miércoles, 22 de agosto de 2007

El Faro -- Capítulo 4

07:00 A.M.
15 de enero de 2011


No era casualidad que Mel viajara en aquel barco pesquero. Se había embarcado hacía mes y medio para terminar su formación, o al menos eso ponía en la ficha que había entregado al capitán. En su currículum constaba la licenciatura de biología, especialidad zoología marina. En aquellos momentos se disponía a sacarse el doctorado, acerca de los movimientos migratorios de los animales, ya extintos, obviamente. La observación directa del lugar por donde éstos habían viajado era crucial para la investigación. El viaje de Mel, o el estudiante, tal y como le llamaban en el barco, terminaba en Boston. La forma en la que él viajaba no era totalmente legal; pero casi siempre las autoridades portuarias hacían la vista gorda a los asuntos de inmigración ilegal, a cambio de una ligera comisión que solía proporcionarle el gremio de pescadores. Aún así, el traspaso de personas a través del mar se hacía de una forma muy discreta, reduciéndose a un grupo muy selecto. Personas como estudiantes y trabajadores, con una ficha debidamente justificada, en la cual siempre debía fijar la posibilidad de ayudar en las labores del pesquero.
Mel llevaba ya unos minutos despierto en su litera, pero aún seguía esperando a que alguien del turno anterior le obligase a levantarse. Entre las sombras, y desde la litera superior, vio el perfil de Yunk, respirando fuertemente. Eran los únicos que se encontraban en el camarote, ya que Rob y Sally tenían turno de noche. Sigilosamente palpó por debajo de su almohada, y comprobó que lo que debía estar ahí seguía aún en su sitio. Sintió la textura de papel viejo y quebradizo entre sus dedos. Se trataba de un recorte de periódico publicado el 4 de febrero de 1991. Un ruido de pasos en la puerta le hizo dar un respingo. Dos personas entraron entre las sombras, hasta que uno de ellos apartó la cortina que tapaba el ventanuco, dejando pasar la luz.
—Vamos, es la hora —exclamó Rob, uno de los que habían entrado.
—Levantaos, que el capitán ya lleva en cabina desde hace una hora —dijo Sally.
Rob y Sally se encargaban del puesto de vigía de noche. Rob llevaba cinco años en aquel barco, y nunca le habían encargado otra tarea. Siempre pensó que al ser nuevo, le habían tomado como el pardillo de turno, colocándolo en ese puesto, en el que anteriormente, a regañadientes, había estado Jeanman, un tripulante ya veterano. La cosa es que, aunque todos pensaran que ese era el trabajo más pesado y aburrido del barco, a él le fascinaba. Y más aún desde que en aquel viaje, le hubiesen puesto como ayudante a la nueva del barco, Sally. El capitán había advertido a sus hombres desde el principio, amenazando castigar severamente a cualquiera que no tuviese un comportamiento adecuado con la nueva tripulante. De todas formas, todos los hombres parecían hipnotizados con la presencia de aquella mujer de rasgos sicilianos. Nada más subir al barco, los pescadores habían hecho apuestas por quién era el primero que se la llevaba a la cama. Aunque a estas alturas, a mes y medio de haber embarcado, ya nadie hacía esas apuestas, pues todos sabían que ya no tenían posibilidad.
—¿Qué tal la noche? —murmuró una nueva voz de alguien entró por la puerta.
Era Simón. Y no se había dirigido a ninguno de los hombres de la habitación. Mel pudo ver perfectamente como Simón se acercaba a Sally y la besaba, también vio como los dos se metían juntos en la misma cama. Aunque hizo todo lo posible para disimular, al igual que los demás. Yunk se levantó como un autómata hacia el comedor, sin volver la cabeza. Mel le siguió, por delante de Rob, el cual se había quedado atrás un mísero segundo, como diciendo: “Tengo sueño”. Pero ante una mirada de odio lanzada por Simón desde la cama, rectificó y anduvo por el estrecho pasillo hacia el comedor. Simón era, para Mel, una de las personas más odiosas que había conocido. Entre los pescadores, siempre era respetado o, quizás sería más acertado, temido. Solamente algunos de los que llevaban más tiempo, como Joan, cuestionaba ciertos puntos de su conducta. El mismo capitán solía doblegarse en ocasiones a lo que él dijese. El capitán sí que era buena persona; desde donde se encontraba, Mel pudo ver al capitán en la cabina de mandos. Estaba más solitario y triste que nunca, por alguna razón, que Mel no conocía.
—¿Qué tal el capitán? —preguntó Mel a Rob.
—Igual que ayer —contestó—, Dios sabe lo que pasa por la cabeza de ese hombre.
Mel se echó en la taza el café que había preparado Jeanman minutos antes, el cual sabía a agua de mar. Joan se sentó junto a él y le dijo que el capitán quería que fuera lo antes posible a la cabina de mandos. Con el café aún en las manos, Mel se encaminó rápidamente hacia allí.
—Buenos días, capitán —dijo Mel de forma firme, al entrar por la puerta.
—Buenos días, estudiante —respondió en un susurro.
—¿Quería usted algo?
No contestó enseguida, volvió la cabeza hacia él, con mirada perdida, y posteriormente sonrió levemente.
—Quería preguntarte si serías capaz de ayudarme con cartas de navegación, por si lo necesito, llegado el momento.
—Por supuesto —dijo Mel sin comprender demasiado— Pero, ¿para qué las necesita?
—No debería contarte esto, no creo que le hiciera gracia... —el capitán volvió a pararse momentáneamente; Mel sabía perfectamente que la frase terminaba “a Simón”—. La cosa es que es posible que nos desviemos ligeramente de rumbo por unas dos o tres semanas, tiempo en el habrá que prescindir del satélite y del rádar. Por eso necesito una mano con los mapas, ¿entendido, estudiante?
—Sí —contestó—. Perdone, ¿puedo preguntarle por qué...?
—Claro —respondió con una repentina sonrisa, algo forzada—, hay más pesca por aquellas zonas. Y a veces hay que salirse de la legalidad para comer.
—Hola.
Simón acababa de entrar en la cabina y lanzaba a Mel una mirada con el entrecejo fruncido.
—Hay que echar ya la boya —añadió Simón, mirando al capitán.
—Sí, vamos, paro los motores.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Simón en un susurro apenas audible, y con un tono extrañamente afectuoso.

Diez minutos después, Joan y Val sostenían entre los dos una pesada boya. Tenía en la parte superior una estructura de metal parecida a una pequeña antena de radio. Mel supuso para lo que servía, lo había oído más de una vez. Era consciente de que si el barco navegaba por aguas no permitidas a la pesca, había que apagar el radar y el GPS para evitar que las autoridades pillasen la señal. Por eso el capitán le había dicho antes que necesitarían privarse de aquello que fuese a delatarles. Por otra parte, los pescadores que frecuentaban estas prácticas solían abandonar boyas especiales en algún lugar de la ruta; a partir de ahí, la antena de la boya enviaba una señal al satélite, exactamente igual a la del barco, haciendo que el sistema de alarma marítimo no saltara por la posible pérdida de un barco.
Joan se aseguró de que la boya estuviera bien anclada en el fondo, antes de lanzarla al agua.
—A ver si con esto conseguimos al menos llegar a los cincuenta —exclamó Joan.
Cincuenta kilogramos era lo máximo que un barco pesquero medio, en plena temporada, podía capturar en un día. Y eso teniendo en cuenta que la mayoría de las veces la mitad del pescado estaba contaminado. De ahí que la pieza de pescado se vendiera a precio de oro; sin embargo, no era suficiente, había demasiados pescadores para una tarea que producía muy poco. La guerra había causado muchísimos estragos. Eso le hizo a Mel pensar en la vieja noticia de periódico. Con la aparición de Simón en el cuarto no había sido capaz de guardársela consigo, por miedo a que la viera, dejándola bajo la almohada. En un momento de distracción, estando todos pendientes de la boya, Mel se deslizó hacia el interior.

Sally estaba en el dormitorio, lo cual habría sido normal, de no ser porque no estaba dormida. Mel la miró asombrado, sin poder creer lo que veían sus ojos. La mujer se hallaba de pie, con el cuerpo vuelto hacia la cama del estudiante y, en la mano, sostenía el recorte de periódico. Alertada por aquella llegada imprevista, había vuelto la cabeza hacia la puerta, pero no le había dado tiempo de nada más.
—¿Se puede saber por qué miras donde no te importa? —dijo Mel, intentando disimular con furia el miedo que recorría su cuerpo.
—Estudiante...—comenzó ella.
—¡Cállate, joder! —la exclamación de Mel hizo que Rob se revolviera en su cama. Pero no se despertó, descansaba como un lirón.
—...Lo he leído.
—Bueno, ¿y qué? —dijo Mel alzando la voz, con un tono de insolencia—, ¿se lo vas a decir a él?
—Hablemos fuera —atajó de manera concisa, mientras señalaba con su mirada a Rob.
—¿Quieres que te incluyan en su grupo, verdad?¿Por eso me vas a delatar, putita?
Aunque en un principio pareció no haberse ofendido, tras unos segundos, y con una rapidez profesional, Sally sacó un arma y apuntó con ella al estudiante.
—He dicho que fuera —dijo en un susurro—, y como grites —añadió, viéndole las intenciones—, te juro que te mato aunque sea delante de Rob.
Mel salió andando hacia atrás sin quitarle los ojos de encima a Sally y a su arma. Sally cerró la puerta tras ella. Afortunadamente, Rob no se había despertado y tampoco había nadie en el pasillo; pero no podía correr riesgos. Agarró a Mel por el cuello de la camisa y lo empujó al cuarto de baño. Aun en la estrechez, o quizás con más razón, Sally no despegó la pistola cargada de la sien de Mel.
—Escúchame con atención y cállate un minuto, ¿entendido? —dijo en voz baja—. No soy quien tú crees, no estoy aquí por el trabajo, no estoy por placer y tampoco estoy para que me incluyan en su grupo.
—¿Entonces que coño quieres? —preguntó Mel, sin importarle el haberle interrumpido.
—Creo que lo mismo que tú.
—¿Y cómo sabes lo que quiero?
—Soy policía —aclaró, ante la sorpresa de Mel—, llevo observándote semanas.
—¿Policía? —murmuró, sin poder creérselo. Mel se preguntó si ella estaría allí por asuntos de pesca ilegal.
—Sí —afirmó, con una sonrisa en la comisura de la boca—. Te preguntarás que cómo estoy enterada de lo que se está llevando a cabo.
Mel asintió con la cabeza. Sally, al ver que el joven se había tranquilizado, bajó el arma. Y comenzó su historia. Contando cómo había llegado hasta aquel barco. Alrededor de un año atrás la central recibió la llamada de un viejo pescador que había captado una inquietante señal de radio. En aquel momento nadie hizo caso, pues el servicio estaba saturado con otros asuntos de gravedad más inmediata. Sin embargo, un compañero de Sally, un novato salido de la academia cinco meses antes, se interesó por el caso y lo investigó en lo que le quedaba de tiempo libre. Fue a hablar con el viejo mercante que recibió el mensaje radar. Cada uno de los aspectos de la información que le dio no hacía perder el interés; desde el mismo cuerpo del mensaje hasta la persona que lo había enviado y desde dónde. El viejo se hallaba totalmente seguro de que la señal provenía de un lugar abandonado en algún lugar de Terranova, ajeno a la civilización humana durante décadas. También declaró que el mensaje poseía la voz de una niña.
—¿Una niña? —interrumpió Mel.
—Sí, es algo poco creíble, lo sé. Pero mi compañero se empeñó en seguir investigando. Poco a poco se dio cuenta de que el asunto era más turbio de lo que parecía. Era peligroso, en plena guerra, hacer determinadas acusaciones, y él lo sabía. Por eso comunicó conmigo, al parecer era en la única persona de la autoridad en la que confiaba; pero no me quiso decir todo. Solamente lo de aquella niña, ni siquiera el mensaje de ésta.
—Pero te dijo sus sospechas, ¿no?
—Claro. Oro gris.
Un escalofrío le sobrevino a Mel por la espalda. Estaba claro lo que Sally quería hacer.
—Quiero llegar al final de todo —confirmó Sally—, no quiero quedarme sólo en esta simple chusma, quiero saber quiénes están detrás. Quiero cazar a los peces gordos.
Mel frunció el ceño. No estaba seguro de que aquel símil que acababa de hacer fuese apropiado para la situación; además, para él, los que estaban a la sombra eran de la misma calaña, la misma chusma.
—¿Qué ocurrió con tu compañero? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Desapareció de pronto; me juré a mí misma que tenía que terminar su trabajo.
—¿Y cómo puedo confiar en ti? —preguntó Mel.
—Te he contado todo lo que sé, eres tú el que aún no me has dicho la forma en que llegaste aquí.
—Yo no tengo por qué dar explicaciones: no te he apuntado con una pistola. Aunque —añadió, pensando que no correría mucho peligro si le contaba sólo parte de su historia, o al confirmarle lo que ella ya sabía—, te diré que encontré el recorte de periódico, y partir de ahí fui investigando.
—¿Por qué razón te interesaba el tema?
—Me repugna todo lo que tiene que ver con el oro gris. Pero, a todo esto, ¿qué piensas hacer tú para detenerlos?
—Aún no lo sé, tengo que entrar en la bodega y descubrir si lo tienen allí escondido.
—Pero la bodega está cerrada con un candado, sólo el capitán y Simón pueden entrar.
—He conseguido quitarle a Simón las llaves de la bodega, las tengo escondidas en lugar seguro —Sally respiró hondo, lo que había tenido que hacer para ganarse la confianza de Simón era realmente asqueroso. Había sido trabajo de día a día, desde el primer momento en que pisó el puerto de embarque.
—Pero él las echará en falta, ¿no crees?
—Por eso quiero ir cuanto antes, ahora mismo.


