martes, 31 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 3

23:20 P.M.
1 de Febrero de 2011
Dos días antes

Que le llamaran Cabrón no quería decir que realmente lo fuera. Todo eso de llamarlo así venía de varios años atrás, sobre el 2007, cuando acogieron al primer estudiante a bordo en el CATAMARÁN III. A Cabrón por aquel entonces todavía le llamaban Val, diminutivo de su verdadero nombre, y era conocido por su inocente estupidez. Sí, no era una persona que se dijera lista o sagaz, sino más bien lo contrario, bastante lento a la hora de razonar y de inteligencia reducida.

Lo de los estudiantes era un buen negocio, totalmente clandestino, que solo realizaban algunos de los barcos más antiguos del puerto debido al riesgo que conllevaba el ser parado por la guardia costera y descubierto en una revisión de personal, cosa que nunca hacían con los barcos que llevaban más de 30 años afincados en el mismo puerto. Los estudiantes que viajaban en los pesqueros hacia otras ciudades o puertos eran solo aquellos que no se podían permitir el traslado completo en tren, barco o avión; ya no había autobuses que cumpliesen la ruta universitaria y por lo tanto los precios se habían disparado en los otros medios de transporte, que habían visto en esto una gran oportunidad de hacer dinero.
Los estudiantes pagaban la mitad o menos de lo que les costaba el viaje por un medio convencional y, además, ayudaban en el barco el tiempo que estuviera en él.

Lo ocurrido fue que, un caluroso día de mediados de septiembre de ese 2007, Val se encontraba recogiendo las redes que habían echado esa mañana para la pesca junto con Joan, que tarareaba una estúpida canción a la que había comenzado a meterle una letra incoherente cuyo único fin era insultar a Val, daban las tres de la tarde y él era el único que no había comido de toda la tripulación. Mientras realizaban el duro trabajo, Val le dijo varias veces que se callara o que se comería un cabo y Joan le respondió subiendo el tono de su voz y comenzando a bailar por la cubierta mientras cantaba la ofensiva canción. Cargando con todo el peso de la red, Val siguió trabajando, intentando ignorar la letra de la canción que oía y a la cual se había sumado alguien batiendo palmas, riendo y dando zapatazos en el suelo. Val, sin volverse ni una sola vez, terminó el trabajo, se quitó los guantes y entró en el interior del barco, de donde aún provenía un grato olor a comida. Se sentó a la mesa vacía con restos de migas de pan y se sirvió en su plato lo que había quedado de la sopa de pescado y un filete de pez espada que él mismo había comprado en el último puerto por el que habían pasado. Comió en silencio, escuchando la canción que Joan se había inventado minutos antes y los zapatazos de quién quisiera que fuese retumbaban sobre su cabeza, cabreándolo aún más. Sin poder terminarse el plato debido a su creciente furia, Val se levantó y salió de nuevo al caliente mediodía. Joan, al verlo llegar y, sobretodo, al verle la cara, se calló, tosió y se fue para otro lado. Val sonrió para sus adentros. No sería muy listo, pero desde luego si que disponía de unos buenos brazos y de una espalda anchísima con la que hacerse escuchar o respetar. Pero la canción no había parado, la tonadilla seguía sonando acompañada de las palmadas, los zapatazos y las risas. Val miró en derredor y allí lo descubrió, cubierto a la sombra, sentado en el suelo, con una gorra cubriéndole la frente y un bloque de hielo derritiéndosele en una mano el cual estaba usando para refrescarse. Era el estudiante, ese tal Ross. Val se acercó hacía donde estaba y se le quedó mirando con su mayor cara de furia. El chaval le miró a su vez con los ojos entrecerrados deslumbrados por el sol, le sonrió y le preguntó:
—¿Quién es el imbécil de la canción? ¿Está en el barco?

El bloque de hielo salió volando por los aires junto con dos o tres dientes del estudiante, manchados de sangre. La patada que Val le propinó en la cara fue horrible y el muchacho, al intentar evitarla, se golpeó la cabeza con la pared en la que se apoyaba y casi perdió el conocimiento. Val lo levantó del suelo y lo llevó en sus hombros hasta la borda, donde le pegó un par de cachetadas para espabilarlo y le dijo:
—Tu padre, chaval, ése es el imbécil de la canción.
Acto seguido lo lanzó al agua, se dio media vuelta y, acompañado de las risas de Joan y el Capitán, que lo habían visto desde la cabina de mandos, volvió al comedor y siguió con su sopa.

Y sumido en estos recuerdos se encontraba Cabrón la noche del 1 de febrero mientras, asomado por la misma borda por la que cuatro años atrás había lanzado a un chaval de 18 años que se había reído en el momento menos oportuno y por la misma borda por la que, dos días más tarde, vería las rocas que le causarían la muerte, se arrepentía de haber sido tan bruto. El viento era fuerte y frío, amenazaba tormenta, pero ésta aún se encontraba lejos, nada de lo que preocuparse, pronto llegarían a… ¿qué era ese ruido? Val volvió la cabeza y miró hacia la cabina, allí estaba Simon, mirando una revista con la vista perdida y junto a él el Capitán, que movía la boca rápidamente, como si estuviera enfadado por algo, pero Val no era capaz de escuchar la conversación debido al rugido del viento, que casi le entaponaba los oídos. Tenía frío, necesitaba calentarse un poco o al día siguiente tendría fiebre. Con pasos largos se dirigió a babor para entrar por detrás en los dormitorios. Dentro de la diminuta habitación el calor era sofocante sin embargo, y se quitó el chaquetón antes de cerrar la puerta tras él; se dirigió a su catre, situado junto al de Simon y sobre el de Joan y dejó sobre él el gorro de lana que le cubría la cabeza. Ya estaba sudando. No había nadie allí, Simon y el Capitán estaban en la cabina y supuso que el estudiante y Joan estarían jugando a las cartas en el comedor junto con “el Vigía”, Rob, que no ocuparía su puesto hasta la una de la madrugada, hora en la que Simon siempre dejaba la cabina para ir a acostarse. El hecho de que no pararan por las noches los motores era porque iban con retraso y debían cumplir las rutas a la perfección o con el mínimo margen de error, solo de ésta manera recibirían el precio acordado por el cargamento…

Val miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie y sacó de un golpe el paquete rectangular de debajo de la cama. Abrió una vez más su cascado papel, arrugado y viejo y sacó de aquí unas cartas marinas a punto de desintegrarse llenas de líneas y dibujos apenas comprensibles pero donde brillaban unas gruesas letras blancas sobre una cruz que decían: "Cuidado con el Ojo de Oro". La cruz blanca no estaba lejos de la última de las anotaciones que Val había ido haciendo a lápiz a lo largo de veintisiete años en el mapa. Veintisiete años dedicados a la mar, desde sus dieciséis, cuando llegó a puerto como cargador con la esperanza de que algún capitán se fijara en sus fuertes espaldas para su barco y poder llegar así, tardase lo que tardase, al Ojo de Oro.
Se sacó una vieja brújula del bolsillo y vio con tranquilidad que señalaba al norte. Todo iba bien.

De nuevo ese ruido. ¡Blin! Ahora lo escuchaba mejor. ¡Blin! Como si golpearan con algo pesado sobre algo de metal. No era muy lejos, parecía venir de la bodega. Val se volvió a poner el chaquetón y el gorro y salió del dormitorio, cuidándose de cerrar la puerta bien fuerte. Dio un par de pasos en silencio, oyendo el viento, el mar, la noche. ¡Blin! Otra vez, sí, definitivamente venía de la bodega. Pero allí no debería haber nadie. Nadie podía entrar allí más que Simon y el Capitán, y éstos estaban en la cabina. Medio corriendo se dirigió hacia el lugar guiado por los ruidos y pronto se halló traspasando el comedor vacío y pasando de perfil por el estrecho pasillo que llevaba a la bodega. La puerta estaba abierta y el cartel de prohibido el paso brilló por el reflejo de la luz cuando se colocó bajo el umbral para ver a qué se debían los golpes.

