartas de navegación, por si lo necesito, llegado el momento.
—Por supuesto —dijo Mel sin comprender demasiado— Pero, ¿para qué las necesita?
—No debería contarte esto, no creo que le hiciera gracia... —el capitán volvió a pararse momentáneamente; Mel sabía perfectamente que la frase terminaba “a Simón”—. La cosa es que es posible que nos desviemos ligeramente de rumbo por unas dos o tres semanas, tiempo en el habrá que prescindir del satélite y del rádar. Por eso necesito una mano con los mapas, ¿entendido, estudiante?
—Sí —contestó—. Perdone, ¿puedo preguntarle por qué...?
—Claro —respondió con una repentina sonrisa, algo forzada—, hay más pesca por aquellas zonas. Y a veces hay que salirse de la legalidad para comer.
—Hola.
Simón acababa de entrar en la cabina y lanzaba a Mel una mirada con el entrecejo fruncido.
—Hay que echar ya la boya —añadió Simón, mirando al capitán.
—Sí, vamos, paro los motores.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Simón en un susurro apenas audible, y con un tono extrañamente afectuoso.

Diez minutos después, Joan y Val sostenían entre los dos una pesada boya. Tenía en la parte superior una estructura de metal parecida a una pequeña antena de radio. Mel supuso para lo que servía, lo había oído más de una vez. Era consciente de que si el barco navegaba por aguas no permitidas a la pesca, había que apagar el radar y el GPS para evitar que las autoridades pillasen la señal. Por eso el capitán le había dicho antes que necesitarían privarse de aquello que fuese a delatarles. Por otra parte, los pescadores que frecuentaban estas prácticas solían abandonar boyas especiales en algún lugar de la ruta; a partir de ahí, la antena de la boya enviaba una señal al satélite, exactamente igual a la del barco, haciendo que el sistema de alarma marítimo no saltara por la posible pérdida de un barco.
Joan se aseguró de que la boya estuviera bien anclada en el fondo, antes de lanzarla al agua.
—A ver si con esto conseguimos al menos llegar a los cincuenta —exclamó Joan.
Cincuenta kilogramos era lo máximo que un barco pesquero medio, en plena temporada, podía capturar en un día. Y eso teniendo en cuenta que la mayoría de las veces la mitad del pescado estaba contaminado. De ahí que la pieza de pescado se vendiera a precio de oro; sin embargo, no era suficiente, había demasiados pescadores para una tarea que producía muy poco. La guerra había causado muchísimos estragos. Eso le hizo a Mel pensar en la vieja noticia de periódico. Con la aparición de Simón en el cuarto no había sido capaz de guardársela consigo, por miedo a que la viera, dejándola bajo la almohada. En un momento de distracción, estando todos pendientes de la boya, Mel se deslizó hacia el interior.