Eran las diez de la mañana y ya tenían controlado a todo el mundo. Cabrón y Yunk estaban en popa, preparando las redes; Rob, durmiendo; Jeanman en proa; Simón, el capitán y un marino viejo del que nadie sabía nunca pronunciar su nombre, estaban en la cabina de mandos; y por último, Joan, en la cocina. Era el momento. A través del comedor, bajaron a la parte inferior del barco, procurando no hacer ruido para que Joan, desde la cocina, no los oyera. Allí el movimiento del barco parecía mucho más palpable. El estrecho pasillo que ladeaba la despensa y la bodega simulaba una auténtica atracción de feria. Pasaron la primera puerta, la despensa. Después, la puerta cerrada con candado y con un cartel de prohibido, era la bodega.
—Bien, Mel —Sally sacó del bosillo una especie de botón y se lo introdujo en el oído; también sacó un chisme de unos cuatro centímetros y se lo dio a Mel—, esto tiene en el extremo un pulsador; si lo pulsas, enviarás una señal electromagnética muy débil al auricular que me he puesto en el oído, y así podré saber si viene gente sin que tú tengas que correr peligro. ¿Entendido?
—Sí, pero creo que debería de entrar yo—Mel sintió que aquello no era capaz de digerirlo tan rápido, hasta ahora siempre había estado sólo en eso.
—Ni hablar, vete al pie de la escalera y, si viene alguien, entretenle un poco para que me de tiempo de salir.
Una vez que Mel se había ido, Sally introdujo las llaves en la cerradura del candado y entró. Sally miró a su alrededor, una enorme caja de metal de casi dos metros de altura, se sostenía contra la pared, ocupando gran parte de la habitación. En un lado, junto a ésta, había una rejilla que comunicaba con la ventilación del barco y la sala de máquinas, en la popa del barco. Se abrió paso entre un motor viejo y decenas de utensilios de pesca, hasta alcanzar la puerta de la caja. No había manera de abrirla, necesitaba la combinación de la rueda giratoria. Miró el reloj, llevaba más de dos minutos en aquella sala y pensó que podría ser peligroso quedarse aún más. Ya tendría tiempo de pensar qué hacer con la caja, donde, con toda seguridad debía encontrarse lo que buscaba. Se disponía a salir justo cuando una alocada idea le pasó por la cabeza. Miró el motor del coche que descansaba en el suelo. Abrió con sumo cuidado el depósito de aceite...

Mientras tanto, Mel hizo lo que le había dicho la mujer, se dirigió al pie de la escalera. Se aseguró de que llevaba el pulsador bien disimulado en el puño y deseó no tener la necesidad de usarlo. Llevaba unos dos minutos sentado en los peldaños cuando un sonido del roce de algo con la pared le hizo volverse. Le dio tal sobresalto verla que estuvo a punto de pulsar el botón. La niña de ocho años con el traje azul le estaba mirando a los ojos.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó sin dar crédito a lo que veía.
—Te van a descubrir.
Dicho esto se volvió hacia el pasillo y entró a la despensa con una rapidez increíble. Mel la siguió, entrando en un cuarto sumamente aprovechado, dividido por medio de congeladores y estantes repletos de alimentos. Buscó por todos los recovecos que fue encontrando sin éxito, la niña había vuelto a desaparecer como un ángel. De pronto, sintió un tremendo tirón en su estómago; un ruido de fuertes pisadas resonaron en el suelo del pasillo. Pudo oír claramente, al otro lado de la puerta de la despensa, la voz de Simón.
—¿Quién ha quitado el candado que cerraba la bodega?
Al no obtener contestación, entró. Si Mel se hubiese tirado en las frías aguas del océano Ártico, se habría sentido más caliente aún de lo que se sentía en aquel instante. No había avisado a Sally, es como si la hubiese traicionado...


La voz de Simón la alertó y Sally corrió hasta el fondo de la bodega, hacia la pequeña rejilla junto a la caja. Se metió como pudo por ella, dándole tiempo de ver, por un instante, la figura de Simón entrando por la puerta de la bodega. El ruido era intenso, sabía que ya se encontraba cerca del motor del barco. Ahora estaba en una cabina minúscula; y aunque no podía ver absolutamente nada debido a la falta de luz, supuso que allí estaba la refrigeración del barco. Tuvo que mantener la cabeza agachada para no chocarse con el bajo techo. Sintió que algo se le deslizaba del bolsillo, pero no tenía tiempo de buscarlo. En la oscuridad sintió el tacto de una puerta y la abrió sin comprobaciones. Apareció ante sí la sala del motor del barco, sitio donde el ruido ya era insoportable. Alcanzó la escalerilla de hierro vertical que llevaba a cubierta, con la esperanza de que nadie le viera al salir y pudiera tener la posibilidad de salvarse. Pero arriba ya la estaban esperando...


A hurtadillas, asegurándose de que ya nadie vigilaba la puerta de la bodega, Mel salió al estrecho pasillo y subió a cubierta. Una concentración de casi toda la tripulación en la zona de popa indicaba lo que con seguridad había ocurrido, y eso hacía aumentarle un sentimiento de culpa. Pudo comprobar que en el barullo no estaban ni Simón, ni el capitán, ni Sally. Minutos después Cabrón, ayudado por Yunk cuando se atascaba, contó lo sucedido. Al parecer, mientras aseguraban las redes de la pesca de la tarde, Simón había aparecido como una flecha desde la proa y había saltado sobre la trampilla de la sala de máquinas. De ahí sacó a Sally de un tirón del brazo, y la retuvo, dándole el tiempo justo a no acabar tiroteado por una pistola que la mujer guardaba en su chaqueta.
—Y menos mal que yo grité, ¡Simón! ¡Al suelo, tiene una pistola! —prosiguió Cabrón, fanfarroneando más que otra cosa.
Ahora mismo estaban en el camarote del capitán, situado junto a la cabina de mandos, discutiendo qué hacer con la chica. Si la mataban...


—La chica dice que tiró las llaves de la bodega por un desagüe, ¿tienes otras? —preguntó Simón al capitán, con el ritmo calmado.
Las cinco de la tarde, los motores del pesquero estaban parados y cinco tripulantes echaban las redes a popa, hablando, entre nudo y amarre, del extraño suceso que habían visto. Simón y el capitán discutían en la sala de mandos, más tranquilos que hacía unas horas. Aunque con la cabeza puesta en la habitación contigua, donde Sally se hallaba inconsciente tras un golpe propinado por Simón.
—Claro que sí, ya he mandado a Jeanman a que vuelva a cerrar la bodega. Simón, ¿y si no tiró las llaves al mar? ¿Y si las encuentra alguien? —preguntó el capitán con preocupación.
—Nada, le interrogaremos y le abandonaremos en el primer puerto por el que pasemos —respondió Simón.
—¿Ya está? ¿Y si descubre algo? ¿Nos delata?
—No creo, aunque si te sientes más tranquilo pondré dos nuevos candados más. De todas forma, es imposible que nadie sepa nada. Sally investigó a partir de las noticias antiguas, ninguna información útil. Pero ahora más que nunca hay que tener cuidado, no quiero que tengan motivos reales para llevarnos a la cárcel, no quiero muertos —concluyó—, no ahora que me quiero retirar, Horner, no después de lo tuyo.
—¿Entonces qué hacemos con la chica?
—Encerrarla en la caja. Cuando lleguemos a algún puerto, la acusaremos de suplantación de personalidad e intento de robo. Y cuando se descubra la verdad, estaremos muy lejos.
El silencio que prosiguió, indicaba que el capitán estaba de acuerdo con él; aunque también parecía que éste le estaba dando vueltas a otra cosa.
—Simón —murmuró el capitán Horner sin apenas mover los labios—. Por última vez, ¿estás seguro de que nadie ha podido enterarse de esto?
Horner inclinó la cabeza levemente, pero no la mirada, manteniéndola fija hacia Simón, inquisitiva. Dio la ligera impresión de que Simón dudaba en el momento justo antes de hablar, cuando realizó un movimiento nervioso de los labios.
—Seguro —dijo Simón tajante con un cierto deje desafiante. Lo había dicho tan convencido de sí mismo que el capitán rápidamente achacó el temblor a su enfermedad de parkinson, no a la duda—. Nadie lo sabe mas que nosotros, y ellos, por supuesto...

Una suave brisa helada punzó el rostro del estudiante. El resto de tripulación guardaba la escasa recogida y se preparaba para cenar; mientras, él esperaba aferrado a la barandilla de proa. A su izquierda el sol estaba a punto de ponerse. “Al norte”, pensó, desde luego, el barco no se dirigía a Boston. Como le había dicho el capitán, se desviarían de la ruta dos o tres semanas. Y no creía que fuesen simplemente a pescar; Mel sabía perfectamente a lo que iban y se imaginaba a dónde. No era casualidad que viajara en aquel pesquero. Estaba seguro que el mensaje al que Sally se refería, enviado desde Terranova, tenía relación con el destino de aquel barco del diablo. Por otro lado, no sabía si Sally estaba viva o muerta, pero se obligó a sí mismo a dejar de culparse y a proseguir. Estaba dispuesto a todo. Abriría la bodega de nuevo, recogería las pruebas suficientes y haría capturar a Simón y al capitán para que se pudriesen en la cárcel. A decir verdad, el capitán ya no le parecía una buena persona. Todo lo contrario, era incluso peor que Simón; falso, cobarde, manejable y asesino. Las lágrimas le helaban, le desahogaban, enturbiaban su corazón para mantenerlo frío; pues sabía que de ahí en adelante tendría que aguantar.
—Hola, Mel —dijo ella.
—Hola... ¿Cuándo me vas a decir tu nombre? —a Mel no le sorprendió su aparición.
La niña del vestido azul solamente respondió con una sonrisa.
—Yo puedo conseguir las llaves de la bodega, pero tienes que ayudarme.
—¿Qué quieres que haga?
—Que me escuches, tengo que contarte un cuento.
La escucharía, estaba listo para cualquier cosa. Preparado para todo; pero ajeno a la realidad, ajeno a que en unos días la inocencia de una niña le haría perder los nervios, ajeno a que él mismo, envuelto en la rabia, conduciría el barco hasta su propia muerte.



Breakfast Clan
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sábado, 18 de agosto de 2007

"La Piedra Oelortep" de S.S.M.

Las Golondrinas volaban a su antojo por los cielos de la Tierra. Quienes escuchaban su canto solían dejar el trabajo un momento, se ponían en pie y les contestaban en su lengua. Les respondían, contándoles las nuevas noticias de cada lugar, les deseaban buena suerte en su vuelo y también les pedían que les trajeran más ventura en sus ya felices vidas. Luego volvían al arado, a las cosechas, los más sabios a la escritura y meditación, los niños y niñas al juego o al estudio.

De esta forma, las aves surcaban cielos naranjas, el sol naciente acompañándoles; luego azul; al atardecer volvía al naranja e incluso al suave rosa, y más tarde, al anochecer, las Golondrinas recibían su merecido descanso del negro cielo.Amanecía, y las aves estaban a punto de divisar el Reino de Tutifruti, sin duda el lugar preferido de todas las criaturas de la Tierra. Allí todo era paz, justicia, felicidad y amor.

Sus campos y colinas eran verdes y fértiles; en su costa y acantilados se respiraba tranquilidad, con los grandes océanos brillantes y azules, que convertían al Reino en la isla más preciada por todos: Patislargos, Verdosos, Barbudos del Bosque de los Gnomos Felices, e incluso los resentidos Seres Escrutadores. Hasta esos sentían un profundo amor, mejor dicho, respeto, por aquel lugar.