El estudiante sostenía una larga barra de hierro y golpeaba con ella una enorme caja fuerte que ocupaba más de la mitad de la habitación, que se completaba con diferentes elementos de pesca y baterías usadas y estropeadas, un motor grande de coche descansaba junto a una de las paredes de la caja fuerte, la cual casi tocaba el techo. Val nunca había entrado en esa habitación, pero había oído hablar a los demás de esa enorme caja fuerte de la que nadie tenía ni idea más que Simon y el Capitán y que nunca nadie más que éstos dos habían visto abierta y sabían de su contenido. Val sabía que el cargamento que entraba en esa caja era para trayectos largos y que siempre era descargado por la noche, cuando todos dormían. Eran chanchullos raros y él lo sabía, pero confiaba en Simon más de lo que los demás le aconsejaban. No le importaba. Simon sabía lo que hacía y sabía que no les iban a pillar. Y con eso se conformaba Val.
El estudiante intentaba abrir la gruesa puerta de la caja haciendo palanca con el alargado hierro en el asa, pero lo único que estaba consiguiendo era doblarlo y arriesgarse a partirse una mano. Val pudo observar que el hierro que sostenía el estudiante había sido una de las patas de la mesa que tenían antes atornillada al suelo del comedor pero que quitaron porque en verano ardía como una sartén bajo el fuego; la había arrancado de cuajo. Val, asustado pero decidido, cerró la puerta tras él de un portazo.

El estudiante se dio la vuelta sobresaltado y avanzó con el hierro en alto, dispuesto a golpear al que fuera. Estaba muy exaltado, nervioso, lloraba o había llorado, o simplemente tenía los ojos colorados debido al esfuerzo, sudaba y la respiración agitada hacía que su pecho subiese y bajase con fuerza.
—¡Lárgate de aquí, me da igual abrirte la cabeza! —le gritó a Val.
—¿Qué estás haciendo aquí? No puedes entrar.
—¡Nadie puede, solo ellos! Ya lo sé, Cabrón, pero necesito saber lo que hay ahí dentro, ¡necesito sacarlo de este barco o moriremos todos! —el estudiante siguió afanado en sus golpes a la caja.
—¡Quieres parar un momento! —gritó Val para hacerse oír sobre los golpes metálicos.

Pero el muchacho no paró, siguió con los porrazos. Uno, otro, otro. Alertaría a todo el mundo, y si Simon los encontraba allí no sabía que sería capaz de hacer. Val no lo pensó más, esperó a que el muchacho alzara el hierro para descargarlo con fuerza sobre la caja y cuando lo hizo se le echó encima, agarrando el alargado palo y lanzándolo al otro lado de la habitación, empujando al estudiante y colocándole un pie en el pecho para que no pudiera levantarse.

—¿Quieres que venga todo el mundo? —le gritó en un susurro Val.
—­Me da igual, debo abrir esa caja o todos moriremos —el muchacho parecía fuera de lugar, como poseído por la locura.
­—Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Quién te ha dicho eso? Si ha sido Joan no le hagas…
—Ella —le cortó el estudiante con la vista perdida —, la niña del vestido azul.
—¿Qué niña? ¡Venga, no me vengas con cuentos!
—Vino a buscarme a la habitación y me dijo que la siguiese… —el estudiante miraba a Val con ojos suplicantes— ¡Ella me trajo, Cabrón! ¡Créeme! Ella me…
Val le tapó la boca al muchacho con una de sus enormes manazas y se llevó el dedo índice de la otra mano a los labios para indicarle que se callara. ¿Eso que se oía aproximándose eran pasos o era el crujir de la madera? Demasiado tarde, el pomo de la puerta ya estaba girando. Lo primero que le pasó por la mente fue la cara de Simon, mirándolo con decepción y dejando que la furia le inundase.
La puerta se abrió y ahí apareció, bajo el umbral, una niña rubia de unos 7 años con un vestido azul oscuro y cara de sorpresa y terror.

Nadie se movió. Val no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Qué demonios hacía esa niña a bordo? Miró al estudiante para ver si el también la veía pero, sin embargo, éste le miraba a él.
—Ves como no mentía —se limitó a decirle.
Val miró de nuevo hacia la puerta y ya no estaba, pero la escuchaba alejarse, escuchaba sus pasos.
Debía de alcanzar a esa niña, preguntarle cómo había entrado en el barco, donde se había escondido, cómo sabía de la existencia de la caja fuerte. Recorrió el mismo pasillo viendo los flecos de su vestido, pasó por el comedor como una exhalación y subió a cubierta, allí no había nadie. Buscó con la vista, se asomó por la borda. Nada. Miró hacia arriba, hacia la cabina, para ver si Simon y el Capitán habían visto algo pero no, la cabina estaba vacía. La luz estaba apagada y las sillas desocupadas, solo allí, junto a la radio, descansaba una mano pálida que pulsaba el botón de transmisión.
Val tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba viendo antes de salir disparado hacia las escaleras que subían a la cabina de mandos. Abrió la puerta y la encontró escondida bajo la mesa, con el transmisor en la boca, hablando rápidamente y pulsando con la otra mano el botón del aparato situado sobre la mesa.
­—¿Hola? —decía —¿Hay alguien ahí?
—¿Quién eres? —preguntó Val asustado, acercándose lentamente a la pequeña, que lo miró con terror —¿Qué haces en el barco?
—Nada está saliendo bien… —comenzó a gimotear después de un corto silencio­ —Si consigue lanzar el ancla estáis perdidos…
—Pero, ¿de qué estás hablando? —Val se sentía más estúpido que nunca.
—Mira.

La niña señalaba sobre su cabeza, al techo, Val alzó la cabeza hacia arriba pero, a medio camino, a través de la ventana, lo vio. El estudiante levantaba el ancla con gran esfuerzo y se acercaba, con dificultad, a la borda.
Val gritó desesperadamente. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Por qué le estaba pasando esto a él esta noche? ¿Por qué quería echar el ancla? Bajó las escaleras prácticamente de un salto y corrió hacia el estudiante. Pero no llegó a tiempo. La pesada ancla cayó al agua con peso muerto y salpicó la cubierta. La cadena de metal se desenrollaba a medida que iba ganando profundidad y ninguno de los dos hombres presentes podía moverse.

—¿Qué coño estáis haciendo? —ahí venía Simon, gritando, enfurecido, los ojos fijos en la cadena desenrollándose y seguido del Capitán, Joan y Rob.
—¡Yo no he tenido nada que ver! —dijo rápidamente Val —He intentado detenerle pero…
—¡Coged la cadena, vamos! —gritó el Capitán mientras se echaba al suelo y agarraba la pesada y gruesa cadena de hierro.

Todos le imitaron, tirando de ella, todos excepto el estudiante, que miraba hacia la cabina. Val se percató de esto y, sin dejar de tirar, volvió su vista hacia donde miraba el joven. En la oscuridad de la cabina, la niña del vestido azul se sellaba los labios con el dedo índice y luego se perdía de vista. Val miró, sudando por el esfuerzo, hacia el estudiante, que parecía no salir del trance.
—¡Chaval, como no nos ayudes te mato! —gritó Simon entre dientes agarrando al joven por el cuello de la camisa y lanzándolo al suelo, a sus pies, donde se puso a tirar de la cadena también.

Se escuchó un golpe seco y todos se pararon, venía de la parte de abajo del barco, el ancla había golpeado la barriga de éste y corrían el riesgo de que la desgarrara y se fueran a pique, todos lo sabían. Con esfuerzo intentaron voltearla, hacerla salir de debajo, pero pronto un crujido les alertó de otro peligro, el cabo que sujetaba la cadena al barco se había levantado por uno de sus lados y amenazaba con salirse del suelo.
Siguieron soltando cadena para intentar sacarla del agua sin destrozar el barco pero no hubo manera, el suelo volvió a crujir y el cabo se salió, precipitándose con fuerza hacía el mar. No pudieron evitarlo. Acababan de perder el ancla.

Simon se abalanzó sobre el estudiante y lo tiró al suelo, le pegó un puñetazo en la mandíbula sin mucha fuerza y le preguntó de un rugido:
—¿Qué se supone que hacías, hijo de la gran puta? —escupió a su lado —¡Hemos perdido el ancla por tu culpa! ¡Responde!
—Lo siento, Simon, me pareció ver a alguien en el agua, ahogándose… —mintió el joven.
—¿Y echaste el ancla? ¿Eres imbécil? ¿Por qué no echaste el flotador?
—No lo sé, estaba nervioso, no sé, yo… —el joven se tapaba la cara con las manos.
—Dios mío…—Simon se levantó y miró con asco al muchacho —, es imbécil. Llevadlo a su cama y que duerma, mañana despertadle a primera hora y decidle que venga a verme, a lo mejor él puede explicarme porque el candado de la puerta de la bodega estaba abierto y en el suelo.