Sally estaba en el dormitorio, lo cual habría sido normal, de no ser porque no estaba dormida. Mel la miró asombrado, sin poder creer lo que veían sus ojos. La mujer se hallaba de pie, con el cuerpo vuelto hacia la cama del estudiante y, en la mano, sostenía el recorte de periódico. Alertada por aquella llegada imprevista, había vuelto la cabeza hacia la puerta, pero no le había dado tiempo de nada más.
—¿Se puede saber por qué miras donde no te importa? —dijo Mel, intentando disimular con furia el miedo que recorría su cuerpo.
—Estudiante...—comenzó ella.
—¡Cállate, joder! —la exclamación de Mel hizo que Rob se revolviera en su cama. Pero no se despertó, descansaba como un lirón.
—...Lo he leído.
—Bueno, ¿y qué? —dijo Mel alzando la voz, con un tono de insolencia—, ¿se lo vas a decir a él?
—Hablemos fuera —atajó de manera concisa, mientras señalaba con su mirada a Rob.
—¿Quieres que te incluyan en su grupo, verdad?¿Por eso me vas a delatar, putita?
Aunque en un principio pareció no haberse ofendido, tras unos segundos, y con una rapidez profesional, Sally sacó un arma y apuntó con ella al estudiante.
—He dicho que fuera —dijo en un susurro—, y como grites —añadió, viéndole las intenciones—, te juro que te mato aunque sea delante de Rob.
Mel salió andando hacia atrás sin quitarle los ojos de encima a Sally y a su arma. Sally cerró la puerta tras ella. Afortunadamente, Rob no se había despertado y tampoco había nadie en el pasillo; pero no podía correr riesgos. Agarró a Mel por el cuello de la camisa y lo empujó al cuarto de baño. Aun en la estrechez, o quizás con más razón, Sally no despegó la pistola cargada de la sien de Mel.
—Escúchame con atención y cállate un minuto, ¿entendido? —dijo en voz baja—. No soy quien tú crees, no estoy aquí por el trabajo, no estoy por placer y tampoco estoy para que me incluyan en su grupo.
—¿Entonces que coño quieres? —preguntó Mel, sin importarle el haberle interrumpido.
—Creo que lo mismo que tú.
—¿Y cómo sabes lo que quiero?
—Soy policía —aclaró, ante la sorpresa de Mel—, llevo observándote semanas.
—¿Policía? —murmuró, sin poder creérselo. Mel se preguntó si ella estaría allí por asuntos de pesca ilegal.
—Sí —afirmó, con una sonrisa en la comisura de la boca—. Te preguntarás que cómo estoy enterada de lo que se está llevando a cabo.
Mel asintió con la cabeza. Sally, al ver que el joven se había tranquilizado, bajó el arma. Y comenzó su historia. Contando cómo había llegado hasta aquel barco. Alrededor de un año atrás la central recibió la llamada de un viejo pescador que había captado una inquietante señal de radio. En aquel momento nadie hizo caso, pues el servicio estaba saturado con otros asuntos de gravedad más inmediata. Sin embargo, un compañero de Sally, un novato salido de la academia cinco meses antes, se interesó por el caso y lo investigó en lo que le quedaba de tiempo libre. Fue a hablar con el viejo mercante que recibió el mensaje radar. Cada uno de los aspectos de la información que le dio no hacía perder el interés; desde el mismo cuerpo del mensaje hasta la persona que lo había enviado y desde dónde. El viejo se hallaba totalmente seguro de que la señal provenía de un lugar abandonado en algún lugar de Terranova, ajeno a la civilización humana durante décadas. También declaró que el mensaje poseía la voz de una niña.
—¿Una niña? —interrumpió Mel.
—Sí, es algo poco creíble, lo sé. Pero mi compañero se empeñó en seguir investigando. Poco a poco se dio cuenta de que el asunto era más turbio de lo que parecía. Era peligroso, en plena guerra, hacer determinadas acusaciones, y él lo sabía. Por eso comunicó conmigo, al parecer era en la única persona de la autoridad en la que confiaba; pero no me quiso decir todo. Solamente lo de aquella niña, ni siquiera el mensaje de ésta.
—Pero te dijo sus sospechas, ¿no?
—Claro. Oro gris.
Un escalofrío le sobrevino a Mel por la espalda. Estaba claro lo que Sally quería hacer.
—Quiero llegar al final de todo —confirmó Sally—, no quiero quedarme sólo en esta simple chusma, quiero saber quiénes están detrás. Quiero cazar a los peces gordos.
Mel frunció el ceño. No estaba seguro de que aquel símil que acababa de hacer fuese apropiado para la situación; además, para él, los que estaban a la sombra eran de la misma calaña, la misma chusma.
—¿Qué ocurrió con tu compañero? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Desapareció de pronto; me juré a mí misma que tenía que terminar su trabajo.
—¿Y cómo puedo confiar en ti? —preguntó Mel.
—Te he contado todo lo que sé, eres tú el que aún no me has dicho la forma en que llegaste aquí.
—Yo no tengo por qué dar explicaciones: no te he apuntado con una pistola. Aunque —añadió, pensando que no correría mucho peligro si le contaba sólo parte de su historia, o al confirmarle lo que ella ya sabía—, te diré que encontré el recorte de periódico, y partir de ahí fui investigando.
—¿Por qué razón te interesaba el tema?
—Me repugna todo lo que tiene que ver con el oro gris. Pero, a todo esto, ¿qué piensas hacer tú para detenerlos?
—Aún no lo sé, tengo que entrar en la bodega y descubrir si lo tienen allí escondido.
—Pero la bodega está cerrada con un candado, sólo el capitán y Simón pueden entrar.
—He conseguido quitarle a Simón las llaves de la bodega, las tengo escondidas en lugar seguro —Sally respiró hondo, lo que había tenido que hacer para ganarse la confianza de Simón era realmente asqueroso. Había sido trabajo de día a día, desde el primer momento en que pisó el puerto de embarque.
—Pero él las echará en falta, ¿no crees?
—Por eso quiero ir cuanto antes, ahora mismo.