Como era costumbre, las Golondrinas derramaron sus lágrimas sobre los habitantes de Tutifruti para avisarles de que llegaban y de que estaban contentas de verles. Volando en círculos sobre el Reino, entonaron su más precioso canto, y los niños corrieron a recibirlas.

El Rey fue avisado de que los visitantes acababan de llegar, y presto se dirigió hacia ellos con reverencias y halagos. El Rey Peta era el hombre más sabio que se había conocido por aquellas tierras. Ya era rey cuando los más ancianos llegaron a Tutifruti, e incluso antes. Era un hombre altivo que gobernaba con justicia pero con clemencia, sabiendo recompensar a sus amigos y, por ello, nunca llegaba a tener enemigos. Lo cierto es que nadie sabía de qué extraña esencia se alimentaba el Rey Peta para ser tan bueno y justo.

Cuando las Golondrinas se marcharon, todos se dirigieron de nuevo al trabajo, tarareando la pegadiza melodía que estas habían traído consigo. Todos menos el Rey, cuyo cometido no era trabajar, sino gobernar desde su trono, velando por la felicidad de sus Hermanos, los habitantes de Tutifruti. Pero ese día el Rey Peta tenía una sombra en su pensamiento, y solo su más leal vasallo fue capaz de adivinar que algo le ocurría.
—Señor, os ocurre algo. Ya sabéis que podéis contármelo sin miedo­ —dijo Rign, el leal vasallo.
Lo cierto es que Rign sabía de primera mano que el Rey no temía a nadie ni a nada. Simplemente sufría si veía amenazado su pueblo. Y esta podía ser una de esas ocasiones….
—Tranquilo, mi leal Rign, tranquilo. No es nada que no esté al alcance de mi mano. Verás, las Golondrinas me han traído noticias. Alto secreto. —Rign asintió con la cabeza.
Sabía cuándo no debía entrometerse, y se dirigió de nuevo al trabajo.

La noche era apacible y tranquila, y Rign dormía plácidamente, evocando en sus sueños las aventuras y batallas que había corrido con su gran amigo el Rey.
—¡Rign, despierta, rápido! —vociferó uno de sus sirvientes.
—¿Qué ocurre? —respondió este, cansado.
—¡Han atacado al Rey!¡Necesita tu ayuda! —el sirviente se mostraba extremadamente agitado.

Veloz como un rayo, Rign se dirigió hacia los aposentos del Rey. Este yacía en su cama, con el vientre fuertemente apretado con ambas manos, y el rostro empapado en sudor. Tenía un pequeño corte en la ceja, resultado sin duda de una lucha cuerpo a cuerpo. Cinco escoltas hacían guardia, y el médico del Reino invocaba a los Espíritus. Nadie había visto al Rey en un estado tan lamentable. Jamás.
—¡Basta! —vociferó este con la voz entrecortada por el dolor.
—Marchaos, por favor. Dejadme solo con Rign.Obedientes, el médico y los escoltas salieron de los aposentos.
—Señor, ¿qué os ha ocurrido? ¿Quién ha osado atacaros? —“y cómo demonios lo habrá conseguido”,pensó, pero no dijo nada.
—Tengo que contarte algo de vital importancia, mi querido Rign. Ven, siéntate. —dijo con una mueca de dolor. —Jolki el Terrible ha vuelto, Rign. —hizo una pausa sepulcral.

Rign se sobresaltó, poniéndose en pie de un salto.

—¡Pero eso no es posible! Si ya lo hemos matado en quince ocasiones, y la última vez lo cortamos en trocitos tan pequeños que cada Buitre de las Montañas se tragó uno; además, después matamos a los Buitres, quemamos sus cadáveres y las Hadas del Valle de Goldtintel se llevaron las cenizas al País de Nunca Regresar. Con el objetivo de que nunca pudiera regresar —matizó.
—Mi joven e impaciente amigo —el Rey tosió un poco, manchándose la barba, y dijo con voz solemne: —El Cielo no espera a los que no saben esperar, mas los que sí saben tienen asegurado su lugar en el Fuego del Castigo eterno, por intentar esperar lo inesperable de ellos.

Aunque Rign no entendió una palabra, asintió solemnemente con la cabeza y se dijo que el Rey era el hombre más sabio sobre la faz de la Tierra. Pero tenía unas ganas terribles de pillar al que le había atacado.
—¿Sabes por qué murieron tus padres, querido Rign? —dijo este.
—¿Mis padres están muertos? No lo sabía, en serio.
—Murieron cuando tu tenías dos años. Jolki el Terrible irrumpió en tu casa. Como sabes, este tan solo se alimenta de Maldad, y cada vez que mata, roba o crea una desgracia se hace mucho más poderoso —tosió, esta vez más fuerte, y Rign pensó que estaba en las últimas. Su vientre subía y bajaba sin parar, y tenía toda la pinta de que su herida era profunda. —Como decía, Jolki mató a tus padres usando el Fuego Terrible, una llamarada azul con forma de perro que sale de su boca. Tú lograste escapar, pero no lo hiciste solo. Te llevaste el alma inmortal de Jolki.
—Oh, Dios mío.
—En efecto. Tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y por eso fuiste capaz de quitarle su alma.
—¿Qué significa eso? —preguntó Rign, incrédulo.
—Significa que tú deberás reinar sobre la Tierra cuando nadie más quede para hacerlo.
—¡Oh, Dios mío! —no podía creer lo que oía. —La noche que quemamos a los Buitres que devoraron los restos de Jolki, no contamos la desaparición de uno. Alguien robó uno de esos buitres para alimentarse de él. Así fue como Jolki el Terrible consiguió reaparecer y robarle el alma al ladrón. Y también consiguió engatusarle para que me atacara esta noche.
—Oh, Dios mío. ¿Quién es? ¿Quién os ha atacado? —Rign estaba furioso.
—Lo conoces muy bien. Es un hombre de este Reino. —El Rey suspiró —Es tu hermano, Rign.
—Dios mío. Dios mío. —Rign se tambaleó y volvió a sentarse. —Mi hermano robó el buitre, os atacó a vos, y ahora está…
—Tuve que defenderme, mi querido y leal Rign. Le di una muerte digna. Tu hermano se arrepintió en su lecho de muerte, y lo confesó todo. Las Golondrinas me avisaron de que alguien iba a atacarme, pero no imaginé la magnitud del problema, ni tampoco que yo pudiera resultar herido de gravedad.-Se hizo el silencio de nuevo.

El Rey respiraba más tranquilamente, y Rign intentaba digerir todo lo que estaba escuchando.

—Con tu hermano muerto, tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y al poseer el alma de Jolki el Terrible, también eres el único capaz de derrotarlo. Veras… Jolki ha conseguido engatusar a los Seres Escrutadores, y también…también a los Espíritus. Esa es la razón por la que el médico no consigue invocarlos. Y por ello no puedo recuperarme de mis heridas.
—¿Qué debo hacer, Rey Peta? —El rostro de Rign estaba empapado en lágrimas, sumido en una profunda conmoción.El Rey volvió a suspirar, esta vez con una pesadumbre aún mayor.
—Es bien sabido por los habitantes de Tutifruti que Jolki el Terrible anhela atacarnos en persona. Aquí reside tanta felicidad que su ataque sería desastroso, devastador…. Conseguiría realizar tanta Maldad que Jolki se haría increíblemente poderoso, el mundo se rendiría a sus pies, se acabaría el Bien y comenzaría el Reinado del Mal. ¿Te lo imaginas, mi querido y leal Rign? Todo sería dolor y fuego….
—Lo sé. Haré lo que me pidáis. Todo por vengar la muerte de mis padres y mi hermanito. —la furia empezaba a aflorar en su corazón. —Mataré al causante de mis desgracias.
—Se te olvida lo de los testículos. Portar el alma inmortal de Jolki fue lo que hizo que te aflorara un segundo testículo, en vez de tener uno como la gente normal.
Rign estaba ahora apretado por la rabia y la ira. Sus facciones habían cambiado de color. Tembloroso, se puso solemnemente en pie, alzó el puño hacia el cielo y proclamó:
—Juro por lo más sagrado que retaré a Jolki el Terrible, lo ensartaré en mi espada y luego le arrancaré El Testículo, para que mis Hermanos de Tutifruti puedan comprobar que nadie volverá a amenazarlos jamás.

Repitiendo estas palabras en su mente, Rign había partido del Reino de Tutifruti sin más demora. El Rey le había explicado dónde podría encontrar a su enemigo: En el Valle VerdeAmarillento. Solo de pensarlo se le ponía la piel de gallina. Tendría que sortear innumerables peligros, luchar contra los terribles Seres Escrutadores que custodiaban los desiertos páramos que hallaría en el camino, burlar a los Espíritus que ahora se cernían sobre el Bien, y, finalmente, acabar con Jolki el Terrible, el peor enemigo de su compañero el Rey Peta.
Había jurado venganza, y ahora debía cumplir con su palabra de caballero del Rey.

Rign nunca se había planteado que los demás tuvieran un solo testículo y él tuviera dos. ¿Cómo sabría eso el Rey? Qué hombre más sabio…
Rign sabía que tendría que matar a gente. Le había estado dando vueltas en su cabeza, de modo que antes de marcharse había hablado con un cura de la Corte real. Este había organizado una pequeña ceremonia. Había sacado un ejemplar del libro “Los Valores Cristianos en la Edad Media“, ejemplar que todos los habitantes de Tutifruti poseían, a pesar de que nadie sabía ya nada sobre la lejana Edad Media, y donde estaban escritos los verdaderos preceptos del Bien y del Mal. El cura real, tras subrayar algunos párrafos del libro y tachar otros, había concluido que, en su viaje, Rign podría atravesar con su espada a todo aquel que le viniera en gana si se interponía en su camino. No debía preocuparse, ya que sus acciones estarían dentro de la jurisdicción del Bien.

Así caminaba el leal y valiente Rign, salvador del Mundo Entero, con la brillante espada al cinto, blandiéndola de vez en cuando para cortar en dos a alguna vendedora que le atosigaba demasiado. Con su familia en el corazón, el Rey en su cabeza y Jolki el Terrible en sus testículos.
Como le dolían las piernas de tanto caminar, decidió parar para pasar la noche cerca de una colina, bajo la protección de dos enormes árboles. Abrió su bolsa para ver lo que podía cenar, pero como no era gran cosa decidió reservarla para el día siguiente.Estaba conciliando el sueño, cuando el crujido de una rama lo sobresaltó.
Se incorporó un poco y pudo divisar una sombra que se movía hacia él, subiendo por la pendiente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, comprobó que eran al menos cinco los que se acercaban. Y no lo hacían juntos, sino que lo estaban rodeando para tenderle una trampa. El fuego de la venganza rugió en su corazón.

—¡Venid, malditos esbirros de Jolki, venid a por mí! —les gritó.

Atravesó al primero de una estocada. El agudo grito que profirió aquel ente maligno confirmó a Rign en sus sospechas: en efecto, eran Seres Escrutadores al servicio del enemigo.Su escudo paró las embestidas de otro. Rign aprovechó la momentánea retirada de su atacante para clavarle la espada en el vientre. Estaban siendo vencidos tan rápido, que los tres seres que quedaban decidieron darse a la huída. Rign no estaba dispuesto a permitirlo. Corrió tras ellos con su espada fuertemente agarrada con ambas manos, pero se le estaban escapando. En un último esfuerzo, la lanzó por el aire, y esta cortó la pierna de uno de los atacantes mientras los otros dos huían. Rign reía ahora de satisfacción.

