martes 2 de septiembre de 2008

El Faro - Capítulo 9 (Parte 2)


Cádiz (II) (Parte 2)


Encontró la casa. Era grande, tres pisos, y muy antigua, con la fachada descascarillada y humedades por todas partes. Ahora la recordaba a la perfección, recordaba la sombra a la que corrían en refugio él y sus primos algunas tardes después de jugar al fútbol, recordaba la ropa tendida fuera de esas ventanas ahora cerradas, recordaba el piso. Buscó un interfono y no vio ninguno, así que golpeó la puerta con los puños, un par de veces. Era una puerta grande, de madera, robusta y sin tiradores, que parecían haber sido arrancados.


Llamó otra vez y escuchó unos pasos arrastrados. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Se oyó el correr de un cerrojo, una cerradura que, chirriante, se deslizaba en su soporte y la puerta se abrió hacia dentro. Una mujer enorme, mayor, con la cabeza llena de rulos y en batín, apareció en el umbral sosteniendo un mando de televisión en una mano y un abanico de flores en la otra.

—¿Qué? —dijo abanicándose.

—Hola, yo me llamo Valkimer Swift —dijo Val en su torpe español —, mi abuelo vive aquí, y mi tío y mis primos.

—No —negó la mujer meneando la cabeza con una sonrisita.

—Sí, ¿Abraham Swift, Henry Swift?

—¡Anda! ¿Los ingleses? —dijo la mujer después de un buen rato en silencio y Val notó como la voz iba cada vez a más aguda —¡Calla, claro! Pasa, entra, venga.


Ambos entraron en un patio circular con una fuente en desuso y estropeada en el centro. Todo alrededor eran azulejos y plantas, vegetación de floristería que se alzaba casi hasta los balcones del primer piso. La mujer le hizo subir las escaleras tras ella a un paso patoso y cansado, lleno de jadeos. Val se conocía aquella escalera, el ruido de los pies sobre los escalones de mármol. A la mente le vino aquella noche de casi treinta años atrás en que bajara corriendo por allí mismo con sus primos, descalzos, emocionados, dirección al sótano.

­—Ya no hay nadie aquí —jadeó la mujer subiendo.

—¿Qué?

—Que se fueron hace casi quince años ya. Se marchó el abuelo, el Abraham, ¡qué buen hombre! —la mujer se santiguó —Y el Henry y los dos hijos se fueron a la semana siguiente.

—No puede ser —dijo Val en inglés, sorprendido.

—¿Qué?

—Que no lo sabía —chapurreó en español.

—Y se fueron bastante rápido, creo que los oí discutir y todo —habló la mujer asintiendo —. Una cosa está clara, desde luego, contentos no estaban, y muy tranquilos tampoco.

—¿Nerviosos? ¿Asustados? —le costaba concebir al abuelo Abraham asustado.

—Pues sí, pero antes de irse… —la mujer bufó y se siguió abanicando —El Henry me dejó una cosa, unos papeles en una carpeta.

—¿Papeles?


Llegaron al rellano del tercer piso, el que había sido de su abuelo, y la mujer se apoyó en la puerta, jadeando y abanicándose, el mando de televisión aprisionado en un puño grasiento.

—Hazme el favor y coge la llave de esa maceta —la mujer señaló con la cabeza una maceta que colgaba sobre ellos del techo y que permanecía vacía.


Val no la entendió del todo pero consiguió adivinar más o menos lo que quería decir, así que se puso de puntillas y metió la mano en la maceta, allí encontró un juego de llaves que sacó y reconoció al instante. Eran unas llaves muy antiguas y muy grandes, unas llaves que Val alguna vez había usado para entrar por la misma puerta que tenía delante.


Así que intentó recordar cuál era la que debía meter por la cerradura pero, antes de que llegara ahí, la mujer se las arrebató de las manos y abrió rápidamente los cerrojos y la cerradura principal, abriéndose la puerta en silencio, con un mínimo crujido en los goznes. Una nube de polvo se alzó en el rellano a la vez que la mujer hizo su rápida incursión al interior. Val creyó lo correcto esperar fuera.


La señora no tardó en salir sosteniendo un sobre grande en la mano misma del mando. Salió murmurando algo que Val no entendió y cerró con fuerza tras ella, volvió a echar todas las llaves y luego se las dio a Val señalándole de nuevo la maceta.


Bajaban de nuevo las escaleras, ahora más lentamente todavía, cuando le mujer le tendió el sobre sin decir palabra y Val alargó la mano para cogerlo. El papel no crujía, estaba incluso húmedo, y no pesaba, era un sobre fino, debía haber poco dentro de él, pero decidió no abrirlo en ese momento.


Llegaron de nuevo al patio y la señora sudorosa lo acompañó hasta el portón, lo abrió de un tirón y dejó que Val saliese.

—Muchas gracias —dijo Val sonriente.

—De nada, venga, hasta luego.


La mujer comenzó a cerrar la puerta pero Val puso el pie interceptando, gesto que pareció contrariar y asustar a la señora.

—Una pregunta —Val tosió —, ¿qué pasó con las cosas del sótano?

—Se las llevaron —respondió brusca.

—¿Todas?

—No, algunas las quemaron —la mujer comenzó a hacer fuerza con la puerta hasta que Val se vio obligado a quitar el pie y el portazo resonó en la calle desierta.


Eran las cinco de la tarde cuando Val abrió el sobre sentado a la sombra en las gigantescas raíces de uno de los ficus de la Alameda, junto a una fuente antigua de mármol y frente al azul mar.. No se atrevió a meter la mano ni a tirar de los papeles por miedo a despedazarlos, así que fue rajando el sobre poco a poco, con cuidado, hasta quitarle las tapas, y luego se deshizo de los bordes. Ante él quedó un papel tamaño folio muy doblado que, lentamente, fue abriendo.


Era un mapa. ¿Otro?, sonó en su cabeza. Otro. Pero este parecía uno de verdad, y de los antiguos, hecho a mano, sin colores, solo un mapa del mundo. Cuando lo tuvo completamente desplegado descubrió la inmensidad del mismo y se sorprendió al ver que podría taparse entero con él.


En tinta roja se marcaban líneas discontinuas que iban de un lado a otro, marcando puntos con equis en diferentes continentes. Val paseó la miraba por allí un poco decepcionado y tuvieron que pasar veinte minutos para que se diera cuenta de adónde había ido a para su mano. La retiró con cuidado y se acercó el mapa a los ojos, incrédulo. Aquello tenía que ser una broma, o una señal muy clara. Una línea casi recta que viajaba en dirección este desde Cádiz hasta un punto en Terranova, un punto mil veces rodeado en rojo, con otras cuantas flechas que apuntaban hacía él y en el que se leía, en letras mayúsculas, sobre otros nombres tachados, St. Streepenharred.


El murmullo de las olas en la noche rompiendo tranquilas contra el espigón de rocas como único acompañante y su cabeza llena de pensamientos y recuerdos. La luz del faro girando en su torre, allí, lejos en su castillo, visible sobre el negro mar. El olor de la noche sureña, el calor húmedo mezclado con el frescor de las aguas tranquilas. Val podría haber encontrado el sitio más pacífico del mundo, pero algo le saltaba de un lado a otro en la cabeza.


St. Streepenharred. ¿Sería el mismo St. Streepenharred del mapa dibujado que encontrara tantos años atrás? Estaba bastante claro, era la única prueba que tenía pero, porque demonios no aparecía aquel pueblo en los mapas normales ni en las cartas marinas, ¿ya no era un puerto activo? Desde luego, tanto el dibujo como el mapa que acababa de recibir daban a entender lo contrario.


Tenía que ir entonces a St. Streepenharred. ¿Para qué? Le preguntó su mente. Verdad. ¿Qué era aquello que le hacía desear con tanta ansia llegar a aquel punto? ¿Por qué, desde que viera aquel mapa tan simple, aquel dibujo tan antiguo, había necesitado ir a la búsqueda, encontrar ese punto en la realidad, ver a qué y por qué se refería aquello?


Se encendió un cigarrillo y aspiró profundamente el humo mientras se acomodaba entre las rocas. Era una noche despejada, el cielo estaba desnudo y visible desde la oscuridad. Inmensa gala de estrellas, infinito manto de luces inalcanzables que siempre, desde que las mirara siendo un mocoso, le habían hecho sentir lleno de esperanza, de futuro. Mirar hacia las estrellas le hacía preguntarse cuan cantidad de cosas le quedarían por saber antes de morir, cuántas veces más alzaría el rostro hacia el cielo y las vería y en cuántas diferentes situaciones.


Pensó en el barco, en el CATAMARÁN III. Llevaba muchos años allí, muchos años conociendo al Capitán Horner. Quizás podría proponerle un viaje expedicionario a Terranova con la excusa de encontrar nuevos bancos de peces, nueva caza, más dinero. El Capitán era una persona amable pero muy profesional, sabía hasta donde debía llegar y siempre conociendo de antemano los beneficios que aquello pudiera repararle.


Un cangrejo negro y del tamaño de su mano se acercaba lentamente a su pie y Val lo miraba sumido en sus pensamientos, sin prestar atención. Lo dejó acercarse más y prestó atención a cómo se reflejaba la luna sobre su húmedo caparazón. Pero aún así no era bonito, seguía pareciéndole amenazador con sus pinzas. ¡Vaya un marinero estoy hecho!, pensó divertido. Lo agarró entre sus manos y antes que pudiera hacer nada notó el pinchazo en la palma.

—¡Hijo de puta!


Alzó el brazo y lo lanzó con fuerza al agua, lejos, cerca de un cuerpo que flotaba boca arriba sobre la superficie del agua, inerte.


Val saltó un par de rocas y llegó hasta el borde del espigón, miró con atención y siguió viendo lo mismo. No era ninguna bolsa de basura en posición extraña, no era ningún animal muerto, era un hombre, joven, que no se movía y al que las aguas mecían lentamente, a su antojo.


Val se lo pensó. ¿Saltar o no? Miró su mochila con todas las cosas, el mapa antiguo, el nuevo. Miró de nuevo el cuerpo. ¿Dónde estaba? Nervioso buscó por todas partes y lo encontró entonces pegado a las rocas, estaba bastante cerca. Val saltó unas cuantas más y llegó hasta la última fila de rocas junto al agua. Desde ahí podría llegar sin problemas al cuerpo. Estiró los brazos una vez se hubo ubicado bien sobre las piedras y agarró la chaqueta del joven. ¿Era chino? Tiró de él y vio que si lo hacía así le destrozaría la espalda.


Veinte minutos después, y con todo el cuidado del mundo, depositaba el cuerpo mojado sobre la arena, fuera ya del espigón. Creía que se mataba mientras cargaba al joven por aquellas rocas. Desde luego se sentía orgulloso de sí mismo por la difícil tarea que había llevado a cabo. Y el joven, de rasgos orientales, estaba vivo, pero no consciente.


Sacó la botella de agua de su mochila y luego pensó que no era eso precisamente lo que le hacía falta. Tenía que haber otro modo. Lo abofeteó con fuerza un par de veces y no ocurrió nada. Entrecruzó entonces los dedos de una mano con los de la otra y descargó un duró golpe en pleno tórax del joven oriental.


A continuación recibió un puñetazo en la mandíbula y cayó de lado en la arena viendo luces y sintiendo los latidos del corazón en la cara. ¿Qué había sido eso? Agitó la cabeza hasta que se recuperó del golpe y miró hacia el joven. Éste estaba de pie, tambaleándose un poco y mirándolo con desconfianza.

—¿Hola? —saludó Val en español moviendo una mano.

—¿Dónde estoy? —preguntó el joven en inglés.

—¿Eres inglés? —ahora también en ese idioma.

—¿Dónde estoy?

—Estás en Cádiz.

—¿En Cádiz? —el joven no parecía entender.

—España.

—¡Sé dónde está Cádiz! —estalló — Pero no puedo estar en Cádiz, hace un momento estaba en medio de… —el joven miró al cielo y pareció quedar abatido — No puede ser, ¿qué está pasando aquí?

—Hace media hora te encontré flotando en el agua, inconsciente.

—¿Qué día es hoy?

—Pues… —Val lo pensó un momento — 23 de Junio.

—¿Qué hora es?

—Casi medianoche.

—No es posible —gritó el joven.

—¿El qué no es posible?

—Que zarpara en un barco desde… —la cara se le ensombreció un momento — pero entonces…

—Pero entonces, ¿qué? —Val se lo quedó mirando, el joven parecía estar en trance.

—¿En qué año estamos?

—¿Qué? —Val comenzó a reírse mientras se ponía en pie — Dos mil ocho.


El joven no dijo más.


No tenía dónde pasar la noche. Y ahora llevaba con él a un joven agresivo de rudos rasgos orientales y que no decía ni una palabra. Ambos andaban en silencio por las calles desiertas, haciendo que los pocos con los que se cruzaban cambiaran de acera. Desde luego no tenían nada que temer. Andando llegaron a un Hostal de dos estrellas en el que los recibieron con mala cara, por la hora, desde luego, y en donde Val pagó por la estancia de ambos en dos habitaciones separadas. No sabía porqué estaba haciendo aquello, pero no quería dejar a aquel tipo desorientado recorriendo las calles de la ciudad. No en la noche.


En cuanto amaneciera recogería sus cosas en silencio, dejaría algo de dinero para él en recepción y se iría por dónde había venido. Pero ahora tocaba dormir. Dormir y esperar que llegara la mañana.

—¿Hola? —sonó una vocecita en la oscuridad.


El susto que se llevó Val le hizo saltar de la cama y no calcular distancias ni movimientos, porque cayó de bruces contra el suelo. En la oscuridad no vio nada, solo dos brillantes ojos fijos en él desde la puerta.

—¡Socorro! —gritó Val aún con el corazón latiéndole fuertemente.

—¡No, por favor! —suplicó la vocecita.


Val llegó a la luz de la mesa de noche y apretó el botón, consiguiendo una tenue iluminación amarilla sobre la habitación. Allí estaba la niña, con su vestido azul, descalza y el pelo liso muy bien peinado hacia atrás. Allí estaba su visión, su más dulce pesadilla, tan real como siempre.

—¿Cómo has entrado?

—Tienes que escucharme —dijo la niña asustada, en voz baja.

—¿Quién eres?

—Escúchame. —la niña alzó las manos para calmarlo y hacer que se callara — ¿Me harás caso?

—¿Que te haga caso?

—Sí. No puedes abandonar a Yunk. —dijo.

—¿Quién es Yunk?

—Es el hombre que has recogido esta noche del agua —respondió la niña.

—¿Por qué? ¿Te envía él? ¿Lo conoces?

—No puedes hablarle de mí.

—Pero, ¿quién eres?

—No creo que deba decirte nada sobre eso. Pero tienes que hacerme caso o todo saldrá mal, ¿lo entiendes?

—¿Qué tiene que salir mal?

—Lo siento.

—¡Explícate, maldita sea!

—Lleva a Yunk contigo al CATAMARÁN III.


Ahora Val sí que no fue capaz de articular palabra, boquiabierto como estaba.

—Tienes que llevarlo contigo, tiene que quedarse contigo en el barco los próximos tres años —la bombilla de la luz de la mesa de noche explotó y ambos, Val y la niña, pegaron un grito —. Por favor. Por favor.


Val se puso en pie como pudo y tanteó en la pared en busca del interruptor. Cuando lo accionó y la luz se encendió supo lo que iba a encontrarse con él en la habitación. Nada.


..............................................................


Ahí estaba, el CATAMARÁN III, atracado en puerto, y el hombre que lo miraba desde las tablas, el Capitán Horner. A Val no le costó mucho trabajo convencerle para que contratara a Yunk como peón o ayudante de maniobras. El joven era fuerte y valía, además parecía poseer bastante experiencia en aquel tipo de trabajo; pero, cosa que le extraño a Val, aunque no creyó conveniente aclarar, hizo como si no conociera el idioma más que lo justo. Val pensó que aquel Yunk era un tipo curioso.


Esa misma mañana, poco antes de que el barco zarpara destino México, Val sintió que algo explotaba en su interior cuando oyó que el capitán le preguntaba el nombre completo a Yunk y este respondía:

—Shiosai, Yunk Shiosai.




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martes 26 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 9 (Primera parte)



“Cádiz (II)”

(Parte 1)

23 de Junio de 2008
12:00 PM
Cádiz, España



Realmente le gustaba esa ciudad. El brillo que el sol ejercía sobre el mar, el olor de éste, su esencia inundando la antigua metrópoli desde sus más rústicos muros hasta los nuevos edificios de Puerta Tierra. Sentía la humedad caer sobre su cuerpo, sentía como su humor mejoraba a medida que se iba internando en la ciudad a través del puente Ramón de Carranza, dejando atrás, según avanzaba cargando con su caña y una pequeña maleta, al resto de pescadores que desde muy temprano aguardaban coger algo de lo que sentirse orgullosos. Los coches pasaban rápidos en ráfagas de reflejos deslumbrantes y rugidos que morían al nacer a su lado. Sonrió y se colocó bien las viejas gafas de sol. El sombrero de paja roto le caía hacía atrás, permitiendo que el sol le diera bien en la cara curtida; su camisa de lino abierta dejaba ver un pecho cubierto de vello envejecido y unos músculos en decadencia aunque marcados por la sombra del ejercicio de un tiempo anterior… cuando el mar daba trabajo de verdad…

Entró en la Avenida por la zona de Cortadura, dejando atrás la Residencia Militar, observando, mirando con atención el cambio. El Pabellón Polideportivo “Ciudad De Cádiz”, en la entrada de la ciudad, ya no existía, caído bajo su propio peso, cedido al embate del mal tiempo del último año, con una debilitada estructura interior, y con el fantasma de una desgracia masiva que había arrastrado, o mejor dicho enterrado, a gran cantidad de jóvenes y niños bajo sus piedras. Todo estaba limpio de escombros y no pudo resistir el acercarse a preguntar; la última vez que estuvo allí aquello seguía en pie, resistiendo, dando cobijo a deportistas. Pero había pasado tanto tiempo.

Sin pararse una sola vez más, sintiendo el soplo de la brisa a través de las callejuelas oscuras y frescas que desembocaban desde la Avenida en la playa, llegó hasta la zona del Estadio, donde paró en un bar lleno tan solo de hombres. Ni una cara se volvió al entrar y nadie posó su mirada en él más de cinco segundos. Como pudo se acercó a la barra y llamó la atención del camarero levantando una mano, cuando el hombre, gordo, calvo y con un inmenso bigote bajo la nariz se le acercó canturreando, le pidió, intentando disimular su acento extranjero todo lo posible, un vaso de vino.

—¿Qué vino?
—Que-vino, sí. —respondió Val sin saber muy bien qué le había dicho aquel hombre.
—¿Que qué vino quieres? —dijo medio gritando, sonriéndole, el camarero.
—Vino rojo, por favor.
—Los guiris estos… —y se alejó silbando y arrastrando los pies.

Con el vasito de vino le arrojó un plato de aceitunas de color verde esplendoroso que devoró con avidez, contento, saboreando el relleno y mordiendo bien el hueso hasta dejarlo desnudo. Pagó con un billete de cinco euros y el camarero le devolvió una oxidada moneda de cincuenta céntimos sonriendo contento. Val pensó que le acababan de timar, pero en lugar de quejarse dio media vuelta y salió con mal sabor de boca, no quería llamar la atención, y un guiri, como llamaban allí a los extranjeros, no se queja, paga y sonríe, sumiso a la intención malvada del comerciante.

Cogió por una calle, yendo contra el viento caliente que ascendía en nubes de arena y porquería sobre la acera, hasta el Paseo Marítimo y siguió el camino recto por éste hasta toparse con los restos de la famosa escalera de caracol que tantas veces bajara de pequeño; ahora ya solo la gruesa columna sin escalones se erigía sobre la base de piedra y la blanca cabeza de ésta permanecía mancillada con cantidad de firmas en spray y estúpidos símbolos. Poco más adelante presenció el espigón y el pecho se le infló con la emoción, con los recuerdos, una imagen a través de un olor, una sensación de bienestar que le provocó un cosquilleo por toda la espalda y le hizo reír. No podía creerse en aquel lugar otra vez. La caña de pescar en la espalda le comenzaba a pesar y el calor del creciente mediodía caía a plomo sobre su cabeza. Se quitó el sombrero y empezó a abanicarse con él, divertido por las miradas que le dedicaron un par de mujeres mayores que pasaron junto a él en ese momento, iban en sendos chándales de colores chillones y sudaban el maquillaje alzando las manos al ritmo de una ridícula marcha.

La playa no estaba muy llena, miraba desde su posición elevada y veía, a lo largo de toda la costa, grupitos de gente, alejados los unos de los otros, bien diferenciados, algunos bañándose, otros tomando tan solo el sol, mujeres abrasando sus cuerpos desprotegidos de bikini alguno y unos cuantos jugando en la larga orilla. El mar estaba calmado, la marea estaba subiendo y las olas, bajas, rítmicas, espumosas, acariciaban los cuerpos que se internaban entre ellas en la inmensidad del mar. Poca gente para ser Junio, un esplendoroso domingo de Junio.

Siguió el mismo camino hasta pasar el segundo espigón, perder de vista la playa y dejar atrás el Pirulí, ya fuera de funcionamiento alguno y en pie aún gracias a la pobre atracción turística que suponía el subir y ver la Tacita de Plata convertida en triste cobre macilento. Internándose en el casco antiguo por el Campo del Sur, desde donde una maravillosa vista del intenso mar azul brillando le hizo entornar los ojos y bajar el ala del sombrero hasta la altura de su nariz, caminó entre paseantes de perros y deportistas, viendo grupos muy numerosos de gatos que se movían furtivamente entre los bloques más elevados pegados al muro desde el mar, y llegó, al cabo de un rato, a la Puerta de la Caleta, donde comenzaban tanto la playa del mismo nombre como el Paseo Fernando Quiñones, que llegaba, elevándose en zonas a modo de puente canal, hasta el Faro. Atravesó el portal, el arco en el blanco muro, tras cual hombres descamisados, colorados por el sol y el vino y con voces roncas discutían sobre algo que no llegó a comprender, apoyados en la inmaculada pared y sobre el fresco mármol que componía unos improvisados banquitos a los lados.


Hundiendo complacido los pies en la arena caliente, una vez se hubo quitado de golpe las botas, llegó hasta las piedras que conformaban el suelo del camino que nacía bajo él e iba a parar, serpenteando de manera leve, al castillo, al lugar donde el Faro de Cádiz residía hacía siglos y siglos. Siempre le había interesado la historia de aquel Faro, desde que su abuelo se la contara siendo él niño, mucho antes de que encontrara aquel mapa y la foto. Algunos turistas más paseaban por allí, observando el mar, la gente en La Caleta, las gaviotas volando sobre sus cabezas, las lanchas de rescate yendo de un lado a otro sin mucho que hacer, los viejos que pescaban en calzoncillos en la orilla con las cañas hundidas por el mango en la arena y todos se recreaban en el magnífico tiempo que les rodeaba alzando a veces la cara al cielo límpido celeste y aspirando todo lo posible el aroma de la sal y la tranquilidad de aquel lugar, lejano a la guerra que se desataba por el resto de Europa y que estaba amenazando causar estragos en unos Estados Unidos más inestables que nunca.


Val recorrió las tres cuartas partes del largo camino observando las numerosas barcas flotando, atadas, sobre las tranquilas aguas de la Caleta, y se sentó a descansar a la sombra de una casa de piedra que Val intuyó como una especie de antigua aduana previa al castillo. La puerta estaba sellada con una plancha de metal muy gruesa que cerraba con un enorme candado; no se veían ventanas entre las piedras que componían su austera estructura. Apoyó la espalda sobre el muro frontal y miró entre el sudor que le caía desde la frente por las cejas hacia el faro. El mismo desde 1766, de piedra, blanco entero, bien asegurado tras los muros del castillo, protegido de la furia del mar, imponente en sus cincuenta metros de alto y, en esos momentos, sumido en el más profundo de los sueños. Solo al anochecer abriría su ojo, su ojo de oro… Se incorporó lo suficiente para poder quitarse la mochila y colocarla entre sus piernas. Abrió la cremallera lentamente, con cuidado, y del interior sacó una botella de agua de dos litros de la que bebió largamente, refrescándose. Dejó la botella casi vacía a su lado y metió la mano en la mochila para sacar ropa arrugada y sucia y tras ésta un fino cuaderno tamaño folio y una especie de piedra envuelta en papel de periódico.

Se acomodó colocándose la mochila a la espalda y, habiendo soltado el cuaderno en el suelo entre sus piernas, desenvolvió el bulto. Un fuerte olor a caballas y mayonesa le llegó a medida que descubría el aceitoso bocadillo informe y sintió como su boca comenzaba a segregar saliva cuando lo atacó con ansia, arrancando un pedazo enorme de una dentellada en la que oyó crujir la lechuga que, oculta, se fue enterita con el primer bocado; odiaba que le pasase aquello.

Aspiró profundamente por la nariz y le llegó la esencia del mar una vez más, el verano en su cabeza, en su pecho, perceptible por todos los sentidos. Abrió el fino cuaderno que había sacado de su mochila y de entre sus páginas garabateadas con una horrible letra ininteligible para cualquiera que no fuera él mismo extrajo unas hojas amarillas, antiguas, un papel más grande doblado por la mitad que abrió al cerciorarse de que nadie cerca de él podría echarle un vistazo. Era un mapa. Un mapa viejo, carcomido por los años y que, además de encontrarse en mal estado, era imposible de descifrar. Las notas y apuntes ya escritos en él cuando Val lo encontró estaban hechos en inglés, pero, aunque siempre había creído que se trataba de una carta marina muy rústica, había llegado a pensar, con el paso de los años, que no se trataba de otra cosa más que de un mapa dibujado de la manera más simple posible. No había forma alguna aplicable a la realidad geográfica de ninguna ciudad, lo había investigado. No había signos cardinales ni la sombra de un continente conocido, solo el dibujo de dos barcos que parecían hundirse en un mar tormentoso, un faro muy grande sobre un peñón inmenso de rocas y tierra y más tierra que se extendía hasta acabar en el margen derecho del papel.

En el mar, en cuyo centro flotaban los barcos, aparecían cabezas de ballenas saliendo a la superficie desde varios sitios, luego había un hombre de rasgos orientales dibujado sobre el barco de mayor tamaño, cargando un arpón antiguo y con un nombre sobre su cabeza, “señor Shiosai”. El señor Shiosai señalaba con una mano hacia el margen izquierdo y sobre su mano se leía “Yubarta”. Val había investigado, las yubartas eran un tipo de ballenas altamente protegidas y casi extinguidas ya de la faz de la tierra, los últimos ejemplares se encontraban en reservas naturales, pero aquel mapa, por llamarlo de alguna manera, tenía muchos años. Sobre el barco pequeño no había nombre alguno, nada, sin embargo había sido rodeado con tinta roja una y otra vez, hasta el punto de haber rasgado el papel. Líneas direccionales iban y volvían del barco grande al pequeño y varios interrogantes los rodeaban. Encima del faro se había escrito la advertencia que desde un primer momento había llamado la atención de Val: “Cuidado con el Ojo de Oro”; bajo ellas, un nombre: “Umberto”. Más allá del faro, en las extensas tierras, entre las casitas dibujadas en las montañas, ponía, sobre una flecha que señalaba hacia abajo, “Hijos de Lorrel”. Dominando, desde lo más alto del papel, como si fuera un título, otras dos palabras sobre un paréntesis que pretendía abarcar desde el faro hasta el final de las tierras, St.Streepenharred.

Val no había entendido nada la primera vez que cogiera aquello, pero algo le había impulsado a creerlo, a retenerlo, a adorarlo y a intentar comprenderlo. De su último viaje con el Capitán Horner a las costas españolas, a Valencia, había robado unas antiguas cartas marinas con las que pretendía comenzar la investigación. Solo después de tres semanas en alta mar había podido conseguir un permiso de un mes, tras el cual se reencontraría con él y el resto de la tripulación en Portsmouth, Inglaterra, a donde llegaría saliendo desde un puerto francés en Ouistreham, en Riva-Bella. Era una línea directa y apenas tardaría unas horas en alcanzarlos. Tenía todo pensado y el dinero justo para realizarlo. Hay miles de puertos llamados St. Lo-que-fuera, pero ninguno llegaba siquiera a parecerse a St. Streepenharred. Pensó que podría haber cambiado de nombre en los últimos años, pensó que podría ser una errata o incluso un nombre inventado, aunque algo le decía que no, que siguiera buscando. Ya tenía por donde empezar, desde luego, pero entonces, a punto de coger un tren que le llevara a través de las montañas a Portugal, a hacer una interesante visita, una idea había estallado en su cabeza, brillando como el sol que en aquel momento se movía lentamente de un agitado mediodía a una tarde silenciosa.

Terminó su bocadillo y calmó la sed con lo que le quedaba de agua, luego sacó las cartas marinas y estudió durante un rato las cruces que había ido colocando sobre todos los ciudades portuarias que habían cambiado de nombre en los últimos cincuenta años, datos que había encontrado en los mapas de la base de datos del Centro Náutico Pesquero de la Comunidad Valenciana. Arriba, al igual que aparecía en su mapa, había escrito con la mejor letra que pudo, en mayúscula: “CUIDADO CON EL OJO DE ORO”. Lo guardó todo en la mochila casi con cariño, como un niño guardaría un muñeco nuevo en su caja después de jugar con él con el fin de conservarlo un poco más, se levantó haciendo muecas, obligado a apoyarse en la pared por el adormecimiento de las piernas, y siguió el pequeño trecho que le quedaba hasta la puerta del castillo. Eran las tres y media de la tarde cuando golpeó con el puño la puerta unas cuantas veces. No encontró ningún cartel en el que se especificara el horario de visita y le fastidió no obtener respuesta. Llamó algunas veces más y encontró ridículo el gritar. Se asomo al foso que separaba la parte final del camino con la entrada del castillo, creando así realmente un puente bajo el cual a veces solían pasar algunas lanchas de salvamento, y vio la alta marea golpeando las rocas con suavidad, arrumacos de la naturaleza que para él a veces habían sido empujones al abismo del mar más negro en la tormenta más desagradable que hubiese soportado en todos sus años como marino pesquero. Cierto era que venía de familia la labor unida al mar, pero uno de sus mayores alicientes había sido aquel mapa, aquel dibujo que encontrara en su infancia y que le impulsara a soñar, a imaginar aventuras y peligros más allá de los reales.

Su visita a Cádiz estaba justificada, por supuesto, pero ahora que se encontraba allí le faltaban las fuerzas para seguir adelante. El temor, producto del tiempo pasado, había hecho mella en su confianza, y los años habían trazado absurdas líneas de complejidad sobre el asunto. Más de veinte años sin verse las caras era demasiado tiempo para ahora poder volver como si tal cosa. Pero tenía que hacerlo.

Cogió un autobús frente a la Caleta y viajó en dirección al centro, bajándose poco antes de llegar a la Plaza España e internándose por una de las callejuelas frías de la ciudad. Olía a orina y comida. Nadie a la vista. Las casas antiguas parecían querer morir, se inclinaban unas sobre las otras, casi cerrándose al cielo.

Buscó, intentando recordar, necesitaba llegar a la casa. Anduvo una media hora hasta que se dio cuenta de que iba mal encaminado y corrigió su ruta, tomando ahora por otro desvío que le refrescó la memoria. Sí, el había pasado sus veranos andando por esas calles con sus primos. Su abuelo, sus padres, sus tíos y sus primos, todos juntos, en la playa, en la ciudad del verano, descansando de la tragedia de un padre aficionado a la bebida y al poco trabajo y una madre fría y cada año más seca con ambos.

Por un momento, Val volvió a Cork, Irlanda, a su lluviosa infancia en el puerto, ayudando a su padre a amarrar las barcas que iban llegando para llevar dinero a casa. Y allí su madre esperando, con los ojos colorados de llorar, fumando y sin nada que cocinar. Pronto esta imagen se transformó en algo más cálido: su madre tumbada en la arena con un camisón blanco sonriéndole a él y su padre, que hacían tonterías en la orilla con los primos y su tío Henry, el triunfador.

Por lo que Val sabía, ambos, su padre y Henry, habían salido de Cádiz alistados en los marines por orden del padre de ellos, el abuelo Abraham, y luego cada uno había tomado su propio rumbo. Luego estaba el abuelo Abraham, como lo echaba de menos. Tenía asumido que debía haber muerto muchos años atrás, pero aún así sonrió al recordar su sótano, la cantidad de cajas misteriosas que allí tenía apiladas y las tardes que él y sus primos solían pasar entre ellas, buscando “tesoros”, como ellos decían, hasta que un día Val encontró el mapa y la foto y se las guardó sin decir nada.

Y ahora volvía buscando una explicación.


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miércoles 20 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 8 (Parte 2)

Banderas (Parte 2)


Washington Distrito de Columbia
Capital de los EE.UU
25 de noviembre de 2009
15:10

Dio un pequeño respingo, pero se controló y volvió el rostro hacia delante. Ya la había visto antes, pero hasta ahora nunca había sentido cómo le tocaba. Cerró los ojos con fuerza, con la esperanza de que aquella ilusión desapareciera. Pero cuando los volvió a abrir, no sólo no había desaparecido, sino que además la niña del vestido azul se abalanzó sobre él y le abrazó.
—¿Pero qué haces? —dijo Mel, intentando zafarse de ella—. Déjame, tengo que salir de aquí.
—¡No me dejes sola! —chilló la niña.

Se dio cuenta de que estaba llorando. Melvin la aguantó presionándola junto a su cuerpo y corrió a través de un humo que poco a poco se fue haciendo menos denso. Por fin alcanzó el pasillo que llevaba a una de las salidas, donde la gente corría a la par suya. Tuvo la suerte de no toparse con ningún antidisturbios en él, no sabía si llevar a una niña pequeña en brazos era garantía suficiente para que no hicieran nada. En el corredor varios estudiantes preguntaban desconcertados por lo que había pasado; Mel afianzó el paso y continuó sin darles una respuesta.

Cruzó el vestíbulo y en la calle se encontró lo que temía: Cientos de policías se batían contra miles de manifestantes. Empezó a bajar por las escaleras de acceso a la Biblioteca y faltó poco para que unas balas de goma le dieran, pasándole rozando muy cerca. Una decena de policías se abalanzaron hacia los que salían del edificio. Dos de ellos fueron directamente a la dirección en donde se encontraba Mel. No se quedó quieto, bajó los escalones en diagonal, esquivando los cuerpos derribados y las balas que le lanzaban. Otro antidisturbios se le acercó desde atrás con la porra en alto; pero él se impulsó con el pie y alcanzó la acera saltando los escalones que le restaban. Con el peso de la niña cayó mal y se hizo daño en el tobillo. Se tambaleó y estuvo a punto de caerse, aunque consiguió mantener el equilibrio y siguió cojeando hacia delante, pasando entre el cruce de ambos bandos. Una bala le silbó muy cerca y tuvo el presentimiento de que no era una aturdidora. El corazón se le aceleró más de lo que estaba y comprobó si su pequeña acompañante estaba herida; no tenía ni un rasguño, pero el pulso no le volvió a bajar.

De repente sintió como si lo hubiese atropellado un autobús y cayó de bruces al suelo. La niña se deslizó de sus brazos y rodó por la acera. Un agente había cargado con el escudo antibalas contra él, y ahora estaba en posición dominante sobre él con una escopeta en las manos. No podía hacer nada, si intentaba escapar sólo empeoraría la situación. Era imposible saber la expresión que tenía el agente, escondido tras su casco de protección. Quizás sentía júbilo al notar el miedo y la ansiedad de Mel; o también podría no sentir nada, como un robot que debía hacer su trabajo. Esa inexpresión e incertidumbre era lo que más le asustaba, el no saber si le iban a hinchar a palos o le iban a meter un tiro entre ceja y ceja. No le dio tiempo averiguarlo. El agente tras el casco, cayó fulminado al suelo; el hombre que se escondía tras el, que quizás sólo deseaba llegar a su casa y ver a su familia, murió cuando un manifestante le disparó con un fusil.

Mel no se quedó allí para darle las gracias, hizo una esfuerzo por levantarse y miró hacia un lado y a otro, buscando a la niña. Allí estaba, con los ojos llorosos y levantando los brazos hacia él. La volvió a coger en brazos, y entonces se dio cuenta lo que le dolía el lado izquierdo del costado y el hombro, tras el choque que acababa de recibir. Siguió corriendo, casi pegando saltos por el dolor del pie, en dirección al Congreso a través del enorme parque que se extendía a través de él.

Poco a poco fue dejando atrás la zona de pelea y, cuando se hubo asegurado de que no corrían peligro, paró en seco y dejó a la niña de pie en la hierba. Mel se sentó con cuidado y comprobó si había sufrido daño importante. Tenía el tobillo hinchado, pero si no lo apoyaba en el suelo podía soportar el dolor. Más grave parecía el morado que se extendía por todo el costado izquierdo, era probable que se le hubiera fracturado alguna costilla. Su hombro parecía haberse dislocado y en la espalda sentía una fría punzada. La sangre de la nariz ya se le había secado, pero no se atrevió a tocársela por si volvía a saltar la hemorragia. Miró a la niña, cuyos ojos estaban a su altura, aún estando ella de pie y él sentado. Había salido totalmente ilesa y todavía tenía los ojos llorosos, pero al haberse acabado el peligro le sonrió. Mel no se la devolvió, aún no estaba en condiciones de mover ningún músculo que no fuera necesario.
—Gracias, Mel —dijo la niña del vestido azul.
—¿Sabes cómo me llamo? —titubeó Mel mientras aumentaba su miedo, pues aquello le había pillado desprevenido.
—Claro —exclamó riéndose.
—Estás en mi imaginación, ¿no? —preguntó, aunque sin esperar una respuesta satisfactoria.
—Me haces mucha gracia.
—¿Te importaría volver a mi cabeza?