Eran las diez de la mañana y ya tenían controlado a todo el mundo. Cabrón y Yunk estaban en popa, preparando las redes; Rob, durmiendo; Jeanman en proa; Simón, el capitán y un marino viejo del que nadie sabía nunca pronunciar su nombre, estaban en la cabina de mandos; y por último, Joan, en la cocina. Era el momento. A través del comedor, bajaron a la parte inferior del barco, procurando no hacer ruido para que Joan, desde la cocina, no los oyera. Allí el movimiento del barco parecía mucho más palpable. El estrecho pasillo que ladeaba la despensa y la bodega simulaba una auténtica atracción de feria. Pasaron la primera puerta, la despensa. Después, la puerta cerrada con candado y con un cartel de prohibido, era la bodega.
—Bien, Mel —Sally sacó del bosillo una especie de botón y se lo introdujo en el oído; también sacó un chisme de unos cuatro centímetros y se lo dio a Mel—, esto tiene en el extremo un pulsador; si lo pulsas, enviarás una señal electromagnética muy débil al auricular que me he puesto en el oído, y así podré saber si viene gente sin que tú tengas que correr peligro. ¿Entendido?
—Sí, pero creo que debería de entrar yo—Mel sintió que aquello no era capaz de digerirlo tan rápido, hasta ahora siempre había estado sólo en eso.
—Ni hablar, vete al pie de la escalera y, si viene alguien, entretenle un poco para que me de tiempo de salir.
Una vez que Mel se había ido, Sally introdujo las llaves en la cerradura del candado y entró. Sally miró a su alrededor, una enorme caja de metal de casi dos metros de altura, se sostenía contra la pared, ocupando gran parte de la habitación. En un lado, junto a ésta, había una rejilla que comunicaba con la ventilación del barco y la sala de máquinas, en la popa del barco. Se abrió paso entre un motor viejo y decenas de utensilios de pesca, hasta alcanzar la puerta de la caja. No había manera de abrirla, necesitaba la combinación de la rueda giratoria. Miró el reloj, llevaba más de dos minutos en aquella sala y pensó que podría ser peligroso quedarse aún más. Ya tendría tiempo de pensar qué hacer con la caja, donde, con toda seguridad debía encontrarse lo que buscaba. Se disponía a salir justo cuando una alocada idea le pasó por la cabeza. Miró el motor del coche que descansaba en el suelo. Abrió con sumo cuidado el depósito de aceite...

Mientras tanto, Mel hizo lo que le había dicho la mujer, se dirigió al pie de la escalera. Se aseguró de que llevaba el pulsador bien disimulado en el puño y deseó no tener la necesidad de usarlo. Llevaba unos dos minutos sentado en los peldaños cuando un sonido del roce de algo con la pared le hizo volverse. Le dio tal sobresalto verla que estuvo a punto de pulsar el botón. La niña de ocho años con el traje azul le estaba mirando a los ojos.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó sin dar crédito a lo que veía.
—Te van a descubrir.
Dicho esto se volvió hacia el pasillo y entró a la despensa con una rapidez increíble. Mel la siguió, entrando en un cuarto sumamente aprovechado, dividido por medio de congeladores y estantes repletos de alimentos. Buscó por todos los recovecos que fue encontrando sin éxito, la niña había vuelto a desaparecer como un ángel. De pronto, sintió un tremendo tirón en su estómago; un ruido de fuertes pisadas resonaron en el suelo del pasillo. Pudo oír claramente, al otro lado de la puerta de la despensa, la voz de Simón.
—¿Quién ha quitado el candado que cerraba la bodega?
Al no obtener contestación, entró. Si Mel se hubiese tirado en las frías aguas del océano Ártico, se habría sentido más caliente aún de lo que se sentía en aquel instante. No había avisado a Sally, es como si la hubiese traicionado...


La voz de Simón la alertó y Sally corrió hasta el fondo de la bodega, hacia la pequeña rejilla junto a la caja. Se metió como pudo por ella, dándole tiempo de ver, por un instante, la figura de Simón entrando por la puerta de la bodega. El ruido era intenso, sabía que ya se encontraba cerca del motor del barco. Ahora estaba en una cabina minúscula; y aunque no podía ver absolutamente nada debido a la falta de luz, supuso que allí estaba la refrigeración del barco. Tuvo que mantener la cabeza agachada para no chocarse con el bajo techo. Sintió que algo se le deslizaba del bolsillo, pero no tenía tiempo de buscarlo. En la oscuridad sintió el tacto de una puerta y la abrió sin comprobaciones. Apareció ante sí la sala del motor del barco, sitio donde el ruido ya era insoportable. Alcanzó la escalerilla de hierro vertical que llevaba a cubierta, con la esperanza de que nadie le viera al salir y pudiera tener la posibilidad de salvarse. Pero arriba ya la estaban esperando...


A hurtadillas, asegurándose de que ya nadie vigilaba la puerta de la bodega, Mel salió al estrecho pasillo y subió a cubierta. Una concentración de casi toda la tripulación en la zona de popa indicaba lo que con seguridad había ocurrido, y eso hacía aumentarle un sentimiento de culpa. Pudo comprobar que en el barullo no estaban ni Simón, ni el capitán, ni Sally. Minutos después Cabrón, ayudado por Yunk cuando se atascaba, contó lo sucedido. Al parecer, mientras aseguraban las redes de la pesca de la tarde, Simón había aparecido como una flecha desde la proa y había saltado sobre la trampilla de la sala de máquinas. De ahí sacó a Sally de un tirón del brazo, y la retuvo, dándole el tiempo justo a no acabar tiroteado por una pistola que la mujer guardaba en su chaqueta.
—Y menos mal que yo grité, ¡Simón! ¡Al suelo, tiene una pistola! —prosiguió Cabrón, fanfarroneando más que otra cosa.
Ahora mismo estaban en el camarote del capitán, situado junto a la cabina de mandos, discutiendo qué hacer con la chica. Si la mataban...