Los dos habían escapado, pero ya los encontraría para darles su merecido. El Ser Escrutador gritaba en el suelo, con su pierna a unos cuatro metros de él, mientras un charco de sangre verdosa se hacía más y más grande bajo el muñón.
—Déjame vivir, por favor…
—¿Por qué habría de hacerlo, vil traidor? Vuestra asquerosa raza se ha vendido al tirano de Jolki.
—Jolki es el mejor amigo que tenemos, él nos lo ha dado todo… —su voz era un llanto de dolor.
—¿Amigo dices? —eso si que no se lo esperaba —¿Amigo? Él mató a mis padres y a mi hermano. Y atacó al Rey de Tutifruti.
—Porque el Rey de Tutifruti le atacó a él antes. Quince veces.
—Evidentemente, el Rey no iba a permitir la proliferación del Mal. Nos estaba haciendo un favor a todos, pero ahora vosotros os habéis pasado a los oscuros brazos de Jolki el Terrible.
—¿El Terrible? Nosotros le llamamos Jolki el Bueno.
—¡Ja! —rió Rign con amargura —Es muy sencillo: El Rey Peta es Bueno y Jolki es Malo. Repítelo o te atravieso ahora mismo.
—Lo harás igualmente.
—¡Idiota! ¿No ves lo dichosos que son los habitantes de TutiFruti? Allí todos trabajan felizmente sin descanso, se ganan su pan y el de sus familias; todos reciben en armonía a las Golondrinas que traen las nuevas noticias de nuestra Tierra; nuestros mineros nos enriquecen cada día con las piedras preciosas que encuentran; las muchachas adolescentes están contentas de que se les busque maridos más mayores y sabios que ellas, y las recién casadas tienen el privilegio de pasar una noche con el Rey…
—¡El Rey es un asqueroso viejo senil! —fue lo último que dijo el desgraciado, porque Rign blandió la espada contra su cabeza al oír tal insulto.

Tras recorrer largos caminos, pasar solitarias noches y superar increíbles peligros, Rign llegó al Valle VerdeAmarillento. Todos allí eran Seres Escrutadores, y Rign se alegró de que ninguno le reconociera. Podría pasar desapercibido hasta llegar al enemigo. Todos esos habitantes de una tierra gobernada por el Mal eran tan solo ignorantes, radicales que añoraban un salvador que aliviase sus penas. Observó que todos ellos eran muy pobres, y extremadamente religiosos.“Si por lo menos rezaran al Dios de verdad, y no a un patán que no existe, a lo mejor no serían tan pobres”, pensó Rign.

Decidió no sentir más compasión por ellos, pues eran amigos de Jolki, y siguió su camino entre la muchedumbre de VerdeAmarillento.Dos días estuvo buscando a Jolki el Terrible. Dos días durante los cuales escuchó verdaderos insultos a la persona del Rey Peta y a todo su reino. Ningún habitante del Valle simpatizaba de forma alguna con su forma de gobernar, y se sentían constantemente atacados por él. Entonces había llegado Jolki, resurgido de entre sus cenizas, y les había hablado. Rign sentía verdadero asco cuando tenía que escuchar de algún emocionado Ser Escrutador esa parte de la historia, pero nunca decía nada por miedo a que lo descubriesen. Jolki les había prometido riquezas, felicidad, dicha… Pero a cambio les había exigido lo que les llevaría a su perdición: la guerra contra el Rey Peta y el Reino de Tutifruti, contra la “maldad” de sus habitantes, contra todo aquello que aquellos poseían y estos no.
En definitiva, una guerra contra el Bien, alimentada por una ira que solo podía provenir de los oscuros corazones de unos indeseables. Todos ellos lo lamentarían.
Aquella noche, mientras Rign dormía, una Golondrina le visitó. Traía urgentes noticias del Rey: este estaba empeorando por momentos, y era muy posible que no sobreviviera más de una semana. Por ello, la Golondrina instó a Rign a que cumpliera su misión lo antes posible. Si el Rey moría y Jolki no, sería la perdición de la Tierra. Además, y por orden expresa del Rey, Rign debía quitarle el collar a Jolki cuando este hubiera muerto. Esto, le dijo la Golondrina, era especialmente importante para el Rey, ya que el colgante constaba de una piedra preciosa negra que tenía el poder de enriquecer a quien la llevase. La piedra se llamaba Oelortep. Todos sabían que las Hadas concedían una de estas piedras a cada uno de los reyes de la Tierra. El Rey Peta pretendía arrebatársela a su enemigo con el fin de mejorar aún más el Reino de Tutifruti.

El Rey, siempre pensando en los suyos. Qué gran corazón.

Cuando la Golondrina su hubo marchado, Rign se puso en marcha sin perder un instante. Preparó sus armas, rezó por el alma de sus padres y su hermano muerto y salió a la oscuridad de la noche, dispuesto para el ataque. Era tarde y había muy poca gente en el Valle. Un Ser Escrutador de unos quince años caminaba solo, dando tumbos y con una botella de absenta en la mano. Rign se puso en su camino, sacando la espada.
—Dime dónde vive Jolki el Terrible o te arrepentirás, maldito borracho.

El joven, ya debido al miedo o a la embriagadez, se lo había contado todo. Jolki se hallaba en la tercera cueva del Valle VerdeAmarillento, escondido y alerta ante cualquier posible ataque del Rey Peta, seguramente alimentándose de algún tipo de Maldad.Rign se preparó. Su corazón albergaba una gran ira contra aquel tirano. Con el grito que augura un desastre, entró en la cueva como un león enfurecido, espada en mano. De todas las veces que le había visto el rostro Jolki el Terrible, esta fue la más breve.

Rign salió de la cueva con su espada ensangrentada, la mano fuertemente apretada contra la herida de su hombro, y la piedra Oelortep colgada en el cinto. Todos le vieron, y también vieron la piedra. Pero cuando descubrieron el cadáver de su líder, Rign ya se hallaba a kilómetros de distancia, camino de Tutifruti, y se sentía tan triunfante que no cabía en sí de gozo.
Habían pasado dos semanas desde que Rign volviera a casa.
Para su gran sorpresa, el Rey no estaba ni siquiera convaleciente. A su llegada lo había sorprendido jugando con los niños de la Corte, riendo y bebiendo. Nada más ver la piedra, el Rey había dado gracias al cielo, y ni siquiera le había preguntado a Rign si Jolki estaba muerto. Era un poco extraño, pero era el hombre más sabio, inteligente y bondadoso de Tutifruti y Rign había decidido no pensar más en ello.

Los gritos de la muchedumbre le despertaron del profundo sueño en el que se hallaba plácidamente sumergido.
—Acabad con todos ellos. —escuchó decir al Rey.

Se incorporó, salió de su habitación y se subió a la torre del castillo amurallado que era la Corte real. Lo que divisó le dejó helado.Los habitantes de Tutifruti estaban siendo brutalmente masacrados por Seres Escrutadores. Rign reconoció alguna que otra cara. Eran los seres del Valle VerdeAmarillento. No le costó nada adivinar que habían llegado en sus barcos para recuperar su piedra Oelortep y vengar la muerte de Jolki. Estaban realmente enfadados. Con sus espadas y lanzas estaban ensartando a sus Hermanos y, llorando de rabia, los lanzaban por los aires o los despedazaban en el suelo. Pero no conseguían llegar a la Corte debido a las gruesas murallas, de modo que se contentaban con matar a todo el que podían.
—Acabad con todos ellos —volvió a decir el Rey Peta.

Los arqueros dispararon desde la torre. Las flechas cayeron sobre los que luchaban, una y otra vez.
Rign nunca había visto a tanta gente muerta.

S.S.M.

Copyright © Sergio Sepúlveda Medina, 2007. Todos los derechos reservados.

martes, 31 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 3

23:20 P.M.
1 de Febrero de 2011
Dos días antes

Que le llamaran Cabrón no quería decir que realmente lo fuera. Todo eso de llamarlo así venía de varios años atrás, sobre el 2007, cuando acogieron al primer estudiante a bordo en el CATAMARÁN III. A Cabrón por aquel entonces todavía le llamaban Val, diminutivo de su verdadero nombre, y era conocido por su inocente estupidez. Sí, no era una persona que se dijera lista o sagaz, sino más bien lo contrario, bastante lento a la hora de razonar y de inteligencia reducida.

Lo de los estudiantes era un buen negocio, totalmente clandestino, que solo realizaban algunos de los barcos más antiguos del puerto debido al riesgo que conllevaba el ser parado por la guardia costera y descubierto en una revisión de personal, cosa que nunca hacían con los barcos que llevaban más de 30 años afincados en el mismo puerto. Los estudiantes que viajaban en los pesqueros hacia otras ciudades o puertos eran solo aquellos que no se podían permitir el traslado completo en tren, barco o avión; ya no había autobuses que cumpliesen la ruta universitaria y por lo tanto los precios se habían disparado en los otros medios de transporte, que habían visto en esto una gran oportunidad de hacer dinero.
Los estudiantes pagaban la mitad o menos de lo que les costaba el viaje por un medio convencional y, además, ayudaban en el barco el tiempo que estuviera en él.

Lo ocurrido fue que, un caluroso día de mediados de septiembre de ese 2007, Val se encontraba recogiendo las redes que habían echado esa mañana para la pesca junto con Joan, que tarareaba una estúpida canción a la que había comenzado a meterle una letra incoherente cuyo único fin era insultar a Val, daban las tres de la tarde y él era el único que no había comido de toda la tripulación. Mientras realizaban el duro trabajo, Val le dijo varias veces que se callara o que se comería un cabo y Joan le respondió subiendo el tono de su voz y comenzando a bailar por la cubierta mientras cantaba la ofensiva canción. Cargando con todo el peso de la red, Val siguió trabajando, intentando ignorar la letra de la canción que oía y a la cual se había sumado alguien batiendo palmas, riendo y dando zapatazos en el suelo. Val, sin volverse ni una sola vez, terminó el trabajo, se quitó los guantes y entró en el interior del barco, de donde aún provenía un grato olor a comida. Se sentó a la mesa vacía con restos de migas de pan y se sirvió en su plato lo que había quedado de la sopa de pescado y un filete de pez espada que él mismo había comprado en el último puerto por el que habían pasado. Comió en silencio, escuchando la canción que Joan se había inventado minutos antes y los zapatazos de quién quisiera que fuese retumbaban sobre su cabeza, cabreándolo aún más. Sin poder terminarse el plato debido a su creciente furia, Val se levantó y salió de nuevo al caliente mediodía. Joan, al verlo llegar y, sobretodo, al verle la cara, se calló, tosió y se fue para otro lado. Val sonrió para sus adentros. No sería muy listo, pero desde luego si que disponía de unos buenos brazos y de una espalda anchísima con la que hacerse escuchar o respetar. Pero la canción no había parado, la tonadilla seguía sonando acompañada de las palmadas, los zapatazos y las risas. Val miró en derredor y allí lo descubrió, cubierto a la sombra, sentado en el suelo, con una gorra cubriéndole la frente y un bloque de hielo derritiéndosele en una mano el cual estaba usando para refrescarse. Era el estudiante, ese tal Ross. Val se acercó hacía donde estaba y se le quedó mirando con su mayor cara de furia. El chaval le miró a su vez con los ojos entrecerrados deslumbrados por el sol, le sonrió y le preguntó:
—¿Quién es el imbécil de la canción? ¿Está en el barco?

El bloque de hielo salió volando por los aires junto con dos o tres dientes del estudiante, manchados de sangre. La patada que Val le propinó en la cara fue horrible y el muchacho, al intentar evitarla, se golpeó la cabeza con la pared en la que se apoyaba y casi perdió el conocimiento. Val lo levantó del suelo y lo llevó en sus hombros hasta la borda, donde le pegó un par de cachetadas para espabilarlo y le dijo:
—Tu padre, chaval, ése es el imbécil de la canción.
Acto seguido lo lanzó al agua, se dio media vuelta y, acompañado de las risas de Joan y el Capitán, que lo habían visto desde la cabina de mandos, volvió al comedor y siguió con su sopa.

Y sumido en estos recuerdos se encontraba Cabrón la noche del 1 de febrero mientras, asomado por la misma borda por la que cuatro años atrás había lanzado a un chaval de 18 años que se había reído en el momento menos oportuno y por la misma borda por la que, dos días más tarde, vería las rocas que le causarían la muerte, se arrepentía de haber sido tan bruto. El viento era fuerte y frío, amenazaba tormenta, pero ésta aún se encontraba lejos, nada de lo que preocuparse, pronto llegarían a… ¿qué era ese ruido? Val volvió la cabeza y miró hacia la cabina, allí estaba Simon, mirando una revista con la vista perdida y junto a él el Capitán, que movía la boca rápidamente, como si estuviera enfadado por algo, pero Val no era capaz de escuchar la conversación debido al rugido del viento, que casi le entaponaba los oídos. Tenía frío, necesitaba calentarse un poco o al día siguiente tendría fiebre. Con pasos largos se dirigió a babor para entrar por detrás en los dormitorios. Dentro de la diminuta habitación el calor era sofocante sin embargo, y se quitó el chaquetón antes de cerrar la puerta tras él; se dirigió a su catre, situado junto al de Simon y sobre el de Joan y dejó sobre él el gorro de lana que le cubría la cabeza. Ya estaba sudando. No había nadie allí, Simon y el Capitán estaban en la cabina y supuso que el estudiante y Joan estarían jugando a las cartas en el comedor junto con “el Vigía”, Rob, que no ocuparía su puesto hasta la una de la madrugada, hora en la que Simon siempre dejaba la cabina para ir a acostarse. El hecho de que no pararan por las noches los motores era porque iban con retraso y debían cumplir las rutas a la perfección o con el mínimo margen de error, solo de ésta manera recibirían el precio acordado por el cargamento…

Val miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie y sacó de un golpe el paquete rectangular de debajo de la cama. Abrió una vez más su cascado papel, arrugado y viejo y sacó de aquí unas cartas marinas a punto de desintegrarse llenas de líneas y dibujos apenas comprensibles pero donde brillaban unas gruesas letras blancas sobre una cruz que decían: "Cuidado con el Ojo de Oro". La cruz blanca no estaba lejos de la última de las anotaciones que Val había ido haciendo a lápiz a lo largo de veintisiete años en el mapa. Veintisiete años dedicados a la mar, desde sus dieciséis, cuando llegó a puerto como cargador con la esperanza de que algún capitán se fijara en sus fuertes espaldas para su barco y poder llegar así, tardase lo que tardase, al Ojo de Oro.
Se sacó una vieja brújula del bolsillo y vio con tranquilidad que señalaba al norte. Todo iba bien.