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lunes, 30 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 2

Esta es la continuación de la serie El Faro, la cual abrió el blog en su comienzo con el primer capítulo. La serie constará de unos 20 capítulos (más o menos) que intentaremos ir subiendo con la mayor rapidez posible. En el lateral encontraréis a partir de ahora enlaces directos a las capítulos para mayor facilidad.
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01:40 A.M.
3 de febrero de 2011
Treinta minutos antes


Una luna rota en cuarto menguante se dejó entrever por un resquicio del cúmulo de nubes. La lluvia repiqueteaba con fuerza en el agua. Además, el mar todavía se revolvía por dentro, siendo cubierto por olas gigantes allá adonde alcanzara la vista. Sobre ellas, avanzando de manera irregular, un puntito de luz subía y bajaba. Se trataba de un barco de dimensiones medianas con capacidad para unas diez personas. Al menos la mitad de la tripulación estaba activa y en alerta a causa de la tormenta, y la otra mitad estaba despierta en sus camarotes. Habían pasado por situaciones peores, pero eso no les daba la tranquilidad suficiente como para conciliar el sueño.

Dos de los tripulantes se situaban en la proa del barco, asegurándose de que el foco no se cayera. La espuma salpicaba sus rostros desaliñados, dejando rastros de sal en sus barbas. Ambos miraron aliviados hacia delante; un haz luminoso les alumbró un instante antes de continuar su rumbo giratorio a ras del mar. Era lo único que se divisaba, pues una neblina ocultaba la vista hasta tierra. Por fin, la costa, después de tanto... iban a llegar a su destino. De pronto el barco se inclinó ligeramente, provocando un sobresalto a la tripulación. La ola que los mecía esta vez les transportaba a lo alto de lo que parecía una montaña rusa. Siempre daba la sensación de que el barco iba a volcar; aunque nunca ocurría. Esta vez, tampoco ocurrió; pero cuando volvieron a la cresta de la ola, los dos de proa vieron algo que les provocó un temblor en su estómago: la nada. Ninguna luz en el horizonte, como si el mar se hubiera tragado la costa entera junto con el faro.

—¡Eh! ¡Ha tenido que pasar algo! —gritó por fin uno de ellos, dirigiéndose a los tres que estaba en la cabina junto a los mandos del barco.
Alguien desde dentro le hizo una señal para que se acercara.
—Jefe, el faro... ha parado de alumbrar – explico cuando llegó a la puerta.
En el interior se encontraban tres hombres; el capitán junto al timón, un joven pelirrojo que observaba una roída carta marina y un hombre de piel negra.
—Lo sé —dijo con semblante serio el que parecía el capitán del barco. Era un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo largo y de color gris, que trataba de camuflar una calva—. Joan, intenta contactar por radio, voy a proa a ver si distingo algo.
Asegurando sus pasos sobre la deslizante cubierta, el capitán llegó a proa, donde esperaba el segundo tripulante. Mantuvo los ojos entrecerrados a través de la oscuridad, hasta que habló con una voz grave y cascada.
—Distingo algo allí delante, pero no consigo verlo bien.
—Pues yo no veo nada, jefe. – dijo el vigía mirando a la nada.
—Quedaos aquí los dos —ordenó—, y volved a asegurar el foco.
Entró de nuevo en la cabina de mandos, donde seguían los dos marinos que dejó un minuto antes. Uno de ellos, Joan, intentaba establecer comunicación; mientras que el pelirrojo manejaba el barco.
—¿No has podido contactar por radio, Joan? – preguntó el jefe.
—No. Interferencias y alguien hablando como muy lejos – explicó.
—¿Y si han tenido un apagón? —preguntó el otro marinero, conocido como Cabrón por todos.
—No tiene nada que ver, los faros tienen un sistema con batería de emergencia —dijo el capitán sereno.
—¿No deberíamos parar los motores? —sugirió Cabrón.
Un silencio incómodo de pocos segundos siguió a la pregunta, hasta que el capitán recuperó el habla.
—No es seguro sin el ancla. Cabrón, ve a llamar a Simón, y al estudiante también —pidió el jefe con unas gruesas gotas de sudor recorriéndole la cara.
—¿Al estudiante? Pero...
El capitán le lanzó una mirada severa. No lo tuvo que volver a decir cuando ya Cabrón había desaparecido por la puerta que nunca se terminaba de cerrar.
—¿Cómo puede ser tan estúpido? —murmuró para sí mismo.
—Jefe, ¿por qué tienes que consultarle todo a él? Esto es una situación demasiado...
El capitán no respondió a la intervención de Joan, simplemente se limitó a bajar la potencia del motor. Después se dio la vuelta y, dirigiéndose hacia una pequeña estantería, cogió una llave; parándose durante un sosegado segundo, levantó una mano temblorosa para secarse el sudor de la frente y murmuró: “Nunca me habían hecho falta, pero en fin...”. Sacó una pesada caja de hierro y la colocó en un hueco libre de la mesa. Para ello apartó los viejos documentos que había estado mirando Cabrón, sin interesarse por su contenido. En ese instante, la radio chisporroteó como si alguien hubiese cogido el aparato de escucha al otro lado. El capitán se abalanzó hacia la radio de un brinco.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el capitán.
—Y yo qué sé...

Wergyd dufgefj... ffghggg... piiiiiii¡ . La radio enloqueció de nuevo. Joan cogió el micrófono.

—¡Enciendan el Faro! ¡Si no encienden el Faro chocaremos! Por favor, ¿nos oye alguien? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡El mapa nos muestra un faro por aquí, pero no lo vemos, la tormenta es muy fuerte! Solo vemos algunas luces del pueblo, por favor, ¿puede oírnos alguien? Somos el CATAMARÁN III, estamos bajo licencia, señor…
—¡Dale un golpe! —gritó exasperado el capitán.
Pero no hizo falta, hubo un momento de silencio total, la radio chisporroteó de nuevo y se oyó de repente un sonido limpio y conciso de una voz bastante serena.
—Perdón por la espera...
—¿Qué ha pasado allí? – vociferó el capitán, como si hablara con alguien muy lejano.
—¿Aquí? —la voz parecía sorprendida.
—Sí, el faro... está apagado.
—Ah..., sí, lo he apagado yo.
—¿Qué? ¿Por qué ha hecho eso? —el jefe no entendía nada.
—¿Señor? ¿Ha hablado? ¿Puede repetir lo que ha dicho? —Joan se apropió de nuevo de la radio.
—No encenderé el faro —la voz era fría.
Un silencio realmente penetrante se hizo acopio de la sala. El fuerte balanceo del barco hacía notar los crujidos de la estructura. Las dos caras desencajadas por el terror se miraron y, un segundo después, apreciaron la silueta que acababa de aparecer en la puerta. Era Simón.
—¿Cómo que no va a encender el faro? ¿A qué está jugando, señor? —dijo Joan a punto de perder los nervios.
—¿Alguna vez han visto un barco yéndose a pique? – la voz soltó una medio risa tós.
—Señor, juega usted con nuestras vidas. Esto es serio —dijo el recién llegado, Simón, esta vez.
—Y tanto. Muy probablemente estén nadando en la fría agua en menos de media hora mientras ese bonito barquito pesquero en el que se encuentran se reúne con el fondo del mar.

De nuevo, el silencio.

Simón se miró la mano y vio que le temblaba, lo vieron todos, pero nadie se burló de su enfermedad. No en ese momento. Simón sufría de parkinson desde hacía poco y en los momentos en los que estaba muy nervioso le aparecía más fuerte. Aunque eso era algo que no ocurría a menudo, pues Simón era conocido por su capacidad de decisión incluso en momentos difíciles. Con más de cuarenta años era un hombre frío y que se mantenía sereno hasta el instante antes de apretar el gatillo.
La voz de la radio respiraba tranquilamente.
—¿Siguen ahí? Mis queridos oyentes, no me dejen en suspenso tanto tiempo pues me desconcierto... ja ja ja. – la voz rió apartándose de la radio.
—¡Por favor! —gritó Joan— ¡La tormenta irá a más y no podremos controlar el barco, chocaremos! ¡Encienda de una maldita vez el jodido foco! ¿Oiga? ¿Está usted loco? ¿Hola? ¡No consigo contactar con nadie más!
La comunicación parecía haberse cortado definitivamente. El capitán respiró profundamente y se volvió hacia Simón.
—Quería consultártelo... Debemos cambiar de rumbo.
—No sé si es una buena idea... – dijo Simón
—¿Por qué? – el capitán estaba realmente exaltado.
—Sabías que tenías que consultármelo, así que sabes el motivo por el que quiero seguir adelante. Además... llegamos tarde.
—Mira, Simón, yo tengo mis prioridades y además, soy el que dirijo el barco.
—No voy a volver a repetirlo.
Simón se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Por un momento, el ambiente frío se cargó de tensión. Joan se mantuvo en silencio, aunque alerta.
—De acuerdo —dijo por fin el capitán, tras unos segundos interminables.
—Bien hecho.
—Pero permíteme, al menos, esquivar esas rocas.