—La chica dice que tiró las llaves de la bodega por un desagüe, ¿tienes otras? —preguntó Simón al capitán, con el ritmo calmado.
Las cinco de la tarde, los motores del pesquero estaban parados y cinco tripulantes echaban las redes a popa, hablando, entre nudo y amarre, del extraño suceso que habían visto. Simón y el capitán discutían en la sala de mandos, más tranquilos que hacía unas horas. Aunque con la cabeza puesta en la habitación contigua, donde Sally se hallaba inconsciente tras un golpe propinado por Simón.
—Claro que sí, ya he mandado a Jeanman a que vuelva a cerrar la bodega. Simón, ¿y si no tiró las llaves al mar? ¿Y si las encuentra alguien? —preguntó el capitán con preocupación.
—Nada, le interrogaremos y le abandonaremos en el primer puerto por el que pasemos —respondió Simón.
—¿Ya está? ¿Y si descubre algo? ¿Nos delata?
—No creo, aunque si te sientes más tranquilo pondré dos nuevos candados más. De todas forma, es imposible que nadie sepa nada. Sally investigó a partir de las noticias antiguas, ninguna información útil. Pero ahora más que nunca hay que tener cuidado, no quiero que tengan motivos reales para llevarnos a la cárcel, no quiero muertos —concluyó—, no ahora que me quiero retirar, Horner, no después de lo tuyo.
—¿Entonces qué hacemos con la chica?
—Encerrarla en la caja. Cuando lleguemos a algún puerto, la acusaremos de suplantación de personalidad e intento de robo. Y cuando se descubra la verdad, estaremos muy lejos.
El silencio que prosiguió, indicaba que el capitán estaba de acuerdo con él; aunque también parecía que éste le estaba dando vueltas a otra cosa.
—Simón —murmuró el capitán Horner sin apenas mover los labios—. Por última vez, ¿estás seguro de que nadie ha podido enterarse de esto?
Horner inclinó la cabeza levemente, pero no la mirada, manteniéndola fija hacia Simón, inquisitiva. Dio la ligera impresión de que Simón dudaba en el momento justo antes de hablar, cuando realizó un movimiento nervioso de los labios.
—Seguro —dijo Simón tajante con un cierto deje desafiante. Lo había dicho tan convencido de sí mismo que el capitán rápidamente achacó el temblor a su enfermedad de parkinson, no a la duda—. Nadie lo sabe mas que nosotros, y ellos, por supuesto...

Una suave brisa helada punzó el rostro del estudiante. El resto de tripulación guardaba la escasa recogida y se preparaba para cenar; mientras, él esperaba aferrado a la barandilla de proa. A su izquierda el sol estaba a punto de ponerse. “Al norte”, pensó, desde luego, el barco no se dirigía a Boston. Como le había dicho el capitán, se desviarían de la ruta dos o tres semanas. Y no creía que fuesen simplemente a pescar; Mel sabía perfectamente a lo que iban y se imaginaba a dónde. No era casualidad que viajara en aquel pesquero. Estaba seguro que el mensaje al que Sally se refería, enviado desde Terranova, tenía relación con el destino de aquel barco del diablo. Por otro lado, no sabía si Sally estaba viva o muerta, pero se obligó a sí mismo a dejar de culparse y a proseguir. Estaba dispuesto a todo. Abriría la bodega de nuevo, recogería las pruebas suficientes y haría capturar a Simón y al capitán para que se pudriesen en la cárcel. A decir verdad, el capitán ya no le parecía una buena persona. Todo lo contrario, era incluso peor que Simón; falso, cobarde, manejable y asesino. Las lágrimas le helaban, le desahogaban, enturbiaban su corazón para mantenerlo frío; pues sabía que de ahí en adelante tendría que aguantar.
—Hola, Mel —dijo ella.
—Hola... ¿Cuándo me vas a decir tu nombre? —a Mel no le sorprendió su aparición.
La niña del vestido azul solamente respondió con una sonrisa.
—Yo puedo conseguir las llaves de la bodega, pero tienes que ayudarme.
—¿Qué quieres que haga?
—Que me escuches, tengo que contarte un cuento.
La escucharía, estaba listo para cualquier cosa. Preparado para todo; pero ajeno a la realidad, ajeno a que en unos días la inocencia de una niña le haría perder los nervios, ajeno a que él mismo, envuelto en la rabia, conduciría el barco hasta su propia muerte.



Breakfast Clan
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sábado, 18 de agosto de 2007

"La Piedra Oelortep" de S.S.M.

Las Golondrinas volaban a su antojo por los cielos de la Tierra. Quienes escuchaban su canto solían dejar el trabajo un momento, se ponían en pie y les contestaban en su lengua. Les respondían, contándoles las nuevas noticias de cada lugar, les deseaban buena suerte en su vuelo y también les pedían que les trajeran más ventura en sus ya felices vidas. Luego volvían al arado, a las cosechas, los más sabios a la escritura y meditación, los niños y niñas al juego o al estudio.

De esta forma, las aves surcaban cielos naranjas, el sol naciente acompañándoles; luego azul; al atardecer volvía al naranja e incluso al suave rosa, y más tarde, al anochecer, las Golondrinas recibían su merecido descanso del negro cielo.Amanecía, y las aves estaban a punto de divisar el Reino de Tutifruti, sin duda el lugar preferido de todas las criaturas de la Tierra. Allí todo era paz, justicia, felicidad y amor.