De nuevo ese ruido. ¡Blin! Ahora lo escuchaba mejor. ¡Blin! Como si golpearan con algo pesado sobre algo de metal. No era muy lejos, parecía venir de la bodega. Val se volvió a poner el chaquetón y el gorro y salió del dormitorio, cuidándose de cerrar la puerta bien fuerte. Dio un par de pasos en silencio, oyendo el viento, el mar, la noche. ¡Blin! Otra vez, sí, definitivamente venía de la bodega. Pero allí no debería haber nadie. Nadie podía entrar allí más que Simon y el Capitán, y éstos estaban en la cabina. Medio corriendo se dirigió hacia el lugar guiado por los ruidos y pronto se halló traspasando el comedor vacío y pasando de perfil por el estrecho pasillo que llevaba a la bodega. La puerta estaba abierta y el cartel de prohibido el paso brilló por el reflejo de la luz cuando se colocó bajo el umbral para ver a qué se debían los golpes.

El estudiante sostenía una larga barra de hierro y golpeaba con ella una enorme caja fuerte que ocupaba más de la mitad de la habitación, que se completaba con diferentes elementos de pesca y baterías usadas y estropeadas, un motor grande de coche descansaba junto a una de las paredes de la caja fuerte, la cual casi tocaba el techo. Val nunca había entrado en esa habitación, pero había oído hablar a los demás de esa enorme caja fuerte de la que nadie tenía ni idea más que Simon y el Capitán y que nunca nadie más que éstos dos habían visto abierta y sabían de su contenido. Val sabía que el cargamento que entraba en esa caja era para trayectos largos y que siempre era descargado por la noche, cuando todos dormían. Eran chanchullos raros y él lo sabía, pero confiaba en Simon más de lo que los demás le aconsejaban. No le importaba. Simon sabía lo que hacía y sabía que no les iban a pillar. Y con eso se conformaba Val.
El estudiante intentaba abrir la gruesa puerta de la caja haciendo palanca con el alargado hierro en el asa, pero lo único que estaba consiguiendo era doblarlo y arriesgarse a partirse una mano. Val pudo observar que el hierro que sostenía el estudiante había sido una de las patas de la mesa que tenían antes atornillada al suelo del comedor pero que quitaron porque en verano ardía como una sartén bajo el fuego; la había arrancado de cuajo. Val, asustado pero decidido, cerró la puerta tras él de un portazo.

El estudiante se dio la vuelta sobresaltado y avanzó con el hierro en alto, dispuesto a golpear al que fuera. Estaba muy exaltado, nervioso, lloraba o había llorado, o simplemente tenía los ojos colorados debido al esfuerzo, sudaba y la respiración agitada hacía que su pecho subiese y bajase con fuerza.
—¡Lárgate de aquí, me da igual abrirte la cabeza! —le gritó a Val.
—¿Qué estás haciendo aquí? No puedes entrar.
—¡Nadie puede, solo ellos! Ya lo sé, Cabrón, pero necesito saber lo que hay ahí dentro, ¡necesito sacarlo de este barco o moriremos todos! —el estudiante siguió afanado en sus golpes a la caja.
—¡Quieres parar un momento! —gritó Val para hacerse oír sobre los golpes metálicos.

Pero el muchacho no paró, siguió con los porrazos. Uno, otro, otro. Alertaría a todo el mundo, y si Simon los encontraba allí no sabía que sería capaz de hacer. Val no lo pensó más, esperó a que el muchacho alzara el hierro para descargarlo con fuerza sobre la caja y cuando lo hizo se le echó encima, agarrando el alargado palo y lanzándolo al otro lado de la habitación, empujando al estudiante y colocándole un pie en el pecho para que no pudiera levantarse.

—¿Quieres que venga todo el mundo? —le gritó en un susurro Val.
—­Me da igual, debo abrir esa caja o todos moriremos —el muchacho parecía fuera de lugar, como poseído por la locura.
­—Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Quién te ha dicho eso? Si ha sido Joan no le hagas…
—Ella —le cortó el estudiante con la vista perdida —, la niña del vestido azul.
—¿Qué niña? ¡Venga, no me vengas con cuentos!
—Vino a buscarme a la habitación y me dijo que la siguiese… —el estudiante miraba a Val con ojos suplicantes— ¡Ella me trajo, Cabrón! ¡Créeme! Ella me…
Val le tapó la boca al muchacho con una de sus enormes manazas y se llevó el dedo índice de la otra mano a los labios para indicarle que se callara. ¿Eso que se oía aproximándose eran pasos o era el crujir de la madera? Demasiado tarde, el pomo de la puerta ya estaba girando. Lo primero que le pasó por la mente fue la cara de Simon, mirándolo con decepción y dejando que la furia le inundase.
La puerta se abrió y ahí apareció, bajo el umbral, una niña rubia de unos 7 años con un vestido azul oscuro y cara de sorpresa y terror.

Nadie se movió. Val no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Qué demonios hacía esa niña a bordo? Miró al estudiante para ver si el también la veía pero, sin embargo, éste le miraba a él.
—Ves como no mentía —se limitó a decirle.
Val miró de nuevo hacia la puerta y ya no estaba, pero la escuchaba alejarse, escuchaba sus pasos.
Debía de alcanzar a esa niña, preguntarle cómo había entrado en el barco, donde se había escondido, cómo sabía de la existencia de la caja fuerte. Recorrió el mismo pasillo viendo los flecos de su vestido, pasó por el comedor como una exhalación y subió a cubierta, allí no había nadie. Buscó con la vista, se asomó por la borda. Nada. Miró hacia arriba, hacia la cabina, para ver si Simon y el Capitán habían visto algo pero no, la cabina estaba vacía. La luz estaba apagada y las sillas desocupadas, solo allí, junto a la radio, descansaba una mano pálida que pulsaba el botón de transmisión.
Val tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba viendo antes de salir disparado hacia las escaleras que subían a la cabina de mandos. Abrió la puerta y la encontró escondida bajo la mesa, con el transmisor en la boca, hablando rápidamente y pulsando con la otra mano el botón del aparato situado sobre la mesa.
­—¿Hola? —decía —¿Hay alguien ahí?
—¿Quién eres? —preguntó Val asustado, acercándose lentamente a la pequeña, que lo miró con terror —¿Qué haces en el barco?
—Nada está saliendo bien… —comenzó a gimotear después de un corto silencio­ —Si consigue lanzar el ancla estáis perdidos…
—Pero, ¿de qué estás hablando? —Val se sentía más estúpido que nunca.
—Mira.

La niña señalaba sobre su cabeza, al techo, Val alzó la cabeza hacia arriba pero, a medio camino, a través de la ventana, lo vio. El estudiante levantaba el ancla con gran esfuerzo y se acercaba, con dificultad, a la borda.
Val gritó desesperadamente. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Por qué le estaba pasando esto a él esta noche? ¿Por qué quería echar el ancla? Bajó las escaleras prácticamente de un salto y corrió hacia el estudiante. Pero no llegó a tiempo. La pesada ancla cayó al agua con peso muerto y salpicó la cubierta. La cadena de metal se desenrollaba a medida que iba ganando profundidad y ninguno de los dos hombres presentes podía moverse.

—¿Qué coño estáis haciendo? —ahí venía Simon, gritando, enfurecido, los ojos fijos en la cadena desenrollándose y seguido del Capitán, Joan y Rob.
—¡Yo no he tenido nada que ver! —dijo rápidamente Val —He intentado detenerle pero…
—¡Coged la cadena, vamos! —gritó el Capitán mientras se echaba al suelo y agarraba la pesada y gruesa cadena de hierro.

Todos le imitaron, tirando de ella, todos excepto el estudiante, que miraba hacia la cabina. Val se percató de esto y, sin dejar de tirar, volvió su vista hacia donde miraba el joven. En la oscuridad de la cabina, la niña del vestido azul se sellaba los labios con el dedo índice y luego se perdía de vista. Val miró, sudando por el esfuerzo, hacia el estudiante, que parecía no salir del trance.
—¡Chaval, como no nos ayudes te mato! —gritó Simon entre dientes agarrando al joven por el cuello de la camisa y lanzándolo al suelo, a sus pies, donde se puso a tirar de la cadena también.

Se escuchó un golpe seco y todos se pararon, venía de la parte de abajo del barco, el ancla había golpeado la barriga de éste y corrían el riesgo de que la desgarrara y se fueran a pique, todos lo sabían. Con esfuerzo intentaron voltearla, hacerla salir de debajo, pero pronto un crujido les alertó de otro peligro, el cabo que sujetaba la cadena al barco se había levantado por uno de sus lados y amenazaba con salirse del suelo.
Siguieron soltando cadena para intentar sacarla del agua sin destrozar el barco pero no hubo manera, el suelo volvió a crujir y el cabo se salió, precipitándose con fuerza hacía el mar. No pudieron evitarlo. Acababan de perder el ancla.

Simon se abalanzó sobre el estudiante y lo tiró al suelo, le pegó un puñetazo en la mandíbula sin mucha fuerza y le preguntó de un rugido:
—¿Qué se supone que hacías, hijo de la gran puta? —escupió a su lado —¡Hemos perdido el ancla por tu culpa! ¡Responde!
—Lo siento, Simon, me pareció ver a alguien en el agua, ahogándose… —mintió el joven.
—¿Y echaste el ancla? ¿Eres imbécil? ¿Por qué no echaste el flotador?
—No lo sé, estaba nervioso, no sé, yo… —el joven se tapaba la cara con las manos.
—Dios mío…—Simon se levantó y miró con asco al muchacho —, es imbécil. Llevadlo a su cama y que duerma, mañana despertadle a primera hora y decidle que venga a verme, a lo mejor él puede explicarme porque el candado de la puerta de la bodega estaba abierto y en el suelo.



Breakfast Clan

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lunes, 30 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 2

Esta es la continuación de la serie El Faro, la cual abrió el blog en su comienzo con el primer capítulo. La serie constará de unos 20 capítulos (más o menos) que intentaremos ir subiendo con la mayor rapidez posible. En el lateral encontraréis a partir de ahora enlaces directos a las capítulos para mayor facilidad.
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01:40 A.M.
3 de febrero de 2011
Treinta minutos antes


Una luna rota en cuarto menguante se dejó entrever por un resquicio del cúmulo de nubes. La lluvia repiqueteaba con fuerza en el agua. Además, el mar todavía se revolvía por dentro, siendo cubierto por olas gigantes allá adonde alcanzara la vista. Sobre ellas, avanzando de manera irregular, un puntito de luz subía y bajaba. Se trataba de un barco de dimensiones medianas con capacidad para unas diez personas. Al menos la mitad de la tripulación estaba activa y en alerta a causa de la tormenta, y la otra mitad estaba despierta en sus camarotes. Habían pasado por situaciones peores, pero eso no les daba la tranquilidad suficiente como para conciliar el sueño.

Dos de los tripulantes se situaban en la proa del barco, asegurándose de que el foco no se cayera. La espuma salpicaba sus rostros desaliñados, dejando rastros de sal en sus barbas. Ambos miraron aliviados hacia delante; un haz luminoso les alumbró un instante antes de continuar su rumbo giratorio a ras del mar. Era lo único que se divisaba, pues una neblina ocultaba la vista hasta tierra. Por fin, la costa, después de tanto... iban a llegar a su destino. De pronto el barco se inclinó ligeramente, provocando un sobresalto a la tripulación. La ola que los mecía esta vez les transportaba a lo alto de lo que parecía una montaña rusa. Siempre daba la sensación de que el barco iba a volcar; aunque nunca ocurría. Esta vez, tampoco ocurrió; pero cuando volvieron a la cresta de la ola, los dos de proa vieron algo que les provocó un temblor en su estómago: la nada. Ninguna luz en el horizonte, como si el mar se hubiera tragado la costa entera junto con el faro.