Dicho esto, se volvió hacia la caja de metal y la abrió con las llaves que había cogido momentos antes. En ella había lo que parecían cartas de navegación, mapas, apuntes muy viejos manchados de café y diversos utensilios de medida. Lo dispuso todo como pudo por la pequeña mesa y sacó una vieja brújula del bolsillo del chubasquero.

—Espero que no tarde el estudiante mucho más —dijo el capitán.
—¿El estudiante? —preguntó Simón, expresando su furia al apretarle con fuerza el brazo, y en un susurro al oído, le dijo:— Ya te comenté que no me fío de él...
—¿Qué ocurre? —un chico joven entró por la puerta e intentó hacerse un lado en el poco espacio que había. Detrás suya le seguía Cabrón.
—Ya era hora, chaval —comentó el capitán con prisa—; no hay tiempo de explicarte, necesito que me ayudes a dirigir el barco por entre la niebla antes de chocar con el acantilado, usando esto —a lo que señaló los instrumentos que acababa de colocar desordenadamente.
El estudiante, hábil y práctico, colocó la brújula sobre el mapa, y garrapateó unos número en el margen.
—Señor, suponiendo que no haya cambiado usted el rumbo, no hay peligro —explicó.
—Entonces no hay de que preocuparse —suspiró aliviado—, ¿por dónde quedan las rocas?
—Ya debemos de haberlas dejado por babor, a unos cincuenta metros.
En aquel instante, la radio empezó a chisporrotear y oyeron claramente como reía aquella voz. El capitán se abalanzó sobre el aparato de habla con furia.
—¡Que sepas que te vamos a meter un paquete maldito ...!
Pero la voz resonó de nuevo de forma tan escalofriante que el capitán se calló súbitamente.
—Las aguas me obedecerán y me traerán las almas cautivas, para que yo las libere.
El estudiante miró a Simón con el entrecejo fruncido; éste último, inexpresivo, mantenía la mirada inmóvil hacia el aparato de radio.
—Lo único que sé es que voy a llamar a la policía —dijo el capitán titubeando, asustado por lo que acababa de oír.
—Ah, ¿sí? —contestó entre carcajadas—, ¿vosotros?, ¡dejadme reírme un poco!
—¿Qué es eso? —chilló Joan— ¡Oh, dios mío! ¡Son piedras!

De pronto, el barco dio un golpe estruendoso. Los hombres salieron disparados contra las paredes, aplastándose la cara. La nave volcó sobre un costado, haciendo que el agua entrara a presión. Sobrevino un segundo golpe, más fuerte que el anterior. Habían chocado con una roca enorme al pie del acantilado; el terrible crujido que siguió, indicó que la proa del barco se había roto en dos con el impacto. Simón, enturbiado por el dolor y la sangre, levantó el rostro y pudo ver claramente, durante un segundo, la enorme y siniestra estructura del faro, que parecía tener brazos con los que apartar la niebla de su alrededor. Al bajar la vista, a través de la puerta entreabierta, la vio: una niña de unos ocho años con un traje azul oscuro. El pesquero, comenzó a girar, medio hundido, estrellándose a cada tumbo con la pared rocosa. El depósito de gasolina se prendió rápidamente. Cincuenta metros arriba, un hombre gorjeaba de risa y placer mientras escuchaba la explosión que se distinguía por encima del rumor de las olas.



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lunes, 23 de julio de 2007

"EL BALCÓN DEL MAR" de Tilacino

Los primeros rayos de sol de verano brillan sobre el mar como purpurina. Aún es demasiado temprano para que haya gente en la playa. Únicamente, en el Balcón del Mar, un niño y una niña juegan. Deben de tener unos once años. Corren de un lado a otro; de pronto, la niña se para y se pone a hablar mirando hacia su amigo, que pone las manos como si cargara algo al hombro. Juegos extraños. Viejos tiempos. Vuela imaginación, ilusión.

Los ojos de Alex se abrieron a las siete de la mañana con este vago recuerdo. Se levantó de la cama y fue a lavarse la cara. Terminado el café, al ver lo temprano que era aún, encendió la tele y se pasó un rato enfrente. No la veía en realidad, simplemente estaba quieto, con la mirada perdida en el vacío. Alex trabajaba de ingeniero jefe en una empresa de construcción de coches. Había estudiado una ingeniería en la universidad, consiguiendo terminar la carrera en cinco años. Al poco tiempo, con un poco de suerte, encontró el trabajo que actualmente tenía. Éste le había exigido mudarse del lugar de donde vivía, dejando atrás a amigos que posiblemente no vería nunca más. Obligado a trabajar casi diez años de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, y sin faltar ni un solo día, había aprovechado cualquier oportunidad de conseguir méritos para un ascenso.

Las agujas del reloj habían transcurrido a una velocidad de vértigo, cuando se quiso dar cuenta, eran las ocho pasadas. Corrió a por el coche y se dirigió al trabajo. Al llegar, aparcó de cualquier manera y se encaminó rápidamente al edificio de fabricación. El intenso calor que hacía en el interior, a pesar de estar ya a finales de otoño, era prácticamente imposible de soportar. Alex se quitó la cazadora.

—Perdone, llevan esperándole en el teléfono un buen rato — fue lo primero que le dijeron nada más entrar por la puerta.
Alex dio las gracias y alcanzó el auricular.
—¿Dígame? —preguntó.
—¿Alex? —una voz temblorosa de mujer contestó al otro lado, era su madre —, ha pasado algo...

Dos horas después aún seguía con la mente ida. Hacía demasiado tiempo que no ocurría algo, pensó. Se trataba de su padre, que durante una salida matutina para hacer deporte había tenido un infarto. En ese momento, Alex se dirigía en coche hacia su ciudad natal. Aún no había asimilado muy bien la noticia y no podía creer que su padre estuviese, de verdad, muerto. El día, a medida que avanzaba la mañana, se había ido nublando. No se detuvo ni para comer ni para descansar, siguió adelante hasta que comenzó a atardecer. Entonces, vio a lo lejos, entre las montañas, cómo un pequeño claro de nubes se abría lentamente. Los últimos rayos de sol revelaban un mar que cegaba a los ojos, aunque Alex no apartó la vista. Un mar que, a pesar de todo, no había cambiado, seguía allí, quieto. Pisó el freno y se metió en el arcén. Con ligera melancolía, salió del coche y siguió contemplando, con la mirada totalmente fija, el brillo del lugar donde había transcurrido su infancia. Por un momento, el tiempo parecía que iba a detenerse en los viejos recuerdos. Pero no fue así; las nubes volvieron a cerrarse, convirtiendo el mar en una mancha negra y sumiendo todo en la más profunda y gris oscuridad. Alex bajó la cabeza y le pareció sentir cómo una lágrima caía en el asfalto.

Cuando llegó al tanatorio ya era de noche. Se encontró con su familia al completo. Todo estaba sumido en un ambiente, como era de esperar, desmoralizador. Y mientras las horas transcurrían plúmbeas a través del fúnebre reloj colgado de la pared, Alex se dedicaba a ir de un lado a otro, dando palmaditas en la espalda a su madre y a otros muchos familiares que lloraban desconsoladamente al ver al féretro. Aquella noche llovió allí por primera vez en nueve meses. La verdad es que no le hacía ninguna gracia ver su ciudad así, tan distinta de como él la recordaba. Su madre la relacionó, supersticiosa, con la muerte de su marido. Pero Alex pensó que no, la lluvia no se debía a eso, sino a su propia llegada, para fastidiarle, quizás como una especie de castigo por haberse marchado de allí...

Pronto se dio cuenta de que ese pensamiento era una tontería y que sólo se le habría ocurrido a un niño...de once años. Eso le recordó algo, justo antes de dormirse, empezó a rebuscar en su antigua habitación, abriendo cajones que hacía años que no se abrían, hasta encontrar lo que buscaba: un cuaderno. Por la cubierta podía verse que estaba muy gastado. Alex lo abrió por la primera página y leyó: “Cuentos”. Sonrió al reconocer su letra, la letra de un niño de once años que ansiaba ser escritor. Alex quiso sumergirse en la imaginación de su propia niñez, leyendo cada palabra con añoranza. Recordó la leyenda del Balcón del Mar, las aventuras en la caverna maldita, las contrariedades del capitán Cangrejo Cojo...

Su mente volvió a un verano, veinte años atrás. Él y una chiquilla llamada Marina correteaban al final de un largo espigón de la playa. Alex, cansado, se sentó en una roca del extremo, observando el ancho mar.