Sus campos y colinas eran verdes y fértiles; en su costa y acantilados se respiraba tranquilidad, con los grandes océanos brillantes y azules, que convertían al Reino en la isla más preciada por todos: Patislargos, Verdosos, Barbudos del Bosque de los Gnomos Felices, e incluso los resentidos Seres Escrutadores. Hasta esos sentían un profundo amor, mejor dicho, respeto, por aquel lugar.

Como era costumbre, las Golondrinas derramaron sus lágrimas sobre los habitantes de Tutifruti para avisarles de que llegaban y de que estaban contentas de verles. Volando en círculos sobre el Reino, entonaron su más precioso canto, y los niños corrieron a recibirlas.

El Rey fue avisado de que los visitantes acababan de llegar, y presto se dirigió hacia ellos con reverencias y halagos. El Rey Peta era el hombre más sabio que se había conocido por aquellas tierras. Ya era rey cuando los más ancianos llegaron a Tutifruti, e incluso antes. Era un hombre altivo que gobernaba con justicia pero con clemencia, sabiendo recompensar a sus amigos y, por ello, nunca llegaba a tener enemigos. Lo cierto es que nadie sabía de qué extraña esencia se alimentaba el Rey Peta para ser tan bueno y justo.

Cuando las Golondrinas se marcharon, todos se dirigieron de nuevo al trabajo, tarareando la pegadiza melodía que estas habían traído consigo. Todos menos el Rey, cuyo cometido no era trabajar, sino gobernar desde su trono, velando por la felicidad de sus Hermanos, los habitantes de Tutifruti. Pero ese día el Rey Peta tenía una sombra en su pensamiento, y solo su más leal vasallo fue capaz de adivinar que algo le ocurría.
—Señor, os ocurre algo. Ya sabéis que podéis contármelo sin miedo­ —dijo Rign, el leal vasallo.
Lo cierto es que Rign sabía de primera mano que el Rey no temía a nadie ni a nada. Simplemente sufría si veía amenazado su pueblo. Y esta podía ser una de esas ocasiones….
—Tranquilo, mi leal Rign, tranquilo. No es nada que no esté al alcance de mi mano. Verás, las Golondrinas me han traído noticias. Alto secreto. —Rign asintió con la cabeza.
Sabía cuándo no debía entrometerse, y se dirigió de nuevo al trabajo.

La noche era apacible y tranquila, y Rign dormía plácidamente, evocando en sus sueños las aventuras y batallas que había corrido con su gran amigo el Rey.
—¡Rign, despierta, rápido! —vociferó uno de sus sirvientes.
—¿Qué ocurre? —respondió este, cansado.
—¡Han atacado al Rey!¡Necesita tu ayuda! —el sirviente se mostraba extremadamente agitado.

Veloz como un rayo, Rign se dirigió hacia los aposentos del Rey. Este yacía en su cama, con el vientre fuertemente apretado con ambas manos, y el rostro empapado en sudor. Tenía un pequeño corte en la ceja, resultado sin duda de una lucha cuerpo a cuerpo. Cinco escoltas hacían guardia, y el médico del Reino invocaba a los Espíritus. Nadie había visto al Rey en un estado tan lamentable. Jamás.
—¡Basta! —vociferó este con la voz entrecortada por el dolor.
—Marchaos, por favor. Dejadme solo con Rign.Obedientes, el médico y los escoltas salieron de los aposentos.
—Señor, ¿qué os ha ocurrido? ¿Quién ha osado atacaros? —“y cómo demonios lo habrá conseguido”,pensó, pero no dijo nada.
—Tengo que contarte algo de vital importancia, mi querido Rign. Ven, siéntate. —dijo con una mueca de dolor. —Jolki el Terrible ha vuelto, Rign. —hizo una pausa sepulcral.

Rign se sobresaltó, poniéndose en pie de un salto.

—¡Pero eso no es posible! Si ya lo hemos matado en quince ocasiones, y la última vez lo cortamos en trocitos tan pequeños que cada Buitre de las Montañas se tragó uno; además, después matamos a los Buitres, quemamos sus cadáveres y las Hadas del Valle de Goldtintel se llevaron las cenizas al País de Nunca Regresar. Con el objetivo de que nunca pudiera regresar —matizó.
—Mi joven e impaciente amigo —el Rey tosió un poco, manchándose la barba, y dijo con voz solemne: —El Cielo no espera a los que no saben esperar, mas los que sí saben tienen asegurado su lugar en el Fuego del Castigo eterno, por intentar esperar lo inesperable de ellos.