—¡Eh! ¡Ha tenido que pasar algo! —gritó por fin uno de ellos, dirigiéndose a los tres que estaba en la cabina junto a los mandos del barco.
Alguien desde dentro le hizo una señal para que se acercara.
—Jefe, el faro... ha parado de alumbrar – explico cuando llegó a la puerta.
En el interior se encontraban tres hombres; el capitán junto al timón, un joven pelirrojo que observaba una roída carta marina y un hombre de piel negra.
—Lo sé —dijo con semblante serio el que parecía el capitán del barco. Era un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo largo y de color gris, que trataba de camuflar una calva—. Joan, intenta contactar por radio, voy a proa a ver si distingo algo.
Asegurando sus pasos sobre la deslizante cubierta, el capitán llegó a proa, donde esperaba el segundo tripulante. Mantuvo los ojos entrecerrados a través de la oscuridad, hasta que habló con una voz grave y cascada.
—Distingo algo allí delante, pero no consigo verlo bien.
—Pues yo no veo nada, jefe. – dijo el vigía mirando a la nada.
—Quedaos aquí los dos —ordenó—, y volved a asegurar el foco.
Entró de nuevo en la cabina de mandos, donde seguían los dos marinos que dejó un minuto antes. Uno de ellos, Joan, intentaba establecer comunicación; mientras que el pelirrojo manejaba el barco.
—¿No has podido contactar por radio, Joan? – preguntó el jefe.
—No. Interferencias y alguien hablando como muy lejos – explicó.
—¿Y si han tenido un apagón? —preguntó el otro marinero, conocido como Cabrón por todos.
—No tiene nada que ver, los faros tienen un sistema con batería de emergencia —dijo el capitán sereno.
—¿No deberíamos parar los motores? —sugirió Cabrón.
Un silencio incómodo de pocos segundos siguió a la pregunta, hasta que el capitán recuperó el habla.
—No es seguro sin el ancla. Cabrón, ve a llamar a Simón, y al estudiante también —pidió el jefe con unas gruesas gotas de sudor recorriéndole la cara.
—¿Al estudiante? Pero...
El capitán le lanzó una mirada severa. No lo tuvo que volver a decir cuando ya Cabrón había desaparecido por la puerta que nunca se terminaba de cerrar.
—¿Cómo puede ser tan estúpido? —murmuró para sí mismo.
—Jefe, ¿por qué tienes que consultarle todo a él? Esto es una situación demasiado...
El capitán no respondió a la intervención de Joan, simplemente se limitó a bajar la potencia del motor. Después se dio la vuelta y, dirigiéndose hacia una pequeña estantería, cogió una llave; parándose durante un sosegado segundo, levantó una mano temblorosa para secarse el sudor de la frente y murmuró: “Nunca me habían hecho falta, pero en fin...”. Sacó una pesada caja de hierro y la colocó en un hueco libre de la mesa. Para ello apartó los viejos documentos que había estado mirando Cabrón, sin interesarse por su contenido. En ese instante, la radio chisporroteó como si alguien hubiese cogido el aparato de escucha al otro lado. El capitán se abalanzó hacia la radio de un brinco.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el capitán.
—Y yo qué sé...

Wergyd dufgefj... ffghggg... piiiiiii¡ . La radio enloqueció de nuevo. Joan cogió el micrófono.

—¡Enciendan el Faro! ¡Si no encienden el Faro chocaremos! Por favor, ¿nos oye alguien? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡El mapa nos muestra un faro por aquí, pero no lo vemos, la tormenta es muy fuerte! Solo vemos algunas luces del pueblo, por favor, ¿puede oírnos alguien? Somos el CATAMARÁN III, estamos bajo licencia, señor…
—¡Dale un golpe! —gritó exasperado el capitán.
Pero no hizo falta, hubo un momento de silencio total, la radio chisporroteó de nuevo y se oyó de repente un sonido limpio y conciso de una voz bastante serena.
—Perdón por la espera...
—¿Qué ha pasado allí? – vociferó el capitán, como si hablara con alguien muy lejano.
—¿Aquí? —la voz parecía sorprendida.
—Sí, el faro... está apagado.
—Ah..., sí, lo he apagado yo.
—¿Qué? ¿Por qué ha hecho eso? —el jefe no entendía nada.
—¿Señor? ¿Ha hablado? ¿Puede repetir lo que ha dicho? —Joan se apropió de nuevo de la radio.
—No encenderé el faro —la voz era fría.
Un silencio realmente penetrante se hizo acopio de la sala. El fuerte balanceo del barco hacía notar los crujidos de la estructura. Las dos caras desencajadas por el terror se miraron y, un segundo después, apreciaron la silueta que acababa de aparecer en la puerta. Era Simón.
—¿Cómo que no va a encender el faro? ¿A qué está jugando, señor? —dijo Joan a punto de perder los nervios.
—¿Alguna vez han visto un barco yéndose a pique? – la voz soltó una medio risa tós.
—Señor, juega usted con nuestras vidas. Esto es serio —dijo el recién llegado, Simón, esta vez.
—Y tanto. Muy probablemente estén nadando en la fría agua en menos de media hora mientras ese bonito barquito pesquero en el que se encuentran se reúne con el fondo del mar.

De nuevo, el silencio.

Simón se miró la mano y vio que le temblaba, lo vieron todos, pero nadie se burló de su enfermedad. No en ese momento. Simón sufría de parkinson desde hacía poco y en los momentos en los que estaba muy nervioso le aparecía más fuerte. Aunque eso era algo que no ocurría a menudo, pues Simón era conocido por su capacidad de decisión incluso en momentos difíciles. Con más de cuarenta años era un hombre frío y que se mantenía sereno hasta el instante antes de apretar el gatillo.
La voz de la radio respiraba tranquilamente.
—¿Siguen ahí? Mis queridos oyentes, no me dejen en suspenso tanto tiempo pues me desconcierto... ja ja ja. – la voz rió apartándose de la radio.
—¡Por favor! —gritó Joan— ¡La tormenta irá a más y no podremos controlar el barco, chocaremos! ¡Encienda de una maldita vez el jodido foco! ¿Oiga? ¿Está usted loco? ¿Hola? ¡No consigo contactar con nadie más!
La comunicación parecía haberse cortado definitivamente. El capitán respiró profundamente y se volvió hacia Simón.
—Quería consultártelo... Debemos cambiar de rumbo.
—No sé si es una buena idea... – dijo Simón
—¿Por qué? – el capitán estaba realmente exaltado.
—Sabías que tenías que consultármelo, así que sabes el motivo por el que quiero seguir adelante. Además... llegamos tarde.
—Mira, Simón, yo tengo mis prioridades y además, soy el que dirijo el barco.
—No voy a volver a repetirlo.
Simón se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Por un momento, el ambiente frío se cargó de tensión. Joan se mantuvo en silencio, aunque alerta.
—De acuerdo —dijo por fin el capitán, tras unos segundos interminables.
—Bien hecho.
—Pero permíteme, al menos, esquivar esas rocas.

Dicho esto, se volvió hacia la caja de metal y la abrió con las llaves que había cogido momentos antes. En ella había lo que parecían cartas de navegación, mapas, apuntes muy viejos manchados de café y diversos utensilios de medida. Lo dispuso todo como pudo por la pequeña mesa y sacó una vieja brújula del bolsillo del chubasquero.

—Espero que no tarde el estudiante mucho más —dijo el capitán.
—¿El estudiante? —preguntó Simón, expresando su furia al apretarle con fuerza el brazo, y en un susurro al oído, le dijo:— Ya te comenté que no me fío de él...
—¿Qué ocurre? —un chico joven entró por la puerta e intentó hacerse un lado en el poco espacio que había. Detrás suya le seguía Cabrón.
—Ya era hora, chaval —comentó el capitán con prisa—; no hay tiempo de explicarte, necesito que me ayudes a dirigir el barco por entre la niebla antes de chocar con el acantilado, usando esto —a lo que señaló los instrumentos que acababa de colocar desordenadamente.
El estudiante, hábil y práctico, colocó la brújula sobre el mapa, y garrapateó unos número en el margen.
—Señor, suponiendo que no haya cambiado usted el rumbo, no hay peligro —explicó.
—Entonces no hay de que preocuparse —suspiró aliviado—, ¿por dónde quedan las rocas?
—Ya debemos de haberlas dejado por babor, a unos cincuenta metros.
En aquel instante, la radio empezó a chisporrotear y oyeron claramente como reía aquella voz. El capitán se abalanzó sobre el aparato de habla con furia.
—¡Que sepas que te vamos a meter un paquete maldito ...!
Pero la voz resonó de nuevo de forma tan escalofriante que el capitán se calló súbitamente.
—Las aguas me obedecerán y me traerán las almas cautivas, para que yo las libere.
El estudiante miró a Simón con el entrecejo fruncido; éste último, inexpresivo, mantenía la mirada inmóvil hacia el aparato de radio.
—Lo único que sé es que voy a llamar a la policía —dijo el capitán titubeando, asustado por lo que acababa de oír.
—Ah, ¿sí? —contestó entre carcajadas—, ¿vosotros?, ¡dejadme reírme un poco!
—¿Qué es eso? —chilló Joan— ¡Oh, dios mío! ¡Son piedras!

De pronto, el barco dio un golpe estruendoso. Los hombres salieron disparados contra las paredes, aplastándose la cara. La nave volcó sobre un costado, haciendo que el agua entrara a presión. Sobrevino un segundo golpe, más fuerte que el anterior. Habían chocado con una roca enorme al pie del acantilado; el terrible crujido que siguió, indicó que la proa del barco se había roto en dos con el impacto. Simón, enturbiado por el dolor y la sangre, levantó el rostro y pudo ver claramente, durante un segundo, la enorme y siniestra estructura del faro, que parecía tener brazos con los que apartar la niebla de su alrededor. Al bajar la vista, a través de la puerta entreabierta, la vio: una niña de unos ocho años con un traje azul oscuro. El pesquero, comenzó a girar, medio hundido, estrellándose a cada tumbo con la pared rocosa. El depósito de gasolina se prendió rápidamente. Cincuenta metros arriba, un hombre gorjeaba de risa y placer mientras escuchaba la explosión que se distinguía por encima del rumor de las olas.



Breakfast Clan

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lunes, 23 de julio de 2007

"EL BALCÓN DEL MAR" de Tilacino

Los primeros rayos de sol de verano brillan sobre el mar como purpurina. Aún es demasiado temprano para que haya gente en la playa. Únicamente, en el Balcón del Mar, un niño y una niña juegan. Deben de tener unos once años. Corren de un lado a otro; de pronto, la niña se para y se pone a hablar mirando hacia su amigo, que pone las manos como si cargara algo al hombro. Juegos extraños. Viejos tiempos. Vuela imaginación, ilusión.

Los ojos de Alex se abrieron a las siete de la mañana con este vago recuerdo. Se levantó de la cama y fue a lavarse la cara. Terminado el café, al ver lo temprano que era aún, encendió la tele y se pasó un rato enfrente. No la veía en realidad, simplemente estaba quieto, con la mirada perdida en el vacío. Alex trabajaba de ingeniero jefe en una empresa de construcción de coches. Había estudiado una ingeniería en la universidad, consiguiendo terminar la carrera en cinco años. Al poco tiempo, con un poco de suerte, encontró el trabajo que actualmente tenía. Éste le había exigido mudarse del lugar de donde vivía, dejando atrás a amigos que posiblemente no vería nunca más. Obligado a trabajar casi diez años de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, y sin faltar ni un solo día, había aprovechado cualquier oportunidad de conseguir méritos para un ascenso.

Las agujas del reloj habían transcurrido a una velocidad de vértigo, cuando se quiso dar cuenta, eran las ocho pasadas. Corrió a por el coche y se dirigió al trabajo. Al llegar, aparcó de cualquier manera y se encaminó rápidamente al edificio de fabricación. El intenso calor que hacía en el interior, a pesar de estar ya a finales de otoño, era prácticamente imposible de soportar. Alex se quitó la cazadora.

—Perdone, llevan esperándole en el teléfono un buen rato — fue lo primero que le dijeron nada más entrar por la puerta.
Alex dio las gracias y alcanzó el auricular.
—¿Dígame? —preguntó.
—¿Alex? —una voz temblorosa de mujer contestó al otro lado, era su madre —, ha pasado algo...