—Marina, ¿sabes dónde estamos? — preguntó Alex en este punto.
—No, ¿dónde?
—¿Dónde va a ser? En el Balcón del Mar.
—Ah, no lo sabía — por un momento se quedó pensativa — ¿Y por qué se llama así?
—Porque es como un mirador o un balcón hacia el mar, así de fácil. Aunque en realidad esto sólo es un poquito de arena y piedras; todo lo demás es agua y es como si estuviésemos en ella. Mira... — Alex se deslizó con cuidado a una roca inferior y metió los pies en el agua. Marina se sentó junto a él. — ¿Quieres que te cuente una historia sobre este lugar? — preguntó Alex de nuevo; volvió la cabeza hacia su amiga, que le respondió con una sonrisa. Alex se aclaró la garganta y con voz algo teatral, comenzó —: Hace mucho tiempo, donde ahora mismo está la ciudad, no había nadie. Bueno sí, un viejo lobo de mar vivía en una cabaña hecha de cañas de azúcar. Cuando no tenía nada que hacer, se quedaba mirando el océano durante horas. Llegó a estar tan enamorado del mar, que un día decidió construir un espigón para poder estar más cerca de él. Y así, roca a roca, grano a grano de arena, fue avanzando cada día, hasta llegar a ser tan largo como lo es ahora. Lo llamó el Balcón del Mar. Aún así, no llegó a terminarlo, ya que murió antes. Él habría seguido hasta que no se viera la costa desde la punta; porque para él el mar era lo único que daba sentido a su vida, lo que despertaba su imaginación y lo que le daba la ilusión.

Marina había permanecido en silencio, con una mirada soñadora, fascinada.
—¿Cómo sabes todo eso? ¡Te lo acabas de inventar!
—Ya — aclaró de forma sencilla.
—¿Hasta el nombre del espigón?
—Sí, todo me lo he inventado ahora mismo.
—Alex, ¿has pensado qué vas a ser de mayor?
—Bueno, supongo que podría ser escritor...

Eran ya las cuatro de la mañana cuando Alex terminó de leer el cuaderno. Al cerrarlo, todo se desvaneció. Ya no era capaz de identificarse con el niño que había escrito aquello. Era como si, en realidad, nunca hubiera posado el bolígrafo sobre aquella libreta. A la mañana siguiente, a pesar de la lluvia, el entierro de su padre se hizo a las doce. Se sorprendió de sí mismo por su indiferencia ante su muerte. Al terminar el acto, Alex anduvo bajo un gran paraguas hacia el coche, pero vio algo que le hizo pararse en seco. Delante suya, la figura inmóvil de una mujer sin protección alguna contra el agua, le miraba curiosa. No tardó en darse cuenta de quién era: Marina.

Ambos amigos se abrazaron y empezaron a hablar de todo mientras daban un paseo. No parecía preocuparles el tiempo, y aparecieron, sin que ninguno de los dos lo hubiera pretendido, al otro lado de la ciudad, cerca de la playa. El Balcón del Mar se adentraba de forma difusa en aquel océano picado. Se fueron acercando a él mientras la lluvia cesaba. Alex quería saber si Marina pensaba lo mismo que él.

—Ha pasado mucho tiempo desde entonces.
—Veinte años es mucho para nosotros, pero muy poco para el mar — dijo Marina.
—Ya — Alex miró hacia las nubes más claras, tras las que supuestamente, se escondía el sol— ¿Qué tiene este mar de especial para que me produzca esta amargura?
—¿Qué quieres decir? — preguntó desconcertada.
—No me di cuenta de que yo soy igual que el viejo de la leyenda; estaba enamorado del mar, de este lugar... No me tendría que haber ido nunca; habría seguido haciendo lo que de verdad me gustaba, inventar historias y escribirlas, contigo.
—Quédate — dijo Marina en un hilo de voz, sus ojos titilaban ante el sol que se abría paso entre las nubes.
—Ya es demasiado tarde. Éste lugar sólo continuará... en mis sueños.

Alex se giró, dándole la espalda al Balcón del Mar y a toda su historia. Y creyó que no volvería a ser feliz; porque el mar era lo único que daba sentido a su vida, dándole imaginación e ilusión. El sol desapareció y comenzó a llover como nunca se había recordado en aquel lugar.

Tilacino

sábado, 21 de julio de 2007

"OJOS VERDES" de S.S.M

El despertador de mi habitación empezó a sonar más tarde de lo habitual, lo cual era bastante extraño porque el Sol, prácticamente fijo en el horizonte, no podía haberse trasladado mucho desde la última vez que realizamos las mediciones. Normalmente, el Galileo nos avisaba con sus intermitentes azules de que había llegado el momento de reajustar el reloj de a bordo, pero el viejo cacharro estaba llegando al final de su vida útil y me dije que no podía seguir permitiéndome confiar en él. Aun así, me parecía bastante preocupante que nuestro único medio de subsistencia a miles de millones de kilómetros de nuestro hogar empezara a fallar en tales nimiedades. Malditos ingenieros. A cualquiera le daban el título ahora, y venga a diseñar sin descanso. Luego, la mayoría de las cosas fallaban, pero no necesariamente tenía que deberse a la ineptitud de los constructores. Sorprendentemente, la mayoría de los buenos ingenieros sabían cómo diseñar aparatos que se estropearan al usarlo un número bastante limitado de veces, por el simple hecho de que así podían volver a vender más unidades. Ya podíamos estar hablando de una simple cafetera o del suministro de oxígeno para los terrestres que vivían bajo las densas capas de humo; el libre mercado era así, y si los gobiernos no podían permitirse pagar, pues los ingenieros lo sentían mucho pero no iban a diseñar dispositivos más duraderos.

Y yo tengo que fastidiarme porque mi nave está chocheando, pensé con amargura. Lo cierto es que le tenía un cariño bastante especial, sobre todo a mi habitación. Todo era simple plástico blanco, rugoso y acogedor. Era el lugar idóneo para relajar la mente y evocar otros lugares, sin ningún tipo de distracción.
Tumbado boca arriba sobre la cama, consideré que yo debía ser bastante deprimente como para necesitar relajarme mientras viajaba por una región del espacio donde lo único que se divisaba al mirar por las ventanas era el Sol, inmóvil, tocando con su áurea a la fría oscuridad circundante.
Mi mente acabó de recuperarse del letargo matutino, y lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de Linda. Entonces no pude evitar volver a cerrar los ojos y sonreír. Linda, junto con Jack, eran los otros dos tripulantes de la nave. Los tres formábamos un gran equipo, y siempre hacíamos turnos para que la nave no tuviera que llevarse sola. Mientras uno dormía, los otros dos trabajaban.

Ayer le había tocado dormir a Jack. Al principio, Linda y yo habíamos tripulado la nave con bastante rigor, asegurándonos de seguir el manual al pie de la letra. Cuando terminamos, la conversación había empezado a hacerse más animada. Hablamos de su casa en los Alpes. Yo no conseguía entender cómo a alguien cuerdo le podía interesar vivir allí. Lo cierto es que de vez en cuando se respiraba bien, pero para mí eso no compensaba la falta de civilización moderna que ese lugar tenía. Me había llamado pijo esnob, y habíamos reído durante horas. Antes de terminar la botella de whiskey que reservábamos para ocasiones especiales, el brillo en los ojos de Linda se hacía más acusado. Entonces habíamos permanecido un rato callados, y yo empecé a manipular los controles de la nave. Ella no paraba de mirarme con esos enormes ojos al tiempo que su sonrisa se iba haciendo cada vez más evidente. Al principio no sabía qué decir ni qué hacer. Seguí trabajando hasta que ella me pidió que lo dejara ya, que era un maldito masoquista que amaba el trabajo. En parte debido al chiste, en parte debido al nerviosismo de la anticipación que se respiraba en el ambiente, los dos reímos como idiotas. Entonces, y sin previo aviso, lo hizo. Ni siquiera me esperaba que fuera tan directa. Fuimos a su habitación. Allí, y a oscuras, sus grandes ojos verdes habían brillado más que nunca.


De nuevo abrí los ojos. Ya iba siendo hora de levantarse y pedir disculpas a Jack y a Linda, que habían estado trabajando más de la cuenta por haberme quedado yo dormido. Malditos ingenieros, no saben ni diseñar un buen reloj espacial. Reí para mis adentros y me dirigí hacia la sala principal, pero no los encontré allí. Desde esa sala se tripulaba la nave, era donde estaban los controles principales, y tenía delante un enorme ventanal que protegía de las radiaciones del Sol, ya que este sería visible desde la sala durante todo el viaje.

Decidí comprobar si estaban en la cabina de Linda. La llamábamos así porque era su lugar favorito en la nave. Se accedía mediante una escalera de mano. No tenía más de dos metros cuadrados, y techo, suelo y paredes estaban hechos de plástico transparente, aunque muy resistente. La cabina estaba alejada unos metros de la nave mediante un corto túnel, de forma que uno se sentía literalmente flotando en el espacio. Era una de las viejas reliquias de la nave, de las que ya no se solían fabricar. A lo mejor, si tenía suerte, encontraría allí a Linda, sentada y meditativa, escrutando la inmensidad estrellada con sus brillantes ojos. Entonces me sentaría a su lado, le preguntaría que dónde estaba Jack, me diría que no me preocupara, que estaba lejos, en la sala de motores....