Aunque Rign no entendió una palabra, asintió solemnemente con la cabeza y se dijo que el Rey era el hombre más sabio sobre la faz de la Tierra. Pero tenía unas ganas terribles de pillar al que le había atacado.
—¿Sabes por qué murieron tus padres, querido Rign? —dijo este.
—¿Mis padres están muertos? No lo sabía, en serio.
—Murieron cuando tu tenías dos años. Jolki el Terrible irrumpió en tu casa. Como sabes, este tan solo se alimenta de Maldad, y cada vez que mata, roba o crea una desgracia se hace mucho más poderoso —tosió, esta vez más fuerte, y Rign pensó que estaba en las últimas. Su vientre subía y bajaba sin parar, y tenía toda la pinta de que su herida era profunda. —Como decía, Jolki mató a tus padres usando el Fuego Terrible, una llamarada azul con forma de perro que sale de su boca. Tú lograste escapar, pero no lo hiciste solo. Te llevaste el alma inmortal de Jolki.
—Oh, Dios mío.
—En efecto. Tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y por eso fuiste capaz de quitarle su alma.
—¿Qué significa eso? —preguntó Rign, incrédulo.
—Significa que tú deberás reinar sobre la Tierra cuando nadie más quede para hacerlo.
—¡Oh, Dios mío! —no podía creer lo que oía. —La noche que quemamos a los Buitres que devoraron los restos de Jolki, no contamos la desaparición de uno. Alguien robó uno de esos buitres para alimentarse de él. Así fue como Jolki el Terrible consiguió reaparecer y robarle el alma al ladrón. Y también consiguió engatusarle para que me atacara esta noche.
—Oh, Dios mío. ¿Quién es? ¿Quién os ha atacado? —Rign estaba furioso.
—Lo conoces muy bien. Es un hombre de este Reino. —El Rey suspiró —Es tu hermano, Rign.
—Dios mío. Dios mío. —Rign se tambaleó y volvió a sentarse. —Mi hermano robó el buitre, os atacó a vos, y ahora está…
—Tuve que defenderme, mi querido y leal Rign. Le di una muerte digna. Tu hermano se arrepintió en su lecho de muerte, y lo confesó todo. Las Golondrinas me avisaron de que alguien iba a atacarme, pero no imaginé la magnitud del problema, ni tampoco que yo pudiera resultar herido de gravedad.-Se hizo el silencio de nuevo.

El Rey respiraba más tranquilamente, y Rign intentaba digerir todo lo que estaba escuchando.

—Con tu hermano muerto, tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y al poseer el alma de Jolki el Terrible, también eres el único capaz de derrotarlo. Veras… Jolki ha conseguido engatusar a los Seres Escrutadores, y también…también a los Espíritus. Esa es la razón por la que el médico no consigue invocarlos. Y por ello no puedo recuperarme de mis heridas.
—¿Qué debo hacer, Rey Peta? —El rostro de Rign estaba empapado en lágrimas, sumido en una profunda conmoción.El Rey volvió a suspirar, esta vez con una pesadumbre aún mayor.
—Es bien sabido por los habitantes de Tutifruti que Jolki el Terrible anhela atacarnos en persona. Aquí reside tanta felicidad que su ataque sería desastroso, devastador…. Conseguiría realizar tanta Maldad que Jolki se haría increíblemente poderoso, el mundo se rendiría a sus pies, se acabaría el Bien y comenzaría el Reinado del Mal. ¿Te lo imaginas, mi querido y leal Rign? Todo sería dolor y fuego….
—Lo sé. Haré lo que me pidáis. Todo por vengar la muerte de mis padres y mi hermanito. —la furia empezaba a aflorar en su corazón. —Mataré al causante de mis desgracias.
—Se te olvida lo de los testículos. Portar el alma inmortal de Jolki fue lo que hizo que te aflorara un segundo testículo, en vez de tener uno como la gente normal.
Rign estaba ahora apretado por la rabia y la ira. Sus facciones habían cambiado de color. Tembloroso, se puso solemnemente en pie, alzó el puño hacia el cielo y proclamó:
—Juro por lo más sagrado que retaré a Jolki el Terrible, lo ensartaré en mi espada y luego le arrancaré El Testículo, para que mis Hermanos de Tutifruti puedan comprobar que nadie volverá a amenazarlos jamás.

Repitiendo estas palabras en su mente, Rign había partido del Reino de Tutifruti sin más demora. El Rey le había explicado dónde podría encontrar a su enemigo: En el Valle VerdeAmarillento. Solo de pensarlo se le ponía la piel de gallina. Tendría que sortear innumerables peligros, luchar contra los terribles Seres Escrutadores que custodiaban los desiertos páramos que hallaría en el camino, burlar a los Espíritus que ahora se cernían sobre el Bien, y, finalmente, acabar con Jolki el Terrible, el peor enemigo de su compañero el Rey Peta.
Había jurado venganza, y ahora debía cumplir con su palabra de caballero del Rey.