La niña volvió a reírse, pero esta vez se echó hacia atrás y se quedó tendida en la hierba mientras daba patadas y puños en el suelo. Mel no sabía hasta qué punto era peligroso seguir hablando con aquella niña, en el caso en que fuera producto de su mente. Había conocido casos de compañeros que tuvieron que ingresar en un psiquiátrico por esquizofrenia. Por otro lado si resultaba que aquella niña era real, o que al menos no provenía de su cabeza, el asunto era incluso más grave.

Respiró hondo, no estaba seguro si podía asimilar aquella situación.
—¿Qué quieres? —preguntó con la esperanza de que pudiese zafarse de ella dándole cualquier cosa que pidiese.
—No lo sé.

Ahora era ella la que estaba un poco desconcertada, se incorporó y se mantuvo sentada con las piernas cruzadas. Mel miró hacia otro lado, por si acaso desaparecía mientras no la observaba. Pero no fue así, volvió a hablarle, y esta vez con una pregunta más desconcertante que las anteriores.
—¿Conoces a Grace?

Mel se dio por vencido, pero lejos de desvanecerse, pensó que si respondía a sus preguntas y le seguía el juego podría hacerla desaparecer. “Debo estar loco”, murmuró en voz alta. La niña levantó levemente sus largas pestañas hacia él, pero no dijo nada y esperó a que Mel dijera algo más.
—Conocí a una Grace —murmuró con lentitud, como si le costaran cada una de las palabras—, hace mucho tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—El mismo que hace desde la primera vez que te vi..
—No entiendo.
—Ni yo.
—Su papá se llama Garrida —dijo la niña tras un prolongado silencio.
—¿De dónde sacas ahora ese nombre? —preguntó Mel a media sonrisa— No, el padre de la que yo conozco me... un momento.
—¿Qué pasa? —dijo con inocencia.
—Tengo que hablar con mi madre.
—¿Por qué?

Al rato los dos se habían subido en un taxi. Desde la ventanilla pudo ver que la situación se iba empeorando a cada momento que pasaba. Los movimientos de gente ya estaban generalizados por toda la ciudad y eran más numerosos conforme se iba acercando a la casa de su madre. Le dijo al taxista que parara unos doscientos metros antes del edificio y se bajó del coche.
—¿Ahí vive tu madre? —preguntó la niña con asombro.

No era el mejor momento para admirar la Casa Blanca. El cuerpo central estaba siendo reformado y los andamios cubrían la hilera de columnillas. Por ahora, los manifestantes más pacíficos hacían un cerco a los terrenos del edificio, de manera que le costó trabajo llegar a la entrada trasera. Se acercó a uno de los guardas que vigilaba la verja para que le dejara pasar. Le costó estar más de cinco minutos esperando a que confirmaran su identificación, pero finalmente entró.

Aún no se había acostumbrado a vivir allí. Aunque su madre lo llevaba haciendo casi un año, él sólo llevaba allí desde el verano. Los pasillos con moquetas estaban siempre repletos de personas que apenas conocía o le caían mal. Por aquellos tiempos estaba más transitada que nunca, debido al momento de crisis que sufría el país. Los ministros andaban con prisa y empujaban sin pedir perdón a los demás empleados, exhalando miedo a cada paso y contagiándolo al resto.

Por el contrario, los militares se paseaban con aire confiado, y eso era algo que no tranquilizaba especialmente a Mel. Algo preparaban, y aquel militar, el general Garrida, era sin duda el más peligroso. No sólo por como era él en sí mismo, sino también por el círculo de influencias en el que se movía. Garrida era prepotente y peligroso, pero Mel había indagado más sobre él de lo que podía saber la gente común. Nada más pensara en él, su mente se iba automáticamente al oro gris. Además, a raíz de las palabras que le había soltado la pequeña, una seria de corazonadas le habían atacado sus nervios.

Llegó a la zona de dormitorios presidenciales sin que nadie le pusiera impedimento alguno. Estaban todos tan ocupados que no se habían fijado en él y en la niña.
—Quédate aquí, no te puede ver nadie —le ordenó Mel a la niña, mientras la metía en su propia habitación. Cerró la puerta antes de que ella pudiera rechistar.

Todavía no estaba seguro de qué era ella y menos aún si los demás podían verla, pero no podía arriesgarse a que la viesen. No quería ni pensar lo que podía hacer Garrida si llegaba a verla. Pero incluso sus temores más infundados, como ese, cobraron fuerza cuando se cruzó con el general Garrida. Éste le paró con la mano, parecía sorprendido por su presencia.
—¿Qué hace aquí? —preguntó con tono grave.
—Tengo que hablar con mi madre.

El hombre le miró con una expresión dura, casi de odio. Mel se fijó en su dedo, ahí brillaba el anillo de los Hijos de Lorrel.
—La presidenta ahora mismo se encuentra en una reunión privada.
—Si eso es cierto, me alegro de que mi madre ya no confíe en usted lo suficiente como para dejarle entrar a la reunión.
—Los motivos de no estar ahí son personales. Su madre confía plenamente en mí y autoriza todo aquello que odias que yo haga —contestó con una sonrisa que arrugó aún más su tez morena.
—¿También las ejecuciones clandestinas? —se atrevió Mel.
—¿De verdad eres tan simple como para creerte los rumores que se inventan unos pocos extremistas?
—Creo que os habéis inventado esto.
—¿Perdón? Explícate porque no te entiendo.
—Hace unos minutos estuve en medio de una manifestación y la gente luchaba en nombre de los Estados Unidos. También la carga policial luchaba contra ellos en defensa del país.
—¿Y que?
—Que todo es mentira. Aquí nada es cuestión de banderas.
—Posiblemente —lanzó, y recuperando seriedad añadió:— Discúlpeme, pero como ya le he dicho tengo asuntos personales.
—Como ocuparse de su hija Grace, ¿no?

Garrida ya había empezado a andar, pero se paró en seco cuando Mel dijo aquello; por un momento el joven se asustó.
—No sé a qué viene eso. Mi hija murió al empezar la guerra.

Y dicho esto se dio la vuelta y desapareció de la vista de Mel. No sabía si había hecho bien en decir eso, al fin y al cabo, para pensar que Garrida era el padre de Grace se basaba sólo en lo que le había dicho la niña que estaba en su cuarto. De todas formas, el general había dicho que su hija murió, pero nada de que no se llamara Grace. Tras quedarse unos segundos pensando volvió a la realidad, ahora debía resolver otros asuntos; se dirigió al despacho Oval, donde su madre debía estar reunida con los demás ministros.

Desde el comienzo de la guerra varios años atrás la economía había empeorado, a la vez que la seguridad ciudadana disminuía estrepitosamente. Abigail Shine, su madre, había llegado a la campaña dando esperanzas por acabar con aquel escenario y ganó las elecciones. Pero desde entonces las cosas no habían hecho más que agravarse, y aunque sólo hubiese pasado un año, la situación era insostenible. Los intentos de imponer ciertas medidas habían chocado con los intereses de ciertos grupos de presión con mucha fuerza. Las manifestaciones violentas eran consecuencia de todo aquello y en algunos Estados se respiraba un entorno de guerra civil.

El guardaespaldas del turno de tarde estaba en la puerta aparentemente tranquilo, sonriendo como si lo que ocurría a su alrededor le importase bien poco.
—Hola Freddie —saludó Mel—, ¿sabes cuándo termina la reunión?
—No, aún no ha empezado; dentro de quince minutos, a las cuatro —la sonrisa permanente de Freddie cambió cuando se fijó un poco más en el aspecto de Mel—. ¿Qué te ha pasado?

Pero Mel no le respondió, su cabeza estaba en otro sitio, no paraba de darle vueltas. Era posible lo que estaba pensando, y a su vez, una auténtica locura.
—¿Hay alguien dentro con ella? —preguntó Mel sin poder evitar la histeria que le invadía.
—Entró diciendo que quería diez minutos de intimidad, desde entonces no ha pasado nadie. ¿Pero qué es lo que pasa?
—¡Mamá! —gritó aporreando a la puerta, y dirigiéndose al guarda:—, abre ahora mismo, Freddie.

El vigilante hizo caso ante el nerviosismo de Mel y accionó su tarjeta de seguridad en la ranura correspondiente, a la vez que introducía una clave. La puerta se abrió como si la hubiera empujado un ciclón y tras ella entró Mel. Un sudor frío le resbaló por la espalda. La sala estaba tranquila, más de lo que había estado en todas las veces que había entrado. La mesa en el centro con los folios perfectamente ordenados; allí estaba el pisapapeles que le había regalado por el día de la madre cuando tenía diez años. Los ojos empezaron a escocerle y una lágrima asomó ligeramente. A través de un cristal roto entraba una fresca brisa que traía el murmullo de la gente. En el suelo yacía su madre, con un disparo en el pecho.

Escuchó a Freddie encender su walkie para avisar a seguridad, pero los sonidos se fueron apagando en su oído. Aquello era irreal; muchas veces había pensado que podía ocurrir, pero era imposible asumirlo. Dos lágrimas se deslizaron por su mejilla y sintió un fuego en su interior quemándole. En una milésima de segundo se imaginó cientos de momentos que aún soñaba vivir con su madre, y vio cómo todos ellos se consumían por aquel fuego. Todo su cuerpo se llenó de un vacío imposible que hasta pareció dejarlo sin aire, todos sus órganos querían salir de él. Una punzada en su costado herido fue el detonante de un alarido de dolor. Cayó de rodillas ante el cuerpo inerte y notó impotencia por no poder cambiar aquello.

Una veintena de hombres enchaquetados entró a toda prisa en el Despacho. ¿Dónde habían estado antes?
—¡Hay que llevársela de aquí a un hospital! —gritó alguien.

Tuvieron que apartar a Mel entre varios hombres para poderse llevarse a su madre.
—¡Quiero ir con ella! —gritó Mel.

Alguien le agarró haciéndole daño en el hombro lesionado. Era Jona, el secretario de su madre.
—Escúchame Melvin, tengo que hablar contigo un segundo —su tono era grave, lo apartó a un lado de la habitación—. Vamos a llevarte en helicóptero, tienes que irte de aquí.
—¿Dónde se llevan a mi madre? —preguntó sin entender nada.
—A un hospital, escúchame: me acaban de informar de que ha habido un ataque en Las Vegas y Washington corre el mismo peligro.
—¿Cómo que a un hospital? —preguntó ignorando lo segundo— ¡Mi madre ya está muerta!

De pronto se acordó de la conversación con el general Garrida y lo entendió todo, le había engañado por completo. Le había dicho que su madre estaba en un reunión siendo mentira, por lo que estaba claro que había participado en su asesinato. No podía creer que no hubiera llegado a tiempo de avisar a su madre de lo peligroso que era aquel tipo. No tenía ni idea de si podía confiar en el secretario de su madre, pero en aquel momento poco le importaba.
—¡Tienen que buscar al general Garrida! —exclamó.
—Mel, por favor, tranquilo.
—Es todo una conspiración, usted... ¡Todos lo sabíais!
—Mel, no te equivoques; tu madre me dijo que si le ocurría algo tenía que sacarte de aquí —pero algo había en él que hacía que desconfiara—. Cuando llegues a tu destino tendrás libertad de hacer lo que tú quieras.

Pensó en su madre y luego en la niña del vestido azul y recordó que la había abandonado en su cuarto, no podía dejarla allí para que la encontraran. Debía salir de allí cuanto antes. Antes de que el secretario añadiera nada más, salió disparado a través de la puerta.
—¡Cogedlo! —oyó que decía.

Una decena de pasos le persiguieron y uno de ellos le alcanzó y le tumbó en el suelo. El cuerpo entero le dolió una vez más y perdió todas sus fuerzas. Tuvieron que sostenerle para ayudarle a mantenerse en pie. El secretario se acercó lentamente con temple severo.
—Mel —comenzó a decir cuando su cara estaba a un palmo de la suya—, hay que reconocer que las cosas no podían seguir así.

Mel explotó y le escupió en la cara.

Una vena de su frente ancha se hinchó más de lo normal.
—Lleváoslo de aquí.

Entre dos agentes de seguridad lo llevaron al exterior de la Casa Blanca. Pero no podía olvidarse de que aún la niña del vestido azul seguía sola en su cuarto, quizás llorando y pasando miedo. Intentó zafarse de sus captores sin éxito y gritó con la idea de que la niña lo escuchara. Pero sus gritos sólo consiguieron rasparle la garganta y le fatigaban. Mientras caminaban hacia el helicóptero le entraron arcadas dos veces, hasta que finalmente vomitó justo antes de entrar.

Las aspas comenzaron a moverse con un sonido apagado, el helicóptero subió con una ligera sacudida y se deslizó suavemente por el aire. Pensó que todo el dolor que pudiera sentir en aquel momento no era nada. Su madre había muerto, y ni siquiera había podido prevenirla de Garrida. Se sentía culpable, pero todavía más sabiendo que la pequeña estaba en peligro.

Comenzaron a alejarse de la ciudad. En aquel momento, la Casa Blanca, el Capitolio y demás símbolos del pueblo, se erigían entre las hordas de gente como si fuesen hormigueros. Lo que fuera que hubiese avivado a las hormigas las había enfurecido.
—Deben ponerse unas gafas especiales, señores —dijo el copiloto desde la parte de adelante dos minutos después de despegar.

Fue la primera vez que Mel tomó conciencia del interior del helicóptero. Algo raro ocurría. Dejó que le pusieran las gafas que habían dicho, tenían un grueso cristal oscuro. El hecho de que los demás tripulantes también se las pusieran no le tranquilizó nada en absoluto. No entendía lo que pasaba; aunque a decir verdad, ninguno de los que había allí parecía comprender nada. Recordó lo que había dicho el secretario momentos antes, las Vegas había sido atacada. ¿Pero cómo? Sintió el peso de las gruesas gafas y una gota de sudor le provocó un escozor por toda la cara. Se vio a sí mismo en la Biblioteca una hora antes, con una niña en brazos que no sabía si existía, esquivando a policías y cócteles molotov. Imaginó el cuerpo de su madre, en algún lugar de Washington; imaginó a la niña intentando encontrarle. Ellas estaban abajo, y él arriba. Lo que ocurriría a continuación cambiaría el curso de las cosas.

Las gafas de protección no evitaron que viese el fuerte resplandor. En alguna parte comenzó, la intrincada reacción en cadena de la explosión. Puede que en un bidón de basura de algún barrio humilde, o en medio de una manifestación con millones de personas a su alrededor. El espectáculo más bello creado por el ser humano se extendió por las retinas de la población, quemándolas en el instante en que era visionado. Una fuerza más arrebatadora que un volcán arrasó todo un símbolo del país. Un vaho hecho de fuego arrastró millones de vidas en forma de ceniza. No quedó ni huella, ni de Abigail Shine, ni de ninguno de los habitantes de Washington.

Mel no fue el único en vomitar. Una hora después, el helicóptero pidió permiso para aterrizar en un lugar seguro, alejado de la radiación. Tras la explosión el piloto había puesto perdido el salpicadero y tuvo que ser sustituido por su compañero. Uno de los agentes que le escoltaban también se encontraba indispuesto y estuvo a punto de perder el conocimiento. Mel sabía que llegaría el momento en que tendría que pensar en su futuro, en lo que iba a hacer a continuación. Mentalizó el trozo de periódico que había cogido en la biblioteca, la fecha del 4 de febrero de 1991. La fotografía en blanco y negro mostraba el pueblo de pescadores de Puerto Morales. En el centro había varios hombres de rodillas, intimidados por las pistolas de la guarda costera. Solamente uno de los hombres del grupo central estaba de pie, frío y amenazador.

Era Simón Bakälar. Tenía que encontrar la manera de dar con ese hombre.


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martes 12 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 8 (Parte 1)

Banderas (Parte 1)


Washington Distrito de Columbia

Capital de los EE.UU

25 de noviembre de 2009

15:00

Melvin Shine dejó escapar un suspiro de alivio, e incluso se contuvo el impulso de gritar de alegría en medio de la silenciosa biblioteca. Apartó a un lado la caja de comida china para no manchar la mesa de estudio y extendió con delicadeza el viejo periódico. 4 de febrero de 1991: esa era la fecha que aparecía en la parte superior de la página.

Media hora antes se había quedado dormido sobre él y no se había dado ni cuenta. Un molesto rayo de sol que había entrado por la estrecha ventana lo había despertado y, aunque al principio tuvo que volver a cerrar los ojos por la luz, enseguida se dio cuenta de lo que tenía ante sí. Justo en la parte superior de la pila de periódicos que usó de almohada había estado lo que buscaba durante todo ese tiempo.

La noticia ocupaba sólo un cuarto de la página. No era un artículo completo, más bien parecía un resumen. Pero tenía una fotografía y con la información del pie de foto le bastaba por el momento. Le dolía el cuello, la espalda y tenía fatiga. Había sido un trabajo arduo y esperaba que hubiese merecido la pena. Un primer vistazo a las hemerotecas más importantes de la ciudad no había sido suficiente para encontrarlo. Gracias a ciertos permisos especiales, tuvo acceso a la sección de “artículos raros” de la Biblioteca del Congreso. Aún así había necesitado una semana completa revisando montañas de periódicos a punto de desmoronarse.

Mel se estaba preparando el doctorado, aunque esto que estaba haciendo no tenía mucho que ver con el doctorado; es más, llevaba cerca de dos meses sin pisar la universidad. En más de una ocasión se había planteado cambiar la temática de su trabajo, hacia algo más personal. Algo más relacionado con lo que le había carcomido desde niño, con lo que estaba impreso en aquella hoja amarillenta.

Siempre había tratado de olvidarse de todo, nunca llegó a contarle a nadie toda la historia. Sus años en Harvard habían solventado con eficacia su obsesión, pero últimamente le resultaba imposible ignorar ciertas cosas que ocurrían a su alrededor. En primera instancia se había propuesto acabar la carrera; pero una vez finalizada, decidió resolver de una vez por todas su cuenta pendiente: el oro gris.

Sabía que cuanta menos gente estuviese implicada y menos hablara, se encontraría mucho más seguro. No sólo por falta de confianza, simplemente porque así no estaría influenciado por opiniones que le hiciesen cambiar de parecer. Eligió a Carl Johnson, un compañero de la infancia que actualmente trabajaba en la Interpol. Era un año mayor que él, serio y discreto, muy leal y no solía hacer preguntas más que las necesarias. Por el momento le había estado ayudando a la hora de proporcionarle información. Pero incluso con los medios que tenía a su alcance resultaba prácticamente inútil encontrar algo que mereciese la pena.

Miró a su alrededor por si alguien se fijaba en lo que hacía. Pero no había demasiada gente, solamente dos personas, que debían de estar demasiado concentrados en sus investigaciones como para prestarle atención a él. Estaba en una de las salas más pequeñas de la biblioteca, con sólo cinco filas y dos columnas de puestos de lectura, con una estrecha separación entre ellos. En las paredes se situaban las estanterías, repletas de diarios escritos en los últimos tres siglos.

Palpó la textura quebradiza de la hoja que tenía entre sus manos. Luego alzó la vista y prestó atención a una de las cámaras de seguridad que le apuntaba. Junto a la puerta, se sentaba un hombrecillo calvo con el rostro fruncido, el cual se encargaba de salvaguardar la integridad del contenido que había en la sala. Parecía imposible hacer lo que le estaba rondando por la cabeza. Una vez dejase el periódico en la mesa del hombre, descubriría que una de las hojas había sido rasgada. Después sólo tendría que mirar en su ficha personal para hallar su dirección. Supondría un pequeño escándalo, además de un asunto algo embarazoso para su madre. Tendría que soportar preguntas incómodas y él se vería obligado a mentir de la forma más ingeniosa que pudiera. Afortunadamente cabía la posibilidad de que no se dieran cuenta. El hombrecillo de la sala era en realidad un viejo amigo de la familia, por lo que dudaba que apenas mirase el periódico. Se la jugaría, y si no ya se las arreglaría.

En un abrir y cerrar de ojos arrancó el cuarto de hoja que le interesaba y se lo metió en el bolsillo. Lentamente volvió a mirar a su alrededor para confirmar que nadie se había percatado de lo que acababa de hacer. Acto seguido recogió sus cosas, incluida la caja de comida china y se levantó. Dejó el periódico en la mesa del hombrecillo con una sonrisa, a la cual éste le respondió también con una amigable sonrisa a modo de despido. Cabía la posibilidad de que echaran a la calle a ese pobre hombre por culpa suya, pero eso era algo que no preocupaba a Mel en aquel momento. Salió de la sala y anduvo por un pasillo en dirección a la sala principal de la biblioteca.

Mientras andaba comenzó a oír un murmullo; en un principio pensó que podría tratarse de la presencia de una multitud de estudiosos, reunidos con motivo de uno de los muchos congresos que organizaban en el edificio. Pero conforme se fue acercando a la sala principal se percató de que algo completamente distinto ocurría. Fuera de encontrarse con trajeados eruditos de varias nacionalidades, vio lo que llevaba tiempo temiendo. Se trataba de una muchedumbre de personas, en su mayoría jóvenes, que entraba de manera constante por las puertas y ocupaba gran parte del espacio.

La sala principal de la biblioteca era uno de los elementos más característicos, no sólo de la biblioteca, sino también de toda la ciudad de Washington. Su planta circular de enormes dimensiones solamente era rebatida por su altura: Tres de los pisos del edificio giraban en torno a la sala. Una cúpula, la más grande del mundo en una biblioteca, cubría el ancho de la sala y proporcionaba abundante luz natural. Las paredes se recubrían de mármol de distintos colores, así como las perfectamente pulidas columnas. Puertas y ventanas se perfilaban con hierro del siglo XIX que iba siendo restaurado cada año. Los puestos de lectura de madera de roble estaban dispuestos de manera radial, girando en torno a una gran tarima, que era el lugar en donde se solía colocar el bibliotecario jefe; aunque también era donde los congresistas exponían sus temas cuando se convocaba un congreso extraordinario. El puesto también estaba ladeado por un par de banderas de Estados Unidos. Fue allí, en lo alto de esa tarima de madera, donde un joven que salió de entre los manifestantes subió con un megáfono.

Los estudiantes e investigadores todavía sentados en sus puestos de lectura no salían de su asombro. Melvin calculaba que debía de haber más de trescientas personas allí apiñadas.

Aquella biblioteca había sido construida cerca del lugar donde, siglos atrás, los americanos habían proclamado su independencia. Reconocida desde su concepción como símbolo de la cultura de la lógica y de la razón, no era la primera vez que sus paredes eran testigo de manifestaciones más o menos pacíficas. Ejemplo de ello eran las concentraciones que movió el capitán Cousteau en contra de la pesca masiva, algún que otro discurso de Luther King o la convocatoria de la Asociación de Artistas de Hollywood contra la frustrada Guerra del Ártico. Ninguna de estas protestas había acabado mal. Bien es verdad que todas ellas habían movilizado a un gran número de agentes antidisturbios en las inmediaciones del edificio, las cuales tenían orden de usar la fuerza sólo como última alternativa. Era obvio que los tiempos habían cambiado, “los tiempos están rematadamente mal”­—pensaba Mel. No vio al capitán Cousteau, tampoco a Luther King y mucho menos a ningún actor hollywoodiense; partiendo de eso no era muy recomendable quedarse a comprobar si aquella biblioteca lograba salir inmune de un acto violento.

El joven que se había subido a la tarima pronunció un breve discurso. La guerra lo había empeorado todo. El joven soltó una retahíla tremendamente populista, pero no exenta de razón. Mucha gente empezaba a desesperarse por aquella situación límite. El chico exclamó la última frase, a la que los cientos de hombres y mujeres que estaban allí concentrados contestaron al unísono, muchos de ellos alzando el puño en el aire mientras gritaban con los ojos desorbitados.

—¡Por América! —repitió el joven, al tiempo que levantaba la bandera de su país.

Dos días antes dos policías habían muerto apaleados por una veintena de manifestantes. Esta vez iban a ser mucho más duros. Los antidisturbios entraron en la sala y formaron un cordón de protección para evitar que la confusión se extendiera al resto del edificio. La gente parecía estar enfurecida y los agentes se disponían a saltar a lo más mínimo. La prensa debía estar a punto de llegar, eso era lo que interesaba; pero no iba a dar tiempo. Un integrante de la protesta rompió en insultos contra uno de los policías; este último sólo necesitó como excusa un gesto amenazante para golpearle con su porra. Y entonces se desató todo.

La mitad de la multitud se abalanzó hacia las fuerzas policiales. La otra mitad corrió hacia la salida. Ya era imposible controlar aquella rebelión. La biblioteca estaba a punto de convertirse en un auténtico campo de batalla. El suelo se cubrió de mesas y sillas tumbadas, de libros pisoteados y de heridos. Los estudiosos que había en las mesas corrieron a unirse a los que huían a las salidas, pero antes se cruzaron con las porras. Uno cayó al suelo cuando un antidisturbios le pegó con tal fuerza que le fracturó el cráneo y lo dejó sin conocimiento; a otro debieron de romperle la mitad de las costillas; y una señora de más de sesenta años se quedó sin respiración al recibir un golpe en la espalda.

Por represalia, una docena de personas agarró a un agente y lo linchó. Los compañeros que fueron a ayudarlo fueron arremetidos con las hachas de emergencia. Mientras tanto, algún loco tiró un cóctel molotov al fondo de la sala. Desde fuera pudo verse el humo.

Había muchos cuerpos ensangrentados en el suelo y la gente corría despavorida en busca de alguna salida. Los agentes del orden empezaron a usar balas de verdad. Una mujer que estaba cerca de Mel recibió un disparo en el muslo tras oírse un estruendo. Él sintió un golpe en la espalda, pero ni siquiera le dio tiempo a saber a qué se debía. Corría junto a la estampida, para no ser aplastado por ella.

Ya no sabía adónde iba; al igual que la mayoría de la multitud, estaba totalmente desorientado. El humo se había elevado en todo su campo de visión. Decidió volver sobre sus pasos, aunque quizás fuese demasiado tarde, con el fin de encontrar algún punto de referencia que le ayudara a encontrar la salida. Para eso tendría que luchar contra la enorme fuerza del pánico y la furia popular. Hubo un momento en que estuvo a punto de caer al suelo, sabía que si le ocurría eso, probablemente no podría volver a levantarse. La fuerza de la gente le arrastraba, pero Mel consiguió agarrarse a una columna, hecho que no hizo más que empeorar su situación. La presión de la gente aplastaba su cuerpo contra el frío mármol de la columna. Escuchó el crujido de su nariz al fracturarse, al igual que sintió cómo la sangre se deslizaba suavemente por su barbilla y su cuello.

Una chica chillaba desde el suelo, a pocos metros de distancia suya, mientras era pisoteada por más de una treintena de pies. Llegó un momento en que dejó de gritar. Mel no podría haberla ayudado ni aunque lo hubiese deseado, pues su situación no era demasiado buena.

Por un momento creyó que iba a asfixiarse, aunque poco a poco el tapón de gente se fue diluyendo, y eso le permitió a Mel escapar y volver al centro de la gran sala en donde aún se desarrollaba el enfrentamiento. El humo le raspaba la garganta y le impedía ver a más de dos metros de distancia. Unos destellos de metralla cruzaron de una parte a otra y su primera reacción fue la de agacharse entre los puestos de lectura; pero era tal su confusión que no tenía ni idea de dónde provenían. Conforme fue avanzando a gatas no veía otra cosa más que cuerpos de gente herida, algunos de los cuales apenas se movían. De pronto llegó a lo que parecía una mesa algo más grande e intuyó que se trataba de la tarima de madera. Miró a su alrededor buscando la dirección de alguna posible salida. Ya nada era como antes, el mármol había sido arrancado de cuajo por los disparos, los cristales de la bóveda y las ventanas se esparcían por las losas de mármol. Las dos banderas de Estados Unidos estaban en el suelo polvoriento. Luchaban dos bandos, unos en nombre de América, los otros también.

Alguien le tiró de la camiseta; cuando se volvió, creyendo que se encontraría con algún herido, descubrió que no podía estar más equivocado. Era la niña del vestido azul.



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jueves 7 de agosto de 2008

El Camino Nocturno - SSM

Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido. De esa forma todo iría bien, y en un par de horas lo recordaría como un mal sueño, una pesadilla de la que se encontraría lejos y a salvo. Pero para ello había que ponerse manos a la obra, por mucho esfuerzo que le costase.

Permaneció un rato sentado en el asfalto, tratando de olvidarse de las dolorosas punzadas en la parte derecha de su cabeza. Respiró profundamente, hasta que su pulso se hizo más lento y regular y las manos dejaron de temblarle. Afortunadamente, ni su columna ni sus brazos habían sido dañados, tan solo las sentía un tanto entumecidas. Se palpó las piernas para percatarse de que no tenía ningún hueso roto. Aliviado al comprobar que seguía entero, se arrastró lentamente hasta el arcén. Allí se puso de pie, apoyándose en el montículo de tierra y piedra que había a la izquierda de la carretera. Pensó que había tenido suerte, si hubiera caído hacia el otro lado se habría desprendido por el escarpado acantilado.

El sol brillaba en lo más alto. Debía de ser más tarde de mediodía, y el calor abrasante acompañaba al relajante sonido de las culebras que se escondían entre los secos arbustos. Afortunadamente, ningún automóvil pasaba por allí.

El casco le apretaba, se sentía agobiado y acalorado, y las palpitantes punzadas de su cabeza eran cada vez más dolorosas. Sintió la imperiosa necesidad de que el aire le corriera por la cara, y poder por fin respirar. Con esfuerzo se quitó el casco y lo dejó sobre el caliente suelo. Al hacer esto pudo percatarse de las finas gotas de sangre que empezaban a caer sobre sus pies. Asustado, se apretó la herida de la cabeza con fuerza. Siendo optimista, ésta parecía tan solo una herida superficial. Como un zombi, empezó a dar zancadas hacia la moto, que yacía a unos diez metros de donde él había caído. Era una bonita moto negra y gris, pero ahora estaba hecha trizas. De la maleta que llevaba colgada en la parte trasera sacó una camiseta blanca de mangas largas. Cortó un trozo como pudo y se lo ató a la cabeza. El dolor remitía ahora un poco. Con el trozo que le quedó, se dirigió hacia el todoterreno azul parado en medio de la carretera.

Mientras caminaba hacia allí encorvado y con paso lento, empezó a maquinar lo que debía hacer a continuación. No podía llevarse la moto, ya que estaba bastante dañada y la rueda trasera era ya inservible. En cambio, el coche había quedado prácticamente impecable, ya que el golpe se lo había llevado el parachoques. Las llaves seguían puestas, y la puerta del conductor abierta. La parte exterior de la ventana de ésta estaba salpicada de una sangre oscura, casi marrón. La limpió con el trozo de camiseta blanca que tenía en la mano.

La prisa empezó a apremiarle. Tendría que actuar rápido o cualquier coche pasaría por allí y lo vería todo. Con un esfuerzo sobrehumano, empujó, muy a su pesar, la moto, hasta que se precipitó por el acantilado. No quiso quedarse a ver cómo se destrozaba contra el suelo. Mientras volvía hacia el coche, recogió el arma aún caliente del suelo. Finalmente hizo uso de sus últimas fuerzas para arrastrar hacia el maletero lo que quedaba de su mejor amigo, Collin Doherty, y meterlo dentro. Entró y arrancó el todoterreno. Se puso a conducir como si nada hubiera pasado.

Seis horas antes, había visto a Collin en el concierto del pueblo. O mejor dicho, Collin lo había visto a él. Era un pub muy concurrido, y más aún en ese día especial, la conmemoración anual de la fundación de la empresa Animal Wear, la cual había dado trabajo a casi la totalidad de los habitantes del pueblo desde hacía veintitrés años. Esa noche estaba repleta de celebraciones, y un pequeño grupo local tocaba blues en el pub. Y Rob Milton no podía ni imaginarse que por culpa de ir esa noche a ese pub iba a tener, seis horas después, a Collin muerto en el maletero del todoterreno azul.

Collin era un mimado. En cuanto se sacó el carnet de conducir, su padre le compró el todoterreno. Un ojo de la cara, pero eso Collin no lo apreciaba, ni siquiera le dio las gracias. Por otra parte, los mimos que recibía por parte de su familia habían sido siempre mimos económicos. Su padre era la clase de persona que piensa que la bondad sólo depende del dinero que eres capaz de soltar, de forma que inflaba los bolsillos de su querido hijo e iba a visitarlo a la universidad de vez en cuando, por Navidad. Rob y Collin se habían criado juntos, como vecinos. Era un pueblo pequeño, y pronto descubrieron que su amistad tendría que ir, forzosamente, para largos años. Aunque Rob siempre pensó que Collin era un zoquete, nunca se lo dijo, pero la verdad es que estaba bastante claro para todo el mundo. Se había criado con su criada, y le había dado órdenes desde que supo hablar, así que no era de extrañar que su trato con la gente fuese un poco insolente, y más de una vez tuvo Rob que sacarlo de alguna pelea. Se ganó la impopularidad de los vecinos cuando comenzó su egoísta adolescencia, pero, de algún modo, le perdonaban. Rob siempre achacó esto a que la gente del pueblo consideraba a Collin como medio lelo, o algo así. Y, además, estaba su padre, que aparecía de vez en cuando con los bolsillos llenos, repartiendo a diestro y siniestro, con una hipócrita sonrisa en la cara, para después volver por donde había venido.

Rob había planeado salir del pueblo para siempre ese mismo día, el día en que se la jugó a Collin. Pero no podía perderse la noche de Animal Wear, quería celebrar que se iba por todo lo alto, y qué mejor oportunidad que aquella. Jamás pensó que encontraría a Collin en un pub donde tocaban blues.

Rob estaba de pie, entre la gente, escuchando la música, cuando sus peores temores se habían hecho realidad. Collin estaba en la otra punta, pero lo había visto, y avanzaba hacia él, rojo de cólera, apartando bruscamente a toda la gente agolpada, que protestaba y le seguía con la vista.

Conduciendo el todoterreno azul, se alegró profundamente de que Collin estuviera en el otro barrio. Después de todo, puede que la jugada le saliera bien. Tan solo tendría que deshacerse del cuerpo, y todo sería distinto, escaparía para siempre de ese maldito pueblo. Las cosas no habían sido planeadas de ese modo, pero ahora tendría que arreglárselas así, como pudiera.

Lo cierto es que era un buen coche; iba como la seda tras el accidente, y la verdad es que estaba casi nuevo. Eran las cinco y media de la tarde, y el cielo empezó a abandonar la claridad que antes lo había llenado, dejando paso a unas molestas nubes en movimiento que solo dejaban entrever algunos rayos de sol.
Necesitaba parar en alguna gasolinera, el depósito del coche estaba vacío, y su vejiga, llena.

—Amigo, ¿qué le ha pasado en la cabeza? —el dependiente de la gasolinera parecía ser del pueblo. Tenía que inmiscuirse en todos los asuntos ajenos.
—Me he caído, venía a por un poco de hielo y a llenar el depósito de gasolina —contestó Rob de mala gana. Ya casi no se acordaba de la herida de la cabeza. Sin embargo, el trozo de camiseta debía de estar empapado de sangre seca.

El dependiente lo miró descaradamente, con desconfianza. Era un hombre de unos cincuenta años, pero parecía en forma y dispuesto a molestar.
—¿Y cómo se ha caído? Porque eso no parece de una caída, más bien parece que le han tirado una piedra o algo así.
—Tuve un accidente de moto. Llamé para que se la llevaran, y por eso he cogido el coche. No me he dado cuenta de que tenía que cambiarme la venda, está ya muy sucia.

La palabra “moto” hizo que se activaran los circuitos de aquel ser fabricado en serie.
—¿Tú no eres Rob Milton? —al parecer, era el único con moto en todo el pueblo. Rob no supo qué responder —Y, si no me equivoco, ese es el coche de Collin. ¿Verdad?

Rob suspiró.
—Sí, soy Rob Milton. —la expresión del dependiente se endureció.
—Y supongo que vas a explicarme por qué demonios estás conduciendo el coche de Collin. —eso era ya demasiado.
—Oiga, por favor, le he dicho que ese coche es mío, así que no se meta en mis asuntos. Voy a llenarlo de gasolina, luego voy a mear, le pagaré y me iré, ¿vale? No tiene usted derecho a hablarme de esa forma sin conocerme. —Rob estaba demasiado cansado para perder los nervios, simplemente estaba actuando su instinto de supervivencia.
—Claro que te conozco, Rob. —el dependiente seguía con su expresión de dureza en la cara —Collin es mi sobrino. —mierda, pensó Rob —Sé lo que ha pasado entre vosotros, él me lo contó. Me contó su versión, por supuesto, todos sabemos cómo es Collin. Y todos sabemos cómo es su padre... —una pequeña mueca se dibujó en su rostro, mientras miraba un momento hacia la nada, pensativo. Su expresión pasó ahora a paternalista. —Mira, Rob, mi hermano, el padre de Collin, es un inconsciente, eso ya lo sabrás tú. Yo he trabajado para Animal Wear durante diecisiete años. He estado muchos años, día tras día, despellejando animales. Era un trabajo asqueroso, créeme, pero era lo que tenía que hacer para vivir. Eso o irme del pueblo. He sido de los más antiguos trabajadores de esa empresa, y he conseguido ir subiendo escalones. Hasta hace tres meses, mi sueldo era el que debe tener un hombre de mi edad. Tenía personas a mis órdenes, y a mi mujer no le faltaba de nada. Incluso podíamos viajar a veces en vacaciones. Mi hermano compró Animal Wear hace tres meses. La mitad de los altos cargos fuimos a la calle. En lugar de nosotros, mi hermano puso a sus amiguitos de la ciudad, y Dios sabe qué harán con la empresa ahora. ¿Te das cuenta? Me despidió, y soy su maldito hermano. Es un imbécil. Y Collin, ya lo sabrás tú, sigue sus pasos de imbécil. Ahora tengo que trabajar aquí, a kilómetros de mi casa. Sé que tú también has perdido tu trabajo. —Rob escuchaba sin inmutarse. Sabía lo que le iba a decir a continuación aquel hombre arrugado, sólo quería irse de allí sin perder más tiempo —Pero eso no te da derecho a hacerle lo que le has hecho a Collin. Se la has jugado bien, y eso no se lo hacen los amigos.
—No sé lo que le habrá contado Collin, pero no es cierto. Yo perdí mi trabajo y él podría habérmelo devuelto con sólo chasquear los dedos. No lo hizo porque no tenía ganas de hacerlo. Lo que le hice lo tenía bien merecido. —Rob echó una mirada cautelosa al todoterreno aparcado. —Más que merecido.
—Ahora dime —el hombre parecía no escuchar —, ¿le has robado a Collin el coche para darle otra lección? ¿No es ya suficiente? ¿Por qué no dejáis de una vez de pelearos?
—Mire, le digo que ese coche es mío, si quiere llame a Collin y se lo pregunta. Pero yo tengo prisa, así que voy a llenar el depósito, voy a mear y me voy a ir, ¿vale?