Linda tampoco estaba allí. Decidí sentarme en la cabina un rato, y seguí divagando con ella, lo que habíamos hecho la noche anterior. Casi se me cae la baba. Poco a poco me descubrí pensando que el paisaje espacial que tenía delante, arriba y abajo no era el que yo me había esperado. Hacía escasamente unos minutos que había pasado por la sala, delante del ventanal, donde solía estar el Sol. Pero el caso es que yo no recordaba haberlo visto. Un sudor frío recorrió mi espalda. Bajé por la escalera y corrí hacia la sala como alma que lleva el diablo. Me paré delante del gran ventanal y creo que no llegué a encajar lo que vi, ni siquiera consideré su importancia. Simplemente, me quedé helado y sin saber qué hacer. Donde debía estar el Sol ya no había nada. Sólo oscuridad y estrellas, malditas estrellas. Permanecí allí de pie, pero mi mente no carburaba. Deduje, tras unos minutos de esfuerzo, que habíamos variado el rumbo. Pero, ¿por qué? El Sol debía estar al frente del panel durante todo el viaje. Algo iba muy mal. Entonces volví a mirar el reloj. Yo creía que ese día era 14 de Octubre, pero en realidad era 15. ¿Por qué habría dormido tanto? Tuve una horrible visión: Jack y Linda en la sala de máquinas. Jack subido a la escalera para mirar si se ha atascado algo en el compresor de aire, y Linda comprobando las tuercas. Entonces Jack tropieza y se golpea la cabeza y se la abre como un coco, mientras que Linda queda atrapada bajo la pesada escalera.

La verdad es que mi mente imaginó esto sin mi ayuda consciente. Era bastante curioso cómo en mi visión la muerte de Jack me importaba un rábano, mientras que el hecho de que Linda quedara atrapada bajo la escalera de metal me helaba la sangre.
Estaba a punto de echar a correr hacia la sala de máquinas, pero entonces ocurrió algo. A través del ventanal divisé cómo la nave de emergencia de la que constaba el Galileo se alejaba a toda velocidad. Era un pequeño vehículo blanco y gris, con forma de seta , y cada vez estaba más y más lejos. Comprendí las implicaciones de lo que acababa de presenciar. Linda se había marchado, llevándose consigo la única nave de emergencia. Y no se había ido sola. Se había ido con Jack. El estúpido de Jack... De las miles de hipótesis que podría haber aventurado sobre lo ocurrido, mi enfermiza y furiosa mente tan solo se centraba en el hecho de que Linda se había ido con Jack, precisamente con Jack, y no conmigo.

Pensar en ello me hizo doblar las rodillas para sentarme, temblando, en el suelo. Ni siquiera quise mirar el mensaje que parpadeaba con luces rojas en el monitor grande de la sala.

No lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo...Por qué yo....El corazón se me iba a salir de la conmoción. Me imaginé que, ya a cientos de kilómetros, Linda y Jack , en la nave, habían hecho un muñequito de mi corazón y lo estaban pinchando con afiladas y frías agujas. Luego se reían de mí y empezaban a besarse. Jack reía con su estúpida voz de feriante borracho mientras enseñaba sus asquerosos tatuajes del brazo, y la risa de Linda ya no era dulce y agradable. Seguía siendo la misma risa de antes, pero ya no significaba lo mismo y eso me dolía como si me atravesaran con un sable oxidado.

El dolor me llegaba hasta las nalgas, era como si estuviera enfermando por momentos, como si se me cayera la vida a trozos, la piel se me pusiera morada y la mandíbula y los ojos se me desprendieran, haciendo un ruido seco al chocar contar el suelo.
Me giré, poniéndome boca abajo, y vomité hasta que no quedó nada dentro de mí. Estaba tan mal que ni siquiera me molesté en sentarme para no mancharme. Permanecí boca abajo mientras el charco de vómito se extendía por el suelo y me llenaba el pijama.

La cara de Jack apareció en el charco, y este empezó a sonreír con sarcasmo. Quise que me dominara la furia para así poder tirarlo desde lo alto de una escalera y abrirle la cabeza como un coco, pero el dolor me abrumaba. Quería pensar que Jack se había llevado a Linda por la fuerza...No, eso sería aún peor...Se había ido voluntariamente, me había dejado. Vomité de nuevo, esta vez tan solo escupí sangre. Tuve que hacer un esfuerzo verdaderamente sobrehumano para incorporarme y quedar sentado. Seguía temblando, muerto de frío, y la fatiga aún no se me había pasado.

PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR LINDA ESTÁ CON JACK, HIJO DE PUTA.
Mi mente era algo así como un concierto de Black Metal del más malo que haya, y mis sesos estaban desparramados sobre los bombos del alocado batería. Respiré lentamente. Pensé en mi habitación. Me relajé un poco. Entonces se me ocurrió mirar el mensaje que parpadeaba con luces rojas en el monitor del ordenador.
Era un mensaje de Linda y Jack: "Tenemos que ir a la estación Atkins2 a hacer un reconocimiento. Hemos cambiado el rumbo ligeramente porque el viraje no funciona del todo bien. Asegúrate de volver a enderezar la nave en cuanto aparezca este mensaje. Es importante que lo hagas rápido, ya que los controles no aceptarán un viraje brusco si la nave se desvía demasiado". El mensaje había estado dos horas en pantalla y yo no lo había visto. Ya no pude virar de nuevo.

Una esfera verde apareció delante del ventanal, y la nave se dirigía hacia ella. Sólo entonces recobré el sentido. En ese momento Linda y Jack podrían casarse y tener hijos, que a mi no me importaría lo más mínimo. Viajaba con un rumbo equivocado, y había sido tan estúpido que me había venido abajo cuando aún estaba arriba. Ahora sí que estaba abajo del todo. Es más, ya estaba muerto y enterrado, por haber dejado que la situación empeorara. Ahora ese maldito planeta verde estaba en mi camino, y los estúpidos ingenieros que habían construido mi nave no se habían molestado en el viraje correcto.
Me embargó el pánico, ahora sí que me importaba morir. El choque sería desastroso, aunque seguramente la presión, la velocidad y la temperatura de esa extraña atmósfera destrozaría mi cuerpo. Ya había muerto. Pensé en sentarme en el suelo, intentar tranquilizarme, respirar y evocar lo plena que había sido mi vida. Mi cabeza se llenó de recuerdos: mis padres, mi abuela, mis amigos....La verdad es que ha sido una puta mierda de vida. Enhorabuena, puto astronauta, empollón cuatroojos.
Me entró el pánico de nuevo. Realmente no me quería morir. Quería vivir y hacer todo aquello que nunca había hecho antes. La gente esta siempre deseando ir al espacio, ¿para qué? En la Tierra ya hay suficientes problemas como para invertir millones y millones de dólares, euros o lo que sea en ir al espacio para buscar el futuro hogar de la humanidad cuando ésta no pueda con su propia contaminación; contaminación a la que se contribuye con la construcción de las malditas naves espaciales y reactores. Y si la humanidad se muere, qué más me da. Yo ya estoy muerto y no me importa lo que venga después. Básicamente es la forma de pensar que tiene todo el mundo.
La esfera ocupaba ahora todo el panel. Me sorprendió muchísimo ver que quedaban cuatro segundos para el impacto. Fueron los cuatro segundos más largos de mi vida.
Si esto fuese una historia de ciencia ficción, debería acabar en este momento, pensé.

Pero no lo era. Yo estaba allí, con cuatro segundos de vida, y lo único que se me ocurrió pensar era en lo estúpido que era y en la mierda de vida que había tenido. Vaya amor propio. El recuerdo de los ojos verdes de Linda fueron un gran consuelo en esos segundos de agonía. ¿Por qué me había importado tanto que se hubiera ido? ¿No había pasado una noche con ella, en su habitación, y luego nos habíamos ido a su cabina a mirar la inmensidad? Después de todo, no ha sido una vida tan mala. Ocho horas de felicidad al final de 39 años de infelicidad inconsciente. Es más de lo que muchos podrían desear.
Cerré los ojos y me llevé mis recuerdos conmigo, mientras que el cristal se rompía, el fuego entraba, rasgaba mi pijama y devoraba mis huesos.