Rign nunca se había planteado que los demás tuvieran un solo testículo y él tuviera dos. ¿Cómo sabría eso el Rey? Qué hombre más sabio…
Rign sabía que tendría que matar a gente. Le había estado dando vueltas en su cabeza, de modo que antes de marcharse había hablado con un cura de la Corte real. Este había organizado una pequeña ceremonia. Había sacado un ejemplar del libro “Los Valores Cristianos en la Edad Media“, ejemplar que todos los habitantes de Tutifruti poseían, a pesar de que nadie sabía ya nada sobre la lejana Edad Media, y donde estaban escritos los verdaderos preceptos del Bien y del Mal. El cura real, tras subrayar algunos párrafos del libro y tachar otros, había concluido que, en su viaje, Rign podría atravesar con su espada a todo aquel que le viniera en gana si se interponía en su camino. No debía preocuparse, ya que sus acciones estarían dentro de la jurisdicción del Bien.

Así caminaba el leal y valiente Rign, salvador del Mundo Entero, con la brillante espada al cinto, blandiéndola de vez en cuando para cortar en dos a alguna vendedora que le atosigaba demasiado. Con su familia en el corazón, el Rey en su cabeza y Jolki el Terrible en sus testículos.
Como le dolían las piernas de tanto caminar, decidió parar para pasar la noche cerca de una colina, bajo la protección de dos enormes árboles. Abrió su bolsa para ver lo que podía cenar, pero como no era gran cosa decidió reservarla para el día siguiente.Estaba conciliando el sueño, cuando el crujido de una rama lo sobresaltó.
Se incorporó un poco y pudo divisar una sombra que se movía hacia él, subiendo por la pendiente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, comprobó que eran al menos cinco los que se acercaban. Y no lo hacían juntos, sino que lo estaban rodeando para tenderle una trampa. El fuego de la venganza rugió en su corazón.

—¡Venid, malditos esbirros de Jolki, venid a por mí! —les gritó.

Atravesó al primero de una estocada. El agudo grito que profirió aquel ente maligno confirmó a Rign en sus sospechas: en efecto, eran Seres Escrutadores al servicio del enemigo.Su escudo paró las embestidas de otro. Rign aprovechó la momentánea retirada de su atacante para clavarle la espada en el vientre. Estaban siendo vencidos tan rápido, que los tres seres que quedaban decidieron darse a la huída. Rign no estaba dispuesto a permitirlo. Corrió tras ellos con su espada fuertemente agarrada con ambas manos, pero se le estaban escapando. En un último esfuerzo, la lanzó por el aire, y esta cortó la pierna de uno de los atacantes mientras los otros dos huían. Rign reía ahora de satisfacción.

Los dos habían escapado, pero ya los encontraría para darles su merecido. El Ser Escrutador gritaba en el suelo, con su pierna a unos cuatro metros de él, mientras un charco de sangre verdosa se hacía más y más grande bajo el muñón.
—Déjame vivir, por favor…
—¿Por qué habría de hacerlo, vil traidor? Vuestra asquerosa raza se ha vendido al tirano de Jolki.
—Jolki es el mejor amigo que tenemos, él nos lo ha dado todo… —su voz era un llanto de dolor.
—¿Amigo dices? —eso si que no se lo esperaba —¿Amigo? Él mató a mis padres y a mi hermano. Y atacó al Rey de Tutifruti.
—Porque el Rey de Tutifruti le atacó a él antes. Quince veces.
—Evidentemente, el Rey no iba a permitir la proliferación del Mal. Nos estaba haciendo un favor a todos, pero ahora vosotros os habéis pasado a los oscuros brazos de Jolki el Terrible.
—¿El Terrible? Nosotros le llamamos Jolki el Bueno.
—¡Ja! —rió Rign con amargura —Es muy sencillo: El Rey Peta es Bueno y Jolki es Malo. Repítelo o te atravieso ahora mismo.
—Lo harás igualmente.
—¡Idiota! ¿No ves lo dichosos que son los habitantes de TutiFruti? Allí todos trabajan felizmente sin descanso, se ganan su pan y el de sus familias; todos reciben en armonía a las Golondrinas que traen las nuevas noticias de nuestra Tierra; nuestros mineros nos enriquecen cada día con las piedras preciosas que encuentran; las muchachas adolescentes están contentas de que se les busque maridos más mayores y sabios que ellas, y las recién casadas tienen el privilegio de pasar una noche con el Rey…
—¡El Rey es un asqueroso viejo senil! —fue lo último que dijo el desgraciado, porque Rign blandió la espada contra su cabeza al oír tal insulto.

Tras recorrer largos caminos, pasar solitarias noches y superar increíbles peligros, Rign llegó al Valle VerdeAmarillento. Todos allí eran Seres Escrutadores, y Rign se alegró de que ninguno le reconociera. Podría pasar desapercibido hasta llegar al enemigo. Todos esos habitantes de una tierra gobernada por el Mal eran tan solo ignorantes, radicales que añoraban un salvador que aliviase sus penas. Observó que todos ellos eran muy pobres, y extremadamente religiosos.“Si por lo menos rezaran al Dios de verdad, y no a un patán que no existe, a lo mejor no serían tan pobres”, pensó Rign.