El dependiente lo miró severamente, como accediendo a regañadientes.

Mientras Rob llenaba el depósito, de pie frente al coche aparcado, pensó en los breves instantes en los que él y Collin habían sido amigos. Ahora ya no importaba. Había otra vida por delante, y la pensaba vivir, costase lo que costase.

El tío de Collin estaba en el interior de la tiendecita de la gasolinera, marcando un número en el teléfono. Una melodía comenzó a sonar. Provenía del interior del todoterreno. El dependiente levantó la vista hasta donde estaba Rob. Era imposible que escuchara la melodía desde allí... Rob empezó a ponerse nervioso. El hombre salió afuera, sin colgar el teléfono, y aguzó el oído. Miró a ambos lados, pero su vista fue a parar al todoterreno. Rob terminó de llenar el depósito. El hombre comenzó a caminar con paso decidido hacia allí, definitivamente estaba escuchando la melodía. Entonces Rob le dio el encuentro.

—Tome, quédese con el cambio. Me llaman al móvil, tengo que irme. —sin decir nada más, se metió en el coche y arrancó. El corazón le palpitaba de una forma que llegaba a resultar dolorosa, y la herida de la cabeza había empezado también a dolerle.

El hombre se quedó de pie, viendo cómo se alejaba el coche, un poco perplejo.

El teléfono de Collin dejó de sonar al cabo de un rato, y Rob tuvo que forzarse a respirar con naturalidad. El susto casi había acabado con él. A decir verdad, era Rob el que había instado al dependiente a llamar a su sobrino. No lo habría hecho de saber que el maldito de Collin había dejado el móvil en el asiento trasero del coche.

Ahora iba a toda velocidad por una carretera poco transitada a aquella hora de la tarde. Al cabo de una hora, sólo quedaba el todoterreno azul en kilómetros a la redonda. Nadie pasaba por allí, de hecho, el camino era más antiguo, casi arenoso, y en el transcurso de esa hora el cielo comenzó a oscurecerse. Y el optimismo de Rob empezó a desvanecerse poco a poco.

Había planeado lo que debía hacer en la ciudad, y desde que Collin se le echó encima con su coche, simplemente había actuado, pensando que debía seguir con su plan. Pero, ¿y si había subestimado a la gente de aquel pueblo?¿Y si descubrían la vieja moto de Rob en el acantilado y empezaban a sospechar? Además, había tenido aquella conversación con el dependiente, que además era el tío de Collin...Decididamente, todo andaba mal. Y, por primera vez desde que todo empezara, sintió lástima por Collin. A ésta le siguió un amargo y profundo remordimiento, y tuvo que parar el coche en mitad de la oscuridad, en el camino arenoso que no conducía a ninguna parte, para poner sus pensamientos en orden.


Cuando Collin le dijo que había que hacer recortes, Rob nunca pensó que lo despedirían a él. Y menos aún que su padre lo pondría en un alto cargo, dada su incapacidad para terminar siquiera el primer curso de universidad. Cuando Collin le dio la noticia con su estúpida expresión de indiferencia, Rob palideció, y a Collin no se le ocurrió otra cosa que pedirle que le comprara una bolsa de patatas si iba a salir. Ese fue el momento en el que Rob decidió jugársela a Collin.

Entró en el cuarto de su amigo a hurtadillas, mientras éste veía, en el salón, un programa de televisión lleno de imbéciles como él. Por suerte, se sabía la contraseña de su ordenador. Abrió el correo electrónico, y le mandó un mensaje a James Doherty, el padre de Collin. El mensaje fue, sin duda, una obra maestra. Cuando éste lo recibió, el impacto y el enfado fueron tales que decidió romper toda relación con su hijo. Esa noche, Collin recibió la llamada de su padre, en la que una voz de señorita le informaba de que, además de perder su puesto en Animal Wear, dejaría de llegarle dinero del señor Doherty. El perplejo Collin no era tan tonto como para no darse cuenta de que, si su padre no avalaba económicamente su imbecilidad, nadie lo haría. Se había acabado su vida de niño rico, lo habían abandonado a su suerte.

Rob ya andaba lejos de allí, dispuesto a salir de la ciudad, satisfecho de haberle dado la lección de su vida a Collin. Ahora sabría lo que es sudar para comer. Lo cierto es que un tipo como Collin estaba sin su padre igual de desvalido que un bebé.

Entonces cometió el peor error de su vida. Ahora, sentado en el todoterreno azul, en medio de la oscuridad total que un cielo sin estrellas podía ofrecerle, sin nadie que se adentrara en el camino arenoso, se lamentó de no haberse marchado inmediatamente de la ciudad.


El corazón le dio un vuelco cuando vio a Collin dirigiéndose hacia él en aquel pub de blues, colérico como nunca lo había visto, empujando al que se le pusiera por delante, sacando un objeto brillante del bolsillo....Rob sabía cual iba a ser la reacción de Collin, pero sacarle una navaja a él, eso era algo que no había imaginado. Esa noche, Rob temió realmente por su vida, por eso, seis horas después, se había sentido tan aliviado de que Collin hubiera muerto.

Rob se escurrió entre la gente del pub con un poco más de delicadeza que su amigo, pero ya era tarde. La navaja brillaba a la luz de las luces azules y rojas del concierto, y Collin la sostenía a la altura de su cara, enseñándosela a Rob, quizás para asustarlo aún más. Sólo entonces comprendió Rob lo bien que le había salido la jugada. Dejó la sutileza a un lado y empezó a empujar a la gente para abrirse camino, mientras Collin hacía lo mismo a unos pocos metros a su espalda, y cada vez más peligrosamente cerca.

Salió disparado por la puerta de emergencia, corrió hacia la calle siguiente y se escondió en una esquina. La música sonaba ahora lejana, pero aún le pitaban los oídos de lo cerca que había tenido los altavoces. Collin le había visto esconderse, y corría como un loco hacia donde estaba escondido Rob. Éste sintió cómo sus piernas volvían a salir despedidas hacia delante, con Collin a un paso de cruzar la esquina. Estaba amaneciendo, el cielo se puso rosa y luego naranja. Rob miró hacia atrás mientras corría, lo justo para verle la cara a Collin. Definitivamente, estaba borracho, ya que iba haciendo una especie de carrera en zigzag, intentando controlarse. Entonces, se paró. Rob siguió hasta llegar al extremo de la calle, y también dejó de correr. Con cierta satisfacción, vio cómo Collin se arrodillaba y vomitaba todo lo que había bebido.

Rob le observó desde lo lejos, y sintió un poco de lástima. Estaba acabado. Era un borracho acabado y desesperado. Siguió corriendo hasta el cuchitril donde vivía. Tuvo que pararse unos minutos para respirar, ya que estaba exhausto. Terminó de hacer la única maleta que iba a llevarse. Era una bonita maleta cuadrada negra con botones metálicos, que iba con la moto, la cual tenía aparcada en la acera. Con cautela, la colocó en su parte trasera. Volvió a entrar en su casa. Optó por comer algo rápido, ya que no podía aguantar más el hambre y el viaje iba a ser largo.


Cuando por fin decidió irse para siempre, le echó un último vistazo a su hogar. Definitivamente, no iba a echarlo de menos. Su vista se posó en la caja roja que estaba junto a su armario. Tras vacilar unos segundos, cogió el arma que había dentro. Era una pequeña escopeta de mano. Le metió dos cartuchos y salió de la casa. Por si acaso. Arrancó la moto y se marchó para siempre.

La brisa veraniega le acariciaba los brazos mientras viajaba a toda velocidad en su moto. El casco le apretaba un poco, pero al menos estaba protegido. Las angustiosas casas del pueblo ya habían dejado paso al amplio pasaje que se extendía ante él: tan solo el potente sol, el cielo azul, y la carretera en medio de un vasto paisaje pedregoso. Por fin se sentía libre.

El corazón le dio un vuelco cuando, por el espejo retrovisor, pudo divisar una manchita azul que se dirigía hacia allí a toda velocidad. En unos segundos, tenía en su espalda al todoterreno azul. El coche tuvo tan sólo que acelerar un poco para que todo ocurriera. Rob perdió el control, y al parecer, Collin también. Mientras el todoterreno derrapaba, Rob y su moto salieron volando. La moto siguió rugiendo un instante mientras estaba en el aire, luego cayó con un crujido estruendoso y se deslizó un poco más allá por el asfalto. Rob consiguió rodar mientras caía, y en algún momento recibió un golpe en la cabeza que casi le hizo perder la consciencia.

Durante unos momentos, reinó el quejido de las culebras. Cuando Rob escuchó la puerta del coche abriéndose, se obligó a sí mismo a incorporarse. Apenas podía ver y el casco le pesaba. El arma había caído cerca suya. Se arrastró hacia ella mientras una figura salía del coche y caminaba hacia él dando tumbos. Con un fortuito movimiento, alzó la escopeta y disparó cuando la figura estaba a unos tres metros de él. El sonido fue estruendoso, y el eco resonó en los tímpanos de Rob durante unos momentos que parecieron interminables. Algo en la cara o cabeza de su amigo salió volando hecho trizas, salpicando el todoterreno. El cuerpo se desplomó sobre el suelo como un pelele.

Rob respiró profundamente. No quería que todo esto se interpusiera en su camino, sólo se había defendido. Tan solo tendría que seguir conduciendo, como si nada hubiese ocurrido.

Eran las tres de la madrugada y Rob seguía sentado en el coche, parado en mitad del camino arenoso, con la cara entre las manos, preguntándose cómo iba a seguir todo después de esto. Al no haber ninguna luz cerca, la oscuridad era inmensa. La luna, frente a él, iluminaba un poco el largo camino.

Rob escuchó un ruido. Fue un pequeño golpe seco, pero, en aquel lugar donde reinaba el silencio, bastó para ponerlo alerta. Volvió a escuchar el mismo sonido, pero esta vez más fuerte. Ahora Rob estaba asustado, allí no había nadie. Con la mirada escudriñó la oscuridad que rodeaba al coche. Volvió a sonar. Esta vez fue casi como un petardazo. Rob saltó de su asiento y empezó a respirar entrecortadamente. Estaba seguro de que el sonido había venido del propio coche. Y en él tan sólo estaba él.... y Collin.

Se dio la vuelta y miró hacia el maletero. Durante unos minutos, todo estuvo en calma. Entonces suspiró, y otro golpe, esta vez más fuerte, hizo que el maletero vibrara, como si hubieran escuchado el suspiro desde dentro y ahora estuvieran pidiendo ayuda.

Rob salió del coche de un salto y fue hacia el maletero, sin acercarse demasiado, con los hombros apretados, como si así fuera a protegerse, temblando de miedo.

Esta vez empezaron a patalear el interior del maletero sin piedad. El todoterreno estaba botando, y el ruido que hacía golpeaba los tímpanos de Rob de forma dolorosa. Los pataleos no cesaban. Pronto se produjo un lamento ininteligible del interior. Sin duda, estaba pidiendo ayuda como lo haría un animal.
—¡Collin, ya basta, para de una vez! —gritó Rob, fuera de sí —¡ No voy a sacarte, así que déjalo ya! —los pataleos cesaron un segundo. Collin acababa de digerir esa respuesta. Entonces los golpes volvieron a sucederse, esta vez de forma desesperada, acompañados de un grito desgarrador, inhumano.

A Rob se le heló la sangre. Le había reventado la mitad de la mandíbula a Collin del disparo, de forma que por eso gritaba como una especie de animal. Cuando lo había arrastrado hasta el maletero, su cara había estado totalmente desfigurada. Debía estar pasándolo realmente mal ahí dentro.

Sonó el móvil de Collin. Los lamentos cesaron. Era la melodía que casi lo delató en la gasolinera. Cogió el teléfono del asiento trasero y volvió a salir. Mientras sonaba, en la pantalla aparecía la palabra CASA. Seguramente sería la policía, que andaba por casa de Collin. Esta vez, el miedo se superpuso a su lógica. Cogió el teléfono y esperó a que hablaran.

—¿Has encontrado a ese hijo puta de Rob? —era una voz que sonaba extrañamente familiar —Mira, da igual, no tenía que haberte mandado a buscarlo, es que me encontraba demasiado mal, bebí mucho y acabé vomitando cuando me puse a perseguirlo por el pub, el muy cabrón. Es tarde, vuelve y te dejaré el garaje abierto para que me devuelvas el coche. ¿Oye?

Rob estaba pálido. Claro que conocía esa voz. Aunque hubiera querido articular palabra, no habría podido.
—¿Oye, estás bien? Di algo, hombre.

Los pataleos y los gritos volvieron a producirse, esta vez intentaba pedir ayuda al que estaba al otro lado del teléfono, fuera quien fuera.
—¡Eh, qué ocurre, joder! —oyó decir, justo antes de colgar el móvil.

Rob permaneció quieto, frente al maletero, mientras este se movía sin parar. En su interior, alguien agonizaba de dolor y desesperación, golpeaba con todas sus fuerzas y chillaba de forma aterradora.

Aún le quedaba un cartucho. Quizás lo usara, o quizás no. De momento, y por muchas horas hasta que decidió hacer algo, permaneció de pie, quieto, mirando el maletero del todoterreno azul.


SSM

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martes 5 de agosto de 2008

El Faro - Capítulo 7 (Parte 2)


Una Segunda Oportunidad
(Parte 2)


La sala de espera del hospital estaba limpia y vacía. Solo Steve y el policía la ocupaban cada uno sentado en los extremos de uno de los bancos. No hablaban. Steve solo pensaba, recordaba el momento en que su esposa se puso de aquella forma. ¿Por qué?

Estaba en Fiumicino por fin y lo único que había visto había sido el puerto y el interior del coche de policía. Sí, había mirado por las ventanas durante el triste trayecto hasta el hospital, pero no había visto; de su cabeza no se iba la imagen de su mujer tirada en el suelo, junto a la cama, sangrando y rogándole que le ayudara con los ojos desorbitados. Y él no había podido hacer nada. En cinco minutos había perdido la consciencia, y hasta hubo un momento, a la media hora o así, en el que Steve creyó que había dejado de respirar. El motor del yate se había quejado cuando Steve lo puso al máximo de su potencia, pero no se calentó demasiado y no tuvo que apagarlo en ningún momento para que recuperara. Con esto, se dedicó por entero a permanecer sentado junto a Ruby, con su cabeza apoyada en las rodillas y acariciándole el pelo, tras haberle limpiado de la cara la sangre, sin que ella diera muestra alguna de mejora.

Con todo aquello, se olvidó por completo de la música, y no pudo evitar el llanto en el momento en que la última canción del disco comenzó a sonar. Era Ruby. Violines melancólicos, el piano de Charles y su voz: They say, Ruby, you are like a dream… Not always what you seem... La maldita canción, que tanto le había gustado siempre, en ese momento tan trágico le pareció de lo más siniestra.

Un par de veces pasó el doctor de su esposa por delante de ellos sin siquiera mirarlos, rápido, mirando papeles y la última vez con un inmenso libro entre las manos. Dos horas más tarde, salió de nuevo y se acercó a ellos. Steve y el policía se levantaron. La cara del doctor era una mezcla de agotamiento y enfado, y habló con una voz ronca y muy seca, en italiano, con el policía, quien le tradujo.

—Dice que no entienden nada. No consiguen averiguar qué le pasa. La han tratado superficialmente para unas cuantas cosas que podrían ser y van a esperar a ver si se manifiesta lo que sea que está dañando a su esposa.
—¿Habla en serio? —preguntó al policía.
—Sí.

El doctor se fue sin despedirse y los dejó allí de pie, en silencio.

—¿Qué va a hacer? —le preguntó el policía.
—No lo sé. ¿Puedo entrar a verla?
—No. Me ha dicho que no, vamos —respondió.
—¿A dónde?
—A algún bar.

El policía echó a andar y Steve fue sumiso detrás, sin nada que decir, sin fuerzas para quejarse. Salieron del hospital por las enormes escaleras de piedra de la entrada y cruzaron una bonita plaza llena de gente paseando y vendedores de suvenires que se apostaban en los bancos, desplegando allí su material y esperando a ser vistos. Un montón de niños en fila, todos con gorras verdes fosforito, seguían a una mujer joven con una carpeta en lo alto que, de vez en cuando, se giraba y les hablaba o llamaba un poco la atención. Steve no pudo evitar quedarse mirando a una preciosa niña rubia que, sin gorra esta, destacó por la belleza de su cabello sobre el resto de los niños; no consiguió verle bien la cara, por la lejanía y las lágrimas que luchaba por contener.

El recuerdo le asaltó otra vez: “Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa? Tu madre y yo te echamos de menos…

El policía andaba delante de él, sin volverse, con paso patoso y rápido. Steve le veía la espalda, la ropa arrugada, el sudor en la nuca, la falta de pelo en la coronilla, las piernas gordas renqueando sobre las losas desiguales del suelo que tanto habría recorrido y esa manera exagerada de mover los brazos. Odiaba a aquel hombre. No sabía por qué pero lo odiaba con toda su alma, y le deseó lo peor por un momento. Quiso poder pegarle, rezó por tener la posibilidad de quitarle la vida a golpes y no entendía qué hacían aquellos sentimientos corriendo por su cuerpo como un veneno.

El odiado agente se volvió entonces, intentando sonreír y le preguntó:

—¿Dónde prefiere ir? —con una mano le señaló la acera de enfrente a la que estaban, donde podían verse varios bares y terrazas.
—¿De verdad cree que me importa? —dijo Steve irritado, aún furioso.
—De acuerdo.

Y volvió a andar, decidido por uno, un bar llamado “A Domani!” en el que no había un alma. Vacío como los vasos que colgaban sobre la cabeza del camarero, un hombre muy mayor que ni los miró cuando entraron y que siguió con la vista clavada en el puro que se fumaba con unos labios agrietados sin dientes en la boca que cubrir.

Fueron hasta una mesa del final y cuando se sentaron, un chico joven con un delantal se acercó a ellos y les preguntó. El policía pidió por los dos y el joven se fue.

—No se deje engañar, este bar está muy bien.
—Vale.
—Mi nombre es Christo Malvicini.
—El mío es Steve Horner.
—Bueno… ya lo sabía —sonrió débilmente el hombre, como esperando que su acompañante también lo hiciera por la obviedad de su presentación —, estuve con usted en el regitro, y en el hospital…
—Ya, claro.
—Mire, señor Horner, voy a hablarle con franqueza… —dijo Christo Malvicini recolocándose en su asiento y haciendo una pausa cuando el camarero soltó dos cervezas enormes en la mesa —, su esposa no es la única.
—Ya lo sé.
—¿Cómo? —Christo Malvicini quedó totalmente contrariado por aquella revelación.
—Mi hija murió igual.
—Oh, Mamma mía! Cuánto lo siento —Christo Malvicini dio un trago a su cerveza un tanto sorprendido.
—Hace casi veinte años ya.
—Tuvo que ser muy duro, sería usted muy joven, ¿no?
—Demasiado…
—Vaya… Pues lo que yo iba a decirle, señor Horner, era que, ahora mismo, no es solo su esposa la que se encuentra en ese estado. No es su esposa la única en ese hospital con esta especie de enfermedad.
—¿Y por qué no dijo nada el doctor? —inquirió con brusquedad el Capitán.
—Porque no quieren escándalos.
—¿A qué se refiere?
—A que si los familiares de los afectados saben que ellos no son los únicos darán la voz de alarma, de alguna manera se extenderá la existencia de una enfermedad que no sabemos controlar y que nadie sabe qué es —Christo Malvicini volvió a sorber de su jarra de cerveza —, y no necesitamos a los medios encima. Muchos menos ahora, con la sombra de la guerra volando sobre nuestras cabezas como cuervos en el desierto.
—¿Y por qué me lo cuenta entonces a mí, señor Malvicini?
—Porque usted puede hacer algo para remediarlo.
—Pero, ¿qué me está contando? —Steve dio un golpe en la mesa —Como bien ha dicho antes, vino al registro conmigo, sabe que no soy más que el Capitán de un barco de pesca.
—Exactamente. Usted dispone de un barco y los permisos para navegar en todas las regiones marítimas, usted y solo usted.
—No, señor Malvicini —rió el Capitán —, se equivoca, somos alrededor de mil los Capitanes de pesqueros con permiso para todas las regiones.
—Sí, pero hasta donde yo sé, usted es el único cuya esposa está postrada en una cama incubando una enfermedad sin remedio conocido por la medicina.
—¿Y usted qué sabe?
—Señor Horner —sonrió el agente —, hágame caso, lo sé.
—Me voy a ir, señor Malvicini —dijo de repente el Capitán levantándose.
—¿Por qué? —se sorprendió el policía.
—Porque, hace también casi veinte años, otra persona fue por el mismo camino que parece ir a tomar usted, y me propuso algo muy feo, señor Malvicini.
—¿De qué me habla, señor Horner? —preguntó el agente —No le sigo.
—Pues nada. Hasta que nos volvamos a ver.
—¿Qué? —el agente de policía no hizo más que quedarse donde estaba, agarrado al asa de su enorme jarra de cerveza, viendo como el Capitán Horner se marchaba por la puerta del bar y cruzaba la calle dirección al hospital.


—¡Exijo ver a mi esposa! —gritó al celador que le ponía una mano en el pecho prohibiéndole la entrada al ala de cuidados intensivos.
¡In nessum modo! —negaba una y otra vez el hombre, empujándolo, obligándolo a retroceder.
—¡Voy a golpearte, italiano de mierda!
Ma va´ là! —el celador echó su peso sobre el capitán y lo estrelló contra una pared, luego comenzó a gritar ­— Sicurezza! Sicurezza!

Y no tardó en aparecer un guardia de seguridad mirando con maldad al Capitán, que se recompuso como pudo y pasó al lado de éste sin mirarlo, rápido y furioso.

Salió del hospital arrasando con todo, sin mirar ni por donde pisaba, paró a un taxi y le gritó la palabra “puerto” haciendo el movimiento del agua con las manos. El taxista le miró con los ojos entrecerrados y puso el taxímetro a correr. El viaje fue corto, pero no barato.

Su barco descansaba sobre las aguas calmadas del atardecer. Llevaba sentado en la cubierta tres horas, con una botella de vino vacía entre las piernas y Ray Charles sonando en el interior. El sol veraniego le había quemado la piel y sabía que necesitaba o una ducha o un baño para despejarse; pero moverse era algo que no le apetecía.

El cielo era un cuadro de Rubens, nubes redondeadas, cada una de un color, naranja, rojo, lila, rosa, azul, violeta y el sol caía justo ante sus ojos y le desorientaba al igual que deslumbraba.

—Cómo han cambiado tus vacaciones, ¿verdad? —murmuró entre dientes.
—¿Capitán? —una tímida voz en la luz.
—¿Quién anda ahí? —tan borracho estaba que no le sorprendió la voz de la niña tras él, ni se giró, ni se movió, permaneció como estaba, mirando directamente al sol, dañándose las retinas y sintiendo la luz inundar su mente.
—Soy… Vengo a avisarle —la voz hablaba con determinación.
—¿A avisarme? ¿De qué? —el Capitán echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el quicio de la puerta.
—De que si no busca a Simon Bakälar, le pregunta por el orogris y decide aliarse con él, su esposa no se salvará.

El Capitán comenzó a reírse, sin volverse.

—¿Te manda Christo Malvicini? —preguntó.
—No conozco a ningún Christo Malvicini. —respondió con sinceridad.
—Entonces, ¿de qué conoces mi historia, a Simon Bakälar, y todo lo demás?
—Señor, busque a Simon Bakälar en Port Douglas, Australia, y háblele del orogris, no deje que le vuelva a pasar como con su hija, Capitán.
—¿Qué sabes tú de mi hija? —preguntó con brusquedad.
—Nada, solo que murió al no tener la cura. Pudo conseguirla entonces y puede conseguirla ahora. No caiga dos veces en el mismo error.
—Pero, ¿se puede saber quién cojones eres? —el Capitán se fue volviendo, sorprendido por la cantidad de información que tenía la niña y, con las pupilas totalmente contraídas, al mirar a la oscuridad del interior solo percibió luces blancas y anaranjadas ante los ojos, entre las cuales vio desvanecerse el cuerpo de una niña —¿Lillian? ¿Eras tú?


Duchado y afeitado, oliendo a colonia y con una pequeña maleta de viaje en una mano, caminaba el Capitán con paso rápido hacia el Hospital. Nervioso, se preguntaba si lo dejarían pasar a ver a su esposa y si perdería los nervios de no ser así. Solo había ido a despedirse.

Entró al vestíbulo y atravesó toda la sala gigantesca hasta los ascensores, donde esperaba un montón de gente. Todas caras desconocidas, país desconocido, idioma desconocido. Estaba solo, completamente solo, y aquello le asustaba; si por lo menos conociera la lengua.

Una vez en la planta de cuidados intensivos, nada más pasar a través de las puertas de metal del ascensor, se encontró de cara con el agente Christo Malvicini.
—Vaya —dijo éste con una sonrisa, luego fijó su vista en la maleta —¿Se marcha?
—Sí.
—¿A dónde?
—A Australia, a buscar a un viejo amigo.
—Claro —el agente andaba a su lado mientras el Capitán encaminaba la puerta de entrada al ala del hospital.
—¿Me dejarán pasar? —preguntó Steve Horner.
—A saber.

Llegaron hasta la puerta, donde un nuevo celador leía unos archivos de pie junto una mesa. Christo Malvicini comenzó a hablar con él y el muchacho miró una y otra vez al Capitán, de arriba abajo, luego negó con la cabeza y se encogió de hombros, dijo algo y enseñó las palmas de las manos, como si no supiera nada.
—No te pueden dejar pasar —dijo el agente.
—¿Por qué? —Steve luchaba por controlarse.
—Por seguridad, este tipo dicen que le han ordenado no dejar entrar a nadie en la zona de infectados —explicó.
—Puta mierda.
—¿Tiene el billete de avión?
—No. —Steve comenzó a agobiarse.
—¿Y piensa encontrarlo así sin más, sin reserva ni nada?
—No he pensado en eso.
—Pues creo que es algo a tener en cuenta —dijo el policía con una sonrisita, la cual borró al instante al ver el rostro descompuesto de Steve Horner —. Le ayudaré.

Christo Malvicini hizo tres llamadas y le consiguió un billete en clase turista, de ventana, para el vuelo de las doce de la noche que le dejaría en el aeropuerto de Cairns, no muy lejos de Port Douglas.
—¿Por qué me ayuda?
—Porque ha pasado mucho en un solo día, y quería librarle de algo del peso.
—Muchas gracias.
—No hay de qué, Capitán.

Viajaron en el coche del agente hasta el Aeropuerto Leonardo Da Vinci, donde se despidieron con un breve apretón de manos y donde Christo Malvicini le deseó suerte y paciencia. Steve volvió a darle las gracias por todo y se despidieron.

El avión no iba muy lleno, nadie se sentó a su lado y el hecho de sentirse atraído hacia una de las azafatas le hizo sentir fatal, le entró un terrible dolor de cabeza y vomitó dos veces antes de salir de Italia. No pidió nada para comer, ni para beber, no leyó ninguna revista y ni siquiera pudo reposar la cabeza sobre la ventana y dormir un rato. Estaba nervioso, intranquilo, sabía lo que tenía que hacer, a quien se tenía que enfrentar y en donde se iba a meter, y eso le asustaba. De verdad que le asustaba. Era como si, de una manera inconsciente, Steve Horner supiera a donde le iba a llevar esto, a ese fin prematuro en el barco contra las rocas que harían de su viaje de salvación una muerta carente de sentido.

Pero, por otra parte, sabía que tenía que ir, que nada saldría bien si él no hacía ese viaje, si no hablaba con Simon Bakälar, si no iba en busca del orogris. Lo sabía. Lo sabía, y la niña también. La niña lo había puesto en el camino, de vuelta a las ruedas del destino. La niña. ¿Quién era esa niña? Había desaparecido cuando él se había vuelto. ¿Fue una alucinación? ¿Una aparición? ¿Lillian? Había muerto con siete años, y la recordaba más alta que la sombra que había visto en su camarote. Y la voz era diferente también. Aunque habían pasado casi veinte años ya. ¿De verdad iba a reconocer la voz a la primera? Pues, ¿qué iba a ser si no? Si no era su hija, su Lillian, ¿quién demonios era la niña que apareció tras él esa tarde? ¿Quién?


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martes 29 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 7 (Parte 1)


Una Segunda Oportunidad

(Parte 1)


19 de Marzo de 2010
09:00 AM
En el Mar Tirreno
(A unas horas de Fiumicino, Roma)

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar, y por eso el murmullo continuo se fue trabando hasta que desapareció y el barco siguió flotando tranquilamente sobre las grisáceas aguas del alba.

Amanecía lentamente en el Mar Tirreno, el cielo pasaba del púrpura a un celeste claro tras unas finas nubes, arreboladas en pequeños grupos, mientras que el sol se abría hueco partiendo del mar con su haz de luz blanquecino. La escena se desarrollaba sin prisa, con las gaviotas como único testigo de la belleza de aquel despertar. El yate blanco, ni tan grande como para llamar la atención, ni tan pequeño como para que sus únicos dos ocupantes no estuvieran cómodos, se movía al ritmo de las olas.

En el silencio de la mañana, invadido solo por el agua y los graznidos de las aves, Steve Horner abrió los ojos. Sobre su cabeza, el techo bajo del camarote le mostraba una lámpara blanca atornillada al mismo. Miró a su izquierda y vio que el reloj de pulsera le mostraba las nueve de la mañana. Miró a su derecha y vio la cosa más bonita del mundo.

Ruby dormía plácidamente de lado, sobre su hombro izquierdo, inclinada hacia él, el pelo cayéndole por el cuello tras las orejas, sin cubrirle la cara; su expresión era puro descanso, y sus labios entreabiertos hicieron que a Steve se le inflara el pecho de felicidad. Más allá del cuerpo de su esposa estaba la pared del camarote y, en la parte más alta de ésta, la ventana rectangular que daba al exterior. Parecía que amanecía soleado, pero el hecho de que se le erizasen los vellos de los brazos al salir de entre las cálidas mantas de la cama le hizo pensar en que un frío viento podría traer lluvia para la noche.

Pero para la noche ya estarían en Fiumicino, pensó Steve Horner con una sonrisa en el rostro, disfrutando del mejor pescado, refugiados en un elegante restaurante del centro del enorme pueblo. Aquellas serían unas vacaciones inolvidables.

El motor del barco se ahogaba siempre a los pocos minutos de estar encendido después de haberse pasado una noche entera sin funcionar y Steve Horner lo sabía, así que volvió a encenderlo con paciencia, calentándolo poco a poco, hasta que comenzó a funcionar con normalidad, encauzó el timón, actualizó el rumbo en la computadora y notó contento como el yate cogía velocidad. Italia, allá vamos, pensó.

Con paso tranquilo volvió al camarote y se aseguró de que Ruby seguía durmiendo. Fue a la cocina, pequeña pero perfectamente equipada, y puso el café a calentar a la vez que unas tostadas se hacían. Exprimió cuatro naranjas bien gordas de la caja que comprara la mañana anterior en Golfo Aranci, y sacó la mantequilla de la nevera. El desayuno estuvo listo en diez minutos y Steve entró de nuevo en la habitación portando una bandeja bien equipada para empezar el día.

Con cuidado depositó la comida en el suelo y se subió a la cama con suavidad, se echó sobre su mujer y le acarició la oreja con la nariz susurrándole que era hora de despertar. Ella no quiso hacerle caso. Steve se puso a su lado, de rodillas sobre el colchón, y comenzó a dar pequeños botes.
—El desayuno está listo —dijo.
—No quiero desayunar, quiero dormir —se quejó ella dormida aún.
—Pero son ya casi las diez de la mañana —replicó él.
—Las diez es hora de dormir —aún no había abierto los ojos.
—No cuando estás en un barco —volvió a replicar Steve Horner.
—Sí cuando estás de vacaciones —Ruby le empujó con un brazo y se puso bocabajo, con la cara mirando para la pared.

Steve reía la pereza de su mujer. Se colocó ahora a horcajadas sobre la espalda de Ruby y comenzó a masajeársela con delicadeza.

—Eres una floja.
—No, tú te levantas demasiado temprano —corrigió ella; su voz sonaba amortiguada por la almohada.
—Costumbre.
—Pues yo acostumbro a dormir hasta el mediodía en vacaciones, ¿sabes? —por fin, Ruby levantó la cabeza de la almohada y miró a su marido con los ojos hinchados por el sueño, media sonrisa en el rostro y todo el pelo revuelto.
—¡Qué guapa estás! —exclamó Steve.
—Sí, ya —bufó ella, incrédula.
—En serio. —él se inclino para besarla y ella se retiró —¿Qué pasa?
—Tu aliento —explicó Ruby con una mueca.
—¿Apesta? Me acabo de lavar los dientes. —justificó él.
—Ya, es eso, demasiada menta fuerte para ser tan temprano. —sonrío la mujer.
—Vaya.

Steve se quitó de encima de su mujer y cogió el desayuno mientras ella se incorporaba con la espalda en el cabezal y se ordenaba un poco el pelo. Colocó la bandeja sobre las piernas de ésta y se sentó enfrente.

Desayunaron animadamente, diciendo tonterías y entre bostezos monumentales por parte de Ruby. El sol entraba ahora directamente por la ventana rectangular del camarote y comenzaba a hacer calor allí, por lo que Steve abrió la puerta.
—¡Qué frío! —exclamó Ruby rápidamente.
—¡Qué exagerada! —rió Steve imitándola.
—En serio —replicó ella ceñuda.

Steve volvió y cerró la puerta. No quería hacer nada que disgustase a su esposa, no en esas vacaciones. Se merecían un descanso, sin duda alguna, un descanso del dolor, de la desgracia, de los recuerdos.

Habían pasado ya casi diez años desde que aquello ocurriera, pero aún notaba la sombra de la desgracia en los ojos de su mujer, en sus gestos, en sus palabras. Notaba su presencia, la persistencia de la muerte tras el alo de felicidad comprometida con el pasado que juntos habían estado intentado crear en los últimos años.

La mañana avanzó inundada de normalidad, silencio y tranquilidad. Después de desayunar permanecieron un tiempo más acostados, abrazados, escuchando el mar y el tímido murmullo del motor, hablando a ratos, callados la mayor parte de tiempo.

Las gaviotas seguían sus paseos sobre el mar, su caza, su vida en el aire, mientras Ruby besaba a su marido y salía de la cama para ir al cuarto de baño. Steve se quedó unos momentos más allí echado, pensando, recordando. Lillian, ¿dónde te has ido, preciosa?

Saltó de la cama y fue a observar la pantalla del monitor. Todo en orden. Llegada prevista en tres horas, lo justo para llegar al hotel, ducharse y salir a comer. Contento volvió al cuarto y se acercó al equipo de música. Abrió el cajón de los discos y estuvo un rato mirando. En tanto, Ruby salió del cuarto de baño, le miró, sonrió, y se acercó. Tras un rato discutiendo sobre qué poner, decidieron escoger a Ray Charles. Era un Grandes Éxitos de muchos años atrás, un par de discos viejos y muy usados cuya caja estaba más que rota.

En cuanto empezó a sonar What I’d Say, Ruby comenzó a menearse al ritmo de la música y a cantar por toda la habitación. Steve sonrió contento y se quedó mirándola desde donde estaba, temeroso de acercarse y hacerla parar. Ella, por el contrario, se fue acercando a él sin dejar de bailar e intentó arrastrarlo al ritmo, pero fue imposible.

—Sabes que no bailo —dijo él.
—¿Ni si te lo pido yo? —Ruby se fue aproximando a Steve sin perder el compás.

Tiró de él y lo consiguió separar de la pared. Ambos reían y, a pesar de no querer, Steve Horner terminó moviéndose patósamente junto con su esposa hasta que la canción terminó y comenzó la más tranquila Georgia On My Mind. Sus jadeos y risas sonaban sobre la música y apenas si le hacían caso, pero terminaron abrazados balanceándose con los violines.

Steve no creía poder haber alcanzado lo que tanto tiempo llevaba ansiando y buscando. Simplemente quería estar así siempre. Durante un momento se le pasó por la cabeza hasta la idea de reducir la velocidad del barco y alargar aquel momento todo lo posible, eternizar aquella canción, no salir de la belleza y la tranquilidad de aquel abrazo. Pero la canción terminó.

Ruby alzó la cara, mojada de lágrimas y le besó en los labios con una sonrisa.

—Gracias por convencerme para hacer este viaje —dijo.

Steve se limitó a devolverle el beso. Las manos de ella fueron bajando suavemente por su espalda hasta la cadera y allí se crisparon de repente, clavando las uñas en la carne. Steve no pudo evitar retirar su boca de la de ella, sorprendido por el dolor, pero Ruby no lo soltó, sino que siguió apretando. Tenía la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco y la boca semiabierta.