Dos horas después aún seguía con la mente ida. Hacía demasiado tiempo que no ocurría algo, pensó. Se trataba de su padre, que durante una salida matutina para hacer deporte había tenido un infarto. En ese momento, Alex se dirigía en coche hacia su ciudad natal. Aún no había asimilado muy bien la noticia y no podía creer que su padre estuviese, de verdad, muerto. El día, a medida que avanzaba la mañana, se había ido nublando. No se detuvo ni para comer ni para descansar, siguió adelante hasta que comenzó a atardecer. Entonces, vio a lo lejos, entre las montañas, cómo un pequeño claro de nubes se abría lentamente. Los últimos rayos de sol revelaban un mar que cegaba a los ojos, aunque Alex no apartó la vista. Un mar que, a pesar de todo, no había cambiado, seguía allí, quieto. Pisó el freno y se metió en el arcén. Con ligera melancolía, salió del coche y siguió contemplando, con la mirada totalmente fija, el brillo del lugar donde había transcurrido su infancia. Por un momento, el tiempo parecía que iba a detenerse en los viejos recuerdos. Pero no fue así; las nubes volvieron a cerrarse, convirtiendo el mar en una mancha negra y sumiendo todo en la más profunda y gris oscuridad. Alex bajó la cabeza y le pareció sentir cómo una lágrima caía en el asfalto.

Cuando llegó al tanatorio ya era de noche. Se encontró con su familia al completo. Todo estaba sumido en un ambiente, como era de esperar, desmoralizador. Y mientras las horas transcurrían plúmbeas a través del fúnebre reloj colgado de la pared, Alex se dedicaba a ir de un lado a otro, dando palmaditas en la espalda a su madre y a otros muchos familiares que lloraban desconsoladamente al ver al féretro. Aquella noche llovió allí por primera vez en nueve meses. La verdad es que no le hacía ninguna gracia ver su ciudad así, tan distinta de como él la recordaba. Su madre la relacionó, supersticiosa, con la muerte de su marido. Pero Alex pensó que no, la lluvia no se debía a eso, sino a su propia llegada, para fastidiarle, quizás como una especie de castigo por haberse marchado de allí...

Pronto se dio cuenta de que ese pensamiento era una tontería y que sólo se le habría ocurrido a un niño...de once años. Eso le recordó algo, justo antes de dormirse, empezó a rebuscar en su antigua habitación, abriendo cajones que hacía años que no se abrían, hasta encontrar lo que buscaba: un cuaderno. Por la cubierta podía verse que estaba muy gastado. Alex lo abrió por la primera página y leyó: “Cuentos”. Sonrió al reconocer su letra, la letra de un niño de once años que ansiaba ser escritor. Alex quiso sumergirse en la imaginación de su propia niñez, leyendo cada palabra con añoranza. Recordó la leyenda del Balcón del Mar, las aventuras en la caverna maldita, las contrariedades del capitán Cangrejo Cojo...

Su mente volvió a un verano, veinte años atrás. Él y una chiquilla llamada Marina correteaban al final de un largo espigón de la playa. Alex, cansado, se sentó en una roca del extremo, observando el ancho mar.

—Marina, ¿sabes dónde estamos? — preguntó Alex en este punto.
—No, ¿dónde?
—¿Dónde va a ser? En el Balcón del Mar.
—Ah, no lo sabía — por un momento se quedó pensativa — ¿Y por qué se llama así?
—Porque es como un mirador o un balcón hacia el mar, así de fácil. Aunque en realidad esto sólo es un poquito de arena y piedras; todo lo demás es agua y es como si estuviésemos en ella. Mira... — Alex se deslizó con cuidado a una roca inferior y metió los pies en el agua. Marina se sentó junto a él. — ¿Quieres que te cuente una historia sobre este lugar? — preguntó Alex de nuevo; volvió la cabeza hacia su amiga, que le respondió con una sonrisa. Alex se aclaró la garganta y con voz algo teatral, comenzó —: Hace mucho tiempo, donde ahora mismo está la ciudad, no había nadie. Bueno sí, un viejo lobo de mar vivía en una cabaña hecha de cañas de azúcar. Cuando no tenía nada que hacer, se quedaba mirando el océano durante horas. Llegó a estar tan enamorado del mar, que un día decidió construir un espigón para poder estar más cerca de él. Y así, roca a roca, grano a grano de arena, fue avanzando cada día, hasta llegar a ser tan largo como lo es ahora. Lo llamó el Balcón del Mar. Aún así, no llegó a terminarlo, ya que murió antes. Él habría seguido hasta que no se viera la costa desde la punta; porque para él el mar era lo único que daba sentido a su vida, lo que despertaba su imaginación y lo que le daba la ilusión.

Marina había permanecido en silencio, con una mirada soñadora, fascinada.
—¿Cómo sabes todo eso? ¡Te lo acabas de inventar!
—Ya — aclaró de forma sencilla.
—¿Hasta el nombre del espigón?
—Sí, todo me lo he inventado ahora mismo.
—Alex, ¿has pensado qué vas a ser de mayor?
—Bueno, supongo que podría ser escritor...

Eran ya las cuatro de la mañana cuando Alex terminó de leer el cuaderno. Al cerrarlo, todo se desvaneció. Ya no era capaz de identificarse con el niño que había escrito aquello. Era como si, en realidad, nunca hubiera posado el bolígrafo sobre aquella libreta. A la mañana siguiente, a pesar de la lluvia, el entierro de su padre se hizo a las doce. Se sorprendió de sí mismo por su indiferencia ante su muerte. Al terminar el acto, Alex anduvo bajo un gran paraguas hacia el coche, pero vio algo que le hizo pararse en seco. Delante suya, la figura inmóvil de una mujer sin protección alguna contra el agua, le miraba curiosa. No tardó en darse cuenta de quién era: Marina.

Ambos amigos se abrazaron y empezaron a hablar de todo mientras daban un paseo. No parecía preocuparles el tiempo, y aparecieron, sin que ninguno de los dos lo hubiera pretendido, al otro lado de la ciudad, cerca de la playa. El Balcón del Mar se adentraba de forma difusa en aquel océano picado. Se fueron acercando a él mientras la lluvia cesaba. Alex quería saber si Marina pensaba lo mismo que él.

—Ha pasado mucho tiempo desde entonces.
—Veinte años es mucho para nosotros, pero muy poco para el mar — dijo Marina.
—Ya — Alex miró hacia las nubes más claras, tras las que supuestamente, se escondía el sol— ¿Qué tiene este mar de especial para que me produzca esta amargura?
—¿Qué quieres decir? — preguntó desconcertada.
—No me di cuenta de que yo soy igual que el viejo de la leyenda; estaba enamorado del mar, de este lugar... No me tendría que haber ido nunca; habría seguido haciendo lo que de verdad me gustaba, inventar historias y escribirlas, contigo.
—Quédate — dijo Marina en un hilo de voz, sus ojos titilaban ante el sol que se abría paso entre las nubes.
—Ya es demasiado tarde. Éste lugar sólo continuará... en mis sueños.

Alex se giró, dándole la espalda al Balcón del Mar y a toda su historia. Y creyó que no volvería a ser feliz; porque el mar era lo único que daba sentido a su vida, dándole imaginación e ilusión. El sol desapareció y comenzó a llover como nunca se había recordado en aquel lugar.

Tilacino

sábado, 21 de julio de 2007

"OJOS VERDES" de S.S.M

El despertador de mi habitación empezó a sonar más tarde de lo habitual, lo cual era bastante extraño porque el Sol, prácticamente fijo en el horizonte, no podía haberse trasladado mucho desde la última vez que realizamos las mediciones. Normalmente, el Galileo nos avisaba con sus intermitentes azules de que había llegado el momento de reajustar el reloj de a bordo, pero el viejo cacharro estaba llegando al final de su vida útil y me dije que no podía seguir permitiéndome confiar en él. Aun así, me parecía bastante preocupante que nuestro único medio de subsistencia a miles de millones de kilómetros de nuestro hogar empezara a fallar en tales nimiedades. Malditos ingenieros. A cualquiera le daban el título ahora, y venga a diseñar sin descanso. Luego, la mayoría de las cosas fallaban, pero no necesariamente tenía que deberse a la ineptitud de los constructores. Sorprendentemente, la mayoría de los buenos ingenieros sabían cómo diseñar aparatos que se estropearan al usarlo un número bastante limitado de veces, por el simple hecho de que así podían volver a vender más unidades. Ya podíamos estar hablando de una simple cafetera o del suministro de oxígeno para los terrestres que vivían bajo las densas capas de humo; el libre mercado era así, y si los gobiernos no podían permitirse pagar, pues los ingenieros lo sentían mucho pero no iban a diseñar dispositivos más duraderos.

Y yo tengo que fastidiarme porque mi nave está chocheando, pensé con amargura. Lo cierto es que le tenía un cariño bastante especial, sobre todo a mi habitación. Todo era simple plástico blanco, rugoso y acogedor. Era el lugar idóneo para relajar la mente y evocar otros lugares, sin ningún tipo de distracción.
Tumbado boca arriba sobre la cama, consideré que yo debía ser bastante deprimente como para necesitar relajarme mientras viajaba por una región del espacio donde lo único que se divisaba al mirar por las ventanas era el Sol, inmóvil, tocando con su áurea a la fría oscuridad circundante.
Mi mente acabó de recuperarse del letargo matutino, y lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen de Linda. Entonces no pude evitar volver a cerrar los ojos y sonreír. Linda, junto con Jack, eran los otros dos tripulantes de la nave. Los tres formábamos un gran equipo, y siempre hacíamos turnos para que la nave no tuviera que llevarse sola. Mientras uno dormía, los otros dos trabajaban.

Ayer le había tocado dormir a Jack. Al principio, Linda y yo habíamos tripulado la nave con bastante rigor, asegurándonos de seguir el manual al pie de la letra. Cuando terminamos, la conversación había empezado a hacerse más animada. Hablamos de su casa en los Alpes. Yo no conseguía entender cómo a alguien cuerdo le podía interesar vivir allí. Lo cierto es que de vez en cuando se respiraba bien, pero para mí eso no compensaba la falta de civilización moderna que ese lugar tenía. Me había llamado pijo esnob, y habíamos reído durante horas. Antes de terminar la botella de whiskey que reservábamos para ocasiones especiales, el brillo en los ojos de Linda se hacía más acusado. Entonces habíamos permanecido un rato callados, y yo empecé a manipular los controles de la nave. Ella no paraba de mirarme con esos enormes ojos al tiempo que su sonrisa se iba haciendo cada vez más evidente. Al principio no sabía qué decir ni qué hacer. Seguí trabajando hasta que ella me pidió que lo dejara ya, que era un maldito masoquista que amaba el trabajo. En parte debido al chiste, en parte debido al nerviosismo de la anticipación que se respiraba en el ambiente, los dos reímos como idiotas. Entonces, y sin previo aviso, lo hizo. Ni siquiera me esperaba que fuera tan directa. Fuimos a su habitación. Allí, y a oscuras, sus grandes ojos verdes habían brillado más que nunca.


De nuevo abrí los ojos. Ya iba siendo hora de levantarse y pedir disculpas a Jack y a Linda, que habían estado trabajando más de la cuenta por haberme quedado yo dormido. Malditos ingenieros, no saben ni diseñar un buen reloj espacial. Reí para mis adentros y me dirigí hacia la sala principal, pero no los encontré allí. Desde esa sala se tripulaba la nave, era donde estaban los controles principales, y tenía delante un enorme ventanal que protegía de las radiaciones del Sol, ya que este sería visible desde la sala durante todo el viaje.

Decidí comprobar si estaban en la cabina de Linda. La llamábamos así porque era su lugar favorito en la nave. Se accedía mediante una escalera de mano. No tenía más de dos metros cuadrados, y techo, suelo y paredes estaban hechos de plástico transparente, aunque muy resistente. La cabina estaba alejada unos metros de la nave mediante un corto túnel, de forma que uno se sentía literalmente flotando en el espacio. Era una de las viejas reliquias de la nave, de las que ya no se solían fabricar. A lo mejor, si tenía suerte, encontraría allí a Linda, sentada y meditativa, escrutando la inmensidad estrellada con sus brillantes ojos. Entonces me sentaría a su lado, le preguntaría que dónde estaba Jack, me diría que no me preocupara, que estaba lejos, en la sala de motores....