Decidió no sentir más compasión por ellos, pues eran amigos de Jolki, y siguió su camino entre la muchedumbre de VerdeAmarillento.Dos días estuvo buscando a Jolki el Terrible. Dos días durante los cuales escuchó verdaderos insultos a la persona del Rey Peta y a todo su reino. Ningún habitante del Valle simpatizaba de forma alguna con su forma de gobernar, y se sentían constantemente atacados por él. Entonces había llegado Jolki, resurgido de entre sus cenizas, y les había hablado. Rign sentía verdadero asco cuando tenía que escuchar de algún emocionado Ser Escrutador esa parte de la historia, pero nunca decía nada por miedo a que lo descubriesen. Jolki les había prometido riquezas, felicidad, dicha… Pero a cambio les había exigido lo que les llevaría a su perdición: la guerra contra el Rey Peta y el Reino de Tutifruti, contra la “maldad” de sus habitantes, contra todo aquello que aquellos poseían y estos no.
En definitiva, una guerra contra el Bien, alimentada por una ira que solo podía provenir de los oscuros corazones de unos indeseables. Todos ellos lo lamentarían.
Aquella noche, mientras Rign dormía, una Golondrina le visitó. Traía urgentes noticias del Rey: este estaba empeorando por momentos, y era muy posible que no sobreviviera más de una semana. Por ello, la Golondrina instó a Rign a que cumpliera su misión lo antes posible. Si el Rey moría y Jolki no, sería la perdición de la Tierra. Además, y por orden expresa del Rey, Rign debía quitarle el collar a Jolki cuando este hubiera muerto. Esto, le dijo la Golondrina, era especialmente importante para el Rey, ya que el colgante constaba de una piedra preciosa negra que tenía el poder de enriquecer a quien la llevase. La piedra se llamaba Oelortep. Todos sabían que las Hadas concedían una de estas piedras a cada uno de los reyes de la Tierra. El Rey Peta pretendía arrebatársela a su enemigo con el fin de mejorar aún más el Reino de Tutifruti.

El Rey, siempre pensando en los suyos. Qué gran corazón.

Cuando la Golondrina su hubo marchado, Rign se puso en marcha sin perder un instante. Preparó sus armas, rezó por el alma de sus padres y su hermano muerto y salió a la oscuridad de la noche, dispuesto para el ataque. Era tarde y había muy poca gente en el Valle. Un Ser Escrutador de unos quince años caminaba solo, dando tumbos y con una botella de absenta en la mano. Rign se puso en su camino, sacando la espada.
—Dime dónde vive Jolki el Terrible o te arrepentirás, maldito borracho.

El joven, ya debido al miedo o a la embriagadez, se lo había contado todo. Jolki se hallaba en la tercera cueva del Valle VerdeAmarillento, escondido y alerta ante cualquier posible ataque del Rey Peta, seguramente alimentándose de algún tipo de Maldad.Rign se preparó. Su corazón albergaba una gran ira contra aquel tirano. Con el grito que augura un desastre, entró en la cueva como un león enfurecido, espada en mano. De todas las veces que le había visto el rostro Jolki el Terrible, esta fue la más breve.

Rign salió de la cueva con su espada ensangrentada, la mano fuertemente apretada contra la herida de su hombro, y la piedra Oelortep colgada en el cinto. Todos le vieron, y también vieron la piedra. Pero cuando descubrieron el cadáver de su líder, Rign ya se hallaba a kilómetros de distancia, camino de Tutifruti, y se sentía tan triunfante que no cabía en sí de gozo.
Habían pasado dos semanas desde que Rign volviera a casa.
Para su gran sorpresa, el Rey no estaba ni siquiera convaleciente. A su llegada lo había sorprendido jugando con los niños de la Corte, riendo y bebiendo. Nada más ver la piedra, el Rey había dado gracias al cielo, y ni siquiera le había preguntado a Rign si Jolki estaba muerto. Era un poco extraño, pero era el hombre más sabio, inteligente y bondadoso de Tutifruti y Rign había decidido no pensar más en ello.

Los gritos de la muchedumbre le despertaron del profundo sueño en el que se hallaba plácidamente sumergido.
—Acabad con todos ellos. —escuchó decir al Rey.

Se incorporó, salió de su habitación y se subió a la torre del castillo amurallado que era la Corte real. Lo que divisó le dejó helado.Los habitantes de Tutifruti estaban siendo brutalmente masacrados por Seres Escrutadores. Rign reconoció alguna que otra cara. Eran los seres del Valle VerdeAmarillento. No le costó nada adivinar que habían llegado en sus barcos para recuperar su piedra Oelortep y vengar la muerte de Jolki. Estaban realmente enfadados. Con sus espadas y lanzas estaban ensartando a sus Hermanos y, llorando de rabia, los lanzaban por los aires o los despedazaban en el suelo. Pero no conseguían llegar a la Corte debido a las gruesas murallas, de modo que se contentaban con matar a todo el que podían.
—Acabad con todos ellos —volvió a decir el Rey Peta.

Los arqueros dispararon desde la torre. Las flechas cayeron sobre los que luchaban, una y otra vez.
Rign nunca había visto a tanta gente muerta.

S.S.M.

Copyright © Sergio Sepúlveda Medina, 2007. Todos los derechos reservados.