Steve la zarandeó suavemente y le habló, pero su esposa no volvía en sí. Estaba tensa y temblaba, así que asustado la tumbó en la cama y la abofeteó. No funcionó. Aquello le parecía un ataque epiléptico, pero no había convulsiones, no había saliva, y Ruby nunca había sido epiléptica. Fue corriendo a la cocina, agarró la jarra de agua de la nevera y la echó sobre su mujer. Ahora sí hubo reacción, se movió como si hubiese recibido una descarga eléctrica y cayó de la cama por el otro lado al suelo.

Lloraba. Steve fue hacia ella y vio como se encogía. La llamó por su nombre mientras se arrodillaba a su lado y entonces vio la sangre. Salía de sus oídos y de su boca, también por la nariz, y le costaba trabajo respirar. Steve no sabía qué hacer, no podía creer lo que estaba viendo. Ruby levantó la vista y lo miró con unos ojos aterrados de pupilas dilatadas.
—¿Qué me pasa? —dijo escupiendo sangre y con una vocecita que hizo que el corazón de Steve se encogiera aún más —¡Ayúdame, Steve! —gritó —¡Ayúdame!

El contacto por radio con puerto fue rápido y conciso una vez hubo dado su nombre y el de su yate, así como su número de licencia.
—¡Llamen a una ambulancia!

Las luces rojas y blancas apenas se notaban en el brillante mediodía del puerto de Fiumicino. Junto a la ambulancia esperaba un coche de policía y un amplio número de curiosos, la mayoría extranjeros que pasaban por allí cuando se formó aquel circo.

El yate, que había convertido las tres horas restantes de viaje en una y media a toda velocidad, llegó al puerto finalmente y Steve saltó de él con la intención de atarlo, topándose con un par de policías que lo retuvieron rápidamente.

—¡No, por favor, ayuden a mi mujer! —gritó él a los agentes, que no parecieron entenderlo.

Señaló la ambulancia y el yate y entonces lo soltaron a la vez que un grupo de enfermeros se introducían, no sin cierta dificultad, en el barco con todo el equipo. Steve fue tras ellos y vio como atendían a Ruby, hablando entre ellos en italiano, y se desesperó al no saber qué estaba pasando.

—¿Habláis alguno inglés? —preguntó un par de veces sin obtener respuesta.

Abrieron una camilla plegable y la subieron con cuidado, él intentó ayudar pero uno de los enfermeros le paró y le dijo algo que no comprendió. La sacaron del yate y la metieron en la ambulancia, que rápida volvió a encender la sirena y comenzó a recular para entrar en la carretera.

—¡Esperen! ¡Esperen! —gritó Steve corriendo detrás del vehículo —¿Dónde la llevan? ¿Dónde llevan a mi mujer?
—¡Pare! —gritó alguien entonces tras él —¡Pare!

Steve se giró y vio a un policía que le seguía. Temeroso de verse en algún problema dejó de correr y vio como la ambulancia se perdía de vista tras una esquina. El agente llegó hasta él y se dobló sobre sí mismo, apoyándose sobre sus rodillas para coger aire. Era un hombre gordo, con poco pelo, vestido de chaqueta pero de manera desaliñada.
—¿Qué hace corriendo detrás de la ambulancia, hombre? —preguntó en un inglés bastante correcto.
—¿A dónde llevan a mi esposa? —preguntó Steve.
—Pues al Hospital Central.
—Llévenme.
—Primero tiene que pagar la tasa del puerto y registrarse —indicó el policía.


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martes 22 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 6 (parte 2)

La Venganza de Grace
(parte 2)

11:00
26 de noviembre de 2010
(5 días antes)



Sin apartar las manos del volante, se quitó del ojo una legaña con el dedo meñique. Simón debía estar atento ya que el lugar de reunión se encontraba cerca. Era imprescindible cerrar el acuerdo cuanto antes, pues el primer día de diciembre, apenas una semana después, partiría el pesquero. Gracias a unas indicaciones que había recibido en código secreto a través mensajes y pequeñas reseñas en periódicos locales, pretendía guiarse a través de las carreteras del estado de Nevada y su interminable desierto. Aunque lo peor era, sin duda, la manera en la que se estaba jugando la vida; merodear por un lugar receptáculo de criminales y guerrilleros no sólo le exponía a éstos, sino también corría el riesgo de ser apresado por los militares estadounidenses. Muchas veces pensaba que, contra esto, poco podría hacer la Colt M1911 que llevaba en la guantera; pero por otro lado se sentía más seguro, pues era como si un amigo dispuesto a protegerlo le acompañase a la muerte.
Por fin llegó. El residuo de una base de pruebas nucleares en ruinas le esperaba en medio de la nada arenosa. Resultaba irónico, pensó Simón, que medio siglo atrás, tan cerca de Las Vegas, hiciesen experimentos atómicos. Tres casas cubiertas por el polvo y multitud de desechos amontonados en cualquier lugar: un coche de los años setenta, hélices de aviones, motores, ruedas, barras de hierro, sacos de tierra, herramientas, botellas de Coca-Cola, mesas de madera podrida, sillas quemadas...
Frenó el jeep y se bajó. No había nadie, y la ausencia de ruido remarcaba aún más aquella soledad y abandono. El silencio solapaba la realidad y la trasladaba a lo que bien podría haber sido un desierto marciano. Extrañas leyendas se apiñaban en torno a aquellos lugares. Simón deseaba irse cuanto antes, no creía que el estar demasiado tiempo allí le pudiese llegar a trastornar, él no creía en las historias de ovnis, pero eso no quitaba que le pareciera un lugar incómodo. Para distraerse, intentó vislumbrar algo en la lejanía, pero era prácticamente inútil. Un viento marciano soplaba sin emitir sonido alguno, levantando la arena del terreno; ésta, al ser iluminada por los rayos del sol, hacían imposible la tarea de ver algo que estuviese a más de cien metros. Tras cinco minutos que se hicieron eternos, un 4x4 de color negro surgió tras la nube de polvo del horizonte. Casi de forma automática, el automóvil frenó, se abrieron todas las puertas y cuatro hombres se bajaron al unísono. Ya los conocía. Lo que Simón siempre veía en ellos no difería mucho de las imágenes grotescas de las películas de Hollywood. Tres de los hombres eran enormes e igual trajeados; el cuarto era mucho más delgado, joven y se caracterizaba por una fina perilla y unas gafas con las lentes minúsculas. Éste se situó un poco más adelantado que los demás, colocados de manera piramidal por detrás suya.
—Paolo —dijo el delgado, con una voz grave que en nada se correspondía a su apariencia.
Uno de los guardaespaldas se acercó a Simón y le cacheó. Tras negar con la cabeza, el jefe se acercó y le dio la mano, mientras le dirigía una sonrisa a Simón.
—Siempre me ha parecido extraño hacer estas cosas, pero ya forman parte de un auténtico ritual. No hace falta que a estás alturas te recuerde lo complicado y secreto del encargo.
—Por supuesto que no —replicó Simón.
Sin decir una palabra más, el hombre de la perilla sacó una cajita de metal, la abrió y mostró su interior: Era la figura en miniatura de una mujer de mármol. A pesar de su pequeño tamaño, era claro que se había hecho un especial esfuerzo por ensalzar la belleza de ésta. Entre sus manos sostenía una fina corona. La delicadeza con la que se habían tratado las curvas de su cuerpo contrastaba con la dura expresión de sus ojos, fijos hacia el frente.
—Con esto, ellos sabrán que sois quiénes decís que sois. Es la única prueba que tendrás para demostrarlo y conseguir que te den el reparto, con ellos no sirven de nada los absurdos códigos secretos. Tú debes saberlo más que nadie. Sólo entienden de lo que llevan entre manos. Así que, cuidado en no perderla.
De pronto, un estruendo de motores rompió el silencio de manera mucho más atronadora que los cinco hombres que, hasta el momento, habían estado allí. Surgido de la nada, un jeep entró en escena a toda velocidad. Sin darle tiempo a frenar, chocó aparatosamente contra las ruinas de la central atómica. El vehículo no tenía la insignia del ejército americano, así que no podían ser, como había pensado Simón en un principio, militares. Se trataba de guerrilleros. Seis coches más aparecieron y frenaron con brusquedad. Tanto ellos como Simón y sus acompañantes quedaron sorprendidos por el inesperado y casual encuentro, el cual podría truncar los objetivos de ambos. Pero los guerrilleros no estaban preocupados por ellos, o al menos no lo aparentaban. Unos metros más allá, Simón escucho el inconfundible sonido de los vehículos de guerra, los cuales sí eran militares.
Todo se fue sucediendo con una rapidez abismal. No le había dado tiempo aún de tirarse al suelo, cuando las balas empezaron a silbarle cerca del oído. Al menos veinte soldados armados se bajaron de los vehículos de guerra y comenzaron a disparar a los guerrilleros. Parecía que estos últimos habían elegido aquellas tres casas ruinosas como lugar de trinchera.
—¡Escapa como puedas! —le gritó el hombre de la perilla mientras le daba la cajita de metal con su contenido.
Él y sus hombres huyeron hacia el todoterreno negro, que arrancó un segundo después de que estuvieran en su interior. Simón sólo tenía una cosa en la cabeza: llegar a su coche y palpar su Colt. Pero un terrible estruendo lo detuvo a medio camino y no tuvo más remedio que guarecerse tras el coche de los setenta, el cual yacía abandonado a pocos metros de su propio coche. Un helicóptero militar se había encargado de hacer estallar el todoterreno negro por los aires. Habían muerto, con total seguridad, y él tampoco estaba nada lejos de estarlo. Estaba expuesto a los tiros de ambos bandos.
Siguió escondido entre la vieja chatarra, esperando el momento menos peligroso para llegar a su coche; pero cuando creyó que ese momento había llegado, algo llamó alarmantemente su atención. Desde la esquina de una de las construcciones abandonadas, el perfil de una pequeña figura. No podía ser... ¿qué hacía esa niña allí? No era una niña cualquiera y no era la primera vez que la veía; pero eso había ocurrido muchísimos años atrás y por otro lado, no había cambiado nada. Poseía el mismo cuerpecito de siete añitos, cubierto con un vestido azul. Mantenía el mismo rostro de inocencia de la última vez, o incluso más acentuado aún. Le dirigió los ojos y se sintió como si le observase una muñeca de porcelana, con la cara redondeada, boca graciosa, ojos de color miel, pestañas larguísimas y el pelo rubio anaranjado. Nunca la habría olvidado. Sin ninguna duda, aquella era la niña que había permanecido en su memoria durante casi veinte años.
Y luego, como si hubiese sido una mota de polvo en el ojo, una sombra, desapareció tan rápido como había llegado. Sin dar lugar a razonamiento lógico de ninguna clase, Simón salió de su escondrijo, sorteando con bastante fortuna el fuego cruzado, llegando por fin a su vehículo. Solamente se le ocurrió un modo de salir de allí. Sacó de la guantera su pistola y apuntó con ella al helicóptero que se dirigía hacia él. Nunca supo si fue él quien dio en el blanco o fueron los guerrilleros; la cuestión es que el helicóptero se hizo trizas a pocos metros suya, provocando una onda expansiva que destrozó los cristales de las ventanillas. La nube de tierra y humo que se había levantado le limitaba totalmente la visibilidad y, por tanto, impediría también que los otros viesen su huída. Era el mejor momento, pisó el acelerador y pasó entre la confusión, jugándose todas las cartas a una. Poco a poco fue dejando el tiroteo atrás, pero no por eso dejó de acelerar.



19:00
25 de noviembre de 2010
(la noche anterior)



La noche se deslizaba suavemente por el territorio, marcando el relevo por el que, mientras unos volvían a sus casas a dormir, otros comenzaban su actividad. Una actividad que en aquellos tiempos era de lo más deprimente que nunca. Con el fulgor de la ciudad de las Vegas a menos de cincuenta kilómetros, años atrás la vida en el desierto siempre había sido bastante movida. Las zonas comerciales se convirtieron en centros alternativos a la ciudad, sucedáneos de las Vegas para bolsillos algo más recatados, casinos, moteles; perfecto para los que querían un nuevo ambiente, sin alejarse de sus vicios lúdicos. Era la mejor opción para aquellos que quisiesen pasar noches alocadas y únicas, con el atractivo de estar en medio del desierto americano.
Todo esto había dejado ya de importar, la lucha por la supervivencia había eclipsado del todo el deseo por el sueño americano. Estados Unidos desapareció de su mítica posición social, del modelo representado por el dólar y el poder omnipotente sobre el mundo. Un año había pasado desde el día más inquietante de la historia, que unos rememoraban con dolor y sed de venganza, y otros, hipócritas defensores de la paz, celebraban con champán y sadismo. Por aquellos segundos, un año atrás, las nuevas bombas destructivas europeas habían arrasado las ciudades de Las Vegas y Washington. Nunca habían muerto más personas a la vez como en aquella noche.
Las formas de ganarse la vida habían disminuido totalmente. No había sitio para el juego en uno de los lugares más desolados de la Tierra; miles de personas habían emigrado a otras zonas en busca de mayor prosperidad. Sólo se habían quedado atrás delincuentes y presos políticos que huían del régimen militar. Tras la muerte de Abigail Shine, se impuso la ley marcial en todo el país. Se persiguió a todo aquel del que se sospechase tener relaciones con el terrorismo, entrando en este grupo de sospechosos europeos, latinoamericanos y musulmanes. Se encarceló a decenas de miles de personas que estaban en contra de la dictadura y se condenó a muerte a otros miles, mediante la derogación temporal de la justicia habitual, y aplicando juicios militares que, en ocasiones, ni se celebraban.

Aquella noche, dos personas entraron en la habitación de una motel de una carretera perdida en el desierto. Simón había conocido a aquella chica que respondía al nombre de Jennifer, apenas dos horas antes, cuando se habían puesto a hablar en un bar en el que eran las únicas personas sobrias. Era una prostituta, de eso ya se había percatado Simón; pero había algo en su rostro misterioso, que lo atraía, y por eso la dejó hablar. Sólo tuvo que esperar a que anocheciese para dejarse llevar y divertirse. Era pelirroja natural, ojos azules y buena figura.
Jennifer sonrió cuando Simón cerró la puerta. Y en ese momento, con mayor intensidad que antes, volvió a tener la sensación de que aquella mirada y aquella sonrisa querían decir algo. Algo desconocido, y por tanto indigno de confianza para Simón.
—Acércate Simón, quiero decirte algo.
Sin saber si realmente se lo había dicho o había sido su imaginación, pegó su cuerpo al de ella y le puso las manos en las caderas. Ella acercó sus labios a su oreja, besándola con ternura.
—Simón —le susurró con suavidad—, yo también he visto a la niña del vestido azul.

Y antes de que él pudiera hacer o decir nada, le besó en la boca. La venganza de Grace se repartió de manera irremediable por su boca, se mezcló con la saliva, traspasó los poros de la lengua, llegó al estómago, pasó a la sangre, y se extendió un segundo después por todo su cuerpo, bañándolo lentamente de muerte. El sudor también hizo su parte, se adhirió a la piel de Simón, fluyó por sus células y las comenzó a matar, sin darse cuenta, lentamente. Su esperanza de vida era de poco más de dos meses, aunque él no lo sabría nunca. Pues justo en el instante del afloramiento de esta muerte lenta y silenciosa, otra muerte, más rápida y espectacular, le sorprendería.
La tentación le ganaba terreno poco a poco; pero aún seguía sopesando de manera diluida las palabras de la chica. El pulso le temblaba terriblemente: el parkinson dando sus primeros coletazos. Cerró el puño con fuerza y se obligó a relajarse, a olvidarse de todo; arrancándose la cáscara débil y escrupulosa que asqueaba su cuerpo, sustituyéndola por una piel de serpiente, fría y sin sentimientos. Así se lo habían enseñado. Al día siguiente recordaría aquella noche como una más.
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viernes 11 de julio de 2008

El Faro -- Capítulo 6 (parte 1)

Aquí vuelve "El Faro", de una vez por todas, con la 1ª parte del capítulo 6; ya dijimos que a partir de ahora los dividiríamos para hacer más ligera su lectura. La 2ª parte de este episodio será publicada el Martes 22. Esperamos os guste y nos comentéis todas las dudas que os vayan saliendo al paso.


La Venganza de Grace
(parte 1)


19:55
8 de diciembre de 2010

—Se oye.

Dos grandes luces de neón que colgaban del techo le iluminaron la cara. La chica frunció los ojos deslumbrada, mientras intentaba reconocer las blancas y borrosas paredes que se levantaban a su alrededor. La voz que habló antes se volvió a oír, reverberando en las paredes de la sala.
—La prostituta de nombre Jennifer, está acusada de contagiar, en conocimiento de la enfermedad que poseía, a más de cien afectados, de los cuales diez de ellos han fallecido, cincuenta y cinco se encuentran en estado muy grave y unos treinta están con tratamiento urgente por encontrarse en las fases primarias de la enfermedad. Atendiendo a la comisión nacional del Estado de Guerra del país de los Estados Unidos, se considera éste un acto de ataque bacteriológico, y por tanto se condena como terrorismo y traición. Considerando estas pautas, se procede a autorizar la decisión tomada por el Tribunal Militar vigente la aplicación de la pena de muerte, mediante cámara de gas, a las 20:00 del día 8 de diciembre de 2010.

Jennifer realmente no se llamaba así, ese había sido su nombre durante años, su nombre profesional. Pero cada vez que alguien la nombraba así una inmensa pena la invadía, haciéndola sentir más desgraciada. Era entonces cuando deseaba con todas sus fuerzas el haber tenido otro camino, una alternativa que le hubiese llevado a triunfar en vez de fracasar estrepitosamente en la vida. Quizás hubiese servido una simple señal que la consiguiera apartar de los acontecimientos que ocasionaron la guerra, y que la separaron de su familia. O quizás la ocasión de poder elegir, sin verse obligada a malvender su cuerpo, rebajando su precio a lo más ínfimo o subiéndolo una miseria, haciéndose partícipe en la locura de la oferta y la demanda de la calle, la ley del más fuerte y de la humillación. No sabía si era por la injusticia del mundo, por la envidia hacia las otras personas, o por el odio a todo aquel que hiciese uso de su servicio (y que irónicamente la ayudaban a sobrevivir); pero sólo tenía un convencimiento: antes de morir quería llevarse a algunos por delante. Y lo había conseguido.

Las ocho menos tres minutos, los conductos del gas estaban listos. Debía ser una muerte espectacular, para dar escarmiento. Un hombre de sesenta y cinco años, con el uniforme de general de armada, observaba a la mujer, a través de un cristal que no permitía que ella le viese, abstraída de la realidad que le envolvía. Durante aquellos dos últimos años, el general Garrida había ordenado sin ningún tipo de escrúpulos la ejecución de docenas de personas; ya que se dirigían en su mayoría hacia adeptos a la guerrilla y al terrorismo. Se trataba de traidores que estaban vinculados a ideales anodinos, basados especialmente en lo antipatriótico y la radicalidad. Habían querido aprovechar la debilidad de la guerra; habían hecho uso de la violencia, el miedo, el quebrantamiento interno del país... Según Garrida, estaban de acuerdo con los enemigos de Estados Unidos y habían creado una guerra civil, destruyendo, traidores, su Patria. El motivo por el que hoy estaba allí era el de asegurar que se llevara a cabo la condena hacia esa mujer.

Ya era la hora. Los gases empezaron a entrar en la sala, Garrida estaba dispuesto a soportar el visionado de su muerte: no era la primera vez que veía una ejecución. Aún así, la mujer condenada, parecía no inmutarse por la presencia del gas. Parecía estar aguantando la respiración, como si prefiriese morir asfixiada por falta de oxígeno que por intoxicación; pero era imposible, tarde o temprano tendría que coger aire. No habían transcurrido ni diez segundos cuando alguien entró rápidamente en la habitación donde se encontraba el general. Era otro militar con grado de comandante.
—General —dijo con el pulso acelerado — acaba de llegar un mensaje desde Alaska: la guerra ha terminado.
—¿Cómo? —preguntó el general Garrida extrañado.
—Yo tampoco me lo explico, general, pero se ha acabado, de la noche a la mañana. Aquí está la orden —le acercó el documento oficial que lo confirmaba—. Hasta ahora se ha ordenado posponer todas las condenas a muerte, incluyendo la de esta mujer.
Con una señal dada al operario, éste cerró rápidamente los conductos del gas.
—Hay que mandar una unidad médica para esa mujer, ahora mismo.
—No —dijo el general Garrida con tono sereno—, se procede con la ejecución.
—¿Perdone? —preguntó asombrado el comandante.
—Vuelva a encender el gas, señor —exclamó, dirigiéndose al operario.
—Creo que no me ha entendido, general, hay orden directa de...
—¡Ya lo sé! —gritó, bastante nervioso— Y no me importa.
—Voy a entrar a por la chica.
—Usted va a salir ahora mismo de esta sala.
—¿Sabe que? No me importa que sea usted uno de los cinco generales de la Comisión, no tiene derecho alguno...
Cuando vio al general apuntándole con un arma, interrumpió su frase de lleno.
—Sólo deme diez minutos, después haga lo que quiera. Señor—se dirigió al operario—, proceda.
Lo que vino después fue un impulso de ira, o de crueldad, el general acercó los labios al micrófono para que la chica oyese su voz.
—A pesar del retraso, se procede como estaba previsto con la ejecución —y añadió, con cierto énfasis—: Grace.

Automáticamente el rostro de la chica cambió, algo le había traído de nuevo a la realidad. Algo familiar. Y no era debido sólo a que la acababan de llamar por su verdadero nombre, Grace, también la voz que lo había pronunciado le estaba brindando una extraña mezcla de nostalgia y estremecimiento. Mientras tanto el gas entró por las rejillas de ventilación, como millones de abejas recién liberadas de un pequeño recinto. Levantó las aletas de la nariz de Grace y se dirigió a los pulmones, se inyectó en su sangre y en su corazón a la velocidad del rayo. Un proceso tan rápido que un momento después había hecho que los ojos de Grace estuviesen inyectados en sangre. Ésta emitió un grito de desesperación; y a pesar que se había propuesto sufrir en silencio, ya no podía. Los brazos le temblaban, las venas se le hincharon, extendiéndose como enredaderas a lo largo de su cuerpo, subiéndole hasta los hombros y bajando hasta las piernas. Parecía que iba a echar las tripas por la boca; ¿por qué le habrían dado de comer ese mismo día? Los ácidos del estómago le ardieron por el esófago y la garganta, y los vomitó tras varias arcadas que no la dejaron respirar.
—¡Por favor! —suplicó con lágrimas en los ojos.
Pensó en los que había matado, en los que había contagiado como portadora de la enfermedad; pero no veía motivo para el arrepentimiento, ellos se lo merecían. Pero ella no se merecía aquello, había sufrido demasiado en su corta vida como para tener un final tan cruel.
—Ten piedad... ¡¡Por favor!!
Los temblores casi se habían convertido en convulsiones, se desplomó en el suelo. Se volvió a levantar y estrelló su cara contra la pared. Rebotó sin hacerse demasiado daño: estaba acolchada. Lo intentó de nuevo. Esta vez se rompió la nariz, la sangre le caía a borbotones por la cara, entrándole por la boca y las fosas nasales. Tosió varias veces porque se ahogaba con su propia sangre. Por fin vomitó de nuevo, pero esta vez sangre, y no era sólo la sangre que se había tragado, sino de otro color, más oscuro, venía de sus entrañas. En la sala de observación, el operario hacía tiempo que había apartado la vista, mientras que el comandante devolvía en una papelera, traumatizado por la desagradable situación. El general Garrida permanecía impasible, con el pulso firme, pero tenso.
—¡¡Por favor!! —Grace gritó de manera desgarradora— ¡Nadie se merece esto! ¡Quiero morir!
Las piernas le fallaron y calló al suelo; ya debería de haber perdido el conocimiento, pero ella estaba aún consciente. Su cabeza estaba morada, los ojos escupían sangre, los oídos expulsaban un líquido blanquecino. Su cuerpo se contraía de dolor.
—¿Por qué? ¿Por qué me matas? —susurró, con las fuerzas al mínimo.
Su cuerpo dejó de moverse, movió la cabeza lentamente, el rostro totalmente hinchado, hacia el espejo por el que podían observarla. Y expiró con su última palabra.
—Papá...

Acto seguido, el general Garrido apretó el gatillo. Ni el frío funcionario, ni el comandante tuvieron tiempo para reaccionar. No se redactó informe alguno, ambos cuerpos fueron enterrados con honores, con el sobrenombre de víctimas de la guerra.


9:30 A.M.
1 de diciembre de 2010
(7 días antes)

Simón Bakälar se despertó con sobresalto. Sabía que había estado soñando con algo momentos antes, pero tenía una idea muy difusa de éste. No le apetecía pensar. Apestaba, y con razón. Había llegado la noche anterior a la pensión tras una semana agotadora de viaje, entre Estados Unidos y México, cayendo fulminado sobre la cama nada más verla. Se duchó sobradamente con agua caliente por primera vez en días. Sentía que aquel ratito en la ducha iba a ser el único momento de relax que iba a tener en varios meses. Tras esto se vistió, terminó de empaquetar sus cosas y bajó a desayunar la cafetería de la pensión. Pasadas las diez se acercó a la mesa de la recepción y pagó la estancia a una joven, que apenas alcanzaría el tercio de su edad, con un bebé en brazos.

Salió al exterior y se encontró con la imagen de Puerto Morales, un pueblo que se resistía en vano a dejar de lado su actividad. Las consecuencias de la guerra lo estaban dejando en un estado lamentable; no había modo de obtener dinero legalmente y eso hacía que el pueblo finalmente dependiese casi en su totalidad del contrabando. Aún así el aspecto ruinoso terminaría por provocar el abandono del lugar. El empedrado de las calles ya se estaba levantando por el eje de la calzada, mientras que unos silenciosos ríos de líquido sucio transcurrían tranquilamente por los laterales. La suciedad que pasaba por las calles cada día era principalmente gasolina mezclada con agua y todo tipo de inmundicias humanas y animales. Era en la estrechez de aquellas calles donde se originaban todas la enfermedades posibles. Por otro lado, las fachadas de dos y tres pisos se caían a trozos, dejando los escombros al paso, sin que nadie se inmutara.

Simón le tenía cierto apego a aquel sitio, no porque algún día hubiese vivido en él momentos mejores, sino más bien al contrario, por las duras lecciones de experiencia que le había proporcionado. No era coincidencia el hecho de que estuviera allí.

Una delicada brisa le cortó el cuerpo al llegar al puerto marítimo. Allí era donde se resumían todas las penurias de Puerto Morales. Numerosos barcos de pesca se encontraban medio hundidos, pero con las amarras aún ceñidas en su sitio; otros aún se mantenían a flote, pero no tardaría mucho en ocurrirles lo mismo. Los pescadores soltaban en el suelo su botín, consistiendo éste en peces, cadáveres de animales, petróleo y demás basura. La gente del puerto se dividía en dos tipos, los que podían andar sobre sus dos piernas y los que se arrastraban. Algunos de los primeros se arrastraban en un intento desesperado de obtener limosna.

Entre similar panorama no le costó demasiado ver al Catamarán III, viejo pero intacto, flotando suavemente sobre el océano. Gran parte de sus tripulantes preparaban ya la salida. La mayoría le eran conocidos: el capitán Horner, Valkimer "el Cabrón", el francés Jeanman, el chino Yunk Shiosai, el negro Joan y el yanqui Rob. Bonito repertorio, pensó Simón. Entre los nuevos tripulantes, le llamó la atención la que parecía ser una mujer. Pero antes incluso de dar un paso para acercarse y comprobarlo, alguien le puso una mano en el hombro.
—¿Cómo andan esos ánimos, hermano? —dijo el hombre que se hallaba a su lado, provocándole un fuerte temblor en el corazón.
Tenía unos setenta años y un rostro en el que se confundían arrugas y cicatrices. Estaba claro que, a pesar de su edad avanzada, aquel hombre no dejaba de darle la misma impresión de terror que le causó la primera vez que lo vio, hacía varias décadas. Simón le dedicó una sonrisa y lo abrazó con aparente ternura.
—Hola, hermano —contestó Simón. Se fijó en que tenía la mano izquierda vendada; aunque sabía que no se atrevería a preguntarle por ella—. ¿Cómo es que está aquí?
—La debilidad de viejo es la que me trae —susurró con voz calmada—. No es que dude de ti; pero siento que el viaje en el que te emprendes podría ser más peligroso que de costumbre. Sólo quería despedirme por si...
—Hermano, no veo de qué hay que preocuparse—dijo Simón, ligeramente sorprendido por el cambio en el temperamento de su viejo compañero.
—Lo sé, pero el nerviosismo es muy grande, sabes que hay mucho más que dinero en juego.
—Todo está bien encauzado, no puede salir mal; por cierto, ¿cómo van las cosas por allí arriba? —preguntó Simón intentando que la conversación cambiara de rumbo.
—Bien, pero me preocupa ese capitán —dijo ignorando la pregunta, mientras señalaba con su mano herida al capitán Horner; el cual se encontraba dirigiendo la entrada de los últimos paquetes en el barco.
—Él hará lo que yo quiera —susurró—, confía plenamente en mí. Además, hace poco le puse en contacto con un amigo para que le pasara medicinas a precio de oro.
—¿Medicinas?
—Sí, bueno, y material médico también; no van a servirle de mucho, pero lo importante es mantener a su mujer viva el mayor tiempo posible.
El viejo miró con descaro hacia el barco, hacia el hombre al que se referían.
—Él busca lo mismo que yo —continuó Simón—, no se detendrá durante el viaje.
—¿Y qué ocurrirá cuando lleguéis? ¿Cómo te lo quitarás de encima?
—¿De verdad no lo sabes?
Y acto seguido rompieron a reír, el viejo estalló en una risa enferma que hizo desviar hacia ellos algunas miradas.
—Bien, te dejo ya —dijo repentinamente y le pasó su mano vendada por el hombro a modo de despedida— suerte.
—No existe la suerte —dijo mientras se daba la vuelta a media sonrisa, en dirección al barco pesquero.
—¡Y dudaban de ti! —gritó mientras Simón se alejaba— ¡Pero sigues siendo el de siempre!
El viejo volvió por donde había venido, y visiblemente contento, se dedicó a hacerle zancadillas a los cojos que se le cruzaban, asustar a una niña de ocho años que había junto a unos mendigos y robarle la limosna a un ciego, antes de entrar en la primera taberna que vio.


El motor del barco rugió con más fuerza todavía y se despegó del muelle. Al principio lentamente, aumentando poco a poco la velocidad; como arrastrando un pesado lamento que en un principio se hacía imposible de llevar; pero que al final, harto de luchar contra él, se postraba a llevarlo, sin dolor, sin mirar hacia atrás, sin pensar más que aquel, posiblemente, sería su último viaje. Y a pesar que el barco era realmente un ser inanimado, sin capacidad de reflexión, pareció que por un momento pudo transmitir a todos los que estaban en él un mismo pensamiento. Y así, durante un segundo, todos los tripulantes compartieron la misma inquietud, la policía infiltrada Sally Niuva, el estudiante Melvin Shine, el enigmático anciano Ezra Priklopil, el capitán Steve Horner, Simón Bäkalar, el francés Dominique Jeanman, el bobalicón Valkimer Swift, Rob Warden, Joan Brahimi y Yunk Shiosai. Todos se plantearon en silencio si de verdad merecía la pena correr aquel riesgo, si sus motivos eran lo suficientemente fuertes. Y tras este lapso de tiempo, probablemente volverían a la realidad; pero esta vez sin preocuparse por la muerte. No por valentía, sino por indiferencia, por vivir el día a día, sin miedo a lo que se acercaba, con sus motivos y objetivos por encima de todo y de todos. Con los secretos del pasado que nadie contaba, convirtiéndose en totales desconocidos con rostros inexpresivos, que se ayudaban entre ellos por pura obligación y rutina. Aunque era en ese breve momento, sólo en ese, cuando quien los hubiese mirado a la cara, no sólo habría sabido lo que les turbaba, sino que también habría visto la historia de cada uno de ellos pasar ante sus ojos. Pero nadie miraba a nadie, cada uno pegaba sus retinas en el puerto, que se alejaba sin remedio, para siempre.


The Breakfast Clan

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jueves 3 de abril de 2008

Comunicado desde Redacción

¡Oh, Dios Mío! ¡El Clan del Desayuno no está muerto! ¡Qué de tiempo desde aquel 24 de Septiembre con el Capítulo 5 de El Faro! Bueno, hoy os traigo dos noticias, iba a ser solo una, pero ya que entraba, aprovechaba y lo decía todo. Empezaré por la más importante:

1ª El Faro vuelve en verano. NO falta mucho y podemos aseguraros que vuelve y a lo basto. Por lo pronto publicaremos el 6, 7, 8, 9 y 10 (con un poco de suerte), la mayoría de los cuales están ya escritos. La historia va a dar para mucho y tenemos pensada una gran trama para seguir.

La forma de publicación va a cambiar. A partir de ahora, y por petición de uno de nuestros escasísimos lectores, los capítulos no serán tochazos, osea, sí, pero no publicaremos el tochazo del tirón, si no que los partiremos en dos, a publicar, por ejemplo, al principio y final de la semana. Con esto pretendemos no abrumar y hacer la lectura más rápida y ligera.

2ª Como hasta el verano no creo que nadie más quiera escribir para el Breakfast, por falta de tiempo, ganas o lo que sea, aquí un servidor (JRRG), que cuenta con la carrera más sosa y espaciada de todas, acaba de crear un nuevo espacio, un blog anexo a este llamado "Entre la Montaña y el Maizal", donde iré publicando cuentecitos por partes, pequeños capitulitos de poco más de un folio, todos situados o relacionados con un pueblecito del Condado Blanco.
Por ahora, lo único que podéis encontrar es el Capítulo 1. Los capítulos serán publicados de cuatro en cuatro días, siendo el próximo Lunes 7 el día que aparezca el Capítulo 2.

Espero que me visitéis y comentéis, aunque sea para saber que os habéis pasado por ahí; no os estoy pidiendo una crítica literaria perfecta, pero un "está way" o "aburre" o "vete a cagar", se agradecerían muchísimo.

Sin más que decir, por ahora.

¡Gracias por leer!

The Breakfast Clan

lunes 24 de septiembre de 2007

El Faro -- Capítulo 5

15 Diciembre 2010
07:00 AM

Quince días en el mar, ¿qué más podía pedir? Ezra Priklopil miraba con nostalgia como los jóvenes llevaban a cabo la tarea de soltar las redes de pesca, recordando la cantidad de veces que él mismo había tenido que hacer eso a lo largo de su vida. Pero ya no podría hacerlo nunca más. Ezra Priklopil era el tripulante más viejo de El Catamarán III. Con 82 años había sido invitado a acompañarlos en el que sería, sin duda alguna, su último viaje por el mar.

Ezra subió las escaleras del exterior con dificultad, empujado por el viento que soplaba esa oscura mañana de invierno, hasta llegar a su dormitorio, que compartía con el capitán, justo al lado de la cabina de mandos. Se sentó en su cama, aún desecha y, desde la ventana, que caía frente a él justo a la altura de su nariz, vio como Simón bordeaba la cubierta por la izquierda y se dirigía a proa con pasos rápidos. Simón. Ese tipo no le inspiraba toda la confianza que debiera.

Simón pasó junto a Yunk, el joven oriental que llevaba ya un par de años trabajando con el capitán, sin siquiera mirarlo y llegó a la proa, donde Rob y Jeanman recogían cabos y cuerdas para poner un poco de orden en el barco. Era un trabajo feo, sin duda, y la presencia de Simón no ayudaba a que fuera más agradable.
—Creo que estáis haciendo mal intentando enrollar esas cuerdas un día de viento como este —dijo sonriendo maliciosamente —. Os vais a cansar sin recompensa.
Rob y Jeanman, que sudaban a mares bajo su gran capa de ropa y debido al esfuerzo requerido, le miraron con toda la hostilidad que pudieron.
—Putain salaud —murmuró entre dientes Jeanman en su lengua natal.
Simón, sin tener ni idea de lo que acababan de decirle, se dio la vuelta y comenzó a mirar el cielo. Nubes negras y grises se rozaban y entrelazaban, formando un cielo violento y amenazante de tormenta. Fue bajando la vista hasta el puesto de vigía, elevado unos cuatro metros sobre el techo de la cabina, y recordó haber visto la noche anterior a Sally allí sentada, tapada con una manta y escuchando la radio. ¿Seguiría durmiendo? Realmente le gustaba esa muchacha a Simón aunque, ¿no era un poco joven para él?

Siguió bajando la vista y se fijó en el Capitán, en la cabina de mandos, hablando por teléfono con muy mala cara. Le preocupaba el Capitán, le preocupaba mucho, pero no porque sintiera hacía él algún tipo de simpatía especial, no, era sólo porque el Capitán decidía en todo momento lo que hacer con el barco y qué rumbo tomar, y a Simón le convenía que ese rumbo fuera siempre el mismo, no dejaría que se le estropearan los planes. No en el último momento y por un simple capitán de barco pesquero.