S.S.M.
Copyright © Sergio Sepúlveda Medina, 2007. Todos los derechos reservados.

viernes, 20 de julio de 2007

"DRACO DORMIENS NUNQUAM TITILLANDUS" de Tilacino

Mañana día 21 de julio, por fin se publica el último y definitivo libro de Harry Potter. Incluso algunos sitios, se disponen a venderlo a medianoche. A la hora en que escribo esto, cientos de fans se apelotonan en colas que recorren calles enteras, allí en Londres. El título de este último libro es “HARRY POTTER AND THE DEATHLY HALLOWS”, que se traduce como “las reliquias de la muerte”. Según palabras de la autora J. K. Rowling este último capítulo resolverá absolutamente todo lo que se ha ido quedando atrás. Los que se hayan leído los libros anteriores sabrán la cantidad de asuntos que éste ha de resolver. Me gustaría vaticinar, de forma resumida, lo que creo que va a ocurrir. Aviso que a partir de ahora aparecerán SPOILERS que afectan a la trama de los seis primeros libros.

Sabemos que Harry quedó huérfano debido a que Lord Voldemort asesinó a sus padres cuando intentaban protegerlo. La protección de su madre evitó que Voldemort pudiese matar al bebé Potter y la maldición se volvió contra él. Ahora bién, a partir de aquí nos hacíamos varias preguntas importantes: ¿Por qué el Voldemort tuvo tanto interés en matar a un niño pequeño? En el quinto libro supimos que se debía a que oyó una profecía por la cual Harry sería el único capaz de vencerle; no pudiendo permitir esto, decidió matarlo, antes de que creciera. Pero si la maldición mortal rebotó, ¿por qué Voldemort no murió? Contestado en el sexto libro, sabemos que Voldemort repartió su alma en diversos objetos, de forma que aunque su cuerpo muriera, él pudiese regresar de nuevo.
Más tarde Voldemort recuperó su cuerpo gracias a la sangre de Harry, lo que seguramente tendrá cierta importancia con la historia. Un año después, Sirius Black muere y su cuerpo traspasa un misterioso velo. ¿Qué velo es ese y que hay al otro lado? Es algo que aún no se ha respondido.

Por lo que sabemos, en este nuevo episodio, el protagonista tendrá que buscar la forma de deshilar la gran madeja formada por Voldemort para protegerse de la muerte. Finalmente todos suponemos que habrá un enfrentamiento final; pero, si las varitas de ambos son gemelas, ¿cómo pueden enfrentarse? Además, Voldemort es mucho más poderoso físicamente que Harry; no obstante, sus debilidades son el miedo a la muerte y su incapacidad para amar. Yo creo que la derrota del mago oscuro va a ir por ese camino. Quizás, Voldemort y Harry tendrán que luchar, no cuerpo a cuerpo, ya que resultaría imposible, sino alma a alma. ¿Dónde y cómo? ¿Que mejor sitio que al otro lado del velo en el cual cayó Sirius Black?. Pienso que podría ser un lugar en los que las habilidades mágicas no sean tan importantes como las del alma. Y el alma de Voldemort está realmente podrida, por lo que tendría las de perder. Estos son sólo conjeturas, al igual que también lo sería la idea de que Harry tenga parte del alma de Voldemort. Sería intrigante pensar que la noche en que Voldemort fue derrotado en cuerpo por el rebote de su propia maldición, parte de su alma (el alma desgajada tras matar a los padres de Harry) entrase al interior de Harry, formándole la cicatriz. De ahí vienen las teorías de que Harry pudiera verse en la obligación de sacrificarse para matar a Voldemort.
Por otra parte, quedan más preguntas por resolver. Por ejemplo, ¿cuál es la importancia de que los ojos de Harry (verdes) sean como los de su madre? Podría ser que la madre, y por tanto Harry, sea la heredera de Griffindor (idea loca pero, ¿por qué no?); o también puede ser que alguien dispuesto a matar a Harry, vea en los ojos de Harry el recuerdo de un viejo amor platónico (Snape o Lupin convertido en licántropo) y desista de su acción.
Ahora bien, ¿cómo acabará el libro respecto a los anteriores? Es decir, quién morirá, quién sobrevivirá o qué parejas nuevas conoceremos... Rowling ha dicho que el libro va a ser una auténtica carnicería, en mi opinión, los que podrían morir (sin contar a Harry y Voldemort) son Colagusano, Lupin, Snape, Ginny y Arthur Weasley, Neville...

Pero bueno, ¿para qué seguir debatiendo? En pocas horas, los que se lo lean en inglés tendremos respuestas a todas estas preguntas en muy poco. Los que esperen a español, paciencia y cuidado con que os destripen el libro.

Y por último, como dice el lema de Hogwarts: Nunca hagáis cosquillas a un dragón dormido.

Escrito por Tilacino

domingo, 8 de julio de 2007

"ESNOBS ABSTENERSE" de Sergio Rubio

Aprovecho mi primera aparición en este blog para hablaros de un libro, de un buen libro: El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.

La primera vez que oí hablar de él fue al leer el artículo dedicado al asesinato de John Lennon que apareció en la revista Rolling Stone. Al parecer el asesino lo había estado leyendo antes de matar al artista y la edición que poseía estaba llena de crípticas anotaciones al margen y entre las líneas. Ya eso bastó para despertar mi curiosidad. Luego un amigo lo compró y leyó y me dijo que no merecía la pena leerlo, que el final me decepcionaría. Eso aumentó más mis ganas de leerlo, ya que no somos de gustos demasiado parecidos (literariamente) y supuse que me encantaría. No me equivoqué.

El libro dura tres días. Un adolescente, Holden Caulfield, es expulsado el viernes de un internado la mar de pijo y tiene que esforzarse por vivir al margen de sus padres hasta el miércoles, que es cuando se supone que debe llegar a casa. Durante todo este tiempo nos va narrando todo lo que le pasa, lo que piensa, sus proyectos... Se hace muy ameno y es fácil y rápido de leer (tan sólo tardé un día en acabarlo). Además está tan bien escrito que no cuesta nada meterse en la historia. Con deciros que estaba en el parque Genovés leyendo un fragmento que transcurre a medianoche, levanté la vista y me sorprendió que fuera de día...

Durante todo el libro Holden cuenta su vida, no sólo lo que le pasa en esos momentos, sino que rememora a su hermano muerto, chicas con que ha salido, momentos en otros internados, etc. Suele hablar acerca de lo que odia (que es casi todo) y lo que le gusta. Pero en realidad odia lo que es, sólo que no se da cuenta. Continuamente critica la inmadurez, la falsedad y el elitismo de los que lo rodean. Pero cuando él habla con otras personas demuestra su propia inmadurez y miente como un cosaco. Sin embargo, sí se libra de ser un esnob, y se apiada hasta de aquellos que lo tratan mal, convirtiendo la novela en una crítica al elitismo. Por eso si os consideráis mejores que nadie y despreciáis a todo ser “inferior” a vosotros no os conviene leerlo.
Para terminar, decir que sí que es verdad que no pasa nada auténticamente relevante, que no trata temas trascendentales y que el final parece estar hecho a mala idea. Sin embargo, todo esto se compensa al cambiar tanto la actitud del personaje, usar el autor un lenguaje tan coloquial y ser una perfecta caricatura del adolescente que se acerca a ser un hombre.

Gracias por “escuchar”.

S.R.

PD: ¡LEEROS EL LIBRO YA!

jueves, 14 de junio de 2007

El Faro -- Capítulo 1

Había dejado de llover, pero aún quedaba en el aire esa sensación de quietud que sigue a una fuerte tormenta y que, de alguna manera, intentaba avisar al farero de lo que se le venía encima...
El hombre andaba tranquilamente con su largo impermeable colgando, en una mano un cubo con sardinas frescas de esa misma tarde que le había dado su hermano y en la otra una linterna envuelta en una bolsa de plástico blanco encendida. Todo estaba muy oscuro por allí esa noche, bastante más que de costumbre, pero el farero pensó que se debía a que la tormenta había hecho saltar algunos fusibles. Solo eso.

Bajó por la larga y empinada calle principal del pueblo, con casas y tiendas en los dos lados, en dirección al puerto. No había mucha gente fuera de sus hogares, por lo que sus pesados zapatazos sobre la calzada de piedra resonaban por todas partes. El silencioso viento soplaba fuerte, haciendo girar como locas las veletas colocadas en lo alto de todas las casas. Llegó a la plaza y torció a su derecha, pasando junto a una fuente de mármol blanco que era una de las mayores reliquias de aquella zona. La fuente era circular, grande, y en su centro se alzaba un tocón de piedra real sobre el cual había la estatua de una joven de belleza absoluta, de suaves características praxitelianas que le daban un aire sensual a su postura, y que sostenía en sus manos una fina corona con piedras incrustadas que parecían diamantes. Por el borde de la fuente se distribuían varios pitorros que, día y noche, echaban finos chorros de agua a los pies descalzos de la joven de mármol. La mirada de ésta se perdía en el infinito mar que tenía enfrente y que, desde hacía muchos siglos, llevaba oteando. Enfrascado en sus pensamientos, dándole vueltas a la manera en que, esa misma noche, diría a Luke que se fuera a casa, que no lo quería más trabajando para él en el faro, Umberto, pues ese era su nombre, dejó caer el cubo de sardinas, que rodó por la acera y desparramó su contenido. El faro estaba apagado.