Linda tampoco estaba allí. Decidí sentarme en la cabina un rato, y seguí divagando con ella, lo que habíamos hecho la noche anterior. Casi se me cae la baba. Poco a poco me descubrí pensando que el paisaje espacial que tenía delante, arriba y abajo no era el que yo me había esperado. Hacía escasamente unos minutos que había pasado por la sala, delante del ventanal, donde solía estar el Sol. Pero el caso es que yo no recordaba haberlo visto. Un sudor frío recorrió mi espalda. Bajé por la escalera y corrí hacia la sala como alma que lleva el diablo. Me paré delante del gran ventanal y creo que no llegué a encajar lo que vi, ni siquiera consideré su importancia. Simplemente, me quedé helado y sin saber qué hacer. Donde debía estar el Sol ya no había nada. Sólo oscuridad y estrellas, malditas estrellas. Permanecí allí de pie, pero mi mente no carburaba. Deduje, tras unos minutos de esfuerzo, que habíamos variado el rumbo. Pero, ¿por qué? El Sol debía estar al frente del panel durante todo el viaje. Algo iba muy mal. Entonces volví a mirar el reloj. Yo creía que ese día era 14 de Octubre, pero en realidad era 15. ¿Por qué habría dormido tanto? Tuve una horrible visión: Jack y Linda en la sala de máquinas. Jack subido a la escalera para mirar si se ha atascado algo en el compresor de aire, y Linda comprobando las tuercas. Entonces Jack tropieza y se golpea la cabeza y se la abre como un coco, mientras que Linda queda atrapada bajo la pesada escalera.

La verdad es que mi mente imaginó esto sin mi ayuda consciente. Era bastante curioso cómo en mi visión la muerte de Jack me importaba un rábano, mientras que el hecho de que Linda quedara atrapada bajo la escalera de metal me helaba la sangre.
Estaba a punto de echar a correr hacia la sala de máquinas, pero entonces ocurrió algo. A través del ventanal divisé cómo la nave de emergencia de la que constaba el Galileo se alejaba a toda velocidad. Era un pequeño vehículo blanco y gris, con forma de seta , y cada vez estaba más y más lejos. Comprendí las implicaciones de lo que acababa de presenciar. Linda se había marchado, llevándose consigo la única nave de emergencia. Y no se había ido sola. Se había ido con Jack. El estúpido de Jack... De las miles de hipótesis que podría haber aventurado sobre lo ocurrido, mi enfermiza y furiosa mente tan solo se centraba en el hecho de que Linda se había ido con Jack, precisamente con Jack, y no conmigo.

Pensar en ello me hizo doblar las rodillas para sentarme, temblando, en el suelo. Ni siquiera quise mirar el mensaje que parpadeaba con luces rojas en el monitor grande de la sala.

No lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo...Por qué yo....El corazón se me iba a salir de la conmoción. Me imaginé que, ya a cientos de kilómetros, Linda y Jack , en la nave, habían hecho un muñequito de mi corazón y lo estaban pinchando con afiladas y frías agujas. Luego se reían de mí y empezaban a besarse. Jack reía con su estúpida voz de feriante borracho mientras enseñaba sus asquerosos tatuajes del brazo, y la risa de Linda ya no era dulce y agradable. Seguía siendo la misma risa de antes, pero ya no significaba lo mismo y eso me dolía como si me atravesaran con un sable oxidado.

El dolor me llegaba hasta las nalgas, era como si estuviera enfermando por momentos, como si se me cayera la vida a trozos, la piel se me pusiera morada y la mandíbula y los ojos se me desprendieran, haciendo un ruido seco al chocar contar el suelo.
Me giré, poniéndome boca abajo, y vomité hasta que no quedó nada dentro de mí. Estaba tan mal que ni siquiera me molesté en sentarme para no mancharme. Permanecí boca abajo mientras el charco de vómito se extendía por el suelo y me llenaba el pijama.

La cara de Jack apareció en el charco, y este empezó a sonreír con sarcasmo. Quise que me dominara la furia para así poder tirarlo desde lo alto de una escalera y abrirle la cabeza como un coco, pero el dolor me abrumaba. Quería pensar que Jack se había llevado a Linda por la fuerza...No, eso sería aún peor...Se había ido voluntariamente, me había dejado. Vomité de nuevo, esta vez tan solo escupí sangre. Tuve que hacer un esfuerzo verdaderamente sobrehumano para incorporarme y quedar sentado. Seguía temblando, muerto de frío, y la fatiga aún no se me había pasado.

PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR PARA DE PENSAR LINDA ESTÁ CON JACK, HIJO DE PUTA.
Mi mente era algo así como un concierto de Black Metal del más malo que haya, y mis sesos estaban desparramados sobre los bombos del alocado batería. Respiré lentamente. Pensé en mi habitación. Me relajé un poco. Entonces se me ocurrió mirar el mensaje que parpadeaba con luces rojas en el monitor del ordenador.
Era un mensaje de Linda y Jack: "Tenemos que ir a la estación Atkins2 a hacer un reconocimiento. Hemos cambiado el rumbo ligeramente porque el viraje no funciona del todo bien. Asegúrate de volver a enderezar la nave en cuanto aparezca este mensaje. Es importante que lo hagas rápido, ya que los controles no aceptarán un viraje brusco si la nave se desvía demasiado". El mensaje había estado dos horas en pantalla y yo no lo había visto. Ya no pude virar de nuevo.

Una esfera verde apareció delante del ventanal, y la nave se dirigía hacia ella. Sólo entonces recobré el sentido. En ese momento Linda y Jack podrían casarse y tener hijos, que a mi no me importaría lo más mínimo. Viajaba con un rumbo equivocado, y había sido tan estúpido que me había venido abajo cuando aún estaba arriba. Ahora sí que estaba abajo del todo. Es más, ya estaba muerto y enterrado, por haber dejado que la situación empeorara. Ahora ese maldito planeta verde estaba en mi camino, y los estúpidos ingenieros que habían construido mi nave no se habían molestado en el viraje correcto.
Me embargó el pánico, ahora sí que me importaba morir. El choque sería desastroso, aunque seguramente la presión, la velocidad y la temperatura de esa extraña atmósfera destrozaría mi cuerpo. Ya había muerto. Pensé en sentarme en el suelo, intentar tranquilizarme, respirar y evocar lo plena que había sido mi vida. Mi cabeza se llenó de recuerdos: mis padres, mi abuela, mis amigos....La verdad es que ha sido una puta mierda de vida. Enhorabuena, puto astronauta, empollón cuatroojos.
Me entró el pánico de nuevo. Realmente no me quería morir. Quería vivir y hacer todo aquello que nunca había hecho antes. La gente esta siempre deseando ir al espacio, ¿para qué? En la Tierra ya hay suficientes problemas como para invertir millones y millones de dólares, euros o lo que sea en ir al espacio para buscar el futuro hogar de la humanidad cuando ésta no pueda con su propia contaminación; contaminación a la que se contribuye con la construcción de las malditas naves espaciales y reactores. Y si la humanidad se muere, qué más me da. Yo ya estoy muerto y no me importa lo que venga después. Básicamente es la forma de pensar que tiene todo el mundo.
La esfera ocupaba ahora todo el panel. Me sorprendió muchísimo ver que quedaban cuatro segundos para el impacto. Fueron los cuatro segundos más largos de mi vida.
Si esto fuese una historia de ciencia ficción, debería acabar en este momento, pensé.

Pero no lo era. Yo estaba allí, con cuatro segundos de vida, y lo único que se me ocurrió pensar era en lo estúpido que era y en la mierda de vida que había tenido. Vaya amor propio. El recuerdo de los ojos verdes de Linda fueron un gran consuelo en esos segundos de agonía. ¿Por qué me había importado tanto que se hubiera ido? ¿No había pasado una noche con ella, en su habitación, y luego nos habíamos ido a su cabina a mirar la inmensidad? Después de todo, no ha sido una vida tan mala. Ocho horas de felicidad al final de 39 años de infelicidad inconsciente. Es más de lo que muchos podrían desear.
Cerré los ojos y me llevé mis recuerdos conmigo, mientras que el cristal se rompía, el fuego entraba, rasgaba mi pijama y devoraba mis huesos.

S.S.M.
Copyright © Sergio Sepúlveda Medina, 2007. Todos los derechos reservados.

viernes, 20 de julio de 2007

"DRACO DORMIENS NUNQUAM TITILLANDUS" de Tilacino

Mañana día 21 de julio, por fin se publica el último y definitivo libro de Harry Potter. Incluso algunos sitios, se disponen a venderlo a medianoche. A la hora en que escribo esto, cientos de fans se apelotonan en colas que recorren calles enteras, allí en Londres. El título de este último libro es “HARRY POTTER AND THE DEATHLY HALLOWS”, que se traduce como “las reliquias de la muerte”. Según palabras de la autora J. K. Rowling este último capítulo resolverá absolutamente todo lo que se ha ido quedando atrás. Los que se hayan leído los libros anteriores sabrán la cantidad de asuntos que éste ha de resolver. Me gustaría vaticinar, de forma resumida, lo que creo que va a ocurrir. Aviso que a partir de ahora aparecerán SPOILERS que afectan a la trama de los seis primeros libros.

Sabemos que Harry quedó huérfano debido a que Lord Voldemort asesinó a sus padres cuando intentaban protegerlo. La protección de su madre evitó que Voldemort pudiese matar al bebé Potter y la maldición se volvió contra él. Ahora bién, a partir de aquí nos hacíamos varias preguntas importantes: ¿Por qué el Voldemort tuvo tanto interés en matar a un niño pequeño? En el quinto libro supimos que se debía a que oyó una profecía por la cual Harry sería el único capaz de vencerle; no pudiendo permitir esto, decidió matarlo, antes de que creciera. Pero si la maldición mortal rebotó, ¿por qué Voldemort no murió? Contestado en el sexto libro, sabemos que Voldemort repartió su alma en diversos objetos, de forma que aunque su cuerpo muriera, él pudiese regresar de nuevo.
Más tarde Voldemort recuperó su cuerpo gracias a la sangre de Harry, lo que seguramente tendrá cierta importancia con la historia. Un año después, Sirius Black muere y su cuerpo traspasa un misterioso velo. ¿Qué velo es ese y que hay al otro lado? Es algo que aún no se ha respondido.

Por lo que sabemos, en este nuevo episodio, el protagonista tendrá que buscar la forma de deshilar la gran madeja formada por Voldemort para protegerse de la muerte. Finalmente todos suponemos que habrá un enfrentamiento final; pero, si las varitas de ambos son gemelas, ¿cómo pueden enfrentarse? Además, Voldemort es mucho más poderoso físicamente que Harry; no obstante, sus debilidades son el miedo a la muerte y su incapacidad para amar. Yo creo que la derrota del mago oscuro va a ir por ese camino. Quizás, Voldemort y Harry tendrán que luchar, no cuerpo a cuerpo, ya que resultaría imposible, sino alma a alma. ¿Dónde y cómo? ¿Que mejor sitio que al otro lado del velo en el cual cayó Sirius Black?. Pienso que podría ser un lugar en los que las habilidades mágicas no sean tan importantes como las del alma. Y el alma de Voldemort está realmente podrida, por lo que tendría las de perder. Estos son sólo conjeturas, al igual que también lo sería la idea de que Harry tenga parte del alma de Voldemort. Sería intrigante pensar que la noche en que Voldemort fue derrotado en cuerpo por el rebote de su propia maldición, parte de su alma (el alma desgajada tras matar a los padres de Harry) entrase al interior de Harry, formándole la cicatriz. De ahí vienen las teorías de que Harry pudiera verse en la obligación de sacrificarse para matar a Voldemort.
Por otra parte, quedan más preguntas por resolver. Por ejemplo, ¿cuál es la importancia de que los ojos de Harry (verdes) sean como los de su madre? Podría ser que la madre, y por tanto Harry, sea la heredera de Griffindor (idea loca pero, ¿por qué no?); o también puede ser que alguien dispuesto a matar a Harry, vea en los ojos de Harry el recuerdo de un viejo amor platónico (Snape o Lupin convertido en licántropo) y desista de su acción.
Ahora bien, ¿cómo acabará el libro respecto a los anteriores? Es decir, quién morirá, quién sobrevivirá o qué parejas nuevas conoceremos... Rowling ha dicho que el libro va a ser una auténtica carnicería, en mi opinión, los que podrían morir (sin contar a Harry y Voldemort) son Colagusano, Lupin, Snape, Ginny y Arthur Weasley, Neville...

Pero bueno, ¿para qué seguir debatiendo? En pocas horas, los que se lo lean en inglés tendremos respuestas a todas estas preguntas en muy poco. Los que esperen a español, paciencia y cuidado con que os destripen el libro.

Y por último, como dice el lema de Hogwarts: Nunca hagáis cosquillas a un dragón dormido.

Escrito por Tilacino