Steve Horner, el Capitán, no podía apenas moverse. La voz que le hablaba desde el otro lado del teléfono venía tan lejana que apenas si podía prestarle atención. Ruby estaba peor. ¿Cómo era eso posible? Se suponía que con los últimos medicamentos había mejorado bastante de su enfermedad, ya sólo necesitaba el orogrís, el orogrís la curaría y podrían ser, en menos de tres meses, una familia normal, marido y mujer otra vez.
—¿Señor Horner? —la voz de la enfermera lo llamaba desde el otro lado —¿Sigue ahí?
—Sí, sigo aquí, es sólo que esto me destroza.
—Lo sentimos mucho, señor, pero no sabemos porque ha sucedido.
—Deben de saberlo… son médicos, se supone, yo no puedo hacer más, no puedo hasta dentro de un mes y medio. —Ruby sonriendo, un recuerdo fugaz que le atravesó la cabeza e hizo que se le saltaran las lágrimas.
—No sabemos si aguantará un mes más, señor Horner —a la enfermera se le quebró la voz al decir lo siguiente —. La verdad es que no creemos que ninguno de los que están como ella vayan a aguantar más de esta semana.
—¡No puede decir eso! No después del cargamento que llevé hace dos semanas, eso debería hacerlos aguantar hasta dentro de por lo menos seis meses, ustedes me lo aseguraron. —Simón acababa de entrar en la cabina y el Capitán le había hecho un gesto para que se sentase y esperara un segundo. —Tengo que colgar, cuando podré volver a llamar.
—Señor Horner, le agradeceríamos que no llamara y nos dejara hacer nuestro trabajo hasta que vuelva a venir por aquí. —dijo la enfermera —La situación ahora mismo es crítica en todos los hospitales de la zona y solo nos ocupamos de llamar a los familiares de los fallecidos para pedir el permiso de investigación.
—¿El permiso de qué?
—De investigación. Señor Horner, es la primera vez en la historia que los médicos se están enfrentando a una enfermedad de éstas características y es gracias a usted que tengamos una pequeña idea de lo que puede apaciguarla. Es por eso que experimentamos en los cadáveres con todo tipo de composiciones médicas a partir de lo que usted nos trajo.
—¿Eso es legal?
—Sí, siempre que la familia lo autorice y en el transcurso de las primeras cinco horas tras la muerte. Luego los cuerpos son incinerados y enviados a las familias.
—No quiero que experimenten con Ruby.
—Señor Horner, ya le llamaremos en el caso de que ocurra algo de mayor índole, hasta entonces, adiós y dese toda la prisa que pueda.

El capitán colgó el teléfono y tardó unos largos segundos en recomponerse antes de poder encarar a Simón.
—Dime —le dijo.
—Nada, sólo pasaba a verte, me pareció que estabas preocupado por algo.
—Sí, así es. Acabo de llamar al hospital, Ruby está peor. Los últimos medicamentos que le llegaron no han surtido el efecto esperado y la tienen muy controlada, como si fuera a…
—Ya verás como todo sale bien, Horner.
—Deberíamos darnos más prisa, Simón.
—No es posible y lo sabes. Hasta que no podamos soltar los rastreadores dentro de treinta días tendremos que ir a la velocidad estipulada. No pareces un capitán de barco.
—Y tú pareces un…

Gritos desde cubierta hicieron que el capitán cerrara la boca para afinar el oído. ¿Qué demonios estaba pasando allí abajo? Simón y él se levantaron prácticamente a la vez y se asomaron por el cristal de la cabina. Lo que vieron les dejó perplejos.
Todos se encontraban en cubierta en ése momento asomados por la borda, retirando las redes de pesca a toda velocidad, aunando sus fuerzas contra una especie de sombra negra en el agua que se retorcía de un lado a otro con la fuerza de la marea, tirando hacia el mar de las redes, que estaban asombrosamente llenas de peces plateados. El Capitán y Simón bajaron a la cubierta rápidamente y se asomaron al mar, la silueta oscura era impresionantemente grande, podía medir cerca de veinte metros y se revolvía como si intentase alejarse del barco pero no pudiera.
—¿Es lo que yo creo? —preguntó el Capitán a Simón, que tenía el rostro descompuesto.
—Y, ¿qué crees tú que es?
—Una ballena.
Todos se volvieron para mirarlos. Las redes se agitaban, arrastrando a los marineros más fuertes, incluso Cabrón parecía a punto de desfallecer de la fuerza que estaba ejerciendo. De repente, todo paró.
—¿Una ballena? ­—gritó Rob. —¡Eso es imposible!
Yunk se acercó al Capitán y mientras le señalaba al mar con cara de terror, gritaba:
—¡Gibbus¡ ¡Gibbus! ¡Yo matar! ¡Yo matar!
—Pero, ¿qué coño está diciendo este tío? —escupió Simón con desdén.
—¡Ulsan! ¡Yo, en Ulsan, gibbus, muerto! —Yunk miraba con temor al mar y se volvía hacia el Capitán.
—¿Sabes acaso que ballena es? ¿Gibbus? —preguntó el Capitán a Yunk, que asintió con un atisbo de sonrisa. —¿Eso qué es?
—Una yubarta.
Ezra Priklopil había salido a ver a que se debía el jaleo y los miraba apoyado en el tocón del ancla. Parecía un fantasma, pálido, con los ojos semicerrados, su ropa blanca siempre impoluta y el viento fuerte previo al temporal agitando la suave tela que cubría su cuerpo viejo y resistente.
Una luz cegadora iluminó el cielo aún oscuro por las negras nubes que lo cubrían esa mañana. Lo siguió un trueno que sonó cercano. Otro relámpago tras la nubes y ahora el estallido casi al momento. Tenían la tormenta encima.

El Capitán miró a sus hombres, que le preguntaban con la mirada desde sus rostros sudados y agotados, que iban a hacer a continuación. Cabrón hacía estiramientos sin quitarle la vista de encima, el estudiante se tocaba las palmas de las manos con cara de dolor, las tenía quemadas por el rozamiento y la falta de costumbre, Jeanman retiraba con los pies los cabos con los que habían estado trabajando poco antes él y Rob, que dirigía su vista del mar al Capitán y viceversa. Joan estaba apoyado en las barras de la borda sacando una fina hebra de metal incrustada en la mano de Sally, cuyo rostro comprimido no dejaba pasar el dolor a través de sus ojos, que se mantenían fijos en Simón, a quién miraba con odio.

Nadie hablaba, así que pudieron escuchar perfectamente el canto largo y profundo que surgía del mar, paralizando el tiempo a su alrededor y anonadando a los tripulantes del Catamarán, que de pronto se sintieron las personas más desdichadas del mundo. Las notas se repetían con un orden lógico, graves y agudas, vibrantes, enternecedoras y a la vez siniestras con un paisaje como aquel de fondo, era una canción de despedida, un lamento surgido de las entrañas de la Tierra que se hacía eco dentro del pecho de todos los presentes. Paró, y ahora se hicieron más cortos y seguidos, agudos, chirriantes pero igualmente hermosos. Sally lloraba con cara de incomprensión y el Capitán notó como se le ponían los vellos de punta. Lo que más le sorprendía era el silencio por el que se expandía el sonido, la nada, la profundidad de un océano desierto en el que su canto rebotaba de un lado a otro, extendiéndose y escuchándose a miles de kilómetros. El Capitán pensó en su esposa. El viento era muy fuerte y el cielo se iluminaba a cada poco. Les rodeaba, además del canto hermoso de la yubarta, el sonido de los truenos, cada vez más cerca, retumbando como tambores, desde el horizonte hasta sus cabezas.

Empezó a llover con fuerza y la ballena cambió de notas, ahora sí que parecían el lamento de un animal, acosado por el ser humano, violado y maltratado, arrancado de su hogar por una fuerza mayor que no entendía y que le había costado la muerte a gran cantidad de hermanos suyos. Su canto era un grito de ayuda, pedía auxilio, pedía vida y libertad, pedía comprensión y respeto, pedía por la naturaleza. El Capitán sentía un nudo en el estómago, un nudo de impotencia. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba contribuyendo a la destrucción de aquella maravilla? Sentía que no podía hacer nada, quería ayudar y se veía impotente, incapaz de salvar a aquel animal que rogaba por su vida con una melodía regalada, preciosa, una melodía de compasión. Apretó los puños e intentó calmarse, pues estaba apunto de llorar. Necesitaba correr y lanzarse al mar, abrazar a aquel animal, decirle que no era capaz, que no podía ayudarlo, que no serviría de nada lo que él hiciese.
Unas gaviotas pasaron sobre el barco, luchando contra la tormenta, frágiles, graznando y mirando hacia abajo. El viento se las llevaba a su antojo, al igual que se llevaba el barco, que perdía rumbo y se movía lateralmente, fuera de toda coordenada lógica. Pero iban demasiado rápido…

—¡Nos está arrastrando! —gritó Val —¡Está enganchada a la red y nos arrastra!
La lluvia caía con fuerza y todos lo miraban a él. Él tenía que decidir y sabía cuáles eran las opciones. Perder las redes o matar al animal. Pero tenía su canto inundándole la cabeza, y pensaba en Ruby. Las notas le vibraban en las sienes y en la garganta, casi como si salieran de él. Yubarta. Sí, había oído sobre ella; la ballena jorobada, con una pequeña aleta en la espalda, una barriga lisa y blanca y con una cola de cabeza bífida impresionante. La ballena más dócil de todas, la más hermosa, la más misteriosa y antigua. La ballena barbuda que durante años había sido objeto de obsesión de pescadores por su preciada grasa, su tesoro de piel.
—Horner, tenemos que matarla —le dijo Simon desde su lado —Horner, ¡Horner!
El Capitán reaccionó y miró a Simon a los ojos, a esos ojos de codicia que le venían observando desde hacía varios años y entonces recordó lo ocurrido en el puerto, poco antes de salir. Recordó a Simon y a aquel hombre con una mano vendada, como ambos le miraban mientras hablaban y como el desconocido estallaba en risas por algo que Simon le decía casi en un susurro. Simon. Simon, el destructor.
—¡Horner! Tenemos que…
—Ya te he oído, Simon —le cortó el Capitán sin mirarle —Intentemos zafarla de la red, no quiero matar una ballena —dijo al resto de los tripulantes.

Todos se pusieron manos a la obra. Los cantos eran cada vez menos frecuentes, más graves y alargados y también menos perceptibles debido a la intensa lluvia que azotaba el mar en ese momento. Ezra había corrido a refugiarse a su habitación, pero le costaba mucho trabajo subir la escalera. El Capitán vio esto y se dio cuenta de que bastaba el más mínimo golpe de una ola en el lado contrario del barco para que el viejo fuese de cabeza al mar.
—¡Mel! —gritó al estudiante — ¡Ayuda a Ezra a subir a su habitación!
—¿A quién? —el estudiante se separó del resto de sus compañeros, que forcejeaban con las redes y la tormenta, y se acercó al capitán.
—¡A Ezra! —le dijo agarrándolo por el pecho del chaleco y girándolo en dirección al anciano, que estaba a punto de caerse. El muchacho salió corriendo, resbalándose, hacia las escaleras. —Vamos, ¡intentemos liberarla! —gritó a los demás.

Entre todos forcejeaban para el lado contrario para el que se movía el animal, cuya aleta se encontraba encajada en un boquete abierto entre las cuerdas duras de la red. El animal sacó la cabeza con la boca abierta y todos pudieron observar su textura rocosa, llena de protuberancias y uno de sus ojos, enormes, oscuros, mirándolos con desesperación. Detrás de la cabeza, por la espalda, la joroba común de su especie sobresalió del agua y mostró una flecha de arpón clavada, pero algo le llamó la atención al capitán de esa flecha.
—¡Está herida! —gritó Sally.
—¡No! —el Capitán sabía qué era aquello —¡Es un localizador! Ni siquiera creo que le duela.
—¿Un localizador? ¿Sabe alguien que estas ballenas siguen vivas? —gritó Val.
—No es un localizador actual ­—era difícil trabajar con aquella tormenta y hablar a la vez —, fíjate bien, mira el cuerpo, trenzado y largo.
Y, efectivamente, el cuerpo trenzado de la flecha se diferenciaba completamente de los localizadores del momento, que eran flechas más chatas y lisas. Pero lo que le llamó la atención al capitán fue que esa flecha no sólo no parecía actual, sino que le recordaba a las dibujadas en los libros antiguos de pescadores, las anteriores a la 1ª Guerra Mundial. Y de eso hacía mucho tiempo. ¿Cuánto había vivido esa yubarta?

Yunk, a su lado, miraba como hipnotizado a la ballena, que poco a poco volvía a sumergir su gigantesco cuerpo en el furioso mar, abría y cerraba la boca pero no decía nada. El Capitán le miró.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
Gibbus, gibbus, yo tener matar… —Yunk miraba al pasado con la vista perdida en la tormenta.
—No, no la vas a matar. —le ordenó el Capitán, aunque sabía que Yunk no le estaba escuchando. ­—¡A la derecha, tirad hacia la derecha! —gritó a los otros —Ya casi está.

Simón había dejado atrás a los demás, se había salido del grupo apretado de gente que intentaban soltar a la ballena y se dirigía a la cabina de mandos. Era el momento de usarlo, siempre en el barco y nunca usado, pero ya era hora. Subió las escaleras agarrado al pasamano y con cuidado de no resbalar, el viento era muy fuerte y llovía de lado, de manera dolorosa. El barco se agitaba con cada coletazo de la ballena, que desesperada ahora más que nunca, se movía sin miramiento alguno, no le importaba nada, quería separarse de aquel monstruo de metal que la había agarrado con sus redes y ya ni siquiera se esforzaba en lanzar su suave lamento. Entró en la cabina, donde reinaba la calma, y se abalanzó contra el baúl siempre cerrado del que sólo él y Horner tenían llave. Con manos temblorosas y mojadas se quitó la cadena que se colgaba del cuello con varias llaves e intentó un par de veces abrir la cerradura sin éxito. Lo intentó con una tercera llave y abrió sin problemas el enorme baúl lleno de papeles, cartas esféricas y otras cosas, entre ellas, el viejo arpón de pesca del Capitán. Según él, sólo había sido usado dos veces antes y hacía mucho tiempo, pero funcionaba perfectamente.
Simón sonrió y se puso en pie. Se disponía a salir por la puerta cuando la máquina de referencias comenzó a chirriar. Estaban recibiendo un mensaje, así que encendió el fax. La máquina comenzó a escupir un folio escrito con letra de imprenta en cuya esquina superior derecha se apreciaba el emblema de un hospital. A Simón se le revolvió el estómago, sabía que algo, tarde o temprano, lo echaría todo a perder. Cogió el folio y lo leyó:

Estimado Señor Horner:
Lamentamos comunicarle que hoy, 15 de Diciembre de 2010, a las 07:27, su esposa, la señora Ruby Horner, moría por insuficiencia respiratoria y cardiaca en el quirófano a causa de un colapso en el sistema ventricular.
Por favor rogamos que nos detalle, lo antes posible, si desea que se utilice el cuerpo de su esposa como material de investigación durante las cinco horas posteriores de su muerte.

Cordialmente.
Director de Investigación y Ciencia del Hospital Santa María.

Simón leyó el papel un par de veces y soltó el arpón en la mesa. ¿Por qué? ¿Por qué en ese momento? No podía permitirlo, no podía dejar pasar esa oportunidad. El barco dio otro brusco viraje y se inclinó levemente a la derecha; el arpón se deslizó por la mesa y cayó al suelo. Si el Capitán se enteraba de que su esposa había muerto no querría seguir el viaje hasta Terranova, no tendría interés alguno en llegar a la isla. ¿Qué debía hacer?

—¡Tirad! ¡Tirad! ¡Soltad a la de tres! ¡Una! ¡Dos! ¡Tres! —el Capitán guiaba a los demás con éxito, la aleta ya estaba casi fuera de la red y no podía dejar de sonreír.

Simón pulsó el botón de enviar y se agachó a coger el arpón del suelo. Cuando se incorporó y abrió la puerta para salir, la máquina de referencias mandaba un mensaje por fax con lo siguiente escrito a mano:

Hagan lo que crean necesario con el cuerpo y luego desháganse de los restos por mí.

Steve Horner.

Cuando llegó a cubierta con el arpón cargado y a punto para ser disparado, todos estaban terminando de subir la red, esta vez sin dificultad. Habían liberado la ballena. Todos sonreían y se daban golpecitos en la espalda, contentos, orgullosos de haber podido ayudar a algo de ésa magnitud.

El Capitán miraba por la borda, aguantando el golpe del agua, como se alejaba la oscura sombra entre las profundidades hasta perderse. Cuando ya llevaba allí un rato le pareció ver surgir un chorro de agua a presión desde la superficie del mar y, más feliz que antes, se dirigió a su dormitorio.
Al entrar le sorprendió ver a Ezra tumbado en la cama con las manos en la cabeza, donde el pelo, aún mojado, formaba una mancha oscura en la almohada.
—¿Estás bien, Ezra? —preguntó cerrando la puerta tras él.
—Sí, sí, es sólo que hoy, cuando me has mandado al estudiante ése para que me ayudara a subir las escaleras, me he sentido más viejo que nunca. —cuando terminó de decir esto se quitó las manos del rostro y miró al Capitán con una sonrisa que le arrugó toda la cara más de lo normal.
—Yo sólo intentaba evitar que no te cayeras por la borda. Tienes que reconocer que ya no tienes la misma agilidad de cuando eras joven…
—No, te confundes, no lo digo por eso.
—¿Entonces?
—Cuando me mandaste al muchacho y éste me agarró para subir, vi como miraba algo con cierto temor, y pensé que se trataba de Simón, pero luego, cuando seguí la trayectoria de sus ojos, descubrí a esa inocente niña de la que me hablaste, en la cabina, señalando algo con su manita blanca…
—Lo de la niña fue una ilusión mía…
—No, Steve, el muchacho la vio también, y no parecía ser la primera vez —el anciano se incorporó en la cama —Te decía que estaba señalando algo, como si nos intentase avisar, y entonces el muchacho y yo miramos en la dirección señalada y descubrimos una luz en el horizonte, un pequeño faro que se erigía entre una gran concentración de rocas y enormes piedras, uno de esos que no pertenecen a ningún distrito en concreto y que sólo están ahí para salvar a los barcos de encallar entre esas piedras.
—No te entiendo, Ezra.
—Déjame acabar entonces —el viejo miró por la ventana como la tormenta amainaba y, tras tragar saliva, habló —. Ésas rocas y ése pequeño faro tienen un significado muy especial para mí, Steve, porque fue ahí donde chocamos mi hermano y yo hace hoy exactamente cincuenta años en un día de tormenta peor que este, mucho peor. Entonces lo supe.
—¿Supiste el qué?
—Supe que esa niña era la misma que se había comunicado conmigo desde Terranova hará ahora algunos años, la misma niña que me dijo que mi hermano no estaba muerto, que Umberto seguía vivo y que tenía que contactar contigo para encontrarlo.

The Breakfast Clan

Copyright © The Breakfast Clan, 2007. Todos los derechos reservados.

viernes 31 de agosto de 2007

"STRANG" por Sr. Sarcasmo

Strang llegó corriendo al laboratorio. Parecía no haber comido durante dos o tres días, pues estaba escuálido. El abundante pelo negro y los ojos achinados le daban un aspecto asiático.

Strang era un poco extraño. Para empezar, se dedicaba a buscar vida de otros planetas. Esto se debía q que, veinte años antes, en su juventud, lo habían abducido los extraterrestres. Aquella noche, despertó a medio barrio gritando el extraño suceso que le había ocurrido. Por su puesto, nadie le creyó. Incluso sus amigo y familiares decían que siempre había sido muy raro.

Volviendo al presente, la causa por la que Strang había entrado corriendo al laboratorio era su aeex ( tal y como él lo llamaba). Se trataba de un pequeño aparato que, colocado en la oreja, era “capaz” de interceptar sonidos extraterrestres. Mientras iba hacia el trabajo, había oído extraños sonido por el aeex (siempre lo llevaba encima) y había venido corriendo.

Rápidamente se colocó delante de cientos de aparatos que daban vueltas y encendían lucecitas. Llevaba quince años buscando a los otro seres y, según él, cada vez estaba más cerca de conseguirlo.

Justo cuando se había concentrado y estaba a punto de obtener resultados, sonó el teléfono. Refunfuñando, lo cogió y preguntó quién era.
-¿Strang? –preguntó una voz.
-Sí, soy yo –contestó.
-Hola, no sé si te acordarás de mí, soy Ernesto, tu antiguo amigo.
-¡Sí! ¡Claro que me acuerdo! –exclamó Strang entusiasmado- ¿Qué quieres?
-Es que vamos a celebrar una fiesta de recuerdo de compañeros del colegio y pensé que a lo mejor querrías venir.
-No sé...
-Espero que vengas, porque me ha costado mucho encontrar este teléfono.

Después de despedirse, colgó. Por un lado, le gustaría ir, ya que no había tenido mucha relación social durante todo ese tiempo, excepto con los “bichos raros” que trabajaban con él. No tenía ningún buen amigo y era hora de que tuviese algunos. Pero, por otro lado, no podía abandonar los experimentos importantes de comunicación que llevaba a cabo.

Tras pensar durante un largo rato, decidió ir a la fiesta. Estaba situada en un camping de las afueras de la ciudad, rodeado de un pequeño bosque. Por supuesto, no se separó de su aeex, pegado a la oreja en todo momento. Éste, durante todo el camino, estuvo haciendo unos ruidos que nunca antes había hecho. Eran tan fuertes que a Strang le dolía la cabeza.

Arrepentido de haber ido a la fiesta, se sentó en una mesa arrinconada del chiringuito que habían montado.

Alguien lo saludó, levantó la vista y se dio cuenta de que era Ernesto.
-¿Por qué no te sientas con todos allí? –preguntó.
-Porque no; me duele la cabeza. Creo que hay marcianos cerca –dijo tocándose el aeex.
-¡Estás loco!
-¡Mira imbécil! –gritó Strang escandalizado- Cuando me abdujeron los extraterrestres, me dijeron que les ayudase a destruir a la humanidad.
-Bueno, Strang, si te digo la verdad fuimos yo y otros amigos los que te secuestramos disfrazados de marcianos para que tú te creyeses eso, ¡pero no creí que llegarías tan lejos con ese rollo!

Strang se levantó casi llorando y se adentró corriendo en el bosque. No se podía imaginar que le hubiesen hecho aquello en el pasado esos niñatos. Pensaba que había perdido toda su vida. Pero mientras corría, los ruidos de aeex se hacían mayores.

De repente, al llegar a un claro, una gran luz invadió la zona. Una voz le dijo con total claridad que se acercase. Y lo hizo. Algo de esa voz le decía que no había peligro. ¡Quién sabe! A lo mejor, ahora sí que haría verdaderos amigos.

Sr. Sarcasmo

miércoles 29 de agosto de 2007

"La Charada de Dumas" por PoorPooLand

Hace tiempo, unos seis meses o así, fui a Quorum un sábado por la mañana y me compré "La Divina Comedia", de Dante, y, de vuelta a mi casa, pasé por la puerta de Quorum 2, esa tiendecita que casi pasa desapercibida por su tamaño y sus colores oscuros. Entré y me puse a ojear y hojear por allí los diferentes libros hasta que encontré uno que me llamó mucho la atención por la portada y el título. En la cubierta se veía un dibujo antiguo de varios esqueletos bailando una macabra danza tras el título "Historia de un muerto contada por él mismo" de Alejandro Dumas, nada menos. Lo cogí y le di la vuelta. Pude comprobar que se trataba de una compilación de ocho historias, ocho relatos, fantásticos y de terror. Lo hojeé por dentro, topándome con el principio del primer relato, cuyo título daba nombre al libro, que decía así: "Una tarde de diciembre estábamos tres amigos en el taller de un pintor. Hacía un tiempo oscuro y frío, y la lluvia repiqueteaba en los cristales con su ruido monótono y continuo.". Aquel día era igual, nublado, frío, y a punto de ponerse a llover. Lo compré.

Lo fui leyendo a ratos, compaginándolo con otros libros, haciéndolo durar ya que no tiene más de 220 páginas. Ayer me leí el final. El último relato: Deseo y Posesión. Pero no es un relato, bueno, algo así. Es una alegoría expuesta en forma de charada, acertijo, que el señor Dumas publicó en un diario francés en 1860. A continuación lo copié a ordenador y lo voy a exponer aquí para que lo leáis e intentéis adivinar que muestra, qué expresa, qué esconde. Es muy cortito y se lee muy fácil, así que no seáis más flojos y leedlo.

Una mariposa reunía en sus alas de ópalo la más dulce armonía de colores: blanco, rosa y azul.
Como un rayo de sol iba revoleteando de flor en flor y, cual flor voladora, subía y bajaba, jugando por encima de la verde pradera.
Un niño que intentaba sus primeros pasos por el césped tornasolado la vio y, de repente, se sintió invadido por el deseo de atrapar aquel insecto de vivos colores.
Pero la mariposa estaba acostumbrada a este tipo de deseos. Había visto como generaciones enteras se quedaban sin fuerza persiguiéndola. Revoloteó delante del niño y fue a posarse a dos pasos de él; y, cuando el niño, ralentizando sus pasos y conteniendo la respiración, extendía la mano para cogerla, la mariposa alzaba el vuelo y recomenzaba su viaje desigual y deslumbrante.
El niño no se cansaba; el niño lo intentaba una y otra vez.
Tras tentativa abortada el deseo de poseerla, en vez de apagarse, crecía en su corazón, y, con paso cada vez más rápido, con la mirada cada vez más ardiente, el niño salía corriendo detrás de la linda mariposa.
El pobre niño había corrido sin mirar atrás; de manera que, cuando hubo corrido un buen rato, ya estaba muy lejos de su madre.
Del valle fresco y florido, la mariposa pasó a una llanura árida y poblada de zarzas.
El niño la siguió hasta esa llanura.
Y, aunque la distancia ya era larga y la carrera rápida, el niño, que no se sentía cansado, no paraba de perseguir a la mariposa, que se posaba, cada diez pasos, en un matorral, en un arbusto o en una sencilla flor silvestre y sin nombre, y siempre alzaba el vuelo en el momento en que el muchacho creía tenerla ya.
Porque, mientras la perseguía, el niño se había convertido en muchacho.
Y, con el invencible deseo de la juventud, y con su indefinible necesidad de posesión, no dejaba de perseguir al brillante espejismo.
Y, de vez en cuando, la mariposa se detenía como para burlarse del muchacho, introducía voluptuosamente su trompa en el cáliz de las flores y batía amorosamente las alas.
Pero, en el momento en que el muchacho se aproximaba, jadeando de esperanza, la mariposa se abandonaba a la brisa, y la brisa se la llevaba, ligera como un perfume.

Y así pasaron, en esa persecución insensata, minutos y más minutos, horas y más horas, días y más días, años y más años, y el insecto y el hombre llegaron a la cima de una montaña que no era otra cosa que el punto culminante de la vida.
Persiguiendo a la mariposa, el adolescente se había hecho hombre.
Allí, el hombre se detuvo un instante para considerar si sería mejor volver atrás, pues la vertiente de la montaña que le quedaba por bajar le parecía muy árida.
Abajo, en la falda de la montaña, al contrario del otro lado donde, en encantadores parterres, ricos y vergeles y verdes parques, crecían flores perfumadas, plantas raras y árboles cargados de fruta; en la falda de la montaña, decíamos, se extendía un gran espacio cuadrado cercado por muros, al cual se entraba por una puerta abierta ininterrumpidamente, y donde no crecían más que piedras, unas tendidas en el suelo, las otras erguidas.
Pero la mariposa se puso a revolotear, más deslumbrante que nunca, ante los ojos del hombre, y tomo la dirección del recinto cerrado, siguiendo la pendiente de la montaña.
Y, ¡cosa extraña!, aunque aquella carrera tan larga tendría que haber fatigado al viejo, porque, por su pelo canoso, se podía reconocer como tal al insensato corredor, su paso, a medida que avanzaba, se hacía más rápido; solo se podía explicar por el declive de la montaña.


Y la mariposa se mantenía siempre a la misma distancia; solo que, como las flores habías desaparecido, el insecto se posaba en cardos espinosos o en desnudas ramas de árboles.
El viejo, jadeando, no paraba de perseguirla.
Al final, la mariposa pasó por encima de los muros del triste recinto, y el viejo la siguió, entrando por la puerta.
Pero apenas había dado unos pasos cuando, mirando a la mariposa, que parecía fundirse con la atmósfera grisácea, chocó con una piedra y cayó.
Tres veces intentó levantarse, y tres veces volvió a caer.
Y, no pudiendo correr ya más detrás de su quimera, se contentó con tenderle los brazos.
Entonces la mariposa pareció apiadarse de él y, aunque había perdido sus colores más vivos, se puso a revolotear por encima de su cabeza.
Tal vez no eran las alas de insecto las que habían perdido sus vivos colores; tal vez eran los ojos del viejo los que se había debilitado.
Los círculos descritos por la mariposa se fueron haciendo más y más estrechos, y al final se fue a posar sobre la pálida frente del moribundo.
En un último esfuerzo, éste levantó el brazo, y con la mano tocó, por fin, la punta de las alas de aquella mariposa, objetos de tantos deseos y tantas fatigas; pero, ¡qué desilusión!, se dio cuenta de que aquello que había estado persiguiendo no era una mariposa, sino un rayo de sol.

Y su brazo cayó frío y sin fuerzas, y su último suspiro hizo estremecer la atmósfera que pesaba sobre aquel camposanto…


Gracias por leer

J.R.R.G.

lunes 27 de agosto de 2007

Memorias de Idhún (1ª Parte) por P.J.O.R.

¡Aiya, mis queridos breakfastclanianos!

Tras muchos ruegos por vuestra parte y ahora que tengo algo que compartir con el mundo, he decidido hacer mi primera aparición en Breakfast Clan. Seguro que muchos de vosotros ya sabéis quién soy, y si no, doy por sentado que lo deduciréis antes de que esto acabe.

En primer lugar me gustaría decir que me ha encantado la historia de Pedro Sánchez. En mi opinión ha sido muy divertida y doy por sentado que se habrá reído muchísimo leyéndola. Lastima que yo no haya podido participar, me hubiera encantado soltarle todo tipo de fricadas de las que él fuera el protagonista. (Aquí tenéis un par de pistas para ir deduciendo quien soy).

También me he leído las premoniciones del séptimo libro de Harry Potter de un tal Tilacino. Aunque me alegro de que haya acertado la mayoría, que sepas, Tilacino, que todo eso ya me lo contase tu en persona y me lo estuviste recordando durante los meses de exámenes de este curso. ; )

Cambiando de tema. Los escritores de El Faro estaréis ansiosos de saber si me lo he leído ya o no y de saber mi opinión. Lamento comunicaros que no, no me lo he leído todavía. Pero juro por mi Honor de Caballero que me lo iré leyendo poco a poco.

Y ahora, lo que todos estabais esperando: el verdadero motivo de mi presencia aquí, aquello que ha hecho posible que empiece a aparecer en Breakfastclan, algo que estoy deseando compartir con vosotros y que estoy seguro que os desilusionara un poco… Pero, ¿qué se puede esperar de mi? (mi mente es demasiado simple para otras cosas). Señores, ansío comunicaros que me he terminado un libro llamado Memorias de Idhún, de una española que se llama Laura Gallego García y estoy deseando compartirlo con vosotros.

Al libro le pongo un sobresaliente. Y toda la gente que se lo ha leído habla maravillas de él. Tiene casi todo lo que se pueda esperar de un libro de aventura fantástica: Espadas, magia, dragones, aventura, amores imposibles, sexo (en el tercero) y muerte… Para los que anden un poco perdidos (como lo estaba yo), que sepan que el libro es una trilogía: el primero se llama La Resistencia, el segundo La Triada y el tercero Panteón. El argumento y la historia son bastante originales, teniendo en cuenta que se trata de la eterna lucha entre el Bien y el Mal, ya que los hilos se enredan de una manera sorprendente. También es digno de mención el hecho de que no incluye elfos o enanos. Solo los humanos, los dragones y los unicornios son las rezas que aparecen en este libro y que ya hayamos oído hablar de ellas anteriormente. Pero aparecen muchas más. Todas inventadas. Como los varu, los szishs o los yan, entre otras y algunas modificadas, como las hadas, que ahora son de tamaño humano (cuando yo siempre me las imaginaba de tamaño Barbie). También es digno de destacar que no se trata sólo de “matar a los malos”, sino que, en algunas ocasiones, se acerca a ellos casi como si fueran “los buenos” y delatan sus miedos, sus deseos, sus pasiones y sus amores, y te los hace ver mas humanos que como los ves a través de los ojos de los protagonistas. (Y tú mismo dices: “Puf, ahora me da pena que maten al shek…”). Esto se aprecia mas al final, cuando… bueno, mejor me callo. Definitivamente, le pongo un sobresaliente, pero no un diez. A mi parecer, el libro tiene un par de fallitos. El más gordo es, quizás, que unos niños de trece años (los protagonistas Jack y Victoria) no están preparados psicológicamente para despertar en su interior sentimientos tan intensos como los que describe la escritora. Son muy niños. A mí, personalmente, creo que esa primera experiencia que vive Jack cuando llega a casa me traumatizaría de por vida y no estaría preparado a los tres días para empuñar una espada y embarcarme en una cruzada personal. Y el amor que surge mas tarde… vale, yo también me he enamorado a esa edad, pero han sido más bien pequeños caprichos pasajeros, y no el amor tan puro y sincero que hay en el libro y que obliga a la pareja luchar contra viento y marea porque la sociedad no admite esa relación. Y luchan por ese amor. ¡Vaya si luchan!