Corrió a pesar de su edad como no lo había hecho en mucho tiempo y bajó prácticamente de un salto la cuesta que llevaba a la playa. Allí, con más dificultad, se movió por la densa arena que comenzaba a compactarse tras la tormenta y terminó llegando a los gordos escalones que subían al faro. Abrió la enorme puerta de madera de un golpe y se asomó por el hueco de la escalera de caracol, que subía y subía hasta una altura de veinte pisos. Gritó varias veces el nombre de Luke con enfado y fuerza, esperando que, de un momento a otro, el joven asomara la cabeza desde arriba con cara de dormido y preguntara a qué se debía tanto alboroto. Pero no lo hizo.

Umberto entró en el piso de la planta baja, donde había pasado los años más triste y solitarios de su vida, pero tampoco vio al muchacho allí. Cogió el walkie-talkie de encima de la televisión y giró la ruedecilla para encenderlo, pulsó el botón de transferencia y comenzó a llamar a Luke a gritos, pero éste no respondió en ningún momento, y entonces decidió subir. Podía ser que Luke estuviera escuchando música y por eso no le oyera gritar. O que tuviera la puerta cerrada...

Escalón tras escalón, el cuerpo envejecido de Umberto comenzó a sentir un cansancio que le hacía arder el pecho y notar un fuerte dolor tanto en el estómago como en la nuca, por donde corría un sudor frío que le empapaba el cuerpo y le provocaba toda serie de picores por la espalda y las flacas piernas. Era tan peligroso que el faro estuviera apagado que Umberto no sabía si estaba asustado por lo que podía ocurrir si no lo encendía, por lo que podía haber ocurrido ya, por su salud o por que Luke no diera señales de vida. Tardó alrededor de veinte minutos en subir los veinte pisos haciendo un par de paradas en el camino para retomar el aliento. Su respiración era ahora un silbido que surgía de unos oscuros pulmones gastados por el paso del tiempo y la nicotina, que no había mejorado para nada su problema de asma. La vista comenzaba a nublársele y el pasillo en el que desembocaban los más de seiscientos escalones estaba oscuro como boca de lobo. La puerta del final estaba cerrada y del interior provenía una voz bastante alarmada. El corazón de Umberto se encogió al escuchar el tono de desesperación de la voz, que gritaba una y otra vez lo mismo. Era un mensaje grabado, un mensaje recibido por radio y este, de repente, se paró.

Umberto abrió la puerta girando el pomo con lentitud, escuchando como crujían los viejos goznes. Su cara estaba pálida como la de un muerto y el sudor le seguía cayendo desde las pobladas cejas blancas a los huesudos pómulos, quedando algunas gotas en sus pestañas, cosa que le habría molestado mucho al parpadear, pero Umberto había dejado de hacerlo, incluso había dejado de respirar por un momento. La habitación estaba vacía.
Desde el enorme cristal circular que formaba la pared frontal de la habitación de mandos del faro se veía todo el pueblo desembocando en el negro mar, con sus escasas luces encendidas, la estatua de la joven iluminada por una farola, las numerosas casas con las extrañas veletas brillando en la noche sobre los tejados, el puerto, justo debajo del faro, en donde algunas pequeñas barcas permanecían atadas, el espigón, con sus enormes bloques de piedra entre los que...

Umberto echó el aliento que llevaba guardando un rato cuando reaccionó y vio que frente a él se formaba una nube de vaho como consecuencia del cambio de temperatura. ¿Tanto frío hacía? Pegó su rostro al cristal para ver mejor lo que le había hecho detenerse y su corazón dio un vuelco. En el espigón, entre los enormes bloques de piedra, se encontraba encallada la proa de un barco pesquero en cuyo casco destrozado se leían las letras CATAM, que, mentalmente, Umberto completó como CATAMARÁN III, nombre del barco que llevaban esperando un par de días con las reservas del invierno. Rápidamente encendió la luz del faro accionando la palanca, que había permanecido en desconectado, y un fuerte fogonazo blanco pálido comenzó a girar sobre su cabeza en grandes circulos concéntricos, iluminando el mar en una gran distancia. Así, a ráfagas de luz, Umberto pudo ver otras partes del barco y varios bultos que flotaban cerca de las rocas. No quiso pensar que serían, pero era demasiado obvio, eran cadáveres, los tripulantes del barco que se había chocado contra el espigón por estar el faro apagado. Umberto permaneció un momento en silencio, pensando qué podía haber llevado a Luke a apagar el foco del faro, hasta que un chisporroteo surgió de la radio, luego, tras unos segundos de silencio, surgió la misma voz angustiada que escuchó desde detrás de la puerta, que decía:

-¡Enciendan el Faro! ¡Si no encienden el Faro chocaremos! Por favor, ¿nos oye alguien? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡El mapa nos muestra un faro por aquí, pero no lo vemos, la tormenta es muy fuerte! Solo vemos algunas luces del pueblo, por favor, ¿puede oírnos alguien? Somos el CATAMARÁN III, estamos bajo licencia, señor… – estática – ¿Señor? ¿Ha hablado? ¿Puede repetir lo que ha dicho? – más estática y ruido de golpes y algún que otro grito de desesperación – ¿Cómo que no va a encender el faro? ¿A qué está jugando, señor? – la voz estaba muy alterada, y Umberto comprendió que alguien les había hablado desde la torre, desde el mismo sitio en que él se encontraba en ese instante, y el único que había podido ser era Luke – ¡La tormenta irá a más y no podremos controlar el barco, chocaremos! ¡Encienda de una maldita vez el jodido foco! ¿Oiga? ¿Está usted loco? ¿Hola? ¡No consigo contactar con nadie más! – ahora la voz parecía hablarle a los que estaban junto a él – ¿Qué es eso? ¡Oh, dios mío! ¡Son piedras! – mucho ruido, gritos, una mujer llorando o tal vez una niña, un rugido enorme, como si se tratara de un huracán, pero justo después se oyen cristales y más gritos, sollozos... ahora una nueva voz, es una niña – ¿Oiga? – la voz le tiembla y parece estar llorando – ¿Por qué no nos ayuda nadie? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí fuera? ¿Hola? – estática.

La grabación acabó aquí, pero para entonces Umberto ya estaba tirado en el suelo, con la mano derecha agarrándose fuertemente el pecho y la boca abierta en una mueca de dolor. La luz del faro volvió a apagarse...

Entonces una niña de unos ocho años, rubia, pálida como la luna, con un traje azul oscuro, toda mojada, temblando y descalza entró en la habitación, miró al hombre en el suelo que sufría convulsiones y dijo:
-¿Hola?


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miércoles, 13 de junio de 2007

The 2003's Breakfast Clan

Surge hace algunos años como idea de unos amigos de hacer una página web común en la que hablar sobre sus gustos y en la que poder publicar sus historias pero, por falta de conocimiento (en esa época no existían los blogs) y por culpa de un posterior e inevitable distanciamiento, el proyecto no siguió adelante.

Siempre se siguió hablando de hacerlo, pero cada vez el distanciamiento era mayor debido a varios factores académicos (las clases, vamos...) y la cosa se perdió.

Ahora, en un arrebato de aburrimiento, ha surgido este blog, en el que no esperamos que escriba mucha gente debido a lo difícil de su empresa y a su poca distribuición inicial... ¿quién va a ver este blog? Pues los amigos, y a lo mejor los amigos de los amigos, pero, aún así, serán muy, muy, muy pocos los que se animen a publicar algo aquí. También es verdad que es bastante reducido el número de personas que escriben en su tiempo libre (o no tan libre).

Bueno, para empezar ya hay una historia pensada que se irá publicando en varios capítulos, y que irá siendo escrita a cuatro manos, esto es, entre dos personas.
Nuestro propósito es hacer un BLOG COMÚN en el que todo el mundo pueda participar con sus artículos o con sus relatos y crear así, si es posible, pequeñas tertulias sobre los temas tratados.

Esperamos toda la colaboración posible y que la iniciativa se siga, si no, pues nada, habrá que joderse y pensar otra cosa.


Hasta la proxima.


The Breakfast Clan