A continuación haré un breve resumen en el que juro por mi Honor de Caballero no desvelar nada más que lo básico e intentaré no destripar nada. Luego pondré un resumen más extenso (muy, muy extenso. Demasiado extenso creo), con el final y todas las cosas que pasan, o al menos con todas las que recuerde, para que los vagos como vosotros que no os queráis leer el libro completo tengáis una idea sobre él. (Y si sacáis una idea de esto para añadirlo a EL Faro, pedidle permiso a Laura Gallego antes. ; ) )

La historia trata de unos personajes que vivían en este, nuestro, planeta (la Tierra, para los que estén perdidos) que con la ayuda de un mago y un caballero de Idhún (otro planeta muy parecido a este en el que también hay humanos, además de otras razas) tienen que evitar que “los malos”, que también son idhunitas, asesinen a cierto tipo de personas, aquí en la tierra. Estos “malos” están buscando entre, otras victimas, a un Dragón y a un Unicornio que los magos de Idhún enviaron a la Tierra para protegerlos, a través de portales mágicos. (Nada de naves espaciales, ni extraterrestres ni nada por el estilo, que nadie se haga una idea equivocada.). Cuando dan con ellos se los llevan a Idhún para que les ayude a enfrentarse a un mago que, junto con un ejercito de sheks (Serpientes aladas, los enemigos acérrimos de los dragones), tiene sometido a todo Idhún. Lo que los protagonistas no sabían era que al hacerlo desencadenaban el poder del Dios oscuro, haciendo que los demás dioses bajen al mundo terrenal para destruirlo, con el pequeño inconveniente de que para ellos todos los demás seres mortales son insignificantes. Sobretodo si pueden crear otro mundo después de destruir este en su lucha. Así que, sin lugar al que huir de la furia de los dioses, a los protagonistas no les queda otra que intentar impedir esta lucha. Pero como se puede interponer una hormiga en la incipiente lucha de siete Titanes…

Increíble, ¿verdad? En mas de una ocasión e sudado a chorro leyendo esto. Ahora, los que no queráis saber mas os recomiendo que no sigáis leyendo porque esta vez contaré quien muere y quien no. Además daré los nombres de los personajes para que no sea tan lioso y contare el final. Así que, si te lo quieres leer y no quieres que te destripe nada, retírate. Te estoy diciendo que dejes de leer. ¿Estas seguro de que quieres seguir? Tío, no seas cansino, que merece la pena leerlo. ¡Vale! Pues nada, tú mismo…

La historia empieza con Jack, un muchacho de unos trece años que llega a su casa con un mal presentimiento. Haya a sus padres, muertos, y a sus asesinos. Otros dos personajes aparecen y lo salvan y se lo llevan a un refugio llamado Limbhad. Allí sus salvadores Shail, el mago y Aslan, caballero de Nurgon, le explican que vienen de Idhún y que sus padres han sido asesinados por Kirtash y por otro mago llamado Elrion. Ambos asesinos han sido enviados por Ashran, el Nigromante, aquel que tiene Idhún sometido, para buscar y matar al último unicornio y al último dragón que quedaban con vida y que habían sido enviados a la Tierra. De paso mataban también a todos los Idhunitas exiliados que buscaban refugio de la guerra que había estallado en su planeta natal. En Limbhad, Jack conoce a Victoria, de su misma edad y a quien Kirtash tiene en su mirilla. El muchacho decide unirse a La Resistencia (formada por Shail, Victoria y Aslan) y luchar contra Kirtash y el mismísimo caballero de Nurgon le enseña a luchar con la espada. La Resistencia descubre, con horror que Kirtash es un híbrido, una mezcla entre humano y shek y puede adoptar una u otra forma. Por una serie de causas, Victoria empieza a sentirse atraída por Kirtash y termina enamorándose de él.
Mientras tanto, Shail y Aslan ponen al corriente a Jack de lo que ha pasado en Idhún y de lo que les ha hecho embarcarse en esta misión. El día que Ashran subió al poder, se produjo una conjunción astral y los planetas se alinearon. Esta alineación lo ayudó a traer de vuelta a los sheks (a quienes los dragones habían echado de Idhún tiempo atrás) y a exterminar a todos lo dragones y unicornios que vivían. Todos salvo dos. Una cría hembra de unicornio, que la encontró Shail (a la que llamaron Lunnaris) y otra cría macho de dragón, que la encontró Alsan (a la que llamó Yandrak). Los llevaron rápidamente a la torre de hechicería donde los magos los mandaron a la Tierra para protegerlos. Luego habían mandado al mago y al caballero que los encontraron para que cuidaran de ellos. Esa era la principal misión de La Resistencia. Pero los portales mágicos habían sido cerrados cuando ellos lo cruzaron y ya no podían volver. Mientras investigaban como volver a abrirlos, buscaban en las bibliotecas lugares donde hubiera leyendas de dragones o de unicornios. Obtuvieron un par de pistas que no les conducía a nada y descubrieron la existencia de un par de objetos mágicos idhunitas que podrían servirles contra Ashran y sus sheks. Pero Kirtash siempre llegaba antes y en uno de estos objetos, un báculo hecho por y para unicornios, les preparó una trampa a La Resistencia y, a pesar de que el báculo obedeció la orden de Victoria y lo pudo empuñar contra el asesino, capturó a Alsan. Se lo llevó a un castillo de la edad media que estaba abandonado (o que había comprado, no me acuerdo), donde tenía oculto un pelotón de szishs (hombres – serpiente mandados desde Idhún por Ashran). Elrion, el mago, hizo una serie de experimentos con Alsan y lo convirtió en una especie de hombre – lobo. Durante el rescate, el duelo entre Kirtash y Jack fue titánico. Los sheks, como Kirtash, tenían afinidad con el hielo y Jack, por alguna extraña razón, con el fuego. Un odio incomprensible se apoderaba de ambos, del frío Kirtash y del simpático Jack, cada vez que ambos e enfrentaban .Hubo un momento en que Victoria estaba a solas con Kirtash y este, que también se había enamorado de ella, le pidió que se fuera con él porque no quería matarla. Ella aceptó. Entonces aparecieron los dos magos, Shail y Elrion. Este último le lanzó un hechizo al mago de la resistencia y Kirtash, sabiendo que Shail era como un hermano para Victoria, intentó protegerlo con otro hechizo, pero creyó que no pudo porque el mago desapareció. Sin pensárselo dos veces, él mismo mató a Elrion, con la frialdad e indiferencia típicas de un shek. Cuando llegó Jack con Alsan, escaparon de allí mediante la magia de Victoria, que Shail le había estado enseñando, de vuelta a su refugio. Ahora Aslan tenía unos rasgos más fieros, casi lobunos. Y con cada luna llena se transformaba en una bestia fiera y sangrienta. El caballero de Nurgon, temiendo hacer daño a sus amigos, huyó de Limbhad. Y Jack, que sentía por él lo que Victoria por Shail, discutió con la chica acerca de si debían ir a buscarlo o no. Al final se fue solo, enfadado y sin Victoria. Y sin magia no pudo volver a Limbhad.
Dos años después de deambular por el mundo sin rumbo, fue Alsan quién dio con Jack y luego con Victoria y reunió a La Resistencia. Seguían luchando contra Kirtash. En uno de los fugaces encuentros entre la muchacha y el asesino, éste le regalo un anillo a través del cuál ambos sentían al otro: cómo estaba, dónde estaba, qué sentía…
Pasan una serie de cosas más que no recuerdo bien. Entre ellas, aparece en escena la abuela adoptiva de Victoria, Allegra que resultó ser otra idhunita exiliada, a la que Kirtash perdonó la vida porque estaba protegiendo a Victoria. Ella se enamoró también de Jack y la pobre estaba hecha un lío porque no sabía por cual de los dos decidirse y cada vez les gustaban más, con sus defectos y sus virtudes. El problema era que ambos chicos se odiaban a muerte y se sentía como una traidora por enamorarse del enemigo.
Ashran, al ver que estaba perdiendo el control de su hijo Kirtash, lo torturó para que trajera a la chica ante él, porque, sin verla siquiera, ya sabía lo que era ella en realidad. Mientras hacía esto, envió a un destacamento de sus soldados, bajo el mando de Gerde (una hada hechicera que le gustaba coquetear con todos los hombres), a atacar la casa de Allegra, donde estaba La Resistencia. Victoria sintió el dolor de Kirtash a través del anillo, como si la torturaran a ella también. Pero para poder ayudar a Jack en la batalla, se tuvo que quitar el anillo y Kirtash se sintió solo de repente, a pesar de que había aguantado por ella, y se sometió de nuevo a la voluntad de su padre. En cuanto Kirtash se rindió, Gerde se retiró. La distracción había funcionado.
Luego Allegra les confesó (lo que yo ya sospechaba desde la mitad del libro) que Lunnaris, el último unicornio, era Victoria. Y que la adoptó porque vio la luz del unicornio tras los ojos de la niña. La misma luz que tanto Kirtash como Jack habían visto también (un detalle importante a la hora de enamorarse de ella). El cuerpo del unicornio (y sospechaban que el del dragón también) había sido destruido al traspasar la puerta entre los mundos y sus almas se habían metido en el cuerpo de dos niños que aun no habían nacido. Entonces, ¿dónde estaba Yandrak?
Allí fue cuando La Resistencia se dio cuenta de que Ashran había creado al híbrido para cruzar el portal, y por eso no mandaba su ejército de sheks, porque morirían por el camino. Luego apareció Kirtash y Victoria muy preocupada por él se le acercó pero el shek, dominado por su padre, se la llevó de la Tierra a Idhún a través de un portal y La Resistencia no pudo perseguirles. La llevó ante su padre, Ashran, porque el mago quería tener al último unicornio para si, la única cosa capaz de entregar el don de la magia, que quedaba en el mundo. Cuando corrió la voz por Idhún de que el último unicornio había sido encontrado y que estaba en las manos de Ashran, el Nigromante, se alzaron en una batalla contra él y la rescató nada mas y nada menos que Shail ayudado por Kirtash, que ya se había “recuperado” por así decirlo y se había librado del control de su padre. Por lo visto, cuando el asesino intentó proteger al mago durante el rescate de Alsan, lo que hizo fue enviarlo a Idhún a través de un portal, pero no estaba seguir de haberlo conseguido y por eso le dio por muerto. Shail volvió a Limbhad con Victoria, donde estaba la desesperada Resistencia, mientras Kirtash se enfrentaba a su padre para cubrirles la retirada. Cuando huyeron, el shek intentó escapar pero otros Sheks le atacaron y no se sabe como, apareció medio muerto en Limbhad. Tras las suplicas de Victoria, perdonaron al Shek. Fue entonces cuando dedujeron que el espíritu de Yandrak se encontraba dentro de Jack y cuando se hubieron recuperado, decidieron volver a Idhún para cumplir la profecía. “El último dragón y el último unicornio derrotarán a Ashran y un shek les ayudará y les abrirá la puerta”. Y Kirtash abrió el portal para que la resistencia viajara a Idhún.

Memorias de Idhún (2ª Parte) por P.J.O.R.

Tal y como llegan a Idhún, hay un gran destacamento de Sheks esperándolos. Ellos huyen pero a Shail le muerden en una pierna y por culpa del veneno se la tienen que amputar luego. Al final encuentran donde esconderse: el Bosque de Awa. Un bosque mágico donde se ocultan los sublevados al reinado de Ashran cuyas flores, alimentadas por la luz de las lunas produce un escudo al rededor de todo el bosque y solo los Silfos y las Hadas (los habitantes del bosque de Awa) pueden deshacerlo. Allí, cada uno decide ir en una dirección.


Allegra va a ver a los Bárbaros para que se unan a ellos. Allí está Gerde, que con sus coqueterías tiene engatusada a todas las tribus bárbaras y tras un duelo la abuela de Victoria huye de allí. La huída lleva a Gerde a una torre donde esta Kirtash. Nuevamente intenta someterlo con sus coqueterías, pero el shek la mata y envía el cadáver a su padre.

Alsan, que resulta que es el Príncipe de Vanissar (uno de los reinos humanos) va recuperar lo que le pertenece. Pero las serpientes lo están esperando y su propio hermano, que regenta el trono, lo traiciona, pero consigue escapar de la trampa gracias a los Nuevos Dragones. Éstos son rebeldes que construyen dragones de madera, a escala real, dentro del cual va un piloto humano que lo maneja. Son artificiales, pero son igualmente efectivos. Mediante la magia les dan “vida” de manera que parezcan reales (hasta escupen fuego). El resultado es tan real que los Sheks se vuelven locos de rabia al verlo y los atacan sin formación, olvidando toda precaución y toda frialdad, típicas de los Sheks. Tras su encuentro con los Nuevos Dragones y sus constructores, Alsan se une a ellos y viajan hacia la antigua fortaleza de Nurgon, sede de los legendarios caballeros. La reconquistan y la usan como base para reunirse.

Kirtash se fue al norte, a que Ydeon, el gigante, un mítico forjador de espadas, le reforjara a Haiass, su espada, rota en un duelo contra Jack o contra su padre. Su arma, al igual que la del dragón o la de Alsan, eran espadas legendarias y no podían ser forjadas por cualquier herrero. Además, se necesitaba magia. De paso, con la soledad de las tierras del norte (la tierra de los gigantes), recuperar su parte Shek que esta siendo oprimida por su parte humana, debido al amor que siente por Victoria.

Jack se dirige al sur, a la tierra de los dragones. Victoria no sabe con cual de los dos irse y al final decide irse con Jack. Shail, cuando se recupera de su pierna, sigue a Jack y a Victoria acompañado por Zaisei, una celeste (otra raza de Idhún parecida a los humanos) muy especial para él. De camino a la tierra de los dragones, Jack y Victoria conocen a Kimara, una semiyan que vive en el desierto (Los yan son otra raza) y que los guía a través de él. Tras una batalla con los sheks que los estaban esperando en los límites del cementerio de dragones, Victoria le entrega la magia a la semiyan.

Mas tarde, de vuelta de la tierra de los dragones, se les incorpora Kirtash. Jack es más dragón que nunca y el otro tiene su espíritu Shek recién renovado. No pueden evitar sentir odio mutuo. Un odio que los dioses les otorgaron cuando los crearon para luchar. Se enzarzan en una pelea brutal, tanto en el cuerpo humano como en el cuerpo del dragón y del shek. Al final, el asesino hiere a Jack y lo hace caer en un volcán, que en realidad es un portal a otro mundo: Umadhum. Este nuevo mundo es donde los sheks estaban antes exiliados, donde los dragones los encerraron, antes del día de la conjunción astral y de que Ashran los trajera de vuelta y exterminara a sus enemigos. Allí, una shek que tiene un interés personal en matar a Ashran y al rey de los sheks (porque la obligaron a usar a sus hijos para crear al híbrido Kirtash), lo ayuda, le cura y le enseña a controlar parte de su odio, o a enfocarlo hacia otra cosa que no fueran lo sheks. Cuando lo creen oportuno, ambos vuelven a Idhún atreves del portal del volcán.

Pero durante todo ese tiempo, a Jack le dan por muerto. Y Victoria jura matar a Kirtash, a pesar de todo lo que lo ama. Se sentía como una traidora hacia Jack, porque le pidió que perdonara la vida del shek cuando apareció en Limbhad y a cambio, le arrebata la vida del otro hombre (o dragón) al que tanto amaba. Y para enmendar su error le persigue por medio mundo. Durante el camino se encuentra con Yaren, un joven que ansia por encima de todo ser mago. Acompaña a Victoria y la presiona para que le entregue la magia. Al final ella cede, pero lo único que le puede dar es una magia impregnada de los sentimientos oscuros de ira y dolor que ella sentía, una magia corrupta. Y Yaren se va, sintiendo como la magia lo torturaba por dentro. Tras esto, Victoria da con Kirtash y en medio de la pelea, el la besa creyendo que así podía calmarla y en ese momento ella le atraviesa el estomago con la espada de Jack, Domivat. Cuando el shek estaba en el suelo, mortalmente herido y la muchacha le va a dar el golpe de gracia, aparece Jack y se interpone entre ambos. Así a la muchacha se le desaparece su sufrimiento, su odio y su deseo de venganza. Curan a Kirtash mediante la magia de la mujer y él no le guarda rencores.

Cuando el shek se recupera, deciden ir a matar a Ashran. Para ello dejan a Victoria durmiendo y ellos dos se van solos, con intención de mantenerla a salvo, a por el nigromante, mediante un hechizo de teletransportación. Pero cuando irrumpen en la sala donde los esperaba el mago y el rey de los sheks, Zeshak, son rápidamente neutralizados. Entonces Victoria va a rescatarlos y le ayuda la shek “amiga” de Jack.

Esa misma noche era año nuevo. Es decir, la noche del Triple Plenilunio. Ashran, decidido atacar el bosque de Awa y la fortaleza de Nurgon y envía a todos sus shek y szishs a luchar. En esa fortaleza se había reunido todos los rebeldes: Alsan, un grupo de caballeros de Nurgon, los Nuevos Dragones, Kimara (que se había echo una hábil piloto de dragones artificiales), Allegra con los bárbaros, y todos los silfos y hadas que había en el bosque y que habían echo crecer este al rededor de la fortaleza para protegerla con su escudo. Pero Ashran, aprovechando el Triple Plenilunio y la amplificación de su poder, le echo una especie de maldición a las lunas, de forma que su luz marchitara las flores que protegían el bosque de Awa. En unos minutos el escudo se desvaneció y los sheks atacaron. Pero el líder de todos los rebeldes, Alsan, debido al efecto de las tres lunas, se convirtió en una bestia sangrienta y completamente fuera de control, mucho mas terrorífica que la que lo dominaba cuando lo afectaba la Luna de la Tierra. Se perdió por el bosque matando a muchos, sean de un bando o de otro, entre ellos, a su propio hermano.

Cuando victoria llegó adonde estaban los dos muchachos retenidos, Ashran le dijo que eligiera a uno y la dejaría irse con él. Pero al otro se lo quedaría y lo mataría. Ella, incapaz de decidir, se sacrificó a si misma para salvar la vida de los otros dos. El mago la hizo transformarse en unicornio y luego le arrancó su cuerno para obtener la única cosa que los magos no podían hacer, entregar magia y crear nuevos hechiceros (que se hacía rozando el cuerno con alguien). En un ataque de furia, Jack, convertido en dragón, se liberó y arremetió contra el mago. Y Kirtash convertido en humano también.

En otra habitación luchaban a muerte los dos padres de la parte shek de Kirtash: Zeshak y la “amiga” de Jack.

Al final consiguen matar a Ashran y al hacerlo, liberan de su interior un espíritu, una sombra: el Séptimo dios, el dios oscuro. Una vez liberado, se mete en el cuerpo de Gerde, que está oculto. La posee y la resucita, y vuelve al mundo como una diosa en el cuerpo de una mujer. Aunque esto último nadie lo sabe.

Por el otro lado, Nurgon ya ha sido completamente tomada por los sheks y los szishs y los supervivientes se retiran al bosque, buscando refugio entre los árboles. Kimara lucha desde el aire, pilotando un dragón, pero un puñado de ellos no pueden hacer nada contra cientos de sheks. La batalla esta perdida. Allegra, oculta en un árbol junto con otro mago, Quaydar, decide hacer un hechizo conjugado con el del otro mago, para hacer arder el cielo, extendiendo unas enormes lenguas de fuego por el aire, en todas direcciones. Al hacerlo, la magia que emplean la mata. El sacrificio de su vida se llevo también a más de cuatrocientos sheks. Tras esto, los sheks se retiran.

Los supervivientes se reúnen en la torre de hechicería celebrando la muerte de Ashran y la derrota de los sheks, aunque muchos sobrevivieron y se dispersaron. Victoria había caído en una especie de coma tras la perdida de su cuerno y necesitó casi cinco meses para que le volviera a crecer y su parte unicornio no muriera. Durante ese tiempo, Gerde había reunido a los szishs y a los sheks (y con el cuerno que Ashran tenía fue creando más magos) y se preparaban para exiliarse de este mundo e ir a la tierra y conquistarla poco a poco. Yaren es ahora la mano derecha de la hechicera y en una ocasión, por venganza, intenta asesinar a Victoria mientras ella esta convaleciente, pero el shek lo hace huir.

Kirtash se había ido de nuevo al norte para recuperar su parte shek que una vez mas había menguado.

Shail viajó siguiéndole la pista a Alsan, desaparecido tras la batalla y llego también al norte. Allí fue testigo, junto con Kirtash e Ydeon (el gigante forjador de espadas hizo una pierna de metal pasa Shail y con magia le dieron “vida” al igual que hacían con los dragones), de unos violentos temblores de tierra, que asociaron con el dios de la roca. Un dios había bajado a la tierra en busca del Séptimo. Pero no bajó solo. Poco a poco se fueron representando los distintos dioses, seres inmateriales que venían de un universo inmaterial y que no tenían forma, pero alteraban brutalmente los elementos que ellos mismos habían compuesto. El problema era que los mortales son insignificantes para ellos y les daba igual matarlos (sobretodo teniendo la posibilidad de crear un mundo nuevo sin ningún esfuerzo).

Poco después, un huracán arrasó parte del continente y las tierras de los celestes, una enorme bola de fuego, como un sol en miniatura, derretía las arenas del desierto de los yan, una gigantesca ola destrozó las ciudades costeras y el reino oceánico, hogar de los varu, los bosques de las hadas y los silfos empezaron a crecer a velocidad desmesurada, los árboles brotaban casi al instante, por culpa de la diosa de la vida y una luz tan cegadora que derretía las pupilas, se aposentó sobre los reinos humanos.

Cuando Victoria mejoro, se fue con Kirtash a la Tierra, lejos de los dioses. Ella, como unicornio que era, absorbía la magia del medio. Y cuando los dioses, que son pura energía, están presentes, ella se sobrecargaba de magia, hasta el punto de poder explotar. Una situación muy grave para alguien en un estado tan débil. El shek, en cambio, estaba siguiendo las órdenes de Gerde (pero estaba encantado con que Victoria se fuese con él). En esta ocasión, su parte shek la obedecía por ser su diosa, su parte humana, por ser una mujer capaz de controlar a los hombres con sus coqueterías, así que no le quedaba más remedio que obedecerla.

Mientras, Jack se había quedado en Idhún para intentar hacer algo y ayudar en lo que pudiera, que no era otra cosa que adelantarse a los dioses y dar la alarma para que evacuaran las ciudades. (También ayudó a Shail a hacer entrar en razón a Alsan para que volviera cuando el mago dio con él.)

Los Seis sabían que el Séptimo estaba oculto en un cuerpo, pero no sabían cual. Si daban con él, la batalla entre los Siete sería tan brutal que arrasarían el planeta entero. Kirtash sabía esto, o lo intuía, por eso se fue con Gerde, para protegerla y para apremiarla a que se fuera a la Tierra. Aunque luego le propuso un plan mejor: que ella misma creara un mundo nuevo para ella y los sheks.

La mayoría (Alsan, Quaydar, la Madre de la Iglesia…) veía esto como una traición y no aprobaban la relación que éste mantenía con Victoria. La presionaban constantemente y a Jack lo volvían loco diciéndole que el shek había cautivado a Victoria y la estaba volviendo contra ellos. Además, lo que pensaban era que debían ayudar a los Dioses a descubrir el paradero de Gerde y proporcionarles la identidad del Séptimo, para que lo destruyeran. Tal vez, a cambio volvieran a traer a los dragones y a los unicornios, pues sin éstos últimos, la magia está condenada.

Mas tarde, Kirtash y Victoria volvieron a Idhún, él junto a Gerde y ella junto a Jack. Su relación con ambos muchachos había aumentado en seriedad. Hasta el punto de que se había quedado embarazada. Pero no sabía de cual. Tanto la unicornio como el dragón estaban de acuerdo con el shek en proteger a Gerde y cubrirle la retirada. Los demás (excepto Shail, que era el único que creía un poco a Kirtash), al oír su teoría, prácticamente los tacharon de traidores. Alsan, ya coronado como Rey de Vanissar incluso llegó a encadenar a Victoria, aun en un estado muy adelantado del embarazo. Lo hizo por varios motivos: el primero, por traidora. El segundo, porque necesitaba el anillo que le regalo Kirtash tiempo atrás, para averiguar cómo comunicarse con los dioses.

Cuando lo descubrió, viajó, junto con otros dos personajes más: Gaedalu, Madre de la Iglesia y el Archimago Quaydar (dos personajes de relativa importancia a partir de la llegada del unicornio y el dragón a Idhún) hacia un Oráculo. Y del mismo modo que Ashran se hubo comunicado con el Séptimo justo antes de que lo poseyera, Alsan y sus acompañantes se comunicaron con los Seis. Tras descubrir su indiferencia hacia los mortales y su intención “pasar olímpicamente de ellos”, vieron el error que habían cometido. Pero ya era tarde, ya le habían dicho la identidad de Gerde y los Seis ya la habían localizado. Justo entonces aparecieron Jack y Victoria, con intención de evitar lo que ya había pasado.

El shek y el dragón habían sacado al unicornio del calabozo y, ella, tras contarle lo que iba a hacer el rey, Kirtash corrió junto a Gerde para ayudarla a empezar el exilio y Jack había volado (en forma de dragón) con la chica en su lomo, en dirección al Oráculo. Alsan fue el único que pudo reaccionar. Por fin había entrado en razón y quiso acompañar a la pareja a cubrir la retirada de los sheks y ayudar en lo posible para enmendar su error.

Para cuando llegaron, Kirtash estaba agrandando el portal mágico para que cupieran los sheks. Sentían como los dioses estaban cada vez mas cerca y ya casi los tenían encima. Por otro lado, Alsan había ordenado el ataque contra la base shek tiempo atrás, y el día de la batalla era hoy y cientos de dragones artificiales volaban hacia ellos. Yandrak, cargando con los otros dos, se interpuso entre los dos ejércitos, pero no le hicieron caso. La batalla empezó. Los sheks que conseguían contener su odio, cruzaban el portal. Los que no, luchaban y morían, o bien por los dragones (artificiales pero igualmente efectivos) o por los dioses. Algunos ya habían llegado. Gerde estaba junto al portal. Sería la última en cruzar. Junto a ella estaba Assher, un szishs que sería su sustituto en ser la encarnación del Séptimo (aunque el joven szish aún no lo sabía). Llegaron todos los dioses y mediante luz mataron a Gerde. Una sombra brotó entonces de la nada, enfrentándose a los elementos de los Seis. Éstos, lucharon contra el Séptimo y lo intentaban encerrar en una prisión, como ya habían hecho antes. Pero ya nadie cuidaba de la puerta, que se hacía cada vez más pequeña. Alsan, sin pensárselo dos veces, salio corriendo hacia la puerta, clavó Sumlaris, su espada mágica, en la puerta y con su energía la mantuvo abierta mientras los sheks terminaban de pasar. Entonces Assher, enamorado como estaba de Gerde y leal a ella, se suicidó con la espada de Kirtash y tras morir, su cuerpo fue poseído por el Séptimo. Volvió a la vida y cruzó la puerta tras el último shek, despidiéndose levemente de Alsan. Cuando pasó, El Rey de Vanissar sacó la espada de la puerta y esta se cerró, justo cuando la furia de los Dioses caía sobre él y el portal cerrado. Victoria, sobrecarga de de la energía de los Siete, creó un escudo alrededor del sus amigos. Saturada de magia, su escudo aguantó la arremetida de los seis Dioses, que enseguida volvieron a su plano astral, para seguir buscando al Séptimo. Pero a la muchacha no le dio tiempo de extender el escudo hasta Alsan y el rey murió.

El niño de Victoria nació poco antes del funeral de Alsan y resultó ser hijo de Jack. Pero la muchacha seguía enamorada de los dos. No podría vivir sin uno de ellos y ambos lo comprendían. Hicieron un esfuerzo titánico para llevarse bien y no intentar matarse mutuamente (como les impulsaba a hacer el instinto y el odio). Se fueron a vivir los cuatro a una zona tranquila y pacífica. Kirtash, como siempre, se iba. Pero siempre volvía.

El sucesor del trono, que era el segundo al mando de Alsan, no se creyó la historia de los dioses y del exilio de los sheks. Decían que las serpientes estaban ocultas en alguna parte. Y que Kirtash era el culpable de todo. Al final, el shek decide irse a la Tierra, para que dejaran de perseguirlo y porque se sentía horriblemente solo y el la Tierra había un pequeño grupo de sheks que su dios no se había llevado. Aun así, seguía amando a Victoria. Antes de irse la dejó embarazada y él no lo sabía. Cuando se corrió la voz de que la muchacha había tenido un hijo con el shek, fueron a por el bebé y a por la familia entera. Y ellos huyeron hacia la Tierra, donde Kirtash los esperaba. Y así volvieron a su antiguo hogar.

Brutal. Espero que hayáis disfrutado leyendo esto, como yo escribiéndolo. Si se os ha hecho un poco largo, lo siento. He hecho todo lo que he podido y he omitido muchas cosas, pero no he podido resumirlo mas (demasiado que he metido 2000 páginas en 8).

Sin más preámbulos me despido hasta la próxima, que o bien será otro resumen del siguiente libro que me lea, o bien será el primer capítulo de la nueva serie: La Sabana.


Namárië!!

P.J.O.R.


PD: Siento haber tardado tanto pero me ha llevado más de lo que esperaba.

viernes 24 de agosto de 2007

Regalo de Cumpleaños

¡Hola, Pedro! ¡¡¡FELICIDADES!!! ¡¡Cumples 19!! Bueno, pues eso. Que además de comprarte los acostumbrados regalos materiales entre todos, los Sergios y el Largo, quedamos en hacerte este regalito extra. Es un relato corto del cual tú eres el protagonista. Se titula: "Super Pedro Machote, una comedia romántica para toda la familia con sexo duro y crema". No preguntes. La hemos escrito por separado, cada uno una parte, las partes están separadas con unas bonitas cenefas de puntos, y a ver si distingues de quién es cada sección en esta miniaventura épica. Esperamos que te guste o que no tedisguste demasiado ya que la hemos hecho con toda nuestra buena intención. Hasta Luego.

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—Despierta, vas a llegar tarde. Te he dejado un gazpacho en la nevera, y dile a tu hermana que tenga cuidado con las llaves.
—Sí, mamá —dijo Pedro Sánchez, desperezándose perezosamente —Buaaaaaaaaaahhhh —dijo cuando ella se hubo marchado. Cómo le jodía tener que levantarse a las 8 de la mañana en verano.

Era un bonito día de Agosto. 22 de Agosto, para ser precisos, y quedaban dos días para que Pedro pudiera descansar unas horas y celebrar su 19 cumpleaños con sus grandes, geniales, inmejorables amigos. Pero de momento tenía que seguir estudiando, de modo que se dirigió a la parada de autobús de mala gana con la intención de machacarse la cabeza en la biblioteca durante toda la mañana.

Se puso la música en el discman para ver si se espabilaba un poco y podía empezar a estudiar bien despierto. Por ello eligió el "Ride The Lightning", el mejor disco de Heavy Metal, de la mejor banda de la historia de la música desde que un paleto inventara la guitarra al atar una cuerda a un trozo de madera.

Llevaba dos horas estudiando cuando la cicatriz empezó a picarle. Pedro tenía una cicatriz extremadamente rugosa en el codo, tanto que hacía verdadero daño a los que rozaba con ella sin querer. Sus padres siempre habían rehusado explicarle el modo en que se la hizo, y Pedro había
decidido, tras muchos intentos, no hacer más preguntas.
"Qué extraño", pensó. Nunca le había dolido de esa forma.

De camino a su casa tras haber estudiado 9 horas seguidas, un cono con bigote cortado por un plano le pidió la hora, mientras que una niña saltaba a la comba generando una superficie de revolución cuya sección cíclica tenía toda la pinta de ser la curva del peinado de Sirius Black cuando aparece en el fuego de la chimenea de la sala común de Gryffindor.
Sin duda, Pedro Sánchez iba camino de ser el mejor arquitecto-escritor de historias fantásticas del mundo. Y como era de esperar, también acabaría como una puta cabra.

Entró en su casa y se dispuso a prepararse el almuerzo a las siete de la tarde, no sin antes devorar un delicioso paquete de patatas Fran José. Sus gemidos de placer alertaron al vecino, un ser pinchudo llamado Pablito.
—¡Ya vale de ruidos, estoy intentando dormir la siesta de las siete de la tarde! —Pedro decidió hacerle caso, ya que Pablito era capaz de irrumpir en su casa para pincharle con sus pinchudos huesos.

Entonces ocurrió algo. Una lechuza entró por la ventana cantando "Stairway To Heaven" de Led Zeppelin. La visión fue tan celestial que Pedro empezó a rezar a Joe Satriani, nuestro Dios Absoluto ahora y en la eternidad.

Oh, mi Joe Satriani, con una nota tu podrías

descongelar los dos Polos.
Dame consejo en este celestial momento
y nunca más jugaré a los bolos.

La lechuza dejó una carta sobre la mesa y se marchó volando. Pedro se abalanzó sobre ella y, abriéndola, le leyó para sí.

Ave Pedro.
Somos los humildes ministros del país Pedro Sánchez. Hace años que tu padre, Pedro Sánchez, te envió a vivir con unos amables señores que te quisieron adoptar, con la condición de que te instruyeran en el noble arte de la Arquitectura y que, cuando cumplieras los 19 años de edad, regresaras a tu país natal para levantar nuestra decadente civilización de su ruina. Ahora que la fecha se acerca, el país Pedro Sánchez debe pasar a manos de Pedro Sánchez Junior, o sea, tú.
Te rogamos que nos deleites con tu presencia lo antes posible para que podamos venerarte como a un Dios.

Muchos besitos y abrazos

Ministerio de Pedro Sánchez.

-¿Pero qué debo hacer? – se preguntaba Pedro una y otra vez. Lo mejor será que me eche ya a dormir que mañana me tengo que despertarme a las 4:45 AM para estudiar. Aprovecharé y le preguntaré a mamá en el desayuno.

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Y Pedro se levantó a las 11:00 AM. Era el día 23 de agosto, un día para su 19 cumpleaños y aún no sabía nada de ese país que tenía que gobernar. Nada más entrar en la cocina le preguntó a su madre:
—Mamá, ¿soy adoptado?
—Supongo que ya te ha llegado la carta. No quería que llegase este momento, pero es inevitable que...
—Pero, ¿qué es eso de que tengo que gobernar un país, mi país? ¿Y qué tiene todo esto que ver con mi cicatriz?
—Oh, bueno, supongo que ya debes saber la verdad. Tu padre era un revolucionario y se casó con una señorita de su edad. Te tuvieron a ti en el punto más sangriento de la revolución y atacaron la choza en que naciste. Tu padre, como un héroe, salió corriendo contigo en brazos, y una esquirla metálica te rozó el codo. De ahí la cicatriz rasposa. Pero tu madre murió atravesada por miles de balas, desangrada en un enorme charco de barro...
—Entonces es cierto... Debo partir hacia el país de Pedro Sánchez inmediatamente.
—Sí, un Jaberwocky te espera a la orilla del mar para llevarte volando. Será mejor que te lleves un bocadillo. ¿De qué lo quieres?
—¡¡¡De chopped pork!!!

Y Pedro salió corriendo hacia la orilla del mar. El viaje en Jaberwocky se hizo corto ya que cogió su disco preferido, el Word of Mouth de Jaco Pastorius. Además el país de Pedro Sánchez es un lugar mágico al que se llega sólo deseándolo, no existe el cerca o lejos, y Pedro tenía muchas ganas de llegar.

Al aterrizar en el Jabpuerto, lo recibieron los ministros:
—Salve, Gran Pedro, nosotros lo adoramos y lo cubrimos con oro.

Y efectivamente eso hicieron. Pedro se sacudió el oro como pudo y preguntó:
—¿Y dónde están los súbditos a los que debo gobernar?

Los ministros le explicaron que por precaución no habían querido anunciar su llegada por si alguien intentaba hacerle algo. Pedro lo comprendió enseguida. También le explicaron que era mejor que se anunciase el mismo día 24 para que así no hubiese problemas.
—¿Qué problemas podría haber? —pensó Pedro, pero no dijo nada.

Al día siguiente salió al balcón a anunciar su llegada. El pueblo lo recibió con una ovación: había gente gritando como loca, chicas sin camisetas, y... Pedro se echó al suelo justo a tiempo. Una manzana le pasó rozando la cabeza. Inmediatamente apresaron al culpable y lo llevaron ante Pedro. Los ministros gritaron:
—¡¡¡Mátalo!!!¡¡¡MÁTALO!!!
—Pero si yo sólo quería entregarle mis mejores manzanas a Pedro, no he hecho nada malo.
—¡Mientes! ¡Intentaste asesinarlo con esa manzana!
—No, no, no...

Pedro llamó a los ministros a una habitación aparte y les dijo que confiaba en la historia del hombre. Pero los ministros estaban ABSOLUTAMENTE SEGUROS y RECORDABAN PERFECTAMENTE que el hombre era un asesino que se les había escapado. Pero Pedro no quería matarlo. Entonces los ministros dijeron:
—Te daremos un paquete de Fran José si lo matas.
—Soy el que más manda aquí, puedo tener tantos paquetes como quiera.
—Pero tenemos un problema de distribución y sólo nosotros, los MMM (Ministros Malísimos de la Muerte) podemos conseguirlos.

La mente de Pedro comenzó a debatirse, no sabía qué hacer. Entonces, por unos instantes, su mente se partió en dos: se encontró de repente en una habitación con unas pequeñas neuronas de axiones hermosos que le decían
—Mata a ese hombre, a ti ni siquiera te gustan las manzanas, a ti te gustan las patatas y por lo visto va a ser difícil conseguirlas. Sólo es un hombre, hay muchísimos más en el país de Pedro Sánchez.
Sin embargo, otro grupo de células de Schwann, más feúchas, le decían desde un rincón:
—No está bien, tu padre murió por un país en el que hubiese justicia, no quería que su hijo fuese un asesino.

Pero Pedro sucumbió. Mandó matar al hombre y se comió las patatas mojándolas en la sangre derramada mientras se reía sádicamente y escuchaba el grupo más oscuro y malévolo de la historia: Cannibal Corpse.

Estaba tan ofuscado por el poder, el acceso libre a las patatas y el no tener que estudiar en verano que llegó incluso a jugar a los bolos con los ministros, a pesar de su promesa a Joe Satriani (su subdios, ya que por encima estaban los Beatles desde que hicieran el Revolver) de no hacerlo nunca más.

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Y así pasó el tiempo y Pedro Sánchez vivió gran cantidad de aventuras en las cuales se dio cuenta de que realmente el heavy metal le estaba llevando por el mal camino y decidió no volver a escuchar nunca más nada que tuviera distorsión. Se apartó durante una época del mundo público encerrándose en un cuarto que se sostenía sobre una columna salomónica gigante a 5000 metros de altura, sobre las montañas y sobre todo el país de Pedro Sánchez, donde sus habitantes, los pedrosanchecinos, vivían tan bien que se inventaban a unos enemigos contra los que luchar y a los que odiar.
En esta habitación Pedro Sánchez se dedicó a la meditación y a escuchar a Jeff Buckley para entrar en trance y así contactar con los dioses, que le contaban los secretos del universo.

Un día, desde el suronorte, llegó la misma lechuza que aquel 24 de Agosto le había llevado la grata noticia para llevarle ahora una noticia horrible. Ponía lo siguiente:

En nombre de nuestra patria Poorpooland, y de todos los poorpoolandianos, os damos a vos, Sir Pedro Sánchez, la oportunidad de huir de Pedro Sánchez antes de que ataquemos vuestro país con nuestras horribles armas de destrucción medievales. Esto es un ultimátum improrrogable.
La respuesta debe llegar antes de la puesta de sol del último día del último mes del antepenúltimo año de la década del salchichón.
Oséase, mañana.

Gracias por leer.

J.R.R.G.

Pedro leyó esto con horror y se desmayó. Dos horas después, cuando notó que alguien se le estaba cagando encima abrió los ojos y vio a la blanca lechuza sonriendo sobre su pecho, donde descansaba un montoncito de bonitas blancas defecaciones. Pedro se levantó sobresaltado, pisó la cabeza de la lechuza, a la que no le pasó nada, y se sentó en su mesa, sacó un buen rollo de pergamino rosa perfumado y escribió con un lápiz H2B con bonita caligrafía:

Aquí permaneceré para luchar, valiente como mi cobarde padre.

Ciaito!

Enrolló el pergamino, lo ató a la pata de la lechuza y, tras darle un par de Fran Josés rancias la tiró por la ventana para que llegara a Poorpooland.
Pedro Sánchez saltó desde la casa y se deslizó en espiral por el fuste retorcido de la columna hasta llegar al sólido suelo de Pedro Sánchez, donde los habitantes, que se habían enterado de la amenaza, lo alabaron por quedarse con ellos.
Pedro convocó a todos los jaberwockys y tilacinos del país para que ayudaran en la guerra, mandó lechuzas a todos los amigos del mundo y, en media hora, tenía el ejército preparado y bendecido por Atenea y todos los dioses de la guerra que quisieron hacer algo.

A lo lejos se los oía llegar, un montón de poorpoolandianos arrastrando los pies y las armas. Uno de cada cinco cargaba con un darbuka y lo aporreaba sin compasión, sacándole el metálico sonido de percusión al mágico artefacto que marcaba el ritmo del paso del vago ejército. El sonido hizo que muchos de los pedrosanchecinos dejaran sus puestos y se pusieran a bailar capoeira sin descanso y a toda velocidad, pues el sonido cada vez iba más rápido, descontrolados, sin poder sobre sus cuerpos, bailando y saltando hasta que los pies comenzaron a sangrar y los resbalones se sucedieron por todo el batallón.

Pedro Sánchez tenía más miedo que un angango en una biblioteca y sudaba tanto que parecía que se estaba derritiendo. Las palmas de las manos mojadas, los ojos enrojecidos por los nervios, los pelos húmedos pegados a la frente y la nuca y ese dolor punzante en el codo… pensó que el dolor de la cicatriz era debido a que se acercaba su enemigo pero, cuando miró el brazo que le dolía, se dio cuenta de que era Pablito el causante al estar clavándole el esternón. Pablo permanecía arrodillado a su lado, subido a un trineo con ruedas con el que se deslizaría entre los enemigos pinchándoles en las piernas y partes sensibles con sus extremidades huesudas.
—Me alegro de que estés aquí conmigo —farfulló Pedro Sánchez.
Pablo, por toda respuesta, chasqueó un par de veces la lengua y sonrió como si estuviera loco.
Realmente Pedro Sánchez se alegraba de que estuvieran allí todos sus amigos raros… Action Boy, Bernie Wells, Fucaco, Virginia Woolf con los bolsillos de la bata llenos de piedras, el Presidente de los EE.UU. conduciendo un tanque, Topito Pérez, que iba desnudo porque se había depilado todo el cuerpo y embadurnado en aceite para escurrirse entre los enemigos y que nunca lo pillaran, Mickey el Gordo, Erestör Fefalas, Rokete, Gorge el de los ogjos rogjos, Nicolás Saizer, etc…

Llegó el otro ejército y comenzó la lucha. Todos peleaban aquí y allá con lo que pillaran.
Pablito se deslizaba de un lado a otro con los codos en punta pinchando a todo el que se le acercaba, fuera de un bando o de otro, chasqueando la lengua y riéndose, Action Boy rugía y disparaba con el cañón-trípode, Mickey el Gordo comía a gente y soltaba flatulencias nucleares. Rokete bailaba capoeira mientras tocaba la guitarra a lo bestia, haciendo saltar las cuerdas contra sus enemigos, Fucaco corría por ahí electrocutando a las hordas enemigas y, en el centro del campo de batalla, Pedro Sánchez, esperaba con hombría a J.R.R.G., que se acercaba portando un ventolín del tamaño de su brazo.

—¡No vas a ganar esta guerra! —gritó Pedro Sánchez, haciendo que todo el mundo parara de combatir para mirar la escena.
—¡Me da igual, yo solo quiero matarte a ti! —respondió J.R.R.G.
—No lo conseguirás —entonces Pedro se armó de valor, se quitó el casco de la armadura y saltó hacia J.R.R.G., que en ese momento apretaba el pulsador del ventolín y le mandaba una descarga de placebo puro que le hacía caer y caer y caer y caer y caer y caer y caer y caer y…

Pedro gritó y se despertó. Estaba en la biblioteca, sentado, estudiando. La gente lo miraba, pero de una manera extraña. Sí. Sólo había tías en la biblioteca, tías buenas que estudiaban en ropa interior y que le sonreían. Pedro se levantó y todas fueron hacia él rápidamente, se le echaron encima, derrumbándolo, rasgándole la ropa y unas manos que le subían por el pecho y… de repente alguien le estaba dando de hostias, ¿qué coño pasaba allí?

Pedro gritó y se despertó. Estaba en su cama, en calzoncillos. Aún era de noche. La ventana estaba abierta y por ella entraba una brisa agradable. No había ruidos. Miró el reloj. Eran las tres de la mañana y eso le puso contento, todavía tenía tiempo para dormir mucho, al día siguiente no tenía que ir a la biblioteca, nunca más, ya no tenía que estudiar…

Pedro gritó y se despertó. El móvil sonaba. Estaba en su casa, en calzoncillos, en la cama. Aún era de noche. El móvil seguía sonando. Lo cogió y apretó el botón verde.
—¿Diga?
—¿Es usted Pedro Sánchez?
—Sí.
—Pues acaba de ganar un billón de euros.

Pedro gritó y se despertó. Estaba en una tumbaca, tomando absenta de color azul eléctrico en la orilla de una playa de arena blanca y aguas transparentes. A su alrededor, sus amigos disfrutaban igual que él del paisaje y del billón de euros que le había tocado a Pedro al cumplir los diecinueve años… Todo era perfecto. Lo que Pedro no sabía era que esa noche le matarían para quedarse con su fortuna. Así que, por lo pronto, todo iba bien.


S.S.M.//S.R.M.//J.R.R.G.


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miércoles 22 de agosto de 2007

El Faro -- Capítulo 4

07:00 A.M.
15 de enero de 2011


No era casualidad que Mel viajara en aquel barco pesquero. Se había embarcado hacía mes y medio para terminar su formación, o al menos eso ponía en la ficha que había entregado al capitán. En su currículum constaba la licenciatura de biología, especialidad zoología marina. En aquellos momentos se disponía a sacarse el doctorado, acerca de los movimientos migratorios de los animales, ya extintos, obviamente. La observación directa del lugar por donde éstos habían viajado era crucial para la investigación. El viaje de Mel, o el estudiante, tal y como le llamaban en el barco, terminaba en Boston. La forma en la que él viajaba no era totalmente legal; pero casi siempre las autoridades portuarias hacían la vista gorda a los asuntos de inmigración ilegal, a cambio de una ligera comisión que solía proporcionarle el gremio de pescadores. Aún así, el traspaso de personas a través del mar se hacía de una forma muy discreta, reduciéndose a un grupo muy selecto. Personas como estudiantes y trabajadores, con una ficha debidamente justificada, en la cual siempre debía fijar la posibilidad de ayudar en las labores del pesquero.
Mel llevaba ya unos minutos despierto en su litera, pero aún seguía esperando a que alguien del turno anterior le obligase a levantarse. Entre las sombras, y desde la litera superior, vio el perfil de Yunk, respirando fuertemente. Eran los únicos que se encontraban en el camarote, ya que Rob y Sally tenían turno de noche. Sigilosamente palpó por debajo de su almohada, y comprobó que lo que debía estar ahí seguía aún en su sitio. Sintió la textura de papel viejo y quebradizo entre sus dedos. Se trataba de un recorte de periódico publicado el 4 de febrero de 1991. Un ruido de pasos en la puerta le hizo dar un respingo. Dos personas entraron entre las sombras, hasta que uno de ellos apartó la cortina que tapaba el ventanuco, dejando pasar la luz.
—Vamos, es la hora —exclamó Rob, uno de los que habían entrado.
—Levantaos, que el capitán ya lleva en cabina desde hace una hora —dijo Sally.
Rob y Sally se encargaban del puesto de vigía de noche. Rob llevaba cinco años en aquel barco, y nunca le habían encargado otra tarea. Siempre pensó que al ser nuevo, le habían tomado como el pardillo de turno, colocándolo en ese puesto, en el que anteriormente, a regañadientes, había estado Jeanman, un tripulante ya veterano. La cosa es que, aunque todos pensaran que ese era el trabajo más pesado y aburrido del barco, a él le fascinaba. Y más aún desde que en aquel viaje, le hubiesen puesto como ayudante a la nueva del barco, Sally. El capitán había advertido a sus hombres desde el principio, amenazando castigar severamente a cualquiera que no tuviese un comportamiento adecuado con la nueva tripulante. De todas formas, todos los hombres parecían hipnotizados con la presencia de aquella mujer de rasgos sicilianos. Nada más subir al barco, los pescadores habían hecho apuestas por quién era el primero que se la llevaba a la cama. Aunque a estas alturas, a mes y medio de haber embarcado, ya nadie hacía esas apuestas, pues todos sabían que ya no tenían posibilidad.
—¿Qué tal la noche? —murmuró una nueva voz de alguien entró por la puerta.
Era Simón. Y no se había dirigido a ninguno de los hombres de la habitación. Mel pudo ver perfectamente como Simón se acercaba a Sally y la besaba, también vio como los dos se metían juntos en la misma cama. Aunque hizo todo lo posible para disimular, al igual que los demás. Yunk se levantó como un autómata hacia el comedor, sin volver la cabeza. Mel le siguió, por delante de Rob, el cual se había quedado atrás un mísero segundo, como diciendo: “Tengo sueño”. Pero ante una mirada de odio lanzada por Simón desde la cama, rectificó y anduvo por el estrecho pasillo hacia el comedor. Simón era, para Mel, una de las personas más odiosas que había conocido. Entre los pescadores, siempre era respetado o, quizás sería más acertado, temido. Solamente algunos de los que llevaban más tiempo, como Joan, cuestionaba ciertos puntos de su conducta. El mismo capitán solía doblegarse en ocasiones a lo que él dijese. El capitán sí que era buena persona; desde donde se encontraba, Mel pudo ver al capitán en la cabina de mandos. Estaba más solitario y triste que nunca, por alguna razón, que Mel no conocía.
—¿Qué tal el capitán? —preguntó Mel a Rob.
—Igual que ayer —contestó—, Dios sabe lo que pasa por la cabeza de ese hombre.
Mel se echó en la taza el café que había preparado Jeanman minutos antes, el cual sabía a agua de mar. Joan se sentó junto a él y le dijo que el capitán quería que fuera lo antes posible a la cabina de mandos. Con el café aún en las manos, Mel se encaminó rápidamente hacia allí.
—Buenos días, capitán —dijo Mel de forma firme, al entrar por la puerta.
—Buenos días, estudiante —respondió en un susurro.
—¿Quería usted algo?
No contestó enseguida, volvió la cabeza hacia él, con mirada perdida, y posteriormente sonrió levemente.
—Quería preguntarte si serías capaz de ayudarme con cartas de navegación, por si lo necesito, llegado el momento.
—Por supuesto —dijo Mel sin comprender demasiado— Pero, ¿para qué las necesita?
—No debería contarte esto, no creo que le hiciera gracia... —el capitán volvió a pararse momentáneamente; Mel sabía perfectamente que la frase terminaba “a Simón”—. La cosa es que es posible que nos desviemos ligeramente de rumbo por unas dos o tres semanas, tiempo en el habrá que prescindir del satélite y del rádar. Por eso necesito una mano con los mapas, ¿entendido, estudiante?
—Sí —contestó—. Perdone, ¿puedo preguntarle por qué...?
—Claro —respondió con una repentina sonrisa, algo forzada—, hay más pesca por aquellas zonas. Y a veces hay que salirse de la legalidad para comer.
—Hola.
Simón acababa de entrar en la cabina y lanzaba a Mel una mirada con el entrecejo fruncido.
—Hay que echar ya la boya —añadió Simón, mirando al capitán.
—Sí, vamos, paro los motores.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Simón en un susurro apenas audible, y con un tono extrañamente afectuoso.

Diez minutos después, Joan y Val sostenían entre los dos una pesada boya. Tenía en la parte superior una estructura de metal parecida a una pequeña antena de radio. Mel supuso para lo que servía, lo había oído más de una vez. Era consciente de que si el barco navegaba por aguas no permitidas a la pesca, había que apagar el radar y el GPS para evitar que las autoridades pillasen la señal. Por eso el capitán le había dicho antes que necesitarían privarse de aquello que fuese a delatarles. Por otra parte, los pescadores que frecuentaban estas prácticas solían abandonar boyas especiales en algún lugar de la ruta; a partir de ahí, la antena de la boya enviaba una señal al satélite, exactamente igual a la del barco, haciendo que el sistema de alarma marítimo no saltara por la posible pérdida de un barco.
Joan se aseguró de que la boya estuviera bien anclada en el fondo, antes de lanzarla al agua.
—A ver si con esto conseguimos al menos llegar a los cincuenta —exclamó Joan.
Cincuenta kilogramos era lo máximo que un barco pesquero medio, en plena temporada, podía capturar en un día. Y eso teniendo en cuenta que la mayoría de las veces la mitad del pescado estaba contaminado. De ahí que la pieza de pescado se vendiera a precio de oro; sin embargo, no era suficiente, había demasiados pescadores para una tarea que producía muy poco. La guerra había causado muchísimos estragos. Eso le hizo a Mel pensar en la vieja noticia de periódico. Con la aparición de Simón en el cuarto no había sido capaz de guardársela consigo, por miedo a que la viera, dejándola bajo la almohada. En un momento de distracción, estando todos pendientes de la boya, Mel se deslizó hacia el interior.

Sally estaba en el dormitorio, lo cual habría sido normal, de no ser porque no estaba dormida. Mel la miró asombrado, sin poder creer lo que veían sus ojos. La mujer se hallaba de pie, con el cuerpo vuelto hacia la cama del estudiante y, en la mano, sostenía el recorte de periódico. Alertada por aquella llegada imprevista, había vuelto la cabeza hacia la puerta, pero no le había dado tiempo de nada más.
—¿Se puede saber por qué miras donde no te importa? —dijo Mel, intentando disimular con furia el miedo que recorría su cuerpo.
—Estudiante...—comenzó ella.
—¡Cállate, joder! —la exclamación de Mel hizo que Rob se revolviera en su cama. Pero no se despertó, descansaba como un lirón.
—...Lo he leído.
—Bueno, ¿y qué? —dijo Mel alzando la voz, con un tono de insolencia—, ¿se lo vas a decir a él?
—Hablemos fuera —atajó de manera concisa, mientras señalaba con su mirada a Rob.
—¿Quieres que te incluyan en su grupo, verdad?¿Por eso me vas a delatar, putita?
Aunque en un principio pareció no haberse ofendido, tras unos segundos, y con una rapidez profesional, Sally sacó un arma y apuntó con ella al estudiante.
—He dicho que fuera —dijo en un susurro—, y como grites —añadió, viéndole las intenciones—, te juro que te mato aunque sea delante de Rob.
Mel salió andando hacia atrás sin quitarle los ojos de encima a Sally y a su arma. Sally cerró la puerta tras ella. Afortunadamente, Rob no se había despertado y tampoco había nadie en el pasillo; pero no podía correr riesgos. Agarró a Mel por el cuello de la camisa y lo empujó al cuarto de baño. Aun en la estrechez, o quizás con más razón, Sally no despegó la pistola cargada de la sien de Mel.
—Escúchame con atención y cállate un minuto, ¿entendido? —dijo en voz baja—. No soy quien tú crees, no estoy aquí por el trabajo, no estoy por placer y tampoco estoy para que me incluyan en su grupo.
—¿Entonces que coño quieres? —preguntó Mel, sin importarle el haberle interrumpido.
—Creo que lo mismo que tú.
—¿Y cómo sabes lo que quiero?
—Soy policía —aclaró, ante la sorpresa de Mel—, llevo observándote semanas.
—¿Policía? —murmuró, sin poder creérselo. Mel se preguntó si ella estaría allí por asuntos de pesca ilegal.
—Sí —afirmó, con una sonrisa en la comisura de la boca—. Te preguntarás que cómo estoy enterada de lo que se está llevando a cabo.
Mel asintió con la cabeza. Sally, al ver que el joven se había tranquilizado, bajó el arma. Y comenzó su historia. Contando cómo había llegado hasta aquel barco. Alrededor de un año atrás la central recibió la llamada de un viejo pescador que había captado una inquietante señal de radio. En aquel momento nadie hizo caso, pues el servicio estaba saturado con otros asuntos de gravedad más inmediata. Sin embargo, un compañero de Sally, un novato salido de la academia cinco meses antes, se interesó por el caso y lo investigó en lo que le quedaba de tiempo libre. Fue a hablar con el viejo mercante que recibió el mensaje radar. Cada uno de los aspectos de la información que le dio no hacía perder el interés; desde el mismo cuerpo del mensaje hasta la persona que lo había enviado y desde dónde. El viejo se hallaba totalmente seguro de que la señal provenía de un lugar abandonado en algún lugar de Terranova, ajeno a la civilización humana durante décadas. También declaró que el mensaje poseía la voz de una niña.
—¿Una niña? —interrumpió Mel.
—Sí, es algo poco creíble, lo sé. Pero mi compañero se empeñó en seguir investigando. Poco a poco se dio cuenta de que el asunto era más turbio de lo que parecía. Era peligroso, en plena guerra, hacer determinadas acusaciones, y él lo sabía. Por eso comunicó conmigo, al parecer era en la única persona de la autoridad en la que confiaba; pero no me quiso decir todo. Solamente lo de aquella niña, ni siquiera el mensaje de ésta.
—Pero te dijo sus sospechas, ¿no?
—Claro. Oro gris.
Un escalofrío le sobrevino a Mel por la espalda. Estaba claro lo que Sally quería hacer.
—Quiero llegar al final de todo —confirmó Sally—, no quiero quedarme sólo en esta simple chusma, quiero saber quiénes están detrás. Quiero cazar a los peces gordos.
Mel frunció el ceño. No estaba seguro de que aquel símil que acababa de hacer fuese apropiado para la situación; además, para él, los que estaban a la sombra eran de la misma calaña, la misma chusma.
—¿Qué ocurrió con tu compañero? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Desapareció de pronto; me juré a mí misma que tenía que terminar su trabajo.
—¿Y cómo puedo confiar en ti? —preguntó Mel.
—Te he contado todo lo que sé, eres tú el que aún no me has dicho la forma en que llegaste aquí.
—Yo no tengo por qué dar explicaciones: no te he apuntado con una pistola. Aunque —añadió, pensando que no correría mucho peligro si le contaba sólo parte de su historia, o al confirmarle lo que ella ya sabía—, te diré que encontré el recorte de periódico, y partir de ahí fui investigando.
—¿Por qué razón te interesaba el tema?
—Me repugna todo lo que tiene que ver con el oro gris. Pero, a todo esto, ¿qué piensas hacer tú para detenerlos?
—Aún no lo sé, tengo que entrar en la bodega y descubrir si lo tienen allí escondido.
—Pero la bodega está cerrada con un candado, sólo el capitán y Simón pueden entrar.
—He conseguido quitarle a Simón las llaves de la bodega, las tengo escondidas en lugar seguro —Sally respiró hondo, lo que había tenido que hacer para ganarse la confianza de Simón era realmente asqueroso. Había sido trabajo de día a día, desde el primer momento en que pisó el puerto de embarque.
—Pero él las echará en falta, ¿no crees?
—Por eso quiero ir cuanto antes, ahora mismo.


Eran las diez de la mañana y ya tenían controlado a todo el mundo. Cabrón y Yunk estaban en popa, preparando las redes; Rob, durmiendo; Jeanman en proa; Simón, el capitán y un marino viejo del que nadie sabía nunca pronunciar su nombre, estaban en la cabina de mandos; y por último, Joan, en la cocina. Era el momento. A través del comedor, bajaron a la parte inferior del barco, procurando no hacer ruido para que Joan, desde la cocina, no los oyera. Allí el movimiento del barco parecía mucho más palpable. El estrecho pasillo que ladeaba la despensa y la bodega simulaba una auténtica atracción de feria. Pasaron la primera puerta, la despensa. Después, la puerta cerrada con candado y con un cartel de prohibido, era la bodega.
—Bien, Mel —Sally sacó del bosillo una especie de botón y se lo introdujo en el oído; también sacó un chisme de unos cuatro centímetros y se lo dio a Mel—, esto tiene en el extremo un pulsador; si lo pulsas, enviarás una señal electromagnética muy débil al auricular que me he puesto en el oído, y así podré saber si viene gente sin que tú tengas que correr peligro. ¿Entendido?
—Sí, pero creo que debería de entrar yo—Mel sintió que aquello no era capaz de digerirlo tan rápido, hasta ahora siempre había estado sólo en eso.
—Ni hablar, vete al pie de la escalera y, si viene alguien, entretenle un poco para que me de tiempo de salir.
Una vez que Mel se había ido, Sally introdujo las llaves en la cerradura del candado y entró. Sally miró a su alrededor, una enorme caja de metal de casi dos metros de altura, se sostenía contra la pared, ocupando gran parte de la habitación. En un lado, junto a ésta, había una rejilla que comunicaba con la ventilación del barco y la sala de máquinas, en la popa del barco. Se abrió paso entre un motor viejo y decenas de utensilios de pesca, hasta alcanzar la puerta de la caja. No había manera de abrirla, necesitaba la combinación de la rueda giratoria. Miró el reloj, llevaba más de dos minutos en aquella sala y pensó que podría ser peligroso quedarse aún más. Ya tendría tiempo de pensar qué hacer con la caja, donde, con toda seguridad debía encontrarse lo que buscaba. Se disponía a salir justo cuando una alocada idea le pasó por la cabeza. Miró el motor del coche que descansaba en el suelo. Abrió con sumo cuidado el depósito de aceite...

Mientras tanto, Mel hizo lo que le había dicho la mujer, se dirigió al pie de la escalera. Se aseguró de que llevaba el pulsador bien disimulado en el puño y deseó no tener la necesidad de usarlo. Llevaba unos dos minutos sentado en los peldaños cuando un sonido del roce de algo con la pared le hizo volverse. Le dio tal sobresalto verla que estuvo a punto de pulsar el botón. La niña de ocho años con el traje azul le estaba mirando a los ojos.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó sin dar crédito a lo que veía.
—Te van a descubrir.
Dicho esto se volvió hacia el pasillo y entró a la despensa con una rapidez increíble. Mel la siguió, entrando en un cuarto sumamente aprovechado, dividido por medio de congeladores y estantes repletos de alimentos. Buscó por todos los recovecos que fue encontrando sin éxito, la niña había vuelto a desaparecer como un ángel. De pronto, sintió un tremendo tirón en su estómago; un ruido de fuertes pisadas resonaron en el suelo del pasillo. Pudo oír claramente, al otro lado de la puerta de la despensa, la voz de Simón.
—¿Quién ha quitado el candado que cerraba la bodega?
Al no obtener contestación, entró. Si Mel se hubiese tirado en las frías aguas del océano Ártico, se habría sentido más caliente aún de lo que se sentía en aquel instante. No había avisado a Sally, es como si la hubiese traicionado...


La voz de Simón la alertó y Sally corrió hasta el fondo de la bodega, hacia la pequeña rejilla junto a la caja. Se metió como pudo por ella, dándole tiempo de ver, por un instante, la figura de Simón entrando por la puerta de la bodega. El ruido era intenso, sabía que ya se encontraba cerca del motor del barco. Ahora estaba en una cabina minúscula; y aunque no podía ver absolutamente nada debido a la falta de luz, supuso que allí estaba la refrigeración del barco. Tuvo que mantener la cabeza agachada para no chocarse con el bajo techo. Sintió que algo se le deslizaba del bolsillo, pero no tenía tiempo de buscarlo. En la oscuridad sintió el tacto de una puerta y la abrió sin comprobaciones. Apareció ante sí la sala del motor del barco, sitio donde el ruido ya era insoportable. Alcanzó la escalerilla de hierro vertical que llevaba a cubierta, con la esperanza de que nadie le viera al salir y pudiera tener la posibilidad de salvarse. Pero arriba ya la estaban esperando...


A hurtadillas, asegurándose de que ya nadie vigilaba la puerta de la bodega, Mel salió al estrecho pasillo y subió a cubierta. Una concentración de casi toda la tripulación en la zona de popa indicaba lo que con seguridad había ocurrido, y eso hacía aumentarle un sentimiento de culpa. Pudo comprobar que en el barullo no estaban ni Simón, ni el capitán, ni Sally. Minutos después Cabrón, ayudado por Yunk cuando se atascaba, contó lo sucedido. Al parecer, mientras aseguraban las redes de la pesca de la tarde, Simón había aparecido como una flecha desde la proa y había saltado sobre la trampilla de la sala de máquinas. De ahí sacó a Sally de un tirón del brazo, y la retuvo, dándole el tiempo justo a no acabar tiroteado por una pistola que la mujer guardaba en su chaqueta.
—Y menos mal que yo grité, ¡Simón! ¡Al suelo, tiene una pistola! —prosiguió Cabrón, fanfarroneando más que otra cosa.
Ahora mismo estaban en el camarote del capitán, situado junto a la cabina de mandos, discutiendo qué hacer con la chica. Si la mataban...


—La chica dice que tiró las llaves de la bodega por un desagüe, ¿tienes otras? —preguntó Simón al capitán, con el ritmo calmado.
Las cinco de la tarde, los motores del pesquero estaban parados y cinco tripulantes echaban las redes a popa, hablando, entre nudo y amarre, del extraño suceso que habían visto. Simón y el capitán discutían en la sala de mandos, más tranquilos que hacía unas horas. Aunque con la cabeza puesta en la habitación contigua, donde Sally se hallaba inconsciente tras un golpe propinado por Simón.
—Claro que sí, ya he mandado a Jeanman a que vuelva a cerrar la bodega. Simón, ¿y si no tiró las llaves al mar? ¿Y si las encuentra alguien? —preguntó el capitán con preocupación.
—Nada, le interrogaremos y le abandonaremos en el primer puerto por el que pasemos —respondió Simón.
—¿Ya está? ¿Y si descubre algo? ¿Nos delata?
—No creo, aunque si te sientes más tranquilo pondré dos nuevos candados más. De todas forma, es imposible que nadie sepa nada. Sally investigó a partir de las noticias antiguas, ninguna información útil. Pero ahora más que nunca hay que tener cuidado, no quiero que tengan motivos reales para llevarnos a la cárcel, no quiero muertos —concluyó—, no ahora que me quiero retirar, Horner, no después de lo tuyo.
—¿Entonces qué hacemos con la chica?
—Encerrarla en la caja. Cuando lleguemos a algún puerto, la acusaremos de suplantación de personalidad e intento de robo. Y cuando se descubra la verdad, estaremos muy lejos.
El silencio que prosiguió, indicaba que el capitán estaba de acuerdo con él; aunque también parecía que éste le estaba dando vueltas a otra cosa.
—Simón —murmuró el capitán Horner sin apenas mover los labios—. Por última vez, ¿estás seguro de que nadie ha podido enterarse de esto?
Horner inclinó la cabeza levemente, pero no la mirada, manteniéndola fija hacia Simón, inquisitiva. Dio la ligera impresión de que Simón dudaba en el momento justo antes de hablar, cuando realizó un movimiento nervioso de los labios.
—Seguro —dijo Simón tajante con un cierto deje desafiante. Lo había dicho tan convencido de sí mismo que el capitán rápidamente achacó el temblor a su enfermedad de parkinson, no a la duda—. Nadie lo sabe mas que nosotros, y ellos, por supuesto...

Una suave brisa helada punzó el rostro del estudiante. El resto de tripulación guardaba la escasa recogida y se preparaba para cenar; mientras, él esperaba aferrado a la barandilla de proa. A su izquierda el sol estaba a punto de ponerse. “Al norte”, pensó, desde luego, el barco no se dirigía a Boston. Como le había dicho el capitán, se desviarían de la ruta dos o tres semanas. Y no creía que fuesen simplemente a pescar; Mel sabía perfectamente a lo que iban y se imaginaba a dónde. No era casualidad que viajara en aquel pesquero. Estaba seguro que el mensaje al que Sally se refería, enviado desde Terranova, tenía relación con el destino de aquel barco del diablo. Por otro lado, no sabía si Sally estaba viva o muerta, pero se obligó a sí mismo a dejar de culparse y a proseguir. Estaba dispuesto a todo. Abriría la bodega de nuevo, recogería las pruebas suficientes y haría capturar a Simón y al capitán para que se pudriesen en la cárcel. A decir verdad, el capitán ya no le parecía una buena persona. Todo lo contrario, era incluso peor que Simón; falso, cobarde, manejable y asesino. Las lágrimas le helaban, le desahogaban, enturbiaban su corazón para mantenerlo frío; pues sabía que de ahí en adelante tendría que aguantar.
—Hola, Mel —dijo ella.
—Hola... ¿Cuándo me vas a decir tu nombre? —a Mel no le sorprendió su aparición.
La niña del vestido azul solamente respondió con una sonrisa.
—Yo puedo conseguir las llaves de la bodega, pero tienes que ayudarme.
—¿Qué quieres que haga?
—Que me escuches, tengo que contarte un cuento.
La escucharía, estaba listo para cualquier cosa. Preparado para todo; pero ajeno a la realidad, ajeno a que en unos días la inocencia de una niña le haría perder los nervios, ajeno a que él mismo, envuelto en la rabia, conduciría el barco hasta su propia muerte.



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sábado 18 de agosto de 2007

"La Piedra Oelortep" de S.S.M.

Las Golondrinas volaban a su antojo por los cielos de la Tierra. Quienes escuchaban su canto solían dejar el trabajo un momento, se ponían en pie y les contestaban en su lengua. Les respondían, contándoles las nuevas noticias de cada lugar, les deseaban buena suerte en su vuelo y también les pedían que les trajeran más ventura en sus ya felices vidas. Luego volvían al arado, a las cosechas, los más sabios a la escritura y meditación, los niños y niñas al juego o al estudio.

De esta forma, las aves surcaban cielos naranjas, el sol naciente acompañándoles; luego azul; al atardecer volvía al naranja e incluso al suave rosa, y más tarde, al anochecer, las Golondrinas recibían su merecido descanso del negro cielo.Amanecía, y las aves estaban a punto de divisar el Reino de Tutifruti, sin duda el lugar preferido de todas las criaturas de la Tierra. Allí todo era paz, justicia, felicidad y amor.

Sus campos y colinas eran verdes y fértiles; en su costa y acantilados se respiraba tranquilidad, con los grandes océanos brillantes y azules, que convertían al Reino en la isla más preciada por todos: Patislargos, Verdosos, Barbudos del Bosque de los Gnomos Felices, e incluso los resentidos Seres Escrutadores. Hasta esos sentían un profundo amor, mejor dicho, respeto, por aquel lugar.

Como era costumbre, las Golondrinas derramaron sus lágrimas sobre los habitantes de Tutifruti para avisarles de que llegaban y de que estaban contentas de verles. Volando en círculos sobre el Reino, entonaron su más precioso canto, y los niños corrieron a recibirlas.

El Rey fue avisado de que los visitantes acababan de llegar, y presto se dirigió hacia ellos con reverencias y halagos. El Rey Peta era el hombre más sabio que se había conocido por aquellas tierras. Ya era rey cuando los más ancianos llegaron a Tutifruti, e incluso antes. Era un hombre altivo que gobernaba con justicia pero con clemencia, sabiendo recompensar a sus amigos y, por ello, nunca llegaba a tener enemigos. Lo cierto es que nadie sabía de qué extraña esencia se alimentaba el Rey Peta para ser tan bueno y justo.

Cuando las Golondrinas se marcharon, todos se dirigieron de nuevo al trabajo, tarareando la pegadiza melodía que estas habían traído consigo. Todos menos el Rey, cuyo cometido no era trabajar, sino gobernar desde su trono, velando por la felicidad de sus Hermanos, los habitantes de Tutifruti. Pero ese día el Rey Peta tenía una sombra en su pensamiento, y solo su más leal vasallo fue capaz de adivinar que algo le ocurría.
—Señor, os ocurre algo. Ya sabéis que podéis contármelo sin miedo­ —dijo Rign, el leal vasallo.
Lo cierto es que Rign sabía de primera mano que el Rey no temía a nadie ni a nada. Simplemente sufría si veía amenazado su pueblo. Y esta podía ser una de esas ocasiones….
—Tranquilo, mi leal Rign, tranquilo. No es nada que no esté al alcance de mi mano. Verás, las Golondrinas me han traído noticias. Alto secreto. —Rign asintió con la cabeza.
Sabía cuándo no debía entrometerse, y se dirigió de nuevo al trabajo.

La noche era apacible y tranquila, y Rign dormía plácidamente, evocando en sus sueños las aventuras y batallas que había corrido con su gran amigo el Rey.
—¡Rign, despierta, rápido! —vociferó uno de sus sirvientes.
—¿Qué ocurre? —respondió este, cansado.
—¡Han atacado al Rey!¡Necesita tu ayuda! —el sirviente se mostraba extremadamente agitado.

Veloz como un rayo, Rign se dirigió hacia los aposentos del Rey. Este yacía en su cama, con el vientre fuertemente apretado con ambas manos, y el rostro empapado en sudor. Tenía un pequeño corte en la ceja, resultado sin duda de una lucha cuerpo a cuerpo. Cinco escoltas hacían guardia, y el médico del Reino invocaba a los Espíritus. Nadie había visto al Rey en un estado tan lamentable. Jamás.
—¡Basta! —vociferó este con la voz entrecortada por el dolor.
—Marchaos, por favor. Dejadme solo con Rign.Obedientes, el médico y los escoltas salieron de los aposentos.
—Señor, ¿qué os ha ocurrido? ¿Quién ha osado atacaros? —“y cómo demonios lo habrá conseguido”,pensó, pero no dijo nada.
—Tengo que contarte algo de vital importancia, mi querido Rign. Ven, siéntate. —dijo con una mueca de dolor. —Jolki el Terrible ha vuelto, Rign. —hizo una pausa sepulcral.

Rign se sobresaltó, poniéndose en pie de un salto.

—¡Pero eso no es posible! Si ya lo hemos matado en quince ocasiones, y la última vez lo cortamos en trocitos tan pequeños que cada Buitre de las Montañas se tragó uno; además, después matamos a los Buitres, quemamos sus cadáveres y las Hadas del Valle de Goldtintel se llevaron las cenizas al País de Nunca Regresar. Con el objetivo de que nunca pudiera regresar —matizó.
—Mi joven e impaciente amigo —el Rey tosió un poco, manchándose la barba, y dijo con voz solemne: —El Cielo no espera a los que no saben esperar, mas los que sí saben tienen asegurado su lugar en el Fuego del Castigo eterno, por intentar esperar lo inesperable de ellos.

Aunque Rign no entendió una palabra, asintió solemnemente con la cabeza y se dijo que el Rey era el hombre más sabio sobre la faz de la Tierra. Pero tenía unas ganas terribles de pillar al que le había atacado.
—¿Sabes por qué murieron tus padres, querido Rign? —dijo este.
—¿Mis padres están muertos? No lo sabía, en serio.
—Murieron cuando tu tenías dos años. Jolki el Terrible irrumpió en tu casa. Como sabes, este tan solo se alimenta de Maldad, y cada vez que mata, roba o crea una desgracia se hace mucho más poderoso —tosió, esta vez más fuerte, y Rign pensó que estaba en las últimas. Su vientre subía y bajaba sin parar, y tenía toda la pinta de que su herida era profunda. —Como decía, Jolki mató a tus padres usando el Fuego Terrible, una llamarada azul con forma de perro que sale de su boca. Tú lograste escapar, pero no lo hiciste solo. Te llevaste el alma inmortal de Jolki.
—Oh, Dios mío.
—En efecto. Tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y por eso fuiste capaz de quitarle su alma.
—¿Qué significa eso? —preguntó Rign, incrédulo.
—Significa que tú deberás reinar sobre la Tierra cuando nadie más quede para hacerlo.
—¡Oh, Dios mío! —no podía creer lo que oía. —La noche que quemamos a los Buitres que devoraron los restos de Jolki, no contamos la desaparición de uno. Alguien robó uno de esos buitres para alimentarse de él. Así fue como Jolki el Terrible consiguió reaparecer y robarle el alma al ladrón. Y también consiguió engatusarle para que me atacara esta noche.
—Oh, Dios mío. ¿Quién es? ¿Quién os ha atacado? —Rign estaba furioso.
—Lo conoces muy bien. Es un hombre de este Reino. —El Rey suspiró —Es tu hermano, Rign.
—Dios mío. Dios mío. —Rign se tambaleó y volvió a sentarse. —Mi hermano robó el buitre, os atacó a vos, y ahora está…
—Tuve que defenderme, mi querido y leal Rign. Le di una muerte digna. Tu hermano se arrepintió en su lecho de muerte, y lo confesó todo. Las Golondrinas me avisaron de que alguien iba a atacarme, pero no imaginé la magnitud del problema, ni tampoco que yo pudiera resultar herido de gravedad.-Se hizo el silencio de nuevo.

El Rey respiraba más tranquilamente, y Rign intentaba digerir todo lo que estaba escuchando.

—Con tu hermano muerto, tú eres el último del linaje de los Seres de Raza Pura Que Reinarán Sobre La Tierra Cuando Nadie Más Quede Para Hacerlo. Y al poseer el alma de Jolki el Terrible, también eres el único capaz de derrotarlo. Veras… Jolki ha conseguido engatusar a los Seres Escrutadores, y también…también a los Espíritus. Esa es la razón por la que el médico no consigue invocarlos. Y por ello no puedo recuperarme de mis heridas.
—¿Qué debo hacer, Rey Peta? —El rostro de Rign estaba empapado en lágrimas, sumido en una profunda conmoción.El Rey volvió a suspirar, esta vez con una pesadumbre aún mayor.
—Es bien sabido por los habitantes de Tutifruti que Jolki el Terrible anhela atacarnos en persona. Aquí reside tanta felicidad que su ataque sería desastroso, devastador…. Conseguiría realizar tanta Maldad que Jolki se haría increíblemente poderoso, el mundo se rendiría a sus pies, se acabaría el Bien y comenzaría el Reinado del Mal. ¿Te lo imaginas, mi querido y leal Rign? Todo sería dolor y fuego….
—Lo sé. Haré lo que me pidáis. Todo por vengar la muerte de mis padres y mi hermanito. —la furia empezaba a aflorar en su corazón. —Mataré al causante de mis desgracias.
—Se te olvida lo de los testículos. Portar el alma inmortal de Jolki fue lo que hizo que te aflorara un segundo testículo, en vez de tener uno como la gente normal.
Rign estaba ahora apretado por la rabia y la ira. Sus facciones habían cambiado de color. Tembloroso, se puso solemnemente en pie, alzó el puño hacia el cielo y proclamó:
—Juro por lo más sagrado que retaré a Jolki el Terrible, lo ensartaré en mi espada y luego le arrancaré El Testículo, para que mis Hermanos de Tutifruti puedan comprobar que nadie volverá a amenazarlos jamás.

Repitiendo estas palabras en su mente, Rign había partido del Reino de Tutifruti sin más demora. El Rey le había explicado dónde podría encontrar a su enemigo: En el Valle VerdeAmarillento. Solo de pensarlo se le ponía la piel de gallina. Tendría que sortear innumerables peligros, luchar contra los terribles Seres Escrutadores que custodiaban los desiertos páramos que hallaría en el camino, burlar a los Espíritus que ahora se cernían sobre el Bien, y, finalmente, acabar con Jolki el Terrible, el peor enemigo de su compañero el Rey Peta.
Había jurado venganza, y ahora debía cumplir con su palabra de caballero del Rey.

Rign nunca se había planteado que los demás tuvieran un solo testículo y él tuviera dos. ¿Cómo sabría eso el Rey? Qué hombre más sabio…
Rign sabía que tendría que matar a gente. Le había estado dando vueltas en su cabeza, de modo que antes de marcharse había hablado con un cura de la Corte real. Este había organizado una pequeña ceremonia. Había sacado un ejemplar del libro “Los Valores Cristianos en la Edad Media“, ejemplar que todos los habitantes de Tutifruti poseían, a pesar de que nadie sabía ya nada sobre la lejana Edad Media, y donde estaban escritos los verdaderos preceptos del Bien y del Mal. El cura real, tras subrayar algunos párrafos del libro y tachar otros, había concluido que, en su viaje, Rign podría atravesar con su espada a todo aquel que le viniera en gana si se interponía en su camino. No debía preocuparse, ya que sus acciones estarían dentro de la jurisdicción del Bien.

Así caminaba el leal y valiente Rign, salvador del Mundo Entero, con la brillante espada al cinto, blandiéndola de vez en cuando para cortar en dos a alguna vendedora que le atosigaba demasiado. Con su familia en el corazón, el Rey en su cabeza y Jolki el Terrible en sus testículos.
Como le dolían las piernas de tanto caminar, decidió parar para pasar la noche cerca de una colina, bajo la protección de dos enormes árboles. Abrió su bolsa para ver lo que podía cenar, pero como no era gran cosa decidió reservarla para el día siguiente.Estaba conciliando el sueño, cuando el crujido de una rama lo sobresaltó.
Se incorporó un poco y pudo divisar una sombra que se movía hacia él, subiendo por la pendiente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, comprobó que eran al menos cinco los que se acercaban. Y no lo hacían juntos, sino que lo estaban rodeando para tenderle una trampa. El fuego de la venganza rugió en su corazón.

—¡Venid, malditos esbirros de Jolki, venid a por mí! —les gritó.

Atravesó al primero de una estocada. El agudo grito que profirió aquel ente maligno confirmó a Rign en sus sospechas: en efecto, eran Seres Escrutadores al servicio del enemigo.Su escudo paró las embestidas de otro. Rign aprovechó la momentánea retirada de su atacante para clavarle la espada en el vientre. Estaban siendo vencidos tan rápido, que los tres seres que quedaban decidieron darse a la huída. Rign no estaba dispuesto a permitirlo. Corrió tras ellos con su espada fuertemente agarrada con ambas manos, pero se le estaban escapando. En un último esfuerzo, la lanzó por el aire, y esta cortó la pierna de uno de los atacantes mientras los otros dos huían. Rign reía ahora de satisfacción.

Los dos habían escapado, pero ya los encontraría para darles su merecido. El Ser Escrutador gritaba en el suelo, con su pierna a unos cuatro metros de él, mientras un charco de sangre verdosa se hacía más y más grande bajo el muñón.
—Déjame vivir, por favor…
—¿Por qué habría de hacerlo, vil traidor? Vuestra asquerosa raza se ha vendido al tirano de Jolki.
—Jolki es el mejor amigo que tenemos, él nos lo ha dado todo… —su voz era un llanto de dolor.
—¿Amigo dices? —eso si que no se lo esperaba —¿Amigo? Él mató a mis padres y a mi hermano. Y atacó al Rey de Tutifruti.
—Porque el Rey de Tutifruti le atacó a él antes. Quince veces.
—Evidentemente, el Rey no iba a permitir la proliferación del Mal. Nos estaba haciendo un favor a todos, pero ahora vosotros os habéis pasado a los oscuros brazos de Jolki el Terrible.
—¿El Terrible? Nosotros le llamamos Jolki el Bueno.
—¡Ja! —rió Rign con amargura —Es muy sencillo: El Rey Peta es Bueno y Jolki es Malo. Repítelo o te atravieso ahora mismo.
—Lo harás igualmente.
—¡Idiota! ¿No ves lo dichosos que son los habitantes de TutiFruti? Allí todos trabajan felizmente sin descanso, se ganan su pan y el de sus familias; todos reciben en armonía a las Golondrinas que traen las nuevas noticias de nuestra Tierra; nuestros mineros nos enriquecen cada día con las piedras preciosas que encuentran; las muchachas adolescentes están contentas de que se les busque maridos más mayores y sabios que ellas, y las recién casadas tienen el privilegio de pasar una noche con el Rey…
—¡El Rey es un asqueroso viejo senil! —fue lo último que dijo el desgraciado, porque Rign blandió la espada contra su cabeza al oír tal insulto.

Tras recorrer largos caminos, pasar solitarias noches y superar increíbles peligros, Rign llegó al Valle VerdeAmarillento. Todos allí eran Seres Escrutadores, y Rign se alegró de que ninguno le reconociera. Podría pasar desapercibido hasta llegar al enemigo. Todos esos habitantes de una tierra gobernada por el Mal eran tan solo ignorantes, radicales que añoraban un salvador que aliviase sus penas. Observó que todos ellos eran muy pobres, y extremadamente religiosos.“Si por lo menos rezaran al Dios de verdad, y no a un patán que no existe, a lo mejor no serían tan pobres”, pensó Rign.

Decidió no sentir más compasión por ellos, pues eran amigos de Jolki, y siguió su camino entre la muchedumbre de VerdeAmarillento.Dos días estuvo buscando a Jolki el Terrible. Dos días durante los cuales escuchó verdaderos insultos a la persona del Rey Peta y a todo su reino. Ningún habitante del Valle simpatizaba de forma alguna con su forma de gobernar, y se sentían constantemente atacados por él. Entonces había llegado Jolki, resurgido de entre sus cenizas, y les había hablado. Rign sentía verdadero asco cuando tenía que escuchar de algún emocionado Ser Escrutador esa parte de la historia, pero nunca decía nada por miedo a que lo descubriesen. Jolki les había prometido riquezas, felicidad, dicha… Pero a cambio les había exigido lo que les llevaría a su perdición: la guerra contra el Rey Peta y el Reino de Tutifruti, contra la “maldad” de sus habitantes, contra todo aquello que aquellos poseían y estos no.
En definitiva, una guerra contra el Bien, alimentada por una ira que solo podía provenir de los oscuros corazones de unos indeseables. Todos ellos lo lamentarían.
Aquella noche, mientras Rign dormía, una Golondrina le visitó. Traía urgentes noticias del Rey: este estaba empeorando por momentos, y era muy posible que no sobreviviera más de una semana. Por ello, la Golondrina instó a Rign a que cumpliera su misión lo antes posible. Si el Rey moría y Jolki no, sería la perdición de la Tierra. Además, y por orden expresa del Rey, Rign debía quitarle el collar a Jolki cuando este hubiera muerto. Esto, le dijo la Golondrina, era especialmente importante para el Rey, ya que el colgante constaba de una piedra preciosa negra que tenía el poder de enriquecer a quien la llevase. La piedra se llamaba Oelortep. Todos sabían que las Hadas concedían una de estas piedras a cada uno de los reyes de la Tierra. El Rey Peta pretendía arrebatársela a su enemigo con el fin de mejorar aún más el Reino de Tutifruti.

El Rey, siempre pensando en los suyos. Qué gran corazón.

Cuando la Golondrina su hubo marchado, Rign se puso en marcha sin perder un instante. Preparó sus armas, rezó por el alma de sus padres y su hermano muerto y salió a la oscuridad de la noche, dispuesto para el ataque. Era tarde y había muy poca gente en el Valle. Un Ser Escrutador de unos quince años caminaba solo, dando tumbos y con una botella de absenta en la mano. Rign se puso en su camino, sacando la espada.
—Dime dónde vive Jolki el Terrible o te arrepentirás, maldito borracho.

El joven, ya debido al miedo o a la embriagadez, se lo había contado todo. Jolki se hallaba en la tercera cueva del Valle VerdeAmarillento, escondido y alerta ante cualquier posible ataque del Rey Peta, seguramente alimentándose de algún tipo de Maldad.Rign se preparó. Su corazón albergaba una gran ira contra aquel tirano. Con el grito que augura un desastre, entró en la cueva como un león enfurecido, espada en mano. De todas las veces que le había visto el rostro Jolki el Terrible, esta fue la más breve.

Rign salió de la cueva con su espada ensangrentada, la mano fuertemente apretada contra la herida de su hombro, y la piedra Oelortep colgada en el cinto. Todos le vieron, y también vieron la piedra. Pero cuando descubrieron el cadáver de su líder, Rign ya se hallaba a kilómetros de distancia, camino de Tutifruti, y se sentía tan triunfante que no cabía en sí de gozo.
Habían pasado dos semanas desde que Rign volviera a casa.
Para su gran sorpresa, el Rey no estaba ni siquiera convaleciente. A su llegada lo había sorprendido jugando con los niños de la Corte, riendo y bebiendo. Nada más ver la piedra, el Rey había dado gracias al cielo, y ni siquiera le había preguntado a Rign si Jolki estaba muerto. Era un poco extraño, pero era el hombre más sabio, inteligente y bondadoso de Tutifruti y Rign había decidido no pensar más en ello.

Los gritos de la muchedumbre le despertaron del profundo sueño en el que se hallaba plácidamente sumergido.
—Acabad con todos ellos. —escuchó decir al Rey.

Se incorporó, salió de su habitación y se subió a la torre del castillo amurallado que era la Corte real. Lo que divisó le dejó helado.Los habitantes de Tutifruti estaban siendo brutalmente masacrados por Seres Escrutadores. Rign reconoció alguna que otra cara. Eran los seres del Valle VerdeAmarillento. No le costó nada adivinar que habían llegado en sus barcos para recuperar su piedra Oelortep y vengar la muerte de Jolki. Estaban realmente enfadados. Con sus espadas y lanzas estaban ensartando a sus Hermanos y, llorando de rabia, los lanzaban por los aires o los despedazaban en el suelo. Pero no conseguían llegar a la Corte debido a las gruesas murallas, de modo que se contentaban con matar a todo el que podían.
—Acabad con todos ellos —volvió a decir el Rey Peta.

Los arqueros dispararon desde la torre. Las flechas cayeron sobre los que luchaban, una y otra vez.
Rign nunca había visto a tanta gente muerta.

S.S.M.

Copyright © Sergio Sepúlveda Medina, 2007. Todos los derechos reservados.

martes 31 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 3

23:20 P.M.
1 de Febrero de 2011
Dos días antes

Que le llamaran Cabrón no quería decir que realmente lo fuera. Todo eso de llamarlo así venía de varios años atrás, sobre el 2007, cuando acogieron al primer estudiante a bordo en el CATAMARÁN III. A Cabrón por aquel entonces todavía le llamaban Val, diminutivo de su verdadero nombre, y era conocido por su inocente estupidez. Sí, no era una persona que se dijera lista o sagaz, sino más bien lo contrario, bastante lento a la hora de razonar y de inteligencia reducida.

Lo de los estudiantes era un buen negocio, totalmente clandestino, que solo realizaban algunos de los barcos más antiguos del puerto debido al riesgo que conllevaba el ser parado por la guardia costera y descubierto en una revisión de personal, cosa que nunca hacían con los barcos que llevaban más de 30 años afincados en el mismo puerto. Los estudiantes que viajaban en los pesqueros hacia otras ciudades o puertos eran solo aquellos que no se podían permitir el traslado completo en tren, barco o avión; ya no había autobuses que cumpliesen la ruta universitaria y por lo tanto los precios se habían disparado en los otros medios de transporte, que habían visto en esto una gran oportunidad de hacer dinero.
Los estudiantes pagaban la mitad o menos de lo que les costaba el viaje por un medio convencional y, además, ayudaban en el barco el tiempo que estuviera en él.

Lo ocurrido fue que, un caluroso día de mediados de septiembre de ese 2007, Val se encontraba recogiendo las redes que habían echado esa mañana para la pesca junto con Joan, que tarareaba una estúpida canción a la que había comenzado a meterle una letra incoherente cuyo único fin era insultar a Val, daban las tres de la tarde y él era el único que no había comido de toda la tripulación. Mientras realizaban el duro trabajo, Val le dijo varias veces que se callara o que se comería un cabo y Joan le respondió subiendo el tono de su voz y comenzando a bailar por la cubierta mientras cantaba la ofensiva canción. Cargando con todo el peso de la red, Val siguió trabajando, intentando ignorar la letra de la canción que oía y a la cual se había sumado alguien batiendo palmas, riendo y dando zapatazos en el suelo. Val, sin volverse ni una sola vez, terminó el trabajo, se quitó los guantes y entró en el interior del barco, de donde aún provenía un grato olor a comida. Se sentó a la mesa vacía con restos de migas de pan y se sirvió en su plato lo que había quedado de la sopa de pescado y un filete de pez espada que él mismo había comprado en el último puerto por el que habían pasado. Comió en silencio, escuchando la canción que Joan se había inventado minutos antes y los zapatazos de quién quisiera que fuese retumbaban sobre su cabeza, cabreándolo aún más. Sin poder terminarse el plato debido a su creciente furia, Val se levantó y salió de nuevo al caliente mediodía. Joan, al verlo llegar y, sobretodo, al verle la cara, se calló, tosió y se fue para otro lado. Val sonrió para sus adentros. No sería muy listo, pero desde luego si que disponía de unos buenos brazos y de una espalda anchísima con la que hacerse escuchar o respetar. Pero la canción no había parado, la tonadilla seguía sonando acompañada de las palmadas, los zapatazos y las risas. Val miró en derredor y allí lo descubrió, cubierto a la sombra, sentado en el suelo, con una gorra cubriéndole la frente y un bloque de hielo derritiéndosele en una mano el cual estaba usando para refrescarse. Era el estudiante, ese tal Ross. Val se acercó hacía donde estaba y se le quedó mirando con su mayor cara de furia. El chaval le miró a su vez con los ojos entrecerrados deslumbrados por el sol, le sonrió y le preguntó:
—¿Quién es el imbécil de la canción? ¿Está en el barco?

El bloque de hielo salió volando por los aires junto con dos o tres dientes del estudiante, manchados de sangre. La patada que Val le propinó en la cara fue horrible y el muchacho, al intentar evitarla, se golpeó la cabeza con la pared en la que se apoyaba y casi perdió el conocimiento. Val lo levantó del suelo y lo llevó en sus hombros hasta la borda, donde le pegó un par de cachetadas para espabilarlo y le dijo:
—Tu padre, chaval, ése es el imbécil de la canción.
Acto seguido lo lanzó al agua, se dio media vuelta y, acompañado de las risas de Joan y el Capitán, que lo habían visto desde la cabina de mandos, volvió al comedor y siguió con su sopa.

Y sumido en estos recuerdos se encontraba Cabrón la noche del 1 de febrero mientras, asomado por la misma borda por la que cuatro años atrás había lanzado a un chaval de 18 años que se había reído en el momento menos oportuno y por la misma borda por la que, dos días más tarde, vería las rocas que le causarían la muerte, se arrepentía de haber sido tan bruto. El viento era fuerte y frío, amenazaba tormenta, pero ésta aún se encontraba lejos, nada de lo que preocuparse, pronto llegarían a… ¿qué era ese ruido? Val volvió la cabeza y miró hacia la cabina, allí estaba Simon, mirando una revista con la vista perdida y junto a él el Capitán, que movía la boca rápidamente, como si estuviera enfadado por algo, pero Val no era capaz de escuchar la conversación debido al rugido del viento, que casi le entaponaba los oídos. Tenía frío, necesitaba calentarse un poco o al día siguiente tendría fiebre. Con pasos largos se dirigió a babor para entrar por detrás en los dormitorios. Dentro de la diminuta habitación el calor era sofocante sin embargo, y se quitó el chaquetón antes de cerrar la puerta tras él; se dirigió a su catre, situado junto al de Simon y sobre el de Joan y dejó sobre él el gorro de lana que le cubría la cabeza. Ya estaba sudando. No había nadie allí, Simon y el Capitán estaban en la cabina y supuso que el estudiante y Joan estarían jugando a las cartas en el comedor junto con “el Vigía”, Rob, que no ocuparía su puesto hasta la una de la madrugada, hora en la que Simon siempre dejaba la cabina para ir a acostarse. El hecho de que no pararan por las noches los motores era porque iban con retraso y debían cumplir las rutas a la perfección o con el mínimo margen de error, solo de ésta manera recibirían el precio acordado por el cargamento…

Val miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie y sacó de un golpe el paquete rectangular de debajo de la cama. Abrió una vez más su cascado papel, arrugado y viejo y sacó de aquí unas cartas marinas a punto de desintegrarse llenas de líneas y dibujos apenas comprensibles pero donde brillaban unas gruesas letras blancas sobre una cruz que decían: "Cuidado con el Ojo de Oro". La cruz blanca no estaba lejos de la última de las anotaciones que Val había ido haciendo a lápiz a lo largo de veintisiete años en el mapa. Veintisiete años dedicados a la mar, desde sus dieciséis, cuando llegó a puerto como cargador con la esperanza de que algún capitán se fijara en sus fuertes espaldas para su barco y poder llegar así, tardase lo que tardase, al Ojo de Oro.
Se sacó una vieja brújula del bolsillo y vio con tranquilidad que señalaba al norte. Todo iba bien.

De nuevo ese ruido. ¡Blin! Ahora lo escuchaba mejor. ¡Blin! Como si golpearan con algo pesado sobre algo de metal. No era muy lejos, parecía venir de la bodega. Val se volvió a poner el chaquetón y el gorro y salió del dormitorio, cuidándose de cerrar la puerta bien fuerte. Dio un par de pasos en silencio, oyendo el viento, el mar, la noche. ¡Blin! Otra vez, sí, definitivamente venía de la bodega. Pero allí no debería haber nadie. Nadie podía entrar allí más que Simon y el Capitán, y éstos estaban en la cabina. Medio corriendo se dirigió hacia el lugar guiado por los ruidos y pronto se halló traspasando el comedor vacío y pasando de perfil por el estrecho pasillo que llevaba a la bodega. La puerta estaba abierta y el cartel de prohibido el paso brilló por el reflejo de la luz cuando se colocó bajo el umbral para ver a qué se debían los golpes.

El estudiante sostenía una larga barra de hierro y golpeaba con ella una enorme caja fuerte que ocupaba más de la mitad de la habitación, que se completaba con diferentes elementos de pesca y baterías usadas y estropeadas, un motor grande de coche descansaba junto a una de las paredes de la caja fuerte, la cual casi tocaba el techo. Val nunca había entrado en esa habitación, pero había oído hablar a los demás de esa enorme caja fuerte de la que nadie tenía ni idea más que Simon y el Capitán y que nunca nadie más que éstos dos habían visto abierta y sabían de su contenido. Val sabía que el cargamento que entraba en esa caja era para trayectos largos y que siempre era descargado por la noche, cuando todos dormían. Eran chanchullos raros y él lo sabía, pero confiaba en Simon más de lo que los demás le aconsejaban. No le importaba. Simon sabía lo que hacía y sabía que no les iban a pillar. Y con eso se conformaba Val.
El estudiante intentaba abrir la gruesa puerta de la caja haciendo palanca con el alargado hierro en el asa, pero lo único que estaba consiguiendo era doblarlo y arriesgarse a partirse una mano. Val pudo observar que el hierro que sostenía el estudiante había sido una de las patas de la mesa que tenían antes atornillada al suelo del comedor pero que quitaron porque en verano ardía como una sartén bajo el fuego; la había arrancado de cuajo. Val, asustado pero decidido, cerró la puerta tras él de un portazo.

El estudiante se dio la vuelta sobresaltado y avanzó con el hierro en alto, dispuesto a golpear al que fuera. Estaba muy exaltado, nervioso, lloraba o había llorado, o simplemente tenía los ojos colorados debido al esfuerzo, sudaba y la respiración agitada hacía que su pecho subiese y bajase con fuerza.
—¡Lárgate de aquí, me da igual abrirte la cabeza! —le gritó a Val.
—¿Qué estás haciendo aquí? No puedes entrar.
—¡Nadie puede, solo ellos! Ya lo sé, Cabrón, pero necesito saber lo que hay ahí dentro, ¡necesito sacarlo de este barco o moriremos todos! —el estudiante siguió afanado en sus golpes a la caja.
—¡Quieres parar un momento! —gritó Val para hacerse oír sobre los golpes metálicos.

Pero el muchacho no paró, siguió con los porrazos. Uno, otro, otro. Alertaría a todo el mundo, y si Simon los encontraba allí no sabía que sería capaz de hacer. Val no lo pensó más, esperó a que el muchacho alzara el hierro para descargarlo con fuerza sobre la caja y cuando lo hizo se le echó encima, agarrando el alargado palo y lanzándolo al otro lado de la habitación, empujando al estudiante y colocándole un pie en el pecho para que no pudiera levantarse.

—¿Quieres que venga todo el mundo? —le gritó en un susurro Val.
—­Me da igual, debo abrir esa caja o todos moriremos —el muchacho parecía fuera de lugar, como poseído por la locura.
­—Pero, ¿de qué estás hablando? ¿Quién te ha dicho eso? Si ha sido Joan no le hagas…
Ella —le cortó el estudiante con la vista perdida —, la niña del vestido azul.
—¿Qué niña? ¡Venga, no me vengas con cuentos!
—Vino a buscarme a la habitación y me dijo que la siguiese… —el estudiante miraba a Val con ojos suplicantes— ¡Ella me trajo, Cabrón! ¡Créeme! Ella me…
Val le tapó la boca al muchacho con una de sus enormes manazas y se llevó el dedo índice de la otra mano a los labios para indicarle que se callara. ¿Eso que se oía aproximándose eran pasos o era el crujir de la madera? Demasiado tarde, el pomo de la puerta ya estaba girando. Lo primero que le pasó por la mente fue la cara de Simon, mirándolo con decepción y dejando que la furia le inundase.
La puerta se abrió y ahí apareció, bajo el umbral, una niña rubia de unos 7 años con un vestido azul oscuro y cara de sorpresa y terror.

Nadie se movió. Val no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Qué demonios hacía esa niña a bordo? Miró al estudiante para ver si el también la veía pero, sin embargo, éste le miraba a él.
—Ves como no mentía —se limitó a decirle.
Val miró de nuevo hacia la puerta y ya no estaba, pero la escuchaba alejarse, escuchaba sus pasos.
Debía de alcanzar a esa niña, preguntarle cómo había entrado en el barco, donde se había escondido, cómo sabía de la existencia de la caja fuerte. Recorrió el mismo pasillo viendo los flecos de su vestido, pasó por el comedor como una exhalación y subió a cubierta, allí no había nadie. Buscó con la vista, se asomó por la borda. Nada. Miró hacia arriba, hacia la cabina, para ver si Simon y el Capitán habían visto algo pero no, la cabina estaba vacía. La luz estaba apagada y las sillas desocupadas, solo allí, junto a la radio, descansaba una mano pálida que pulsaba el botón de transmisión.
Val tardó un rato en darse cuenta de lo que estaba viendo antes de salir disparado hacia las escaleras que subían a la cabina de mandos. Abrió la puerta y la encontró escondida bajo la mesa, con el transmisor en la boca, hablando rápidamente y pulsando con la otra mano el botón del aparato situado sobre la mesa.
­—¿Hola? —decía —¿Hay alguien ahí?
—¿Quién eres? —preguntó Val asustado, acercándose lentamente a la pequeña, que lo miró con terror —¿Qué haces en el barco?
—Nada está saliendo bien… —comenzó a gimotear después de un corto silencio­ —Si consigue lanzar el ancla estáis perdidos…
—Pero, ¿de qué estás hablando? —Val se sentía más estúpido que nunca.
—Mira.

La niña señalaba sobre su cabeza, al techo, Val alzó la cabeza hacia arriba pero, a medio camino, a través de la ventana, lo vio. El estudiante levantaba el ancla con gran esfuerzo y se acercaba, con dificultad, a la borda.
Val gritó desesperadamente. ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Por qué le estaba pasando esto a él esta noche? ¿Por qué quería echar el ancla? Bajó las escaleras prácticamente de un salto y corrió hacia el estudiante. Pero no llegó a tiempo. La pesada ancla cayó al agua con peso muerto y salpicó la cubierta. La cadena de metal se desenrollaba a medida que iba ganando profundidad y ninguno de los dos hombres presentes podía moverse.

—¿Qué coño estáis haciendo? —ahí venía Simon, gritando, enfurecido, los ojos fijos en la cadena desenrollándose y seguido del Capitán, Joan y Rob.
—¡Yo no he tenido nada que ver! —dijo rápidamente Val —He intentado detenerle pero…
—¡Coged la cadena, vamos! —gritó el Capitán mientras se echaba al suelo y agarraba la pesada y gruesa cadena de hierro.

Todos le imitaron, tirando de ella, todos excepto el estudiante, que miraba hacia la cabina. Val se percató de esto y, sin dejar de tirar, volvió su vista hacia donde miraba el joven. En la oscuridad de la cabina, la niña del vestido azul se sellaba los labios con el dedo índice y luego se perdía de vista. Val miró, sudando por el esfuerzo, hacia el estudiante, que parecía no salir del trance.
—¡Chaval, como no nos ayudes te mato! —gritó Simon entre dientes agarrando al joven por el cuello de la camisa y lanzándolo al suelo, a sus pies, donde se puso a tirar de la cadena también.

Se escuchó un golpe seco y todos se pararon, venía de la parte de abajo del barco, el ancla había golpeado la barriga de éste y corrían el riesgo de que la desgarrara y se fueran a pique, todos lo sabían. Con esfuerzo intentaron voltearla, hacerla salir de debajo, pero pronto un crujido les alertó de otro peligro, el cabo que sujetaba la cadena al barco se había levantado por uno de sus lados y amenazaba con salirse del suelo.
Siguieron soltando cadena para intentar sacarla del agua sin destrozar el barco pero no hubo manera, el suelo volvió a crujir y el cabo se salió, precipitándose con fuerza hacía el mar. No pudieron evitarlo. Acababan de perder el ancla.

Simon se abalanzó sobre el estudiante y lo tiró al suelo, le pegó un puñetazo en la mandíbula sin mucha fuerza y le preguntó de un rugido:
—¿Qué se supone que hacías, hijo de la gran puta? —escupió a su lado —¡Hemos perdido el ancla por tu culpa! ¡Responde!
—Lo siento, Simon, me pareció ver a alguien en el agua, ahogándose… —mintió el joven.
—¿Y echaste el ancla? ¿Eres imbécil? ¿Por qué no echaste el flotador?
—No lo sé, estaba nervioso, no sé, yo… —el joven se tapaba la cara con las manos.
—Dios mío…—Simon se levantó y miró con asco al muchacho —, es imbécil. Llevadlo a su cama y que duerma, mañana despertadle a primera hora y decidle que venga a verme, a lo mejor él puede explicarme porque el candado de la puerta de la bodega estaba abierto y en el suelo.



Breakfast Clan

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lunes 30 de julio de 2007

El Faro -- Capítulo 2

Esta es la continuación de la serie El Faro, la cual abrió el blog en su comienzo con el primer capítulo. La serie constará de unos 20 capítulos (más o menos) que intentaremos ir subiendo con la mayor rapidez posible. En el lateral encontraréis a partir de ahora enlaces directos a las capítulos para mayor facilidad.
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01:40 A.M.
3 de febrero de 2011
Treinta minutos antes


Una luna rota en cuarto menguante se dejó entrever por un resquicio del cúmulo de nubes. La lluvia repiqueteaba con fuerza en el agua. Además, el mar todavía se revolvía por dentro, siendo cubierto por olas gigantes allá adonde alcanzara la vista. Sobre ellas, avanzando de manera irregular, un puntito de luz subía y bajaba. Se trataba de un barco de dimensiones medianas con capacidad para unas diez personas. Al menos la mitad de la tripulación estaba activa y en alerta a causa de la tormenta, y la otra mitad estaba despierta en sus camarotes. Habían pasado por situaciones peores, pero eso no les daba la tranquilidad suficiente como para conciliar el sueño.

Dos de los tripulantes se situaban en la proa del barco, asegurándose de que el foco no se cayera. La espuma salpicaba sus rostros desaliñados, dejando rastros de sal en sus barbas. Ambos miraron aliviados hacia delante; un haz luminoso les alumbró un instante antes de continuar su rumbo giratorio a ras del mar. Era lo único que se divisaba, pues una neblina ocultaba la vista hasta tierra. Por fin, la costa, después de tanto... iban a llegar a su destino. De pronto el barco se inclinó ligeramente, provocando un sobresalto a la tripulación. La ola que los mecía esta vez les transportaba a lo alto de lo que parecía una montaña rusa. Siempre daba la sensación de que el barco iba a volcar; aunque nunca ocurría. Esta vez, tampoco ocurrió; pero cuando volvieron a la cresta de la ola, los dos de proa vieron algo que les provocó un temblor en su estómago: la nada. Ninguna luz en el horizonte, como si el mar se hubiera tragado la costa entera junto con el faro.

—¡Eh! ¡Ha tenido que pasar algo! —gritó por fin uno de ellos, dirigiéndose a los tres que estaba en la cabina junto a los mandos del barco.
Alguien desde dentro le hizo una señal para que se acercara.
—Jefe, el faro... ha parado de alumbrar – explico cuando llegó a la puerta.
En el interior se encontraban tres hombres; el capitán junto al timón, un joven pelirrojo que observaba una roída carta marina y un hombre de piel negra.
—Lo sé —dijo con semblante serio el que parecía el capitán del barco. Era un hombre corpulento, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo largo y de color gris, que trataba de camuflar una calva—. Joan, intenta contactar por radio, voy a proa a ver si distingo algo.
Asegurando sus pasos sobre la deslizante cubierta, el capitán llegó a proa, donde esperaba el segundo tripulante. Mantuvo los ojos entrecerrados a través de la oscuridad, hasta que habló con una voz grave y cascada.
—Distingo algo allí delante, pero no consigo verlo bien.
—Pues yo no veo nada, jefe. – dijo el vigía mirando a la nada.
—Quedaos aquí los dos —ordenó—, y volved a asegurar el foco.
Entró de nuevo en la cabina de mandos, donde seguían los dos marinos que dejó un minuto antes. Uno de ellos, Joan, intentaba establecer comunicación; mientras que el pelirrojo manejaba el barco.
—¿No has podido contactar por radio, Joan? – preguntó el jefe.
—No. Interferencias y alguien hablando como muy lejos – explicó.
—¿Y si han tenido un apagón? —preguntó el otro marinero, conocido como Cabrón por todos.
—No tiene nada que ver, los faros tienen un sistema con batería de emergencia —dijo el capitán sereno.
—¿No deberíamos parar los motores? —sugirió Cabrón.
Un silencio incómodo de pocos segundos siguió a la pregunta, hasta que el capitán recuperó el habla.
—No es seguro sin el ancla. Cabrón, ve a llamar a Simón, y al estudiante también —pidió el jefe con unas gruesas gotas de sudor recorriéndole la cara.
—¿Al estudiante? Pero...
El capitán le lanzó una mirada severa. No lo tuvo que volver a decir cuando ya Cabrón había desaparecido por la puerta que nunca se terminaba de cerrar.
—¿Cómo puede ser tan estúpido? —murmuró para sí mismo.
—Jefe, ¿por qué tienes que consultarle todo a él? Esto es una situación demasiado...
El capitán no respondió a la intervención de Joan, simplemente se limitó a bajar la potencia del motor. Después se dio la vuelta y, dirigiéndose hacia una pequeña estantería, cogió una llave; parándose durante un sosegado segundo, levantó una mano temblorosa para secarse el sudor de la frente y murmuró: “Nunca me habían hecho falta, pero en fin...”. Sacó una pesada caja de hierro y la colocó en un hueco libre de la mesa. Para ello apartó los viejos documentos que había estado mirando Cabrón, sin interesarse por su contenido. En ese instante, la radio chisporroteó como si alguien hubiese cogido el aparato de escucha al otro lado. El capitán se abalanzó hacia la radio de un brinco.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el capitán.
—Y yo qué sé...

Wergyd dufgefj... ffghggg... piiiiiii¡ . La radio enloqueció de nuevo. Joan cogió el micrófono.

—¡Enciendan el Faro! ¡Si no encienden el Faro chocaremos! Por favor, ¿nos oye alguien? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¡El mapa nos muestra un faro por aquí, pero no lo vemos, la tormenta es muy fuerte! Solo vemos algunas luces del pueblo, por favor, ¿puede oírnos alguien? Somos el CATAMARÁN III, estamos bajo licencia, señor…
—¡Dale un golpe! —gritó exasperado el capitán.
Pero no hizo falta, hubo un momento de silencio total, la radio chisporroteó de nuevo y se oyó de repente un sonido limpio y conciso de una voz bastante serena.
—Perdón por la espera...
—¿Qué ha pasado allí? – vociferó el capitán, como si hablara con alguien muy lejano.
—¿Aquí? —la voz parecía sorprendida.
—Sí, el faro... está apagado.
—Ah..., sí, lo he apagado yo.
—¿Qué? ¿Por qué ha hecho eso? —el jefe no entendía nada.
—¿Señor? ¿Ha hablado? ¿Puede repetir lo que ha dicho? —Joan se apropió de nuevo de la radio.
—No encenderé el faro —la voz era fría.
Un silencio realmente penetrante se hizo acopio de la sala. El fuerte balanceo del barco hacía notar los crujidos de la estructura. Las dos caras desencajadas por el terror se miraron y, un segundo después, apreciaron la silueta que acababa de aparecer en la puerta. Era Simón.
—¿Cómo que no va a encender el faro? ¿A qué está jugando, señor? —dijo Joan a punto de perder los nervios.
—¿Alguna vez han visto un barco yéndose a pique? – la voz soltó una medio risa tós.
—Señor, juega usted con nuestras vidas. Esto es serio —dijo el recién llegado, Simón, esta vez.
—Y tanto. Muy probablemente estén nadando en la fría agua en menos de media hora mientras ese bonito barquito pesquero en el que se encuentran se reúne con el fondo del mar.

De nuevo, el silencio.

Simón se miró la mano y vio que le temblaba, lo vieron todos, pero nadie se burló de su enfermedad. No en ese momento. Simón sufría de parkinson desde hacía poco y en los momentos en los que estaba muy nervioso le aparecía más fuerte. Aunque eso era algo que no ocurría a menudo, pues Simón era conocido por su capacidad de decisión incluso en momentos difíciles. Con más de cuarenta años era un hombre frío y que se mantenía sereno hasta el instante antes de apretar el gatillo.
La voz de la radio respiraba tranquilamente.
—¿Siguen ahí? Mis queridos oyentes, no me dejen en suspenso tanto tiempo pues me desconcierto... ja ja ja. – la voz rió apartándose de la radio.
—¡Por favor! —gritó Joan— ¡La tormenta irá a más y no podremos controlar el barco, chocaremos! ¡Encienda de una maldita vez el jodido foco! ¿Oiga? ¿Está usted loco? ¿Hola? ¡No consigo contactar con nadie más!
La comunicación parecía haberse cortado definitivamente. El capitán respiró profundamente y se volvió hacia Simón.
—Quería consultártelo... Debemos cambiar de rumbo.
—No sé si es una buena idea... – dijo Simón
—¿Por qué? – el capitán estaba realmente exaltado.
—Sabías que tenías que consultármelo, así que sabes el motivo por el que quiero seguir adelante. Además... llegamos tarde.
—Mira, Simón, yo tengo mis prioridades y además, soy el que dirijo el barco.
—No voy a volver a repetirlo.
Simón se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Por un momento, el ambiente frío se cargó de tensión. Joan se mantuvo en silencio, aunque alerta.
—De acuerdo —dijo por fin el capitán, tras unos segundos interminables.
—Bien hecho.
—Pero permíteme, al menos, esquivar esas rocas.

Dicho esto, se volvió hacia la caja de metal y la abrió con las llaves que había cogido momentos antes. En ella había lo que parecían cartas de navegación, mapas, apuntes muy viejos manchados de café y diversos utensilios de medida. Lo dispuso todo como pudo por la pequeña mesa y sacó una vieja brújula del bolsillo del chubasquero.

—Espero que no tarde el estudiante mucho más —dijo el capitán.
—¿El estudiante? —preguntó Simón, expresando su furia al apretarle con fuerza el brazo, y en un susurro al oído, le dijo:— Ya te comenté que no me fío de él...
—¿Qué ocurre? —un chico joven entró por la puerta e intentó hacerse un lado en el poco espacio que había. Detrás suya le seguía Cabrón.
—Ya era hora, chaval —comentó el capitán con prisa—; no hay tiempo de explicarte, necesito que me ayudes a dirigir el barco por entre la niebla antes de chocar con el acantilado, usando esto —a lo que señaló los instrumentos que acababa de colocar desordenadamente.
El estudiante, hábil y práctico, colocó la brújula sobre el mapa, y garrapateó unos número en el margen.
—Señor, suponiendo que no haya cambiado usted el rumbo, no hay peligro —explicó.
—Entonces no hay de que preocuparse —suspiró aliviado—, ¿por dónde quedan las rocas?
—Ya debemos de haberlas dejado por babor, a unos cincuenta metros.
En aquel instante, la radio empezó a chisporrotear y oyeron claramente como reía aquella voz. El capitán se abalanzó sobre el aparato de habla con furia.
—¡Que sepas que te vamos a meter un paquete maldito ...!
Pero la voz resonó de nuevo de forma tan escalofriante que el capitán se calló súbitamente.
—Las aguas me obedecerán y me traerán las almas cautivas, para que yo las libere.
El estudiante miró a Simón con el entrecejo fruncido; éste último, inexpresivo, mantenía la mirada inmóvil hacia el aparato de radio.
—Lo único que sé es que voy a llamar a la policía —dijo el capitán titubeando, asustado por lo que acababa de oír.
—Ah, ¿sí? —contestó entre carcajadas—, ¿vosotros?, ¡dejadme reírme un poco!
—¿Qué es eso? —chilló Joan— ¡Oh, dios mío! ¡Son piedras!

De pronto, el barco dio un golpe estruendoso. Los hombres salieron disparados contra las paredes, aplastándose la cara. La nave volcó sobre un costado, haciendo que el agua entrara a presión. Sobrevino un segundo golpe, más fuerte que el anterior. Habían chocado con una roca enorme al pie del acantilado; el terrible crujido que siguió, indicó que la proa del barco se había roto en dos con el impacto. Simón, enturbiado por el dolor y la sangre, levantó el rostro y pudo ver claramente, durante un segundo, la enorme y siniestra estructura del faro, que parecía tener brazos con los que apartar la niebla de su alrededor. Al bajar la vista, a través de la puerta entreabierta, la vio: una niña de unos ocho años con un traje azul oscuro. El pesquero, comenzó a girar, medio hundido, estrellándose a cada tumbo con la pared rocosa. El depósito de gasolina se prendió rápidamente. Cincuenta metros arriba, un hombre gorjeaba de risa y placer mientras escuchaba la explosión que se distinguía por encima del rumor de las olas